Davos 2026, Oxfam y la crisis orgánica del capitalismo global

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Resumen

La 56 Reunión del Foro Economico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) que tuvo lugar en Davos entre el 19 y el 23 de enero de 2026 se desarrolló en un clima que ya no puede describirse como una simple transición del orden internacional, sino como una ruptura abierta. No se trata únicamente de tensiones geopolíticas episódicas, ni simplemente de un nuevo ciclo económico adverso, sino de una crisis estructural del capitalismo global en su fase neoliberal tardía, una crisis que combina desigualdad extrema, erosión democrática, autoritarismo emergente y una recomposición autoritaria y tecnofascista del poder político y económico a escala mundial. En este contexto, el nuevo informe de Oxfam publicado con motivo del Foro Económico Mundial no es solo una advertencia técnica sobre la concentración de la riqueza, sino que es una radiografía política de una forma histórica de dominación que ha dejado de disimularse.

El dato central es brutal. La riqueza de los milmillonarios alcanzó en 2025 los 18,3 billones (trillones) de dólares y creció a un ritmo tres veces superior al promedio de los últimos años. Este incremento no es un subproducto accidental del crecimiento, sino el resultado de un sistema que transfiere sistemáticamente valor desde el trabajo, la naturaleza y el Sur Global hacia una oligarquía transnacional cada vez más integrada al poder estatal. Oxfam subraya que esta acumulación extrema no solo produce pobreza económica, sino también pobreza política: una concentración de poder que vacía de contenido a las democracias formales y acelera su deriva autoritaria.

Sin embargo, para comprender plenamente el alcance del momento que atravesamos, el informe de Oxfam debe ser leído más allá de sus propios marcos analíticos. Desde una perspectiva de teoría crítica —informada por Gramsci, Dussel, la tradición de la dependencia y el análisis del sistema-mundo— lo que estamos presenciando es una crisis orgánica del orden hegemónico neoliberal. Las élites ya no pueden gobernar mediante consenso, y recurren cada vez más a la coerción, la excepción y la violencia, tanto en el centro como en la periferia del sistema.

Este texto propone, por tanto, una doble lectura: primero, una exposición de los principales hallazgos del informe de Oxfam; segundo, una interpretación crítica que sitúe estos hallazgos dentro de una crisis histórica más amplia de articulación democrática, hegemonía y legitimidad.

Tres puntos clave

1. La desigualdad extrema ya no es solo un problema social, sino un dispositivo estructural de poder político.

La acumulación obscena de riqueza está directamente vinculada a la captura de los sistemas políticos, los medios de comunicación y los marcos regulatorios por parte de una élite global.

2. El neoliberalismo ha mutado en una forma de autoritarismo oligárquico y tecnofascismo.

Lejos de retroceder, el capital concentrado se reconfigura mediante Estados cada vez más coercitivos que reprimen la protesta, criminalizan la disidencia y normalizan la violencia institucional.

3. Nos encontramos ante una crisis orgánica de hegemonía, no ante una anomalía coyuntural.

El desajuste entre las estructuras económicas, las instituciones políticas y las expectativas sociales ha alcanzado un punto crítico que exige nuevas formas de articulación democrática radical.

El argumento

Para evitar cualquier abstracción excesiva, conviene iniciar este blog examinando algunos de los datos más contundentes que Oxfam pone sobre la mesa en su informe reciente titulado El saqueo continúa: Pobreza y desigualdad extrema, la herencia del colonialismo, y que permiten dimensionar materialmente la anatomía empírica de la crisis que atravesamos:

• Concentración extrema de la riqueza: en 2025, la riqueza conjunta de los milmillonarios alcanzó los 18,3 billones (trillones) de dólares, tras crecer más de un 16 % en un solo año, tres veces más rápido que el promedio de los últimos cinco años. Desde 2020, esta riqueza se ha incrementado en 81 %.

