Tiempo en pantalla, adiós al amor

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Fernando Cajas

El amor ágape —el de la amistad, el basado en principios— es una práctica: estar presente, decir la verdad aunque duela, compartir la carga y la fiesta, quedarse cuando uno podría irse. No es milagro. No es Hollywood. No se compra. Se construye con tiempo real, con cuerpo, con atención no mediada.

Ese tiempo se está acabando. Y no se acaba por casualidad.

Los mismos hombres que diseñan las tecnologías más adictivas del planeta las restringen con dureza en su propia casa. Mark Zuckerberg no quiere a sus hijos “sentados frente a un televisor o una computadora durante largos períodos”. Prefiere que huelan flores y recojan hojas. Peter Thiel limita a sus hijos de tres y cinco años a noventa minutos de pantalla por semana. Evan Spiegel, de Snap, impone el mismo tope a su hijo de siete y cero minutos al de dos. Bill Gates retrasó el teléfono hasta los catorce. Tim Cook no pondría a su sobrino en una red social. Sam Altman prefiere el aburrimiento de su infancia a los feeds algorítmicos y a los iPads tempranos. Cerca de Google, la escuela Waldorf prohíbe los teléfonos. Como dijo alguien: los traficantes de armas no les dan minas terrestres a sus hijos.

Ellos saben lo que venden. Lo saben tan bien que no se lo dan a los suyos.

Mientras tanto, el resto del mundo —especialmente los jóvenes y quienes no tienen título universitario— recibe la dosis completa. En Estados Unidos, entre el 18 y el 21 por ciento de los adultos dice haber sentido soledad gran parte del día anterior. El 8 por ciento declara no tener ningún amigo cercano; hace tres décadas era el 3 por ciento. Entre los hombres sin título universitario, casi un cuarto no tiene a quién llamar. El tiempo diario de interacción con amigos pasó de 60 minutos en 2003 a 34 en 2019. Una de cada seis personas en el mundo, según la OMS, sufre soledad.

La amistad se volvió bien de lujo: clubs de pago, apps que prometen “encontrar a tu gente”. Pero el mecanismo más eficaz no es el club exclusivo. Es la pantalla. El scroll infinito sustituye la conversación imperfecta. El feed algorítmico sustituye el encuentro aunque tenga sus desencuentros. El “ir de video en video” sustituye oler flores, recoger hojas, aburrirse, pensar, mirar a alguien a los ojos, caminar las montañas de Quetzaltenango solo o con la mujer amada, quien suele dar bellas lecciones de botánica local.

El capitalismo no solo convirtió el amor romántico en mercancía de telenovela. Ahora convierte la atención —la materia prima del ágape— en producto adictivo. Y reserva para sus dueños el antídoto: límites estrictos, juego al aire libre, aburrimiento, lectura, presencia humana.

Un amigo es luz en la noche oscura. Es quien dice la verdad antes, después y ahora. Eso no cabe en noventa minutos semanales de pantalla, y menos en las horas diarias que muchos niños y adolescentes ya acumulan. La amistad exige tiempo no mediado. Exige el riesgo de quedarse callado juntos. Exige el aburrimiento que Silicon Valley les niega a los hijos ajenos y les concede a los propios.

Si los constructores de estas máquinas no se las dan a sus hijos, la pregunta pragmática es simple: ¿por qué se las damos a los nuestros? ¿Por qué las escuelas, las familias y el Estado no imponen los mismos límites que Zuckerberg, Thiel, Spiegel y Altman imponen en su casa?

El ágape no es un lujo que se compra. Es una práctica que se protege o se pierde. Cada hora extra de pantalla no mediada es una hora menos de presencia. Cada feed algorítmico es un amigo que no se llama. Cada “hasta pronto” digital que no se convierte en encuentro real se acerca un poco más al silencio definitivo.

El tiempo en pantalla no es solo entretenimiento. Es, cada vez más, la forma en que le decimos adiós al amor.

Nota: Dedicado a quien me ha enseñado a ver as plantas locales del Siete Orejas con otra mirada. Agradezco a Jaime Oyarzo de la Universidad de Alcalá de Henares quien me facilitó el artículo: Los Líderes de Silicon Valley y el Tiempo de Pantalla: Una Paradoja Familiar, disponible en https://edunet.uah.es/wp/noticias/ de la Catedra UNESCO de Educación Científica y la plataforma educativa EDUCA.

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