Crónicas del Mundial: España, no sabe si toco las estrellas o está soñando.
Pero es algo parecido a la felicidad (lo que se vive por está clasificación a la final)
Hay algo parecido a la felicidad, sí. Pero también hay algo parecido a la justicia poética cuando un equipo que cree en la pelota le gana a un equipo que cree en las piernas. España no solo ganó, sino que dio una lección: con juego ordenado, controlando la pelota, cerrando espacios como quien cierra la puerta de su casa ante un vendedor insistente que lo atalaya, que no fue el caso francés. España estuvo atacando en todo momento, los rojos le ganaron con justicia a Francia. En un partido sin atenuantes, recio y poco fluido —como una discusión de pareja en domingo— pero con el control absoluto del balón, el equipo español dominó en todo momento. Y cuando digo «todo momento», hablo incluso de esos segundos en los que el portero español decidió gambetear a Mbappé en su propia área, o salió a despejar y la entregó mal, pero se reencontró con la pelota porque el delantero francés no atinó ni teniendo el marco abierto de par en par. Porque sí, eso pasó. Y no, no fue un sueño.
Francia se presentaba como favorita. Lo había sido en todo el torneo. Su juego era considerado «el mejor». Su delantera, «arrolladora». Sus individualidades, «de otro planeta». Hasta que bajaron a la