Reflexiones en torno al cambio sistémico
Mario Rodríguez
El capitalismo financiero estadounidense atraviesa una profunda crisis de transformación. Esto no significa que haya llegado a su fin, ni que el dólar haya dejado de ocupar una posición central en la economía mundial. Ni siquiera sugerimos que ese sector ya no pueda generar grandes ganancias, sean especulativas o aprovechando ventajas de apoyos gubernamentales; todavía lo hace con fuerza.
Significa algo más complejo. Las condiciones económicas que permitieron a Estados Unidos convertirse en un poder financiero, monetario, tecnológico y militar a escala mundial están cambiando, y eso lo coloca en una posición de fragilidad y vulnerabilidad. Cuando las condiciones externas cambian, lo que sostiene su hegemonía como potencia dominante también comienza a resquebrajarse. Ese parece ser uno de los dilemas centrales que enfrenta hoy Estados Unidos.
La respuesta de Washington no responde a una única estrategia. Por el contrario, se despliega mediante diferentes mecanismos que se complementan y, en ocasiones, se contradicen entre sí. Por un lado, intenta imponer su criterio en la transformación tecnológica del capitalismo. Por otro, utiliza su enorme capacidad financiera para imponer sanciones y restricciones. Mientras mantiene abierta la posibilidad de recurrir al poder militar cuando los instrumentos económicos resultan insuficientes y la diplomacia se transforma en una amenaza directa.
Y, paralelamente, intenta administrar su relación con China, el único actor con capacidad suficiente para disputar, en diferentes dimensiones, los espacios que durante décadas estuvieron bajo predominio estadounidense y destruir a Rusia, pero sin participar directamente.
Del capitalismo financiero al capitalismo tecnológico
Una de las respuestas estadounidenses consiste en intentar trasladar una parte importante de su capacidad de acumulación hacia las nuevas tecnologías.
La inteligencia artificial, los semiconductores, los centros de datos, la computación avanzada, la automatización y las nuevas tecnologías militares constituyen algunos de los territorios donde se está definiendo la siguiente etapa de la competencia económica mundial.
En este terreno, Estados Unidos conserva ventajas importantes. Sus empresas ocupan posiciones centrales en sectores estratégicos de la inteligencia artificial y buena parte de la infraestructura tecnológica necesaria para desarrollar y desplegar estos sistemas.
Pero esa ventaja ya no puede considerarse incuestionable. China ha demostrado una capacidad creciente para desarrollar tecnologías propias, fortalecer su industria de semiconductores, ampliar su infraestructura digital y reducir su dependencia de determinadas tecnologías estadounidenses.
Por eso la disputa tecnológica no es simplemente una competencia entre empresas. Es una disputa por las bases materiales de la próxima etapa del capitalismo.
Quien controle las tecnologías fundamentales de esa etapa tendrá también una capacidad considerable para definir las reglas económicas, productivas y geopolíticas que acompañarán esa transformación.
Estados Unidos parece entenderlo. De ahí la importancia que ha adquirido la competencia por los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación avanzada y las cadenas de suministro tecnológicas.
El objetivo no es solamente producir tecnología. Es impedir que otro actor consiga una posición dominante en las tecnologías que podrían definir el siguiente ciclo de acumulación.
Sin embargo, esta estrategia tiene una contradicción. Para preservar su hegemonía, Estados Unidos necesita adaptarse a un capitalismo diferente del que contribuyó a construir durante las últimas décadas. Es decir, necesita transformar parcialmente las bases de su propio poder sin perder el control sobre ellas.
Las sanciones y el poder financiero
Existe una segunda estrategia mucho más conocida, que cada día se utiliza con mayor frecuencia y de forma más impune. La utilización del poder financiero como instrumento de coerción.
Las sanciones económicas se han convertido en una de las herramientas más importantes de la política exterior estadounidense. Su eficacia depende, en buena medida, de la posición central que todavía ocupa el dólar en el sistema financiero internacional y de la capacidad de Washington para controlar o condicionar determinados circuitos financieros, comerciales y tecnológicos.
El mecanismo sigue siendo poderoso. Pero precisamente porque ha sido utilizado de manera cada vez más frecuente, también ha generado una reacción.
Los países sometidos a sanciones han buscado mecanismos para reducir su exposición al sistema financiero estadounidense, utilizar otras monedas, desarrollando sistemas de pago alternativos y reorientando sus relaciones comerciales para disminuir su dependencia de las estructuras dominadas por Washington.
Esto no significa que las sanciones hayan dejado de funcionar. Siguen generando costos importantes y pueden afectar seriamente a las economías de los países sancionados.
El problema es diferente. Existe una diferencia entre provocar daño y mantener indefinidamente la capacidad de disciplinar el comportamiento de otros Estados.
La paradoja del poder financiero es que cuanto más se utiliza como instrumento de coerción, mayores pueden ser los incentivos para construir alternativas.
No estamos ante el fin del dólar. Estamos ante la búsqueda de un mundo menos dependiente de él. Y esa diferencia resulta fundamental. Porque, si el país abre nuevas vías de acceso al crédito, a los pagos transfronterizos, utiliza otras monedas y obtiene acceso a nuevos mercados, entonces, la hegemonía monetaria no necesita desaparecer para comenzar a erosionarse. Simplemente, puede perder participación gradualmente.
