Lindeza de finales de verano
Ilka Olivia Corado
Antonia siempre ha admirado la belleza que habita en la nostalgia del final del verano. Los pétalos de los mirasoles a medio secar y el zacate madurando con sus flores llenas de grillos. La tristeza melancólica del canto de las últimas chicharras opacado por los días de lluvia siempre fue una melodía cargada de poesía silvestre.
En los últimos días del verano el bochorno de la humedad comienza a disiparse y poco a poco mientras los campos se llenan de las semillas de encino que caen de golpe anunciando el comienzo del otoño, los zancudos se despiden del festín y dan paso a los colores zapotes y pitayos de la época del frío que en el bosque los arces celebran con los tonos achiote y ocre que engalanan sus hojas.
A Antonia lo cotidiano siempre le ha provocado una especie de asombro, la forma en la que las aves construyen sus nidos, la templanza de empezar de cero si los vientos se los destruyen y el arrojo para hacer en la nada su hogar. La paciencia de las hormigas cargando las migas que encuentran en el camino, una tras otra, organizadas como ninguna otra especie. El nacimiento de las libélulas, el encanto de la oruga que se convierte en mariposa. Y el espejo que nace de los charcos.
El amarillo del polen emponchando las patitas de las abejas. Los pétalos secos de los rosales que fueron el encanto del verano, para Antonia son la belleza del paso del tiempo, como las canas y las arrugas en la piel. El monte comenzando a secarse, la tierra rajada por la canícula, las cáscaras de los árboles y las ramas secas que se encuentra en el sendero cuando va al bosque, el sonido de estas quebrándose cuando las estruja al caminar. Todo, todo es parte de la hermosura de finales de verano.
Las luciérnagas embelleciendo la hora de oración. Y el vaho único de las alboradas con el rocío sobre las hojas, lindeza de finales de verano. Lo cotidiano es así de hermoso, piensa Antonia para sus adentros, sorbiendo una taza de café de tortilla. Es poesía, es encanto, es parte de la nube de locura en la que habitan los que encuentran en lo habitual un hálito que les permita seguir resistiendo, en medio del bullicio de una metrópoli de cemento y falsedad a la que los embusteros le han llamado progreso.
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