Infantinos e infantiles

Trump21

Gerardo Tecé

Por primera vez, la FIFA le ha quitado una tarjeta roja a un futbolista para que pueda disputar el siguiente partido. El impulsor de esta decisión pionera –hasta hoy existía la mala costumbre de que, cuando alguien era expulsado, se perdía el siguiente encuentro– ha sido el presidente naranja Donald Trump. Descontento por la no participación del futbolista norteamericano Balogun en la siguiente ronda, el presidente de uno de los países organizadores del Mundial decidió descolgar el teléfono y hablar con su amigo, esclavo y siervo, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. “Le dije que no podía ser que los equipos jugasen sin los mejores y que, además, no tenía sentido castigar a alguien en un partido que todavía no se ha jugado”, confirmaba en su red social Truth –verdad verdadera– la secuencia de unos hechos que se habían producido exactamente de la manera patética que todos habíamos imaginado. En Bélgica, siguiente rival de EEUU, no daban crédito ante una decisión tan injusta, aleatoria y descarada destinada a favorecer a un tipo en concreto. Y eso que en Bélgica tienen rey.

Cuando hagan la película de este tiempo estúpido y violento que asumimos con cierta normalidad, la escena de Trump manipulando el Mundial de fútbol, y tantas otras cosas, seguro que estará presente. Pero los guionistas, si son buenos, caerán en la cuenta de que hay un prisma infinitamente más interesante que el del matón y es el de los pelotas que rodean al matón. Quizá la peli no irá de Trump, sino de las patéticas personas que besaron las suelas de los zapatos de Trump. No es la primera vez que Gianni Infantino logra transmitir, a nivel planetario, un sentimiento tan complejo que pocos idiomas son capaces de describirlo: la vergüenza ajena.

Cuando a Trump no le concedieron el Nobel de la Paz que tanto le apetecía colocar en la vitrina y amenazó con bombardear Oslo, Gianni descolgó a toda prisa el teléfono para anunciarle a su poderoso amigo naranja que, mira por dónde, casualmente la FIFA –eso del fútbol– había decidido crear un premio de la paz y que a ver si adivinaba quién lo había ganado. Al tiempo que Infantino le otorgaba el premio de la paz de cartón piedra, Corina Machado, a la que un celoso Trump había insultado en público días atrás, viajaba a Washington para ofrecerle el real. Cuando hagan la peli tendré que taparme los ojos. Sufro muchísimo con las escenas fuertes.

No es Trump lo más sabroso del trumpismo, sino los idiotas y mudos que lo hacen posible cada día. Trumpismo, una idea estúpida y la otra lo mismo, es el entrenador norteamericano no pudiendo ya elegir si poner de titular o no al jugador indultado por toda la cara. Imaginen al míster del banquillo gringo diciendo ahora que no lo pone porque había pensado en un 4-5-1. Podría acabar en un consejo de guerra. Trumpismo es el jefe de la OTAN diciéndole al presidente de EEUU “siempre tuyo”, cuando le escribe un mensaje por WhatsApp, y, sin embargo, siendo capaz de mirar a los ojos a sus seres queridos. Es el patriota Abascal aplaudiéndole cuando ataca a España y mendigando una foto. Es la manada de corresponsales españoles conservadores que, desde la Casa Blanca, luchan por una mirada suya. “No todos los días uno pasa la Nochebuena con el mejor presidente de la historia de Estados Unidos. Feliz navidad desde el lugar más poderoso del mundo”. Así celebraba un propagandista español de ultraderecha tener lejos a su familia en Navidad, pero cerquita, al otro lado de la cinta de seguridad, a quien pasará a la historia como el presidente más patético de la historia de EEUU. Un patetismo que sería injusto atribuirle en exclusiva a Donald Trump. Nada de esto sería posible sin los Infantinos y los infantiles que cada minuto disfrutan del placer de besarle las botas a un tipo con poder. De aquí a la final lo mismo se frustra por no entender el fuera de juego. Estaríamos jodidos.

Fuente CTXT.es

Facebook comentarios