Rápidos y furiosos, recargado. Diésel, sanciones y pragmatismo geopolítico

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Mario Rodríguez

En la geopolítica actual, los principios suelen cambiarse tan pronto, que es difícil mantener una postura por más de 48 horas. Si no, que se lo pregunte a Trump, que cambia de opinión más rápido que el trueno. Así, los enemigos pueden convertirse en proveedores, las sanciones en obstáculos negociables y las alianzas estratégicas en compromisos sujetos a revisión cuando mejor convengan.

La reciente decisión de Donald Trump de flexibilizar las restricciones sobre el diésel ruso ofrece un ejemplo particularmente revelador de esta dinámica.

Esta decisión tiene todos los ingredientes de una producción de Hollywood.

A los malos ucranianos, que hasta hace poco eran los valientes guerreros, se les pide que cesen sus ataques a las refinerías rusas y cambien a Zelensky de paso.  A los pobres europeos, se les avisa que tendrán que pagar más a los estadunidenses por el diésel ruso que ellos sancionan. Putin, mientras tanto, descubre que el adversario que pretendía aislar a Rusia puede necesitarlo como proveedor de diésel y como interlocutor en la búsqueda de una salida a la guerra con Irán.

La ironía geopolítica es considerable. Estados Unidos, que ha recurrido a la presión económica y militar para defender sus intereses, podría terminar dependiendo de su enemigo declarado para facilitar una negociación en otro de los escenarios que comprometen su estabilidad energética.

Moscú adquiere así una oportunidad para presentarse no solamente como potencia militar y energética, sino también como intermediario diplomático.

Una mediación solo produce resultados cuando las partes consideran aceptables las condiciones de un acuerdo. La disposición a intercambiar mensajes no equivale a la voluntad de hacer concesiones, y una conversación entre presidentes no elimina las divergencias estratégicas que originaron el conflicto en Ucrania, ni en Irán, ni con Israel, solo por mencionar las principales divergencias entre las grandes potencias.

Si Rusia consigue facilitar una salida negociada, Putin podría obtener réditos diplomáticos y reforzar la posición internacional de Moscú. Trump, por su parte, tendría la posibilidad de presentar una reducción de las tensiones como un éxito político y económico. Sin embargo, si la negociación fracasa, el acercamiento energético podría quedar reducido a una transacción temporal, sin alterar sustancialmente las dinámicas de confrontación.

Ucrania y la Unión Europea ya torpedean el acuerdo del diésel. Israel por su parte, se prepara para otra confrontación con Irán, quizás la definitiva, siempre teniendo como fondo las elecciones, tanto en Israel, como en Estados Unidos.

La verdadera incógnita es si estamos ante una sucesión de acuerdos coyunturales o ante un reajuste más amplio de las relaciones entre las grandes potencias. Por ahora, la evidencia respalda la primera posibilidad y abre interrogantes sobre la segunda. En cualquier caso, el episodio confirma que la rivalidad estratégica no excluye la cooperación cuando los intereses materiales y las necesidades diplomáticas convergen.

En esta nueva entrega de Rápidos y furiosos, Trump corre para contener el precio del diésel, Putin aprovecha la oportunidad para recuperar margen diplomático y los europeos descubren que la unidad atlántica no garantiza que todos los pasajeros quieran llegar al mismo destino. Los ucranianos, por su parte, comprueban que incluso el respaldo de una gran potencia tiene condiciones y fecha de caducidad.

La moraleja no es que los principios hayan desaparecido de la política internacional, sino que su aplicación está condicionada por las relaciones de poder y los intereses materiales. En geopolítica, la furia puede durar años; la conveniencia, en cambio, puede cambiar de dirección en una sola llamada telefónica.

El acuerdo entre Donald Trump y Vladímir Putin no debe serse como un parche coyuntural, ni una simple traición entre aliados; es el reflejo de un cambio de paradigma geopolítico que comienza a emerger.

Su significado político reside en que Washington ha recurrido a Moscú para aliviar una presión económica que sus propios instrumentos de política exterior no han logrado resolver.

