Construyendo comunidad, que es otra forma de decir: “poder popular”. 2/3
Reflexiones para compartir
Sistematización realizada por Marcelo Colussi
Siguiendo con la sistematización iniciada vez pasada en torno a cómo construir comunidades basadas en la organización comunitaria con democracia de base, presentamos ahora el segundo ejercicio al respecto. En esta oportunidad se muestra la experiencia de algo realmente exitoso, prometedor y que debe llevarnos a mantener viva la esperanza en que otro modelo de organización social es posible. Nos referimos a lo que está aconteciendo en un punto determinado de Guatemala, el que en su momento fuera una de las tantas fincas donde la explotación era moneda corriente, ahora transformada en un digno ejemplo de organización popular alternativa: la Comunidad La Florida.
La organización popular de extracción indígena campesina con un fuerte enfoque multicultural, la Asociación de Formación para el Desarrollo Integral -AFOPADI-, con la colaboración de la organización belga Broederlijk Delen (“Compartir fraternamente”, en neerlandés), se ha dado a la tarea, igual que mucha otra gente de distintas partes del planeta -y ojalá este texto promueva el intercambio con esas inquietudes ya existentes-, de llevar a cabo esa reflexión.
La idea que motoriza este esfuerzo es ir contando con muchos elementos, surgidos de la práctica social, que permitan tener instrumentos conceptuales que sirvan para darle forma a un nuevo tipo de comunidad. En 1875, en su obra tan importante “Crítica del Programa de Gotha”, Carlos Marx vio en la organización de base y el autogobierno de los trabajadores surgido en la legendaria Comuna de París de 1871, aplastada sangrientamente por las fuerzas de derecha al poco tiempo de surgida, la chispa para construir una nueva sociedad de equidades. En otros términos: una organización de la comunidad donde todos y todas son parte de un colectivo, donde no hay “superiores” e “inferiores”, donde vale más el “nosotros” que el “yo” individual.
Eso, en definitiva, es lo que se busca cuando decimos “un nuevo modelo de comunidad”. La pregunta que recorre esta sistematización, así como el trabajo cotidiano de AFOPADI, que es también la pregunta de numerosa gente en diversas partes del mundo, es: ¿cómo se logra eso?
Nadie tiene la respuesta acabada, no hay manuales que lo digan ni protocolos de intervención que lo resuelvan. Es un desafío abierto. Por eso, a título de aporte, aquí presentamos este texto, como un granito de arena más, recordando palabras del célebre cantautor argentino Atahualpa Yupanqui: “La arena es un puñadito, ¡pero hay montañas de arena!”
Según las propias palabras del equipo de AFOPADI: “reflexionamos sobre el mundo prehispánico para retomar saberes, caminos, formas de ser y hacer comunidad. Luego nos internamos en el sistema mundo capitalista, eurocéntrico, patriarcal, genocida, ecocida, concluyendo que es un sistema que solo puede generar muerte, que está atentando con la supervivencia de la especie humana y que, por lo tanto, hay que estudiar para analizar y construir alternativas al capitalismo. Esta conclusión nos llevó a la reflexión sobre los distintos socialismos que en distintos momentos de la historia han surgido en diferentes sociedades y geografías de nuestro mundo”.
En otros términos, todo ese esfuerzo, presentado ahora como sistematización organizada, se pregunta sobre los caminos para avanzar hacia la construcción de comunidades que se rijan con principios éticos como justicia, equidad, horizontalidad, con apuestas políticas como el antiimperialismo, anticolonialismo, autonomía, libre determinación y con convicciones armónicas en la defensa del medio ambiente, buscando superar el individualismo e hiperconsumismo capitalistas. Sabiendo, claro está, que el actual no es un momento global de avance popular sino de resistencia ante el crecimiento de las derechas, todo lo cual no debe desmoralizarnos sino, por el contrario, motivarnos a profundizar esas búsquedas.
Es ahí, entonces, donde cobra un significado especial la pregunta sobre la comunidad.
En la presente entrega, segunda de tres, además de lo reflexionado en torno a esa experiencia tan contundente como la de esta comunidad surgida de una finca tradicional, ejemplo de la más absoluta discriminación y explotación, convertida ahora en un intento de sociedad democrática y autogobernada, se muestran también las conclusiones a las que llegara el equipo de trabajo de AFOPADI, recogidas aquí como insumos indispensables para llegar a las conclusiones finales (que vendrán luego de trabajar el tercer ejemplo de comunidad: la Cooperativa Nuevo Horizonte, en Guatemala y la experiencia de la localidad de Marinaleda, en Sevilla -España-).