La cuestión no es si el dólar desaparecerá. La cuestión es cuánto tiempo podrá conservar la misma capacidad para funcionar como instrumento de poder.
El poder Militar, por si fallan las otras estrategias.
Cuando la adaptación tecnológica y la coerción económica encuentran límites, aparece el tercer componente, el poder militar.
Aquí la transformación adquiere una dimensión mucho más peligrosa.
La competencia militar del siglo XXI ya no se limita a tanques, aviones, barcos o misiles. El espacio, los satélites, la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, la guerra electrónica y el control de las infraestructuras tecnológicas forman parte de la competencia estratégica entre las grandes potencias.
Estados Unidos conserva una enorme ventaja militar. Pero también necesita invertir cada vez más para mantenerla. Y también, toda esa enorme capacidad militar, no puede derrotar sobre el terreno a un ejército medianamente bien entrenado.
La cuestión, por tanto, no es simplemente cuánto poder militar posee Washington. Es cuánto cuesta conservar esa superioridad. Y cómo hacer para que esa superioridad se convierta en un triunfo definitivo.
Y esta pregunta resulta particularmente importante cuando la competencia tecnológica y económica comienza a fusionarse con la competencia militar.
No sería correcto interpretar cada movimiento militar estadounidense como una señal inequívoca de que Washington se prepara para una guerra. Pero tampoco puede ignorarse que las fronteras entre competencia económica, tecnológica y militar son cada vez más estrechas.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta económica y, simultáneamente, militar. Los semiconductores pueden ser componentes comerciales y, al mismo tiempo, elementos esenciales de los sistemas de defensa. Los satélites pueden servir para las comunicaciones civiles y convertirse también en infraestructura estratégica.
El espacio deja de ser exclusivamente un territorio científico y comercial para convertirse en otro escenario de competencia entre grandes potencias.
La transición del capitalismo también está modificando, por tanto, la naturaleza del poder.
Trump como expresión política de una transformación estructural
En este contexto adquiere particular importancia Donald Trump. Las tensiones con Rusia y China no fueron creadas en este período, tampoco provoco las tensiones económicas, tecnológicas y financieras que atraviesan actualmente el sistema internacional.
Lo que ha hecho es expresar de una manera mucho más directa y confrontativa una lógica que ya estaba presente.
Cómo un buen agente de las grandes empresas, del estado profundo, o del establemish gringo, él fue puesto en el cargo para evitar el declive, refundar la nación, mantener el poder absoluto y preservar los intereses empresariales a costa de lo que sea.
Su política exterior, sus amenazas comerciales, las sanciones y su lenguaje confrontativo pueden interpretarse como parte de una estrategia orientada a utilizar las ventajas que todavía conserva Estados Unidos para obtener resultados concretos antes de que esas ventajas disminuyan.
Por eso sería un error explicar la transformación del sistema internacional exclusivamente a partir de Trump.
Porque, ahora mismo, su poder solo da para cambiar las formas, modificar los esquemas de relacionamiento y establecer algunos nuevos parámetros. Pero las contradicciones que enfrenta Washington son anteriores a su administración y probablemente continuarán después de ella. Por que el capitalismo, tal y como lo conocemos, esta quedando atrás y atraviesa por una crisis estructural.
Estados Unidos necesita mantener su capacidad de imponer condiciones en un mundo donde cada vez más países tienen posibilidades de resistirse a ellas.
Venezuela y los límites de la coerción
El reciente acuerdo petróleo con Venezuela muestra los límites de una intervención exitosa y los pocos resultados que de ahí se derivan. Esto a pesar del robo de las reservas de Venezuela.
El petróleo, las sanciones, la presión política y los instrumentos de coerción forman parte de una disputa mucho más amplia por recursos, influencia y posición estratégica.
Pero sería un error reducir la transformación de la hegemonía estadounidense al caso venezolano.
Venezuela puede ser un episodio importante. Pero el verdadero desafío estructural para Washington está mucho más al este. Está en China.
Porque mientras Estados Unidos dedica recursos a administrar conflictos y tensiones en diferentes regiones del mundo, Beijing continúa desarrollando capacidades industriales, comerciales, tecnológicas y financieras.
Mientras Estados Unidos apuesta a controlar todo el petróleo del mundo, China desarrolla una transformación energética, diversificando sus fuentes de energía, para no depender del petróleo y para evitar tener un golpe que impida su desarrollo. Y esto es diferencia fundamental.
Una potencia hegemónica utiliza sus recursos para construir y mantener el orden internacional. Pero cuando ese orden comienza a ser cuestionado, una proporción creciente de esos mismos recursos debe utilizarse para impedir que el orden cambie.
Ese es uno de los problemas centrales de una hegemonía en transformación.
China y la política de ganar tiempo
China no necesita necesariamente derrotar militarmente a Estados Unidos para modificar el equilibrio internacional.
Tampoco necesita provocar el colapso del dólar. Avanza de otra manera.
La construcción de capacidades industriales y el desarrollo de su propia
