Los caminos de la vida: Cambios para el 2026
Fernando Cajas
Recuerdo con claridad mi primer día de trabajo en la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), una de las instituciones más importantes del mundo para el desarrollo de la ciencia, cuya sede es Washington DC. La AAAS y su proyecto estrella, Project 2061 sobre alfabetización científica, me había contratado para un postdoctorado enfocado en el aprendizaje de la tecnología y la ingeniería. En agosto de ese año me había graduado en la Universidad Estatal de Michigan, donde estudié la tecnología como parte del aprendizaje de la ciencia. Había dos opciones para el post doctorado: la Universidad de Florida o la AAAS. Mi consejero, James Gallagher, un académico mundial en educación científica, me sugirió ir a Washington.
La entrevista de trabajo es clave para conseguir un empleo. Fue a finales de agosto, con el otoño marcando los bellos colores del hemisferio norte. Años antes, viajaba en tren desde Southern Illinois University hasta Michigan solo para admirar esa maravilla de los colores del otoño en las plantas.
En la entrevista, las preguntas esperadas: ¿Por qué está interesado? ¿En qué puede aportar? Y la determinante: ¿Cuáles son sus aspiraciones salariales? Gallagher me había preparado, pero siempre hay preguntas complicadas. Desde mi primer año de doctorado, seguía el Proyecto 2061 y «Science for All Americans», un documento que transformó la alfabetización científica global. Ya había publicado artículos sobre sus fortalezas y debilidades.
Me incorporé en septiembre de 1999. Lo primero: revisar investigación sobre aprendizaje de tecnología. Los conceptos de tecnología y técnica se abandonan en muchos países, incluyendo EE.UU. y Guatemala. Hay mucha investigación en ciencia y matemática, pero poca en tecnología, ingeniería y técnica. Por una concepción elitista, se prioriza lo abstracto, relegando la educación técnica a «personas de bajo estatus».
Recuerdo comentarios clave en esos días en Washington, que hoy, al escribir sobre cambios necesarios para Guatemala en 2026, quiero compartir. Uno: semanas después, el director George Nelson —astronauta y diseñador de trajes espaciales para la NASA— me saludó alegremente: «Hi Fernando, ¿cómo está?». Sin pensar, respondí: «surviving» («sobreviviendo»).
Días después, me llamó a su oficina: «Fernando, aquí no estás para sobrevivir. Estás para dejar aportes importantes. Nuestro trabajo es mejorar ostensiblemente el aprendizaje de la ciencia, matemática, tecnología e ingeniería».
No fue regaño, sino reflexión profunda. Me hizo pensar cómo la cultura nos lleva a responder irreflexivamente «sobreviviendo», limitándonos a estar vivos sin la satisfacción que merecemos. Esa respuesta dice mucho de nosotros.
Mientras la cultura cotidiana nos hace irreflexivos, la vida social exige cambios. Guatemala se hunde en indiferencia ciudadana, y peor, en silencio de profesores universitarios. Si preguntamos a docentes de la San Carlos cómo están, dirían: «Aquí aguantando».
«Sobreviviendo» o «aguantando»: gerundios que describen silencio en aulas de la otrora universidad del Pueblo, luchadora por justicia social. La dictadura impuesta por Walter Mazariegos ha generado terror, olvidando el pensamiento crítico.
Si 2026 será distinto, debemos hacer más que sobrevivir o aguantar. Debemos proponernos un mejor país, facilitando conversaciones importantes más allá de redes sociales —donde algoritmos inventan mentiras contra personas honestas como José Rubén Zamora, Virginia Laparra, Bernardo Caal y tantos más.
Los caminos de la vida no son fáciles de caminar, y menos de hacer, pero sin miedo debemos transitarlos, como dice la canción. Ese es el reto guatemalteco.
