La apuesta desesperada de un imperio en agonía

Mario

Mario Rodríguez

La guerra de Estados Unidos contra el mundo tiene hoy su principal teatro de operaciones en Irán, y no se trata de una cruzada por la democracia y la libertad, sino de una estrategia desesperada por apuntalar su poder, en una etapa en que su hegemonía se encuentra en declive.

Esta guerra no puede entenderse al margen de ese declive estructural. Es la expresión más latente del nacimiento del mundo multipolar por nacer, y que enfrenta su mayor reto. Su desenlace, no solo definirá el conflicto regional, también marcará el rumbo futuro de la geopolítica global.

Afirmamos que esta guerra no se sostiene sobre valores, existe por la necedad y las mentiras de sus líderes. Tanto Estados Unidos como Israel, intentan evitar una caída que parece inevitable. 

Una potencia en plena hegemonía no necesita apostar todo a una confrontación de alto riesgo; lo hace cuando los instrumentos del consenso se han agotado y solo queda la coerción. Pero la coerción, cuando no va acompañada de capacidad real para imponer resultados, no detiene el declive, más bien lo acelera.

El cambio de régimen en Irán, uno de los objetivos confesos de Trump, no se logra asesinando al líder religioso del país. Menos con decapitar a los altos mandos militares y políticos. Sus llamados a rebelarse contra el régimen del Ayatolá, tampoco sirvieron de mucho.

Ahí reside la paradoja central de esta guerra. Si Estados Unidos logra el objetivo de cambiar el régimen, habrá ganado una batalla dentro de una guerra más larga; pero si no se logra, habrá precipitado exactamente lo que intentaba evitar.

Esa paradoja tiene también una dimensión interna que no pueden ignorar. Israel lleva más de 4 años en guerra permanente, sin obtener ningún resultado tangible, más que solo perpetrar el mayor genocidio de la era moderna. Es Estados Unidos quién financia esta aventura, precisamente el país más endeudado del mundo, no tiene la suficiente capacidad para afrontar el desgaste que esto le está provocando.  

El cambio de régimen no implica compartir el mismo objetivo con Israel. Varios analistas han señalado que Donald Trump se está jugando su presidencia, mientras Netanyahu, logra que un presidente de Estados Unidos atacará Irán después de 40 años de insistir.

Con una guerra costosa, prolongada o sin victoria clara no solo desgasta a ambos ejércitos, también genera implicaciones políticas que pueden llevar a fracturar las coaliciones que lo sostienen. En Estados Unidos existe ya una advertencia hacia la influencia que Israel tiene en las decisiones de política exterior.

La historia reciente de Estados Unidos muestra que sus guerras extranjeras terminan volviendo como crisis domésticas.  Vietnam destruyó a Johnson, Irak hundió a Bush. Si esta aventura en Irán sigue ese patrón, Trump no solo enfrentará el desgaste electoral inevitable, sino que podría convertirse en el presidente bajo cuya guardia se produjo el declive hegemónico de Estados Unidos.

El objetivo real es mantener el poder. Por eso no necesita disfrazarse de valores ni de principios, busca preservar la hegemonía, sostener el dominio sobre un orden mundial que se le escapa de las manos.

Trump y Netanyahu han dejado claro que la comunidad internacional y la ONU son obstáculos burocráticos prescindibles, normas que solo aplican a los débiles. Lo que queda en su lugar no es un nuevo orden, sino la ley de la selva. Se instala la lógica del más fuerte, sin mediaciones ni instituciones que la contengan.

Desde esa lógica, ya no tiene sentido preguntarse con qué derecho Estados Unidos e Israel atacan impunemente a un país soberano, promueven un cambio de régimen, secuestran a un presidente o asesinan a líderes religiosos y militares. La respuesta es tan simple como brutal, ningún derecho les asiste, pero lo están haciendo.

Actúan porque pueden, porque hasta ahora nadie con suficiente poder ha sido capaz de impedírselo. Y esa es quizás la dimensión más inquietante de esta coyuntura. No es solo que se violen las normas, sino que su violación sistemática y reiterada las va vaciando de contenido, normalizando la impunidad como principio rector de las relaciones internacionales.

Por el momento, no existe una fuerza contrahegemónica con la voluntad y la capacidad de ponerles un alto. Mientras esa fuerza no emerja, el mundo no está ante una crisis del orden internacional, sino ante su posible disolución.

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