Por una identidad cultural libre de fanatismos
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Sólo los fanáticos odian a las personas tanto como las doctrinas. Uno puede ser intolerante con las teorías falsas, pero tolerante con quienes las sustentan, a condición de que no se aprovechen con ellas.
Mario Bunge
Todo sujeto, objeto o cosa es una entidad irrepetible, por lo que no hay dos seres o entes que sean iguales en la realidad. Atendiendo la lógica, una cosa solo es igual a ella misma, lo que en el plano ontológico se expresa que cada objeto es idéntico a sí mismo (por ejemplo, el Sol es idéntico al Sol, o una mesa A es una mesa A). Aunque las cosas cambien en apariencia, conservan un sustrato lógico que define su esencia. De ahí que todo entidad, objeto o sustancia tiene una identidad que lo diferencia de los demás.
En el plano de la realidad sociocultural en la que se desenvuelven los seres humanos, cada grupo social crea los rasgos característicos que los identifican. De ahí que, antropológicamente, por ejemplo, Marvin Harris considera que la identidad es el conjunto aprendido de tradiciones, pensamientos, comportamientos y estilos de vida socialmente adquiridos por los miembros de una sociedad específica. Todo lo socialmente adquirido dentro de determinado grupo social constituye la identidad cultural de una persona, la que no es puesta en discusión durante la formación del individuo, más bien es aceptada sin ningún cuestionamiento.
Dado a que, en los albores de la existencia humana, el homos sapiens fue nómada, es decir, migró desde distintas regiones del planeta en la búsqueda de mejores condiciones de vida, gran parte del atavismo cultural viajó con él, lo que determinó que en un territorio cohabitaran distintas expresiones culturales, sin importar que más tarde sus descendientes pertenecieran a una misma nación mas no a una misma cultura.
Los nexos que se crearon a partir de una identidad común suelen establecerse por medio de fuertes lazos afectivos, lo que dificulta la comprensión de las raíces internas de tal fenómeno, desde la perspectiva racional, en lo que se refiere a sus más íntimos nexos, ya que son un entramado de «estructuras de sentimiento» y subjetividades compartidas. De hecho, la neurociencia afirma que la experiencia interna de otra persona es, por definición, inaccesible, por lo que la razón solo puede describirla.
No obstante que la identidad cultural se manifiesta en todas las sociedades existentes en el mundo, el flujo de personas que da lugar a las migraciones, determina que la multiculturalidad se patentice en los países que les ofrecen mejores condiciones de vida, lo que da lugar a las ciudades cosmopolitas, las que cobijan, dentro de su seno, a múltiples culturas, las que intercambian valores culturales, costumbres, expresiones artísticas.
Pero hay grupos cerrados que pretenden imposibilitar que sus miembros pierdan su identidad cultural, que sufran algún cambio, a pesar de radicarse en territorio ajeno. Pretendiendo imponer sus criterios culturales en países a los que migraron intentan imponer no solo sus costumbres, tradiciones, su idiosincrasia sino establecer un Estado dentro de otro Estado. Es el caso del Califato de Hamburgo, originado a partir de una serie de manifestaciones islámicas en Hamburgo, Alemania, en abril y mayo de 2024.
El portal de noticias alemana, Deutsche Welle (DW) destacó en mayo de 2024 que la organización relativamente nueva Muslim Interactive ha conmocionado a la opinión pública con sus llamamientos a la instauración de un califato. Lo que constituye un hecho sin precedentes ya que es población migrante que fue recibida en Alemania y que, descontenta con las directrices del Estado y gobierno de ese país, encuentran como solución a su descontento, la creación de un Estado Islámico dentro del país europeo.
En otra nota de prensa del diario digital español, “El Español”, abordando el mismo tema señala, un grupo islamista toma Hamburgo y exige aplicar la “sharía” en toda Alemania. La sharía es el cuerpo de derecho y código de conducta islámico que rige la vida de los musulmanes en los ámbitos espiritual, moral, social y legal. De modo que pretenden imponer el estilo cultural islámico en Alemania. Situación que ha causado malestar e indignación en la población alemana y ha dado lugar a manifestaciones de rechazo.
Samuel Huntington presagiaba que la lucha entre las culturas iba a ocurrir en el mundo en un futuro cercano, lo que desencadenaría el choque entre civilizaciones, que se describen en su libro que lleva el mismo nombre. Pero ¿qué es lo que motiva a las personas a aferrarse a sus creencias, valores religiosos y ancestrales? ¿Por qué tanto apego a sus creencias y patrones culturales?
Por qué los seres humanos no pueden ser ciudadanos del mundo como lo proclamara Diógenes de Sinope por las calles de Atenas. Con tal declaración, Diógenes quiso decir que su identidad, su valor y su hogar no dependían de una ciudad-estado (polis) específica, ni de las leyes, fronteras o convenciones sociales de un lugar determinado. De modo que depende de él mismo y de su adaptabilidad a la circunstancia en la que se encuentre.
Y es que las personas saben que son seres humanos, pero deberían saber, también, que la forma como se manifiestan sus apetencias y criterios pueden variar de un individuo a otro sin dejar de ser lo que son, lograr ese conocimiento constituye cierto grado de sabiduría.
A pesar de que la identidad cultural no es estática sino, por el contrario, dinámica, dada la convivencia, cercanía e intercambio de valores cada vez más ágiles entre miembros de las sociedades, hay algunos grupos que manifiestan un celo mayor sobre sus valores culturales, los que se resisten a cambiar, que incluso, caen en el etnocentrismo. Son estos los que ven a los demás grupos culturales con extrañeza e incomprensión, al extremo de considerarlos inferiores.
Para Claude Lévi-Strauss, el padre del estructuralismo antropológico, la identidad cultural no es una esencia fija, estática ni biológica, sino un sistema dinámico de relaciones y diferencias. No obstante, hay pueblos que basan su unidad en el autoritarismo represivo. Temen que sus valores culturales se puedan perder y, con ello, también el respeto a la autoridad, lo que pone en peligro el poder de sus dirigentes.
De ahí que, si se asume que la identidad cultural no es estática sino, por el contrario, dinámica, los grupos cerrados que basan su cohesión en mantener intactos su valores culturales, costumbres y tradiciones, requieren de mecanismos autoritarios, incluso de la fuerza, de expresiones de terror, para impedir que sus miembros adopten rasgos de otras culturas. Para ello, también recurren a la exaltación de nacionalismos y fanatismo religioso.
Qué tan libre puede ser una persona a la que se le obliga a someterse a determinados cánones culturales, sin la posibilidad de cuestionarlos y sin que decida por ella misma si seguir o apartarse de ellos. Los miembros de Al-Qaeda y los Talibanes son ejemplo de lo que constituyen las culturas cerradas al mantener determinados rasgos culturales por medio de la fuerza.
Criterio que no se aleja de lo que ocurre entre las sectas religiosas, los clanes, las maras, las fraternidades que existen en muchos países del mundo, en las que se crea todo un entorno de miedo, de terror, para que sus miembros no abandonen esos grupos.
Y así, el fanatismo es tan fuerte en las personas que, en algunos casos, empeñan hasta la vida en la defensa de determinadas causas; las que resguardan con pasión, e incluso, con agresión, de conformidad con los preceptos culturales que han aprendido y consideran ser los verdaderos, los únicos e indiscutibles.
A qué diversidad se refieren todos aquellos que defienden el atomismo cultural y tribal, será que aluden a toda expresión, apetencia y deseo humano, incluso aquellos que se extralimitan y ponen en peligro la cohesión social, o no han meditado profundamente sobre ello.
La racionalidad humana debería imperar en el momento de establecer, y que se comprendan y acepten, los límites de los deseos, criterios, inclinaciones y apetencias, que se traducen en rasgos culturales de todo núcleo social. Hay toda una serie de ejemplos en donde la dignidad humana es vulnerada. El matrimonio infantil y la unión temprana de niñas con hombres adultos es una práctica que persiste en diversas regiones del mundo.
De ahí que en África Subsahariana: Níger, Chad, República Centroafricana y Malí, así como Asia Meridional: Bangladesh, India y Nepal, en comunidades indígenas rurales de Guatemala, México y Colombia, resulta una práctica común, que pone en riesgo la seguridad de las niñas, el ser obligadas a unirse con hombres adultos. Son, en algunos casos prácticas ancestrales que violentan el desarrollo y la integridad de las niñas.
Siendo tan diversas, extrañas y, a la luz de la racionalidad, incluso, inadmisibles muchas manifestaciones culturales en distintos países del mundo, cómo lograr que eso no siga ocurriendo, cómo convencer de que esas prácticas no son las correctas, por lo que las manifestaciones culturales deberían de tener un límite.
Cada uno se manifiesta de la forma que mejor le place, pero al decidir o pertenecer a una sociedad no puede hacer todo lo que le plazca. La libertad de hacer lo que quiera se restringe en sociedad y eso ocurre en un país en donde existen muchas etnias. Por lo que es preciso definir qué le corresponde a la esfera privada y la pública. En la esfera privada, prevalecen los criterios particulares, subjetivos, mientras en la pública, lo general que atañe a la especie humana.
Conjugar la esfera privada con la pública, en la que los intereses particulares converjan con los de la sociedad, es la tarea que debe emprender el estado a partir de una educación inclusiva, crítica y dialógica. Es decir, toda persona tiene derecho de manifestarse como desee, apetecer lo que quiera, siempre y cuando no pretenda imponerlo a los demás y con ello ponga en peligro la estabilidad, la seguridad y el bienestar de la comunidad.
Dentro del tejido social, que abarca a todas las sociedades del mundo, cada individuo que pertenece a determinadas colectividades es irrepetible, tiene una identidad, pero a pesar de sus múltiples manifestaciones, apetencias, deseos y formas de describir el mundo, no pueden dejar de pensar como seres humanos, de sentir como seres humanos, de expresarse como seres humanos y eso es lo que es realmente valioso.
No obstante, resaltar las diferencias sin contemplar ese hecho fundamental constituye una irresponsabilidad que cometen frecuentemente muchas personas, unas, por ignorancia, otras intencionalmente, pues con ello se fragmenta la sociedad y la posibilidad de acuerdos se hace sumamente difícil, dada la diversidad de criterios y la imposibilidad de alcanzar consensos a través de lo que Habermas llamara, acción comunicativa.
De hecho, para establecer la identidad individual, en construcción, se logra a través de entablar un diálogo constante con la otredad, es decir, se logra con la interacción con los demás y dado que el flujo de participación de múltiples culturas, formas de vida y criterio es cada vez más inmediato y frecuente, pensar que la diversidad es lo que engrandece a los seres humanos constituye un error.
La diversidad es un hecho indiscutible, no existen seres repetibles, de modo que lo que le corresponde a la humanidad es construir los puentes comunicativos que logren establecer un diálogo permante entre los distintos grupos culturales, entre las diferencias de criterio, libre de fanatismos y subjetivismos irracionales para, con ello, lograr acuerdos con el objetivo del bienestar para todos.
No obstante, la dificultad comienza al no haber disponibilidad entre los distintos grupos culturales para establecer un diálogo. Dado que la identidad cultural se construye a partir de las interacciones, aprendizajes y experiencias dentro de un grupo humano que, en los actuales momentos, se extienden más allá de un territorio nación.
Para vivir en armonía, en paz, para propiciar el bienestar y desarrollo para todos los habitantes de un país, se requiere que sus habitantes no solo cumplan con las normas y leyes que se establecen dentro de su territorio sino, también, en el caso que exista diversidad cultural, que puedan cooperar conjuntamente. Pero, ¿cómo hacerlo si no hay entendimiento entre los distintos grupos culturales?
La cooperación es fundamental para buscar el desarrollo de un país y, por aparte, con ello se logra conjuntar a los distintos grupos culturales que comparten un mismo territorio. En 1954, el psicólogo Muzafer Sherif realizó un experimento que se le denominó Experimento de la Cueva de los Ladrones en el que demostró cuán importante es la cooperación para evitar la conflictividad bajo el criterio de un objetivo común.
El estudio de Sherif evidenció que la única manera efectiva de reducir la hostilidad y la discriminación entre dos grupos enfrentados era la introducción de metas y objetivos comunes que requerían la colaboración obligatoria de ambos bandos para poder alcanzarse. Pero, cómo lograr esa colaboración entre distintas personas, si se enfatiza sobre las diferencias entre los seres humanos en vez de resaltar lo que los une.
Por lo que se hace imprescindible los diálogos efectivos entre las culturas, pero no existe otra forma de lograr consensos si no es a través de la acción comunicativa, es decir, el tipo de interacción social en la que los participantes usan el lenguaje para lograr un entendimiento mutuo y un consenso libre de coacciones, en lugar de buscar imponer sus propios intereses. Pero para que una acción comunicativa sea genuina, todo discurso de los implicados debe contemplar cuatro condiciones: inteligibilidad, veracidad, verdad y rectitud.
Bajo tales criterios, no se podría dialogar si lo discutido se efectúa con base a opiniones y criterios valorativos, propios de creencias, de mitos y religión. Todos los participantes deben contar con capacidades argumentativas (herramientas racionales), pero no para suprimir sus emociones o valores, sino para traducirlos en argumentos comprensibles que puedan ser discutidos de forma justa, pacífica y en igualdad de condiciones. Saber argumentar y poder contrargumentar, al margen de exaltaciones emotivas, debería ser la forma para poder lograr acuerdos.
Sin embargo, cómo lograr tal calidad de diálogos que posibiliten los consensos, si se persiste en entablarlos a partir de propuestas ideológicas y criterios absurdos, que surgen de creencias inciertas, suposiciones ambiguas, valoraciones emotivas, importantes estas últimas, para el comportamiento humano mas no para lograr acuerdos.
Teniendo presente que los seres humanos, además de ser racionales son seres emocionales y que con tal atributo amplía los esquemas rígidos de la razón, la complementa, la enriquece y la expande más allá de sus límites estrictos, que se plasman en su comportamiento a partir de los sentimientos y que estos, junto a los procesos cognitivos, dan lugar a la imaginación, por lo que no se pretende limitar el aspecto emocional en las personas sino orientarlo y potencializarlo.
En el caso de la comunicación, imprescindible en todo encuentro que se pretenda entre las culturas, debe admitirse que es la razón la que permite un diálogo efectivo y la que puede mostrar con mayor propiedad lo relevante de los aspectos que se deben priorizar en los diálogos. Pero que eso ocurra presupone que los participantes en la acción comunicativa cuenten con las herramientas discursivas para hacerlo.
De no contar con tales reglas del juego se imposibilitaría, enormemente, el poder llegar a acuerdos efectivos. Por lo que, como lo diría Voltaire: Si quieres hablar conmigo, define tus condiciones. Es decir, definir con claridad de lo que se está hablando y el significado expreso de las palabras para evitar confusiones.
Arrastrar la identidad cultural, las preferencias personales al escenario público, pretendiendo imponerlas, es la causa de las desavenencias más frecuentes dentro de los diálogos interculturales, en conversaciones interpersonales, pues con ello se invade la esfera privada de aquellos que posiblemente practican otras costumbres u otra forma de ver las cosas.
Se dialoga cuando se desea expresar lo que se es, para intercambiar puntos de vista, criterios sobre las cosas y establecer acuerdos. Bajo criterios en los que esté presente la escucha activa, la empatía, la asertividad, la apertura al cambio. De lo contrario, la conversación será un diálogo de sordos, un monólogo, en el que las personas no se escuchan ni se entienden entre sí. Un diálogo que, en vez de agilizar los procesos, los retarda, constituyendo una pérdida de tiempo y un fracaso en cuanto a la posibilidad de establecer consensos.
En conclusión, la irrepetibilidad de una persona es un hecho, su acervo cultural que la identifica, también, pero al caer en excesos, en fanatismos, se convierte en obstáculos infranqueables para lograr acuerdos y distender los conflictos.