• Capacidad material para erradicar la pobreza: el aumento de 2,5 billones de dólares en la riqueza de los milmillonarios en un solo año bastaría para erradicar la pobreza extrema hasta 26 veces.

• Oligarquización del poder político: los milmillonarios tienen 4.000 veces más probabilidades de ocupar cargos políticos que una persona promedio. En países altamente desiguales, el retroceso democrático es siete veces más probable.

• Colonialismo económico persistente: el sistema global continúa extrayendo riqueza del Sur Global hacia el Norte a un ritmo aproximado de 30 millones de dólares por hora, reproduciendo patrones históricos de saqueo colonial bajo nuevas formas financieras y comerciales.

• Desigualdad climática extrema: desde 1990, el 1 % más rico de la población mundial ha consumido el 15 % del presupuesto global de carbono, mientras que la mitad más pobre apenas ha incrementado marginalmente sus emisiones. Las emisiones per cápita del 0,1 % más rico superan en más de 300 veces a las del 50 % más pobre.

• Responsabilidad climática de la élite: las emisiones derivadas del consumo y las inversiones de 308 milmillonarios superaron en 2024 las emisiones conjuntas de 118 países, lo que los situaría como el decimoquinto mayor emisor del planeta si fueran un Estado.

Estos datos no describen simples desequilibrios económicos, sino una estructura de poder concentrado que atraviesa simultáneamente la economía, la política, el clima y la producción de sentido común o hegemonía.

1. El imperio de los milmillonarios y la economía política del saqueo

El informe de Oxfam es contundente al desmontar el mito meritocrático que sostiene ideológicamente la riqueza extrema. Aproximadamente el 60% de la riqueza de los milmillonarios no proviene de la innovación ni del emprendimiento, sino de herencias, monopolios, clientelismo y corrupción. Esta constatación no es nueva, pero adquiere una gravedad inédita cuando se combina con la escala histórica de la concentración actual.

Desde una perspectiva del sistema-mundo, este fenómeno debe entenderse como la continuación del colonialismo por otros medios. El flujo constante de valor desde el Sur Global hacia el Norte, estimado en decenas de millones de dólares por hora, no es una anomalía, sino una característica constitutiva del capitalismo histórico. La novedad radica en que esta extracción se produce hoy en un contexto de crisis ecológica, estancamiento social y agotamiento de los mecanismos de legitimación política.

La oligarquía global ya no se limita a acumular riqueza: busca activamente blindar su posición mediante el control de los Estados, la legislación fiscal, los sistemas judiciales y las plataformas mediáticas. Oxfam muestra que los milmillonarios tienen miles de veces más probabilidades de ocupar cargos políticos que una persona promedio. Esta sobrerrepresentación no es un defecto del sistema democrático, sino su transformación en otra cosa.

2. De la hegemonía al dominio: crisis orgánica y autoritarismo

Gramsci definía la crisis orgánica como el momento en que las clases dominantes ya no pueden gobernar como antes y las clases subalternas ya no quieren ser gobernadas del mismo modo. Davos 2026 encarna esta definición con una claridad inquietante. Las élites económicas reconocen implícitamente la fragilidad del orden que defienden, pero son incapaces —o no están dispuestas— a cuestionar las bases estructurales de su propio poder.

En lugar de una reforma democrática profunda, la respuesta ha sido una huida hacia adelante: militarización de fronteras, criminalización de la protesta, erosión del derecho internacional y normalización de discursos autoritarios. El auge de figuras como Trump y la convergencia entre ultrarricos, tecnocracias y proyectos tecnofascistas no es un accidente histórico, sino una respuesta coherente del capital ante la pérdida de hegemonía.

Davos 2026 y América Latina: gestión del riesgo y reproducción del saqueo

Aquí es donde la mirada del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) sobre América Latina debe ser leída críticamente. En los documentos del WEF presentados en Davos 2026, la región aparece como un espacio marcado por riesgos que incluyen la vulnerabilidad climática, debilidad institucional, migración, informalidad laboral, baja productividad, etc. Sin embargo, estas categorías despolitizan procesos históricos de dominación y los traducen en problemas técnicos de gobernanza.