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Finca Comunitaria La Florida / SCIDECO
Esa unidad productiva se ubica en el municipio Colomba Costa Cuca, en el departamento de Quetzaltenango, en el altiplano occidental del país, a cuatro horas de la ciudad capital. Es una zona tradicionalmente dedicada al café, donde la población originaria es de origen maya.
Veamos un poco de historia, cómo la finca tradicional se fue convirtiendo en lo que es hoy: la Finca Comunitaria con equidad en todo sentido, y ecosostenible.
El mozo colono, ya hoy casi inexistente pero muy presente en toda la primera mitad del siglo XX hasta la Revolución progresista de 1944 que intentó cambiar todo eso, conocida como Primavera Democrática, es una figura de relación laboral tradicional en el área rural de Guatemala en la que una familia campesina, casi siempre perteneciente a los pueblos originarios (mayas), vivía y trabajaba dentro de una finca o plantación a cambio de una pequeña parcela de tierra para sembrar sus propios alimentos (precaria economía de subsistencia) y un magro pago parcial en dinero durante las cosechas, generalmente de café o caña de azúcar.
Sometido a una gran explotación, sin leyes laborales que lo ampararan, con arbitrarios despidos constantes sin indemnización, con la prohibición absoluta de organizarse en sindicatos, sus condiciones de trabajo constituían la más viva demostración de la explotación inmisericorde. Esa era la constante en todas las fincas. Fincas que, a veces, eran vendidas “con todo lo clavado y plantado, indios incluidos”, como pudo leerse en contratos de compraventa antes del proceso revolucionario de 1944.
Por supuesto, la mano de obra indígena era considerada en esta lógica como un insumo más para el trabajo, como los útiles de labranza, la maquinaria, las semillas o el ganado. Las mujeres, siempre acosadas sexualmente por capataces y caporales, por las mismas tareas agrícolas cobraban la mitad de lo que cobraba un hombre. Incluso no era infrecuente el ejercicio del medieval derecho de pernada (ius primae noctis), como una monstruosa carga heredada de la invasión española.
En el libro “Memorias del Tajumulco, testimonios de la guerra interna en Guatemala”, escrito por el combatiente guerrillero Santiago Boc Tay, puede leerse un testimonio sumamente elocuente de esas condiciones:
“Era la época de limpieza del cafetal y nos enteramos que recientemente una cuadrilla se había retirado. En el lugar para acampar había vacas y caballos, en estos lugares no se reunían las condiciones indicadas para el uso del ser humano. Al llegar las personas hacían grupos por afinidad, por familia, por amistad o como mejor les conviniera. Cada grupo limpió el lugar y su sector para hacer su fogata. El primer día nos picaron las garrapatas. Las cuerdas por tarea eran muy grandes, tanto que un día no logramos sacar la tarea, sin embargo lo intentamos el primero y el segundo día. Una semana después decidimos abandonar el lugar por el maltrato que el caporal nos daba. A pesar de medir solo un metro cincuenta centímetros de estatura, el caporal siempre cargaba un arma en la cintura y dentro de sus expresiones nos decía: “¡Indios hijos de puta, aquí vienen a trabajar, cabrones!”.
El mozo colono de todas estas fincas vivía bajo condiciones de coacción y deuda permanente. Su situación presentaba características claramente precapitalistas y coercitivas, similares al feudalismo europeo, pero insertas en un sistema económico que ya estaba articulado al mercado capitalista mundial. El café y el azúcar, principales productos de exportación de Guatemala, se dedicaban básicamente al mercado externo, teniendo como principal comprador a Estados Unidos.
Las grandes riquezas de la oligarquía terrateniente de Guatemala, dueños del país desde la época colonial, asientan en esta sobreexplotación que, a decir verdad, luego de casi cuatro décadas de guerra interna, finalizada en 1996, no ha cambiado en lo fundamental. El cambio grande se dio con la Revolución de 1944 que, si bien no tuvo características socialistas en sentido estricto, intentó modernizar el país. Entre otras de las grandes mejoras de ese proceso se cuentan la Reforma Agraria (Decreto 900, cuestionado por los grandes propietarios terratenientes) -que dio tierra a estos campesinos siempre excluidos- y el Código de Trabajo, que reglamentaba las condiciones laborales, impidiendo situaciones de explotación como todo lo arriba indicada.