Esto no significa que la arquitectura de sanciones contra Rusia haya desaparecido. La geoeconomía no sustituye a la geopolítica, pero demuestra que ambas mantienen una relación conflictiva y que los intereses materiales pueden modificar las estrategias de confrontación.

Para Ucrania, el acuerdo representa un revés diplomático porque reduce la coherencia de la estrategia occidental de presión económica sobre Rusia. Esta noticia supone un golpe devastador, tanto en el frente diplomático como en el militar.

El problema para Kiev no consiste solamente en la posibilidad de que Rusia obtenga ingresos adicionales por sus exportaciones energéticas. También reside en la incertidumbre sobre la continuidad y las condiciones del apoyo occidental. Si las prioridades estadounidenses cambian en función de las presiones económicas internas, Ucrania debe afrontar un escenario en el que su capacidad de resistencia depende parcialmente de decisiones que no controla.

El proyecto político encarnado por Zelensky ha pasado de ser la punta de lanza de los intereses atlánticos en la frontera rusa a convertirse en un obstáculo prescindible.

Mientras la Unión Europea quedó atrapada en una dolorosa contradicción diplomática.

La cuestión central no es, por tanto, que Europa esté condenada a un colapso de su economía o quizás un colapso de su alianza, ya sea dentro de la OTAN o de la propia Unión. La contradicción más inmediata es saber si sus líderes tienen la capacidad para cambiar de rumbo y velar por sus propios intereses. Lo que implicaría dejar a Ucrania, frenar su militarización y dedicar recursos para reorientar su industria.

El desenlace permanece abierto. Si la flexibilización resulta temporal y los precios no disminuyen de forma significativa, el acuerdo podría quedar como una medida de alivio limitado con importantes costes diplomáticos. Si, por el contrario, abre la puerta a una normalización más amplia de los intercambios energéticos entre Washington y Moscú, sus implicaciones serían mayores para Ucrania, la Unión Europea y en general para el régimen internacional de sanciones.

Guatemala: Del oportunismo furioso de la oposición al cuestionamiento de la estructura del mercado de combustibles.

Para países periféricos como Guatemala, estas disputas no son acontecimientos distantes. Guatemala depende de las importaciones de combustibles y, por tanto, está expuesta a las variaciones de los precios internacionales, los costes de transporte marítimo, los seguros y las perturbaciones de las rutas comerciales. El Ministerio de Energía y Minas ha señalado que los cambios en los mercados internacionales repercuten en los precios nacionales.

Una eventual ampliación de la oferta internacional de diésel ruso podría contribuir a moderar los precios si se traduce en una mayor disponibilidad efectiva de combustibles y una reducción de los costes de adquisición. Sin embargo, no cabe esperar una disminución automática ni proporcional en Guatemala. El efecto dependerá de la evolución de los mercados de productos refinados, los precios de referencia utilizados por los importadores, los costes logísticos, el tipo de cambio y los márgenes de comercialización. Si persisten las perturbaciones en Oriente Medio o las restricciones sobre las refinerías, el alivio podría ser limitado. Eso sin tomar en cuenta el oligopolio existente en el país en materia de importación y distribución de los productos refinados.

La vulnerabilidad guatemalteca se manifiesta con mayor intensidad porque absorber una parte importante de los costes sin participar en las decisiones que los originan. El encarecimiento del diésel se transmite al transporte de mercancías, la producción agrícola y los precios de los alimentos, con efectos especialmente sensibles para los hogares de menores ingresos.

Por ello, el desafío para Guatemala no consiste únicamente en esperar que las tensiones geopolíticas reduzcan los precios, sino en desarrollar mecanismos de seguimiento de los mercados, transparencia en la formación de precios, eficiencia logística y políticas de protección para los sectores más expuestos. La crisis también plantea la necesidad de diversificar las fuentes de suministro y reducir la dependencia de los combustibles fósiles allí donde existan alternativas viables.

Para Guatemala, la autonomía económica comienza por reconocer esa dependencia y construir capacidades para reducir su vulnerabilidad frente a decisiones estratégicas tomadas en otros centros de poder.

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