El Global Risks Report 2026 reconoce que la desigualdad es uno de los riesgos más interconectados del sistema global y admite una transición hacia un orden de “multipolaridad sin multilateralismo”. Sin embargo, aunque este reporte reconoce la desigualdad como riesgo sistémico, evita nombrar las relaciones de poder que la producen. América Latina es concebida como proveedora de recursos estratégicos (minerales críticos, biodiversidad, energía, y datos) y como territorio de ajuste para la estabilidad del sistema global. No es agente político, sino variable de gestión. Así la región es representada fundamentalmente como un espacio de externalidades, fuente de materias primas críticas, territorio vulnerable al cambio climático, zona de expulsión migratoria y laboratorio de reformas institucionales. No aparece como agente político ni como espacio de disputa por modelos alternativos de desarrollo.

Nuevo modelo de acumulación y extractivismo ampliado

El nuevo modelo de acumulación promovido desde Davos no rompe con el patrón histórico de dependencia latinoamericana. Al contrario, lo actualiza. A la extracción tradicional de materias primas se suman hoy nuevas formas de expoliación que van desde el extractivismo verde ligado a la transición energética, la apropiación territorial para megaproyectos de infraestructura hasta la financiarización de la naturaleza y la captura de datos en el marco de la economía digital crecientemente piloteada por la Inteligencia Artificial (IA).

Desde el concepto de saqueo climático desarrollado por Oxfam, este proceso adquiere pleno sentido. Los países latinoamericanos, responsables de una fracción mínima de las emisiones históricas, cargan con los costos sociales, ecológicos y territoriales de una transición diseñada para sostener los patrones de consumo del Norte global. La transición verde, lejos de ser neutral, se convierte en una nueva frontera extractiva y modelo de acumulación.

Neoimperialismo tecnofascista y restauración de la Doctrina Monroe

Este modelo de acumulación se despliega en un contexto geopolítico marcado por el auge del neoimperialismo tecnofascista de Trump y la restauración explícita de la Doctrina Monroe. América Latina vuelve a ser concebida como espacio de disciplinamiento, reserva de recursos, zona de contención migratoria y laboratorio de control político y tecnológico.

El WEF habla de oportunidades en energías renovables, infraestructura resiliente y economía digital. Pero, leído desde el concepto de saqueo climático de Oxfam, lo que se observa es otra cosa. Los países latinoamericanos, responsables de una fracción mínima de las emisiones históricas, cargan con los costos sociales, ecológicos y territoriales de una transición diseñada para sostener los niveles de consumo y acumulación del centro del sistema-mundo.

Este proceso se ve reforzado por la financiarización de la naturaleza. Bosques, ríos, biodiversidad y territorios indígenas son reconfigurados como activos, créditos de carbono o garantías de inversión. La promesa de mitigación climática convive con desplazamientos, despojo y criminalización de comunidades, reproduciendo lógicas coloniales bajo un ropaje tecnológicamente sofisticado.

Este nuevo ciclo de acumulación no puede separarse del contexto geopolítico actual. El auge del neoimperialismo tecnofascista de Trump y la restauración explícita de la Doctrina Monroe reconfiguran el lugar de América Latina en el tablero global. La región vuelve a ser concebida como “patio trasero estratégico”, reserva de recursos, zona de contención migratoria y como espacio de disciplinamiento político. El reciente secuestro del presidente venezolano por parte de Estados Unidos así lo demuestra concretamente.

El uso de sanciones, presiones financieras, vigilancia digital y apoyo selectivo a élites autoritarias constituye una forma contemporánea de intervención. A diferencia del imperialismo clásico, sin embargo, el neoimperialismo trumpista opera menos mediante ocupaciones directas y más a través de infraestructuras tecnológicas, control de flujos financieros, plataformas digitales y regímenes de seguridad. De ahí su carácter tecnofascista que combina autoritarismo político, concentración corporativa y control algorítmico.

En este marco, el lenguaje del WEF sobre “modernización institucional”, “seguridad”, “productividad” y “gestión de la migración” en Latinoamérica funciona como complemento civil de una arquitectura de poder más amplia. Lo que se presenta como neutralidad técnica es, en realidad, una estrategia hegemónica que busca estabilizar un orden profundamente desigual y ahora también geopolíticamente volátil y muy inestable.

La intervención, por tanto, ya no adopta la forma clásica de ocupación militar prolongada, sino que opera mediante sanciones, presión financiera, amenazas de intervención y hasta secuestro o asesinato de dirigentes políticos, control de infraestructuras digitales, vigilancia y apoyo selectivo a élites autoritarias. El lenguaje tecnocrático del WEF sobre modernización institucional y seguridad funciona como complemento civil de esta arquitectura de poder global que ahora se ve forzada a seguir el guion de Trump.

Oxfam frente a Davos: dos diagnósticos incompatibles

Contrastado con los diagnósticos de Oxfam, el discurso del WEF en Davos 2026 sobre América Latina revela una profunda disonancia estructural. La noción de saqueo climático de Oxfam permite nombrar aquello que Davos no puede o no quiere ver, es decir, que la crisis climática, la desigualdad extrema y el autoritarismo no son fallas del sistema, sino resultados lógicos de su funcionamiento. América Latina no es vulnerable por falta de reformas, sino porque ha sido históricamente integrada al capitalismo global en condiciones de subordinación.

Desde una lectura gramsciana, estamos ante una crisis de hegemonía en donde el viejo consenso neoliberal ya no convence, pero las élites globales intentan recomponerlo mediante una mezcla de tecnocracia verde, coerción geopolítica y control social crecientemente bukelista. Frente a ello, la tarea no es “adaptarse” al nuevo modelo de acumulación, sino disputar sus fundamentos y sus lógicas.

Aquí, la articulación democrática se vuelve clave. Nombrar el saqueo, politizar la transición ecológica, defender la soberanía territorial, alimentaria y tecnológica, y construir alianzas transnacionales desde el Sur global son pasos indispensables para romper con un orden que, bajo el discurso del riesgo y la resiliencia, continúa produciendo despojo y saqueo.

El contraste entre Oxfam y Davos no es, por tanto, un desacuerdo técnico. Es una confrontación entre dos lecturas radicalmente opuestas del mundo: una que gestiona la catástrofe para que nada esencial cambie, y otra que la entiende como evidencia de que el sistema mismo debe ser reemplazado.

3. Colonialidad, desigualdad y la imposibilidad del reformismo

En el 80 aniversario de la ONU, las advertencias de António Guterres sobre el colapso del multilateralismo suenan cada vez más como retórica sin anclaje material, como palabras que se vuelven espuma frente a un orden internacional que ya no se rige por normas universales, sino por la voluntad de poder. La llamada “Junta de Paz” de Trump cristaliza esta mutación histórica y no es una anomalía, sino la cúspide de un nuevo modelo de acumulación de poder y gobernanza global que privatiza la diplomacia, mercantiliza la “paz” y sustituye el principio de igualdad soberana por un club cerrado de acceso por invitación y pago (hasta mil millones de dólares), donde la inclusión es transaccional y jerárquica. En este esquema, el multilateralismo es desplazado por una arquitectura oligárquica compatible con el neoimperialismo tecnofascista y la restauración de la Doctrina Monroe: América Latina y el Sur Global, particularmente Gaza, reaparecen como territorios funcionales, fuentes de recursos, zonas de contención migratoria y espacios de ajuste, mientras los costos del saqueo climático y de la transición extractiva recaen sobre quienes menos responsabilidad histórica tienen. Lo que Guterres nombra como “fuerzas que socavan la cooperación global” no es una abstracción; es la reorganización consciente del orden mundial en favor de una élite que ya no necesita el consenso, sino el control.

Según el propio WEF, las métricas de cooperación multilateral han caído más de un 20 % desde 2019, lo que indica una erosión de las instituciones universales como la ONU, la OMS o los marcos de gobernanza del comercio global. En respuesta, el WEF plantea que la cooperación no se rompe necesariamente, sino que transita hacia formatos más pequeños y flexibles, el minilateralismo, en los que grupos reducidos de Estados u organizaciones abordan objetivos concretos como comercio, tecnología o financiamiento climático.

Este desplazamiento discursivo de “multi” a “mini” no es neutro: implica jugar con los mecanismos de inclusión/exclusión. El “minilateralismo” prioriza intereses compartidos sobre valores compartidos, lo que permite la cooperación pragmática de actores con agendas divergentes, pero también facilita que poderes concentrados dicten los términos de la cooperación al interior de agrupamientos cerrados, sin las reglas amplias de la gobernanza universal.

El informe de Oxfam insiste con razón, por tanto, en que la desigualdad contemporánea está marcada por la herencia del colonialismo. Pero esta constatación debe llevarnos más lejos pues no basta con corregir excesos o mejorar la redistribución marginalmente. El problema no es solo cuánto se concentra la riqueza o que tanto se reduce el multilateralismo, sino cómo se articula un sistema global que necesita esa concentración y ese “minilateralismo” para reproducirse.

Desde el pensamiento decolonial crítico y la filosofía política de la liberación, la democracia liberal y el liberalismo internacional aparecen cada vez más como una forma vaciada, incapaz de absorber las demandas de justicia material, reparación histórica y autodeterminación de los pueblos. La promesa neoliberal de inclusión mediante el mercado se ha agotado completamente, y lo que emerge es una política de contención, exclusión, pragmatismo o, donde sea necesario, violencia.

Davos habla de riesgos globales, pero guarda silencio sobre el riesgo fundamental, es decir, la incompatibilidad creciente entre capitalismo oligárquico tecnofascista y democracia sustantiva y participativa. Oxfam lo señala con datos; la teoría crítica permite comprenderlo como una contradicción histórica de fondo.

4. Articulación democrática y horizonte emancipatorio

La pregunta central ya no es cómo salvar el orden existente, mucho menos en las periferias de la globalización y ahora de políticas depredadoras bajo un nuevo impulso de la Doctrina Monroe, sino qué formas de articulación democrática pueden emerger en su crisis y plantear alternativas. Esto implica repensar la política más allá del electoralismo, reconstruir vínculos entre luchas sociales fragmentadas y disputar el sentido común que naturaliza la desigualdad.

Una democracia radical, en este contexto, no es un ideal abstracto, sino una necesidad histórica. Supone disputar el poder económico, reconfigurar el Estado, descolonizar las relaciones internacionales y reinscribir la economía en límites sociales y ecológicos. Sin esta ruptura, la tendencia dominante seguirá siendo la consolidación de regímenes autoritarios al servicio de una minoría global.

Conclusión

El informe de Oxfam presentado en Davos 2026 no es simplemente una denuncia moral ni un ejercicio estadístico. Es un documento que, leído críticamente, confirma que hemos entrado en una fase peligrosa del capitalismo global, donde la desigualdad extrema y el autoritarismo se refuerzan mutuamente.

La verdadera pregunta que Davos evita, pero que este momento histórico impone, es si las sociedades podrán articular una respuesta democrática capaz de enfrentar no solo a los excesos del sistema, sino a su lógica constitutiva. La alternativa es clara: o una democratización radical de la economía y la política, o la normalización de un mundo gobernado por oligarquías blindadas y Estados coercitivos.

El tiempo de las reformas tímidas ha pasado. Lo que está en juego es la posibilidad misma de un futuro democrático.


Fuente Blog #RefundaciónYa

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