Memorias con Horacio Cantoral, padre: Primera entrega

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Fernando Cajas

Soy Fernando Cajas, hijo de Horacio Cajas Cantoral y de Lydia Domínguez Amaya, ambos quetzaltecos, cuyos padres también eran quetzaltecos.

En estos días, mientras reflexiono sobre el amor que guía y el compromiso que sostiene a las familias a través de las generaciones, regresa con fuerza un recuerdo de inicios de los noventa. Sería alrededor de 1993. Yo venía de visita —desde Panamá, donde residía entonces porque estudiaba en la Universidad de Panamá— y, al llegar a Quetzaltenango, anuncié con ilusión: «Voy a ir a nadar al Atitlán». Solo disponía de unos pocos días. Mis hermanos dudaron, pero papá y mamá respondieron sin titubeos: «Nosotros te llevamos».

Salimos los tres. Papá, mamá y yo. Nos hospedamos en San Pedro la Laguna, en un hotel cuyo dueño era el alcalde. No conservo detalles precisos del trayecto —si llegamos en carro hasta el pueblo o si tomamos lancha—, pero sí la calidez de compartir la misma habitación aquella noche.

Yo había ido ya varias veces a San Pedro. Alguna vez viajé con mi amigo Jorge López Recinos, el Camayo, esto fue a mediados de los 80, un mes de diciembre. Justo la Universidad nos había pagado nuestro aguinaldo y decidimos viajar a Atitlán. Yo estaba en mis veinte. Fueron tres semanas de viaje en el Atitlán y luego en las Georginas, unas fuentes termales que se encuentran en la cima del volcán Santo Tomás, llamado Pekul por lo quichés, en Zunil. Camayo quería a mi papá como si fuera su papá. Decía: «tu papá es un niño en un cuerpo de hombre». Una vez los encontré felices, riendo y cantando aquella bella canción de Cri Cri: El ratón vaquero.

El pueblo de San Pedro la Laguna está a las faldas del Volcán San Pedro, el más antiguo de los tres volcanes del Atitlán: El Atitlán, el Tolimán y el San Pedro, este último de más de 40 mil años. El nacimiento del San Pedro seguramente se dio al formarse la Caldera III, hace 86 mil años ya que toda actividad geológica de la zona cambió con lo que se llama la erupción de Los Chocoyos. El colapso de la cámara magmática produjo un agujero enorme, la fosa que de a poco se llenó de agua de lluvia para formar el lago Atitlán.

El lago no tiene ríos que lo llenen. Hay un par de ríos pequeños, pero realmente son pequeñas contribuciones en relación con el tamaño del enorme lago. Aunque están los pequeños ríos llamados Quiscab, San Francisco (o Panajachel), Tzununá, San Buenaventura, Cojolya y Tzalá, pero la mayoría del volumen del agua se llenó luego de decenas de miles de años de lluvia. La caldera colapsada, Caldera III, generó una fosa gigantesca de unos 18 kilómetros de diámetro y cerca de 900 metros de profundidad original. Una parte se rellenó de inmediato con la misma tierra y rocas que se derrumbaron durante la explosión, dejando un cuenco libre de cientos de metros de profundidad que debía ser ocupado por el agua. Llevó miles de años llenar esta fosa que se llama actualmente Atitlán con sus bellos volcanes.

El San Pedro es un volcán de forma cónica casi perfecta, como el amor verdadero, de forma de cono, con algunas montañas laterales del lado occidental, con una altitud de unos 3 mil metros. Está a la orilla del bello lago de Atitlán que lo baña. A la par se encuentran los otros dos bellos volcanes: El Atitlán y el Tolimán, testigos silenciosos de decenas de miles de años de vida en estas tierras. Recuerde que cuando uno llega a Panajachel el volcán que uno mira de frente es el Tolimán, no el Atitlán.

Como siempre que encuentro un cuerpo de agua, un río, una piscina, un lago, inmediatamente me meto a nadar. Mientras yo me sumerjo en las aguas del lago Atitlán, en la laguna de San Pedro, la pequeña bahía al frente del pueblo y a la orilla del muelle, ellos, mamá y papá, Lydia y Horacio, descansaban. Poco después, papá salió al mercado. Como era su costumbre, ya llevaba todo planificado en silencio. Seguro a las 5 a.m. hizo su lista de cosas por hacer e incluyó la visita al mercado de San Pedro. Regresó con un hermoso traje ceremonial indígena —un traje de “TAT”—. TAT significa papá, abuelo, TATA, en cakchiquél, el idioma que se habla en San Pedro la Laguna. De esos trajes que hablan de identidad y respeto profundo. Mi mamá, entre sorpresa y cariño, le dijo: «Ay Horacio, qué te compraste ahora». Él sonrió.

