El nuevo poder energético de China, controlar la demanda

Mario

Por Mario Rodríguez

Hay momentos en la historia que las guerras pasan a convertirse en conflictos que definen una época. Así, el campo de batalla se desplaza hacia los mercados, las rutas comerciales y el control de las cadenas de valor, cuestiones que producen una serie de implicaciones más amplias que afectan a otros países que no participan directamente en la guerra y son forzados a tomar decisiones que determinan quién puede absorber una crisis y quién se queda atrapado en ella.

La guerra de Estados Unidos contra Irán parece ser uno de esos momentos históricos. Lo que está en juego no es únicamente la victoria militar, sino la capacidad de decidir quién absorbe el costo de una crisis y quién queda atrapado en ella.

La guerra contra Irán no es un conflicto más. Es una guerra de continuidad. Busca desesperadamente sostener un imperio en declive. Estados Unidos busca el control de los flujos petroleros, porque de eso se trata está guerra de agresión. Pero estas acciones afectan dos de los principales pilares de su hegemonía, la economía y el poder militar.

Antes, Estados Unidos ejercía el control relativo sobre el petróleo y el gas, respaldado por una hegemonía indiscutible sobre la seguridad y las finanzas vinculadas a esos bienes. Por eso la guerra se convirtió en existencial. Con una deuda en crecimiento y un poder militar sin renovación, al aferrarse al control de las rutas, los bienes y su comercialización, no solo garantizaba el uso del dólar como moneda de pago internacional, también les proporciona a sus empresas una ventaja competitiva que el resto de su economía ya ha perdido.

Y ante la debilidad estructural de su economía, Donald Trump recurrió a la fuerza militar para revertir ese deterioro. Con Venezuela logró acceso rápido y sin costos relativos al control del petróleo, mientras profundizaba el apoyo militar a Israel y obligaba a la Unión Europea a cargar con los costos de la guerra en Ucrania, lo que generó una falsa ficción que podía con todo lo demás. Pero las debilidades estructurales son cada día más visibles.  

Más allá de sus consecuencias militares y de la disputa por el control de las rutas petroleras del Golfo Pérsico, lo que comienza a revelarse es algo mucho más profundo. El poder energético mundial está atravesando una transformación estructural profunda. Y esto afecta el papel tradicional de Estados Unidos, erosiona la influencia de la OPEP y de paso, coloca a China en una posición que desafía abiertamente la lógica impuesta por Washington.

No se trata de un reacomodo menor. Estados Unidos sigue siendo el actor central, pero ya no es el hegemón indiscutido. La OPEP, por su parte, ve cómo su capacidad para decidir los precios y los flujos se diluye frente a la irrupción de nuevos productores, nuevas alianzas y la deserción de sus miembros.

China no solo se beneficia de está reconfiguración, más bien se aprovecha de ella porque previamente impulsó una reconstrucción de su matriz energética, tejió redes de suministro diversificadas, construyó rutas alternas que escapan al control estadounidense. La paradoja es que Estados Unidos, en su empeño por contener a sus competidores, termina acelerando el mismo proceso que lo desplaza. Cada sanción, cada arancel, cada intento de cerrar el paso a países enemigos o competidores, que en la mentalidad estadounidense viene siendo lo mismo, solo provoca que los países afectados busquen alternativas y soluciones por fuera del orden establecido.

El poder energético ya no es un juego de suma cero, sino un tablero en el que las fichas se mueven más rápido de lo que los antiguos dueños del juego pueden controlar.

Durante décadas, el poder sobre el petróleo se interpretó fundamentalmente desde el lado de la oferta. Quien controlaba los pozos, la producción y las rutas de exportación tenía capacidad para influir sobre el precio. La creación de la OPEP convirtió esa capacidad en una herramienta política y económica de alcance mundial.

Pero cuando Estados Unidos presionó a Arabia Saudita para dejar la OPEP, anunció el robo descarado de las reservas de petróleo de Venezuela, envió una señal que iba más allá de esos casos puntuales. Demostró que estaba dispuesto a intervenir en las disputas multilaterales del petróleo y que implicará una afectación directa a sus intereses nacionales. Así que, sin mediar las reglas de mercado, ni los marcos institucionales, ni mucho menos el respeto del derecho internacional, Estados Unidos intervendría de manera directa.

Esa señal se volvió una amenaza real cuando Washington secuestro al presidente de Venezuela y luego bombardeó Irán, porque entonces, quedó claro que cualquier país productor o consumidor podía quedar expuesto a una lógica similar.

A partir de ahí, los flujos de suministro energético dejaron de ser tratados únicamente como una variable de mercado y comenzaron a incluirse en los cálculos militares de seguridad nacional de muchos otros países, que vieron a Estados Unidos buscar al mismo tiempo perturbar las cadenas de suministros, los contratos preestablecidos y reorientar los distintos eslabones del proceso, desde la extracción, hasta el transporte y la distribución.

Japón fue, en una primera etapa, el más afectado por su dependencia al petróleo del Medio Oriente y por no contar con las reservas adecuadas para afrontar interrupciones prolongadas de los flujos de energía. Pero pronto, el resto del mundo sintió el impacto con la volatilidad de los precios y la amenaza de una inflación generalizada.

Con la confiscación del petróleo venezolano y la reestructuración impuesta por Estados Unidos, se afectó las inversiones directas previas de Rusia y China en Venezuela, desplazando a las empresas de esos países del territorio venezolano para que empresas de Estados Unidos ocuparan esos contratos.

Una de las grandes paradojas de la actual guerra entre Estados Unidos e Irán es que el escenario que podía haber provocado una explosión de los precios del petróleo no se produjo, hasta ahora, el cataclismo anunciado no ha llegado.

A pesar de que se cumplieron casi todas las condiciones que históricamente habrían disparado una crisis petrolera, como el cierre o la severa interrupción del tráfico petrolero por el estrecho de Ormuz, la reducción de las exportaciones iraníes, los ataques contra infraestructura energética y las restricciones a la navegación y las sanciones contra terceros países que compraban a Irán, constituían en conjunto, los ingredientes para una crisis de dimensiones extraordinarias.

Pero está sucediendo algo inesperado. La Agencia Internacional de Energía documento una fuerte alteración de los flujos mundiales de petróleo y una caída importante de las existencias globales desde el comienzo de la guerra. Al mismo tiempo, la demanda mundial también se ha contraído, mientras que el precio Brent del petróleo se ha mantenido en un rango muy inferior al que se pronosticaba para un escenario prolongado de interrupción del estrecho de Ormuz.

La pregunta, no es solamente por qué el petróleo no llegó a 200 o 300 dólares. La pregunta verdaderamente importante es ¿Quién absorbió el impacto de la reducción de la oferta?

Para comenzar a responder esta cuestión, no basta con analizar cuánto petróleo desapareció del mercado como consecuencia de la guerra, sino cuánto petróleo dejó de demandar China a causa del conflicto, y cuál fue la razón.

Los datos recientes apuntan en la dirección de una reducción drástica de demanda china. La agencia Reuters reporta que durante el segundo trimestre de 2026 el consumo chino de petróleo cayó alrededor de 9% interanual, impulsado en buena medida por la expansión de los vehículos eléctricos, la electrificación del transporte y de determinadas actividades industriales.

Igor Sechin, alto cargo de la petrolera rusa Rosneft, dio la respuesta; cuando habló en el foro de Vladivostok afirmo: “este año, China ha tomado efectivamente la delantera de la OPEP y, sin ser miembro de ningún cartel, ha logrado estabilizar el mercado mundial de petróleo al reducir sus importaciones de petróleo en 5,5 millones de barriles por ⁠día» Reuters.

Según la interpretación de Sechin, China asumió el rol de estabilizador del mercado petrolero mundial. Su argumento es contundente, porque menciona que China logró compensar una parte sustancial del shock de oferta, reduciendo su propia demanda. Pero esa reducción fue de tal magnitud que su volumen equivale al consumo combinado de Alemania, Francia y el Reino Unido. Es decir, la reducción unilateral de un solo país fue tan grande como lo que consumen juntas tres de las mayores economías de Europa.

Esta afirmación es importante, porque confirma que China puede modificar deliberadamente su demanda y afectar directamente los precios globales, ante una escala de sanciones, siendo capaz de alterar el equilibrio mundial del petróleo. La OPEP tradicionalmente ha ejercido poder sobre el mercado actuando sobre la oferta, interviniendo para producir más, menos, abrir o cerrar el grifo, pero en la actualidad dejó de tener tanta influencia en los precios.

Ahora China puede comenzar a ejercer una influencia comparable desde el otro lado de la ecuación; comprar más o comprar menos, utilizar sus reservas, electrificar su transporte, sustituir el petróleo por otras fuentes y modificar sus necesidades de importación. En otras palabras, el poder petrolero comienza a dejar de ser exclusivamente una cuestión de quién controla los pozos y las rutas de distribución. También es una cuestión de quién puede regular la demanda.

China ha logrado construir una base material lo suficientemente robusta y diversificada para que su dependencia del petróleo no signifique un costo negativo para su desarrollo. Dicha estrategia se construyó sobre el control de las cadenas globales de mercancías y sobre el poder de obtener mayor valor del segmento de la cadena que genera mayor plusvalía dentro de la generación renovable, sin constreñir a los otros actores a obtener ganancias en esa cadena. Además de producir energía eólica, hídrica y solar, genera y produce sus propias tecnologías y equipos.

Este es un poder concreto y el menos reversible en el corto plazo. Los aranceles que impone Estados Unidos no pueden sancionar una capacidad manufacturera instalada de la misma forma que se sanciona un flujo financiero o imponer impuestos a productos en la entrada aduanera.

La evidencia muestra que la matriz energética global no refleja un orden multipolar ya constituido, sino un proceso abierto de disputa por definir si tal orden llegará a consolidarse y bajo qué configuración de poder lo hará. Esta distinción no es meramente semántica, pues de ella depende la interpretación de la fragmentación observable del poder energético, ya sea como el resultado de una transición hegemónica en curso o como la simple erosión de un orden sin sustituto claro; es decir, como un interregno en la acepción gramsciana que caracterizan los períodos de crisis sistémica del capitalismo histórico.

Aquí reside la importancia de las palabras de Sechin. Lo que ha quedado expuesto durante la guerra contra Irán es que ese poder ya tiene un contrapeso simétrico y, en la práctica, resultó ser bastante eficaz, al lograr administrar la demanda.

China no necesita coordinar cuotas con nadie, ni pertenecer a ningún cartel; le basta con abrir o cerrar el grifo de sus propias importaciones, algo que solo es posible gracias a la acumulación previa y deliberada de reservas estratégicas, infraestructura de electrificación diversificada y capacidad de sustitución energética. Ese poder estructural, en el sentido más clásico, no se ejerce mandando, se concreta estableciendo las condiciones que hace que todos los demás carguen con las consecuencias.

Aquí aparece la dimensión más incómoda de todo el asunto. Estados Unidos todavía conserva una extraordinaria capacidad militar, financiera, tecnológica y energética. Puede imponer sanciones, controlar rutas marítimas estratégicas y ejercer una presión enorme sobre productores y consumidores. Pero existe una diferencia entre tener capacidad para provocar una crisis y tener capacidad para controlar sus consecuencias. La guerra contra Irán está mostrando precisamente esa diferencia.

Washington puede alterar la oferta mundial de petróleo. Pero si China puede reducir su demanda en una magnitud comparable, y utilizar sus reservas, acelerar la electrificación y recurrir a fuentes alternativas, entonces una parte importante del poder coercitivo que históricamente produjo el petróleo comienza a perder eficacia. La cuestión ya no es solamente quién posee el petróleo. Es quién puede prescindir de él durante más tiempo.

Y en esa competencia China parece haber comprendido algo que Occidente tardó demasiado en reconocer, la seguridad energética del siglo XXI no consiste únicamente en garantizar el acceso a los hidrocarburos; consiste en reducir la dependencia estratégica de ellos.

La ironía es que Occidente pasó dos décadas presentando a China como una «amenaza» para la estabilidad económica global, cuando la evidencia empírica apunta en la dirección contraria. Según Javier Blas, analista de Boomberg, en el año 2008, fue el paquete de estímulo chino y su compra sostenida de bonos del Tesoro estadounidense lo que evitó el colapso total del sistema financiero. En 2026, ha sido su capacidad de absorción en el mercado petrolero la que impidió que una guerra en Medio Oriente se convirtiera en una crisis energética global. Dos veces en menos de veinte años, el país señalado como riesgo sistémico terminó siendo, de facto, el estabilizador de última instancia de un desorden fabricado por un imperio en declive, que, pese a todo, sigue empeñado en una guerra que no podrá ganar.

Fuente Blog Catarsis

telegram
Facebook comentarios