Premio Nobel de Química 2026: Para une mejor ingeniería química
Fernando Cajas
Cuando yo estudiaba ingeniería química, en la Facultad de Ingeniería de la USAC, hoy cooptada, los cursos de química los daba la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacia, no los daban ingenieros, los daban químicos. Eso cambiaba la filosofía y la pedagogía de los cursos de ingeniería, emergía más la curiosidad. Junto a eso, los laboratorios respectivos se daban en la Facultad de Química, le decíamos.
Uno de los experimentos que me impresionó fue el de la sacarosa. El azúcar de mesa tiene una fórmula fija, pero no es simétrica: su molécula no coincide con la imagen que daría en un espejo. Por eso es ópticamente activa. En el laboratorio disolvimos sacarosa y medimos, con un polarímetro, cómo desviaba el plano de la luz polarizada. Ese desvío es la señal de que el azúcar del frasco es de una sola mano. La propiedad general se llama quiralidad. Algunos estereoisómeros son, uno, la imagen especular del otro, como la mano derecha lo es de la izquierda, y no se pueden superponer. Un guante izquierdo no entra en la mano derecha. Con ciertas moléculas pasa lo mismo: mismos átomos, mismo aspecto, y sin embargo no encajan en el mismo sitio. Así, la simetría quedó entre mis curiosidades permanentes de la vida. De ahí vienen mis lecturas sobre simetría, desde Isaac Asimov hasta Martin Gardner.
Gardner dedicó páginas luminosas, especialmente en Izquierda y derecha en el Cosmos (la versión en español de The Ambidextrous Universe), a mostrar cómo el universo no es perfectamente ambidiestro. La simetría perfecta se rompe una y otra vez, y de esas rupturas nace lo interesante: la quiralidad de las moléculas de la vida, la prevalencia de la materia sobre la antimateria y la violación de la paridad en las fuerzas débiles. Hoy, esa propiedad estudiada más profundamente ha recibido el Premio Nobel de Química.
El Premio Nobel de Química 2026 ha recaído en los químicos Henri B. Kagan y Kenso Soai por sus descubrimientos sobre los efectos no lineales y la autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica, avances fundamentales para comprender cómo determinadas moléculas quirales pueden favorecer la producción de copias de sí mismas y generar una única configuración molecular dominante.
La idea cabe en las dos manos. Póngalas frente a usted, palma con palma. Se parecen. Cada una es el espejo de la otra. Ahora intente colocar la izquierda sobre la derecha de modo que coincidan pulgar con pulgar y meñique con meñique. No puede. No se superponen. Eso es la quiralidad: ser distinto de la propia imagen en el espejo. Un zapato izquierdo no sirve en el pie derecho. Muchas moléculas son así. Tienen los mismos átomos y la misma fórmula, y aun así existen en dos versiones, los enantiómeros. En el matraz suelen salir mitad y mitad. En el cuerpo no se portan igual, porque las cerraduras de la vida también tienen mano. Una llave entra. La otra no entra, o entra mal.
El problema que atacaron es viejo. Louis Pasteur, en el siglo XIX, separó con pinzas los cristales de tartrato y mostró que había dos formas especulares. En el matraz, la química suele producir ambas a partes iguales: una mezcla racémica. En la vida no. Los aminoácidos de las proteínas son casi todos de una mano. Los azúcares del ADN y del ARN, de la otra. A eso se le llama homoquiralidad. Sin esa elección, las proteínas y el material genético tal como los conocemos no funcionarían. Cómo pudo surgir esa asimetría, hace más de 3.500 millones de años, fue durante más de un siglo un misterio.
Un ejemplo cotidiano lo aclara. La carvona es una molécula pequeña. Una de sus formas huele a menta verde; la otra, a alcaravea. Misma fórmula, distinto olor, porque las “cerraduras” de la nariz también tienen mano. Lo mismo pasa con el ibuprofeno: solo el enantiómero S es el analgésico activo; el R casi no hace nada. Fabricar solo la mano útil no es un lujo de laboratorio. Es la diferencia entre un fármaco limpio y una mezcla que carga con peso inútil o, a veces, con daño.
Kagan dio el primer paso decisivo en 1986. Descubrió los efectos no lineales. Hasta entonces se creía que el producto de una reacción no podía ser más puro, en la orientación deseada, que el catalizador usado. Él mostró que sí. Un catalizador ligeramente enriquecido en una mano puede producir un exceso mucho mayor de esa misma mano. La relación no es lineal. Esa rareza abrió el diseño de procesos que fabrican, de forma preferente, un solo enantiómero.
Soai dio el siguiente paso. En los años cincuenta, el británico Frederick Charles Frank había propuesto un modelo: una sustancia que acelere su propia fabricación y, al mismo tiempo, bloquee la de su imagen especular acabaría imponiéndose, aunque partiera de una ventaja minúscula. En 1995 Soai lo demostró en el laboratorio. El producto actúa como catalizador de sí mismo. Un desequilibrio pequeño se multiplica. En 2003 fue más lejos: partiendo de ingredientes sin quiralidad, obtuvo casi exclusivamente moléculas de una sola mano. El comité lo dijo con una frase que conviene no inflar: nadie, aparte de la vida misma, había conseguido algo así. Es una prueba de concepto. No es la película de lo que ocurrió en la Tierra primitiva. Es la demostración de que la química puede elegir un lado del espejo y amplificar esa elección hasta dominar.
Se parece a una votación que se desborda. Imagine un estadio con diez mil personas y dos canciones. Al principio hay 5.001 votos para una y 4.999 para la otra. En una reacción normal las dos siguen compitiendo. En la autocatálisis de Soai, la que lleva un voto de ventaja empieza a convencer a diez más, y cada una de esas a otras diez. Al cabo de poco, el estadio canta una sola canción. La ventaja minúscula se vuelve absoluta. Eso es el “efecto bola de nieve” que Soai logró en un tubo de ensayo.
Eso importa fuera del aula. En un fármaco, una mano puede curar y la otra no hacer nada, o dañar. La talidomida, recetada en los años cincuenta y sesenta contra las náuseas del embarazo, es el caso brutal: una forma tenía el efecto buscado y la otra provocó malformaciones graves en miles de bebés. Separarlas no habría bastado, porque dentro del organismo una se convertía en la otra. El principio, sin embargo, queda en pie. Peter Somfai, miembro del comité, lo resumió así: la versión izquierda de un fármaco puede tener un efecto y la derecha otro, y por eso hacen falta métodos para prepararlas de forma selectiva. Casi toda la farmacia moderna usa esas herramientas, aunque no siempre cite a Kagan o a Soai. El Enantyum, el dexketoprofeno, es un ejemplo cercano: durante años se vendió ketoprofeno como mezcla al cincuenta por ciento; el cuerpo usaba sobre todo una de las dos manos. Separar la forma activa permitió la misma eficacia con la mitad de la dosis.
Los trabajos de Kagan y Soai no solo ofrecen un mecanismo plausible para el origen de la homoquiralidad a partir de una “sopa” prebiótica casi simétrica. También dan herramientas de ingeniería química para fabricar fármacos, agroquímicos y materiales moleculares con menos desperdicio y más pureza. La síntesis asimétrica no es un adorno académico. Es la forma de hacer que la química elija la mano correcta desde el principio.
Gardner tenía razón. El universo no es ambidiestro. La simetría se rompe, y de esa ruptura sale lo que importa: la materia y no la antimateria, la violación de la paridad, y las moléculas de la vida que solo funcionan de un lado. Kagan y Soai no inventaron esa ruptura. Mostraron cómo la química puede producirla y amplificarla en un matraz.
En un país que consume poca ciencia y mucha tecnología, que casi no genera investigación científica ya que su principal universidad, la de San Carlos, está cooptada por corruptos, y cuyas universidades, con excepciones, siguen siendo centros de repetición, el experimento que a uno le impresiona en un laboratorio de la Facultad de Química no debería quedarse en anécdota. La simetría no se aprende memorizando que existen los estereoisómeros. Se aprende cuando se entiende por qué una mano cura y la otra daña, por qué la vida eligió un lado y cómo un desequilibrio minúsculo puede volverse absoluto. Esa comprensión no se copia. Se construye. Esto nace en lo hogares, donde la curiosidad de premia y sigue en las escuelas, es lo que pide PISA, curiosidad, que luego se pierde en universidades de papel.