La realidad del mozo colono era patética. Estaba sometido a coerción extraeconómica y servidumbre, pues el mecanismo que lo mantenía no se basaba en un contrato libre de salario, sino en la obligación forzosa y la servidumbre por deudas contraídas. Artificiosas e injustas normas del gobierno, como la tristemente célebre “Ley contra la Vagancia”, establecida por el dictador -y también gran terrateniente- Jorge Ubico en 1934, obligaban a los campesinos sin suficiente tierra a trabajar un número determinado de días al año en las plantaciones, gratis, bajo pena de prisión. De ese modo el mozo colono quedaba atado al latifundio a través de deudas que el patrón le adelantaba, una práctica conocida como “habilitación”. Deudas, por cierto, que jamás se terminaban de pagar, lo cual convertía al trabajador en un virtual semi-esclavo. La única posibilidad para salir de ello era escapar de la finca, lo que podía costarle la vida.
Ese mozo colono no era un asalariado libre que vendía su fuerza de trabajo en un mercado abierto, tal como lo es en las relaciones capitalistas. Estaba ligado a la tierra y al finquero en una relación de dominación personal, similar a la relación establecida entre un siervo y su señor feudal en el contexto europeo precapitalista. Esta estructura de explotación laboral tenía sus raíces en las instituciones coloniales españolas como la “encomienda”, el “repartimiento” y el “peonaje por deuda”, que establecían formas de trabajo forzado y semi-servil para la población indígena
Ante todo ello es vergonzoso, infame, impresentable la monstruosa idea de seguir repitiendo aquello de “descubrimiento de América”, “día de la raza”, “encuentro de dos mundos” y barbaridades por el estilo. No hubo encuentro: hubo mortal encontronazo, hubo invasión, repugnante saqueo, terror, masacres. Los invasores no trajeron “civilización” sino desgracias, enfermedades (viruela, sarampión, gripe, tifus, tuberculosis, peste bubónica), para los pueblos originarios, destrucción de sus ancestrales culturas, sufrimiento al por mayor. Se les intentó aplastar -la figura del mozo colono es un patético ejemplo (revéase la cita de Santiago Boy Tac)-, pero los habitantes originarios de este continente siguen de pie, resistiendo. Por eso esa fecha emblemática del 12 de octubre es el Día de la Resistencia Indígena. Por eso, igualmente, este esfuerzo de sistematizar una nueva comunidad alternativa se inscribe en lo que se ha llamado “Escuela Decolonial”.
Pero algo cambió: la historia no está escrita
Según relata don Virgilio Pérez, líder campesino con largos años de lucha al frente de la Comunidad La Florida:
“El 11 de octubre de 2002, 50 familias decidimos ocupar la finca La Florida, que coincidía con la propuesta de Reforma Cafetalera de afectar los activos extraordinarios de los bancos del sistema, dada la magnitud de la crisis social, la improductividad y el abandono de esas tierras. Para nosotros no fue fácil esta decisión dada la mentalidad de temor y un falso respeto ante el sistema finquero. Sin embargo, la necesidad nos permitió una actitud de fortaleza y valentía para afrontar la estrategia de negociación con los propietarios. Esta ocupación la asumimos por la vida y la dignidad, ya que ante esta crisis social, el gobierno sólo se había ocupado de las necesidades de los finqueros, aprobando un fideicomiso de 800 millones de quetzales. Nosotros nos preguntábamos: ¿cómo es posible que mientras hay desempleo, pobreza y hambre, existan tantas fincas abandonadas sin otorgar trabajo?
“En la finca no se convive; se sobrevive”, dijo un miembro de la comunidad. Según expresan las mismas comunitarias y comunitarias, “la finca representa muerte, la comunidad es la vida”. En la finca tradicional no había atención de la salud, ni educación, los niños no estudiaban y el analfabetismo abierto era común. El abuso contra las mujeres por parte de las autoridades, los representantes de la patronal (los encargados y capataces) era una constante. Imposible formar sindicatos; eso era mala palabra, reprimido brutalmente desde que se intentara en sus primeros pasos.
Citando una vez más a Atahualpa Yupanqui, contextualizando su poesía al entorno guatemalteco (estanciero=finquero; estancia=finca; peón=trabajador agrícola, y para el caso, mozo colono) podemos decir que “El estanciero presume de gauchismo y arrogancia, mas no sabe ese señor que por su peón tiene estancia”.
De todos modos, algo pudo cambiar con la movilización de la gente, lo que deja en claro que sí es posible organizarse, sí es posible pensar en utopías. Y más aún: darles forma concreta a esas utopías. La historia no está terminada.
Ante las recurrentes crisis del café, dada la caída de los precios fijados en Bolsas de Valores absolutamente lejanas e inaccesibles para los pequeños productores de Guatemala, el Estado, siempre de espaldas a las verdaderas necesidades populares y beneficiando solo a los grandes terratenientes, no se comprometió nunca con la población de La Florida. Por el contrario, la ignoró, poniéndole obstáculos infinitos, retrasando u obstruyendo los procesos.
Ante ello, vuelve a decirnos don Virgilio:
“Queremos realizar una economía solidaria, seguir trabajando con una agricultura sostenible, practicar el apoyo mutuo entre hombres y mujeres, constituir una experiencia de aprendizaje para otros hermanos y hermanas campesinas. Éste es nuestro pensamiento y nuestro proyecto de vida que hoy estamos desarrollando, con muchas dificultades ante la ausencia de apoyo estatal para la inversión y el acompañamiento técnico, pero con la ayuda solidaria de organizaciones nacionales e internacionales y nuestra propia iniciativa campesina. Creemos que estamos dando pasos importantes en eso que siempre fue nuestro fundamento: la dignificación de la persona humana, el respeto y amor por la tierra y la naturaleza.”
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En el año 1984, en el municipio de Colomba Costa Cuca, departamento de Quetzaltenango, en el occidente de Guatemala, se funda la Sociedad Civil para el Desarrollo de Colomba (SCIDECO) con el acompañamiento de la Iglesia Católica (Pastoral Social y Pastoral de la Tierra).
Años después, en 2002, como se dijo más arriba, ese grupo de familias campesinas, organizadas en SCIDECO y con apoyo de las Pastorales y la organización Plataforma Agraria, inició la ocupación de la Finca La Florida tras largo tiempo de estar abandonada. Con años de lucha, peleando contra una burocrática institucionalidad del Estado que nunca les apoyó, en abril de 2005 obtuvieron la legalización y el título de propiedad colectiva de la tierra para beneficiar a decenas de familias. Su lucha básica es pelear contra el latifundio. Queda claro, y es una consigna para el colectivo, que “ocupación no es invasión, sino recuperación”. Siguiendo su lucha, finalmente en el 2013, tras interminables y engorrosas negociaciones, el Estado condonó la deuda de los comunitarios.
Desde el momento de la ocupación, las familias involucradas están construyendo un nuevo modelo de sociedad totalmente alejado de aquellas tenebrosas fincas del pasado. Por lo pronto han trabajado en la reactivación productiva de cultivos locales como café orgánico, cacao, banano y macadamia, incorporando también el ecoturismo sostenible, manejado básicamente por mujeres. Dirigen todo el proyecto, en igualdad de oportunidades, tanto hombres como mujeres, buscándose la participación activa de las y los jóvenes.
“No teníamos experiencia, pero sí necesidad”; eso es lo que motivó la ocupación de la finca en 2002. Después vino la formación política, que se mantiene hasta la fecha, lo que ayudó a solidificar el proyecto. Hoy día la Finca Comunitaria La Florida es un ejemplo de que sí es posible otra cosa distinta a la explotación capitalista. “Hay que dejar de ver la tierra solo como mercancía y considerarla como parte de un cosmos al que todas y todos pertenecemos”, agregó alguien.
Hoy en la nueva finca las decisiones se toman siempre en forma consensuada, siendo la asamblea comunitaria la autoridad máxima, compuesta en igualdad por hombres y mujeres.
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El día 25 de septiembre miembros de distintas organizaciones apoyadas por Broederlijk Delen, en Quetzaltenango, reflexionaron sobre esta experiencia ejemplar, así como sobre lo que cualquier comunidad de este tipo significa, buscando determinar sus fortalezas y los riesgos que la acechan. Ese intento de poner en blanco y negro dónde estamos y qué se puede hacer, se estructuró en torno a cuatro preguntas disparadoras:
- ¿Cuáles son los retos/obstáculos en común de las distintas experiencias?
- ¿Cómo evitar brechas y/o conflictos, o cómo adelantarse a posibles fracturas en la comunidad?