Mientras escribo esta historia creo que es la primera vez que la cuento, pero me dice mi amigo Omar Marroquin, que no. Que ya la había leído. He buscado y no encuentro la historia de TAT y la reacción de mamá. En todo caso el traje que se compró papá era precioso. Lo conservó durante muchos años, hasta que alguien lo robó. En su momento costó alrededor de xxxx quetzales; no me acuerdo, hoy valdría muchísimo más. Pero su verdadero valor residía en lo que simbolizaba: la disposición de papá a vivir las otras culturas, a sentirlas, a reconocer en ellas sabiduría y humanidad.

La gente a veces veía a papá: “un tanto excéntrico”; yo, en cambio, lo admiraba profundamente. Si no hubiera sido mi padre, igual habría admirado a ese hombre que sabía lo que quería, lo planificaba con disciplina y luchaba por lograrlo sin perderse en justificaciones ni en lo que no se puede cambiar.

Ahora, desde la montaña de San Marcos la Laguna, desde donde puedo observar de frente al volcán San Pedro, recuerdo aquel hombre que cada mañana, antes de las 6 am ya nos levantaba con su grito de guerra: «Arriba Tecún valiente, no temáis al enemigo, recordad que estoy contigo que soy Witizil Sunum».

Papá era un trabajador compulsivo, pero sabía descansar. Cada día dormía temprano, a las 8 de la noche, día a día, noche a noche. Desayunábamos y cenábamos juntos. En el desayuno, que iniciaba con una reflexión bíblica, cada uno decía lo que haría (debía indicar sus avances en la noche a la hora de la cena familiar). Los domingos de nuestra infancia eran especiales. Variaban en su naturaleza familiar desde que yo iba a pie a Almolonga, usualmente solo, y nadaba en la pequeña piscina de Villa Alicia. Tendría yo doce años. Ya luego me integraba al almuerzo familiar y después salíamos en el carro a dar vueltas en la entonces silenciosa Quezaltenango. Así se llamaba, así se escribía: Quezaltenango. Recuerdo los helados de la Calle del Calvario: los Tasty Freeze.

Cuando aprendí ingles por inmersión total en Illinois, antes de viajar a Michigan a mediados de los 90 yo les encontraba sentido a las frases de la infancia en inglés. Así Tasty Freeze era «sabor congelado». Y así la cadena de frases que entendía en mi nuevo idioma de inmersión total, Orange Crush, Seven Up… a todo esto le encontré sentido. Además de las frases cortas que decía papá en inglés luego del tiempo que había vivido en Nuevo Orleans en los años 60, como Good morning por la mañana, o, give me one weekend, my heart is only yours. “Ay Horacio» diría mi bella mamá.   

De regreso a mis recuerdos con papá: A veces almorzábamos en algunos de los restaurantes chinos de la antañona Quezaltenango, ya sea el Bikini o el Shangái. Maris mi hermana mayor se sabía de memoria el menú. Siempre pedía el «66».  Recuerdo con especial nostalgia aquellos días de campo de domingo. Lo hacíamos esporádicamente a la orilla del río Chiquilajá —o Xequijel, con X—. El agua era limpia al extremo que había pequeños pescados. Era un río de agua fría porque venía de la sierra para luego adherirse al río Samalá en la entrada a Quetzaltenango por el occidente en lo que se llama las Rosas.

Esos domingos de día de campo recuerdo que en familia jugábamos fútbol, tres contra tres, ya que somos cuatro hermanos, dos hombres, dos mujeres. Rápidamente todos querían quedar en el equipo donde quedaba papá para asegurar el triunfo. Él nos ganaba siempre con esa mezcla de habilidad y alegría serena. Bueno, había jugado en el Xelajú. No hablaba mucho, pero sus actos educaban. Comíamos juntos, a la par del agua fría y limpia, en una armonía sencilla que hoy recuerdo con gratitud.

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