Terremoto en Quetzaltenango: Una advertencia que no podemos ignorar
Fernando Cajas
Esta mañana, mientras escribía sobre la Universidad de Occidente en el Parque Centroamérica de Quetzaltenango, con la mirada fija en la estatua de Justo Rufino Barrios y todo el daño que le hizo a Guatemala con su Revolución Liberal de 1871, la tierra se sacudió con fuerza. El movimiento me recordó, una vez más, que Quetzaltenango no solo vive de su historia y su cultura: también vive bajo el constante acecho de las fuerzas tectónicas que moldearon esta tierra.
En nuestra tradición, distinguíamos el “temblor” —ese que pasa y se olvida— del “terremoto”, esa palabra grave que anuncia destrucción y obliga a reflexionar. El sismo de este viernes 17 de julio de 2026 pertenece a la segunda categoría. Según datos tuvo una magnitud de 7.4. ¡Fue enorme! Su epicentro se ubicó en la zona de subducción frente a las costas de Guatemala y México, y fue sentido con intensidad en Quetzaltenango y gran parte del occidente del país.
Afortunadamente, los reportes iniciales de la CONRED y la Municipalidad indican daños materiales leves: desprendimientos en el histórico Pasaje Enríquez, fisuras en edificios antiguos, derrumbes menores en la ruta Cito Zarco y crisis nerviosas en algunos centros educativos. No hay víctimas fatales reportadas. Pero este “afortunadamente” no debe tranquilizarnos. Debe alertarnos.
Guatemala yace en una de las regiones más activas del «Cinturón de Fuego» del Pacífico, en la compleja confluencia de las placas de Cocos, Norteamericana y Caribe. Las fallas que nos atraviesan —Motagua, Jalpatagua y tantas otras— son el recordatorio permanente de que vivimos sobre una tierra inquieta. El devastador terremoto de 1976, con magnitud cercana a 7.5-7.6 y decenas de miles de fallecidos, debería haber sido la lección definitiva. Desde entonces avanzamos en ingeniería sismorresistente, normativas y formación técnica. Sin embargo, esos avances lucen frágiles e incompletos frente a la realidad que vemos hoy.
En Zunil, en otros pueblos del occidente y en la misma Quetzaltenango, siguen levantándose edificios de varios pisos sin el menor respeto a las normas antisísmicas (sismo resistentes). Lo mismo ocurre en sectores de la capital como la Zona 16 y la Colonia Santo Rosita, donde la codicia constructora parece más poderosa que la memoria de las víctimas pasadas. Construir ignorando las reglas básicas no es progreso: es una apuesta peligrosa contra la vida de miles de guatemaltecos.
No podemos cambiar nuestra posición geográfica. Lo que sí podemos —y debemos— cambiar es nuestra forma de habitar esta tierra. Exigir el cumplimiento riguroso de las normativas, fortalecer la fiscalización municipal y departamental, y fomentar una verdadera cultura de prevención que llegue a las comunidades más vulnerables ya no es una opción: es una urgencia moral.
En una próxima columna analizaré con mayor profundidad los riesgos concretos que representan construcciones irregulares en la Zona 16 y Santo Rosita. Porque el verdadero terremoto no siempre es el que sacude la tierra, sino el que estamos construyendo con nuestra propia negligencia.
En la próxima entrega analizaré el efecto de la construcción en zonas de riesgo utilizando los tristes ejemplos de la Zona 16 en Guatemala, de la Zona 2 en Quetzaltenango y de los edificios de hasta 8 pisos en los pueblos alrededor de la ciudad de Quetzaltenango. No puede ser que después del terremoto de 1976, después de escuchar las devastadoras consecuencias del reciente doble terremoto de la Guaira, en Caracas Venezuela, sigamos construyendo donde no se debe. Eso lo debemos detener ahora porque si no es ahora, no será nunca y simplemente moriremos soterrados.