- ¿Qué prácticas comunitarias pueden identificarse en la vida diaria?
- ¿Qué ideas son claves para formar comunidad?
Producto de ese ejercicio de intercambio colectivo entre alrededor de 30 personas, surgen algunas conclusiones, que alimentan las que ya comenzamos a hacer con el anterior análisis de experiencias similares: la Comunidad Santa Anita, de Guatemala, y las comunas de la República Bolivariana de Venezuela.
Sintetizando todo ello, podríamos decir hoy:
Conclusiones (provisorias. Analizadas todas las experiencias -de momento solo van tres de las cinco propuestas- se tendrán las definitivas).
Básicamente estamos ante interrogantes. Por supuesto, en un mundo como el actual, donde posiciones neofascistas crecen aceleradamente, es imprescindible ver, en tanto campo popular, cómo blindarnos y oponer resistencias ante ese supremacismo racista, patriarcal, misógino y avasallante que pareciera tragarnos. Entonces:
- ¿Cómo ir más allá de la lógica capitalista? ¿Cómo construir comunidad alternativa en un mundo que ataca ese proyecto, que propicia el ultra individualismo, basado en la defensa total de la propiedad privada por fuera de la propiedad comunal? Ese es, sin dudas, el mayor desafío que se abre.
- Establecidas las comunidades, la participación real de sus miembros impone preguntas: no siempre se participa desde la convicción, desde hondos valores solidarios, pensando en el bien común a largo plazo. Muchas veces -esto es una realidad innegable que implica preguntas y deberá cuestionarse- hay personas que no se sienten plenamente parte de un todo comunitario, sino que actúan en función de beneficios propios. No siempre se obra desde la convicción político-ideológica, desde los valores de la empatía y la solidaridad. Esto lleva a pensar hasta dónde puede impulsarse la genuina democracia de base en un contexto que no la propicia, que, antes bien: la demoniza.
- Se debe impulsar con fuerza la formación de valores solidarios, de confraternidad. Mostrar siempre que las mejores soluciones son las colectivas, que los problemas comunes se resuelven mejor y más positivamente con salidas comunes. Hay que desechar el “sálvese quien pueda”.
- Es necesario promover la inclusión social de todos los sectores, de todas las personas por igual, sin ninguna discriminación. Hay que evitar a toda costa los liderazgos autoritarios. Las decisiones básicas de la comunidad deben tomarse siempre en asamblea, donde por igual todos los miembros están convocados a participar.
- Es imprescindible la formación ideológico-política alternativa, con criterio crítico. Se debe salir del discurso colonial que todavía nos envuelve. ¿Por qué todo el mundo conoce y repite el infame relato de las tres carabelas con que Colón “descubrió” América, mientras se falsea la realidad y no se habla de invasión? Hay que conocer y profundizar exhaustivamente el conocimiento de nuestra realidad histórico-político-social y cultural.
- Los Estados nunca acompañan estos procesos de comunidades alternas. Por el contrario, los atacan, los torpedean. Eso muestra en forma evidente que los aparatos estatales no están en beneficio de las grandes mayorías, sino que son instrumentos de dominación de la clase dominante. La cuestión es cómo moverse inteligentemente en medio de esas adversidades.
- El papel de las juventudes es clave. Ahí están las semillas de futuro. Hoy, en un mundo que sigue siendo abiertamente capitalista, consumista, competitivo, y que además moldea cada vez más nuestra ideología con la interminable catarata de mensajes en el ámbito digital, incidir en las y los jóvenes para desarrollar una nueva visión alternativa es crucial.
- Los “vicios” del sistema capitalista, los interminables “espejitos de colores”, acechan todo el tiempo. Es muy difícil, cuando no imposible, blindarse ante ellos. De ahí la urgente necesidad de encontrar vías alternativas, para no caer en posiciones autoritarias que simplemente “prohíban” esos anzuelos. La actitud de “sermón moralizante” no es el camino. Hay que profundizar en una nueva educación atractiva, que pueda pasar un mensaje alterno, y que, al mismo tiempo, no deje de ser amigable y que enganche.
- Experiencias positivas que muestran que, en el medio del desastre capitalista consumista y atentatorio del medio ambiente se pueden materializar y profundizar, deben darnos ánimos, pues evidencian que sí hay salidas, que sí hay otro mundo posible, más justo, más armónico, y que debemos seguir buscándolo.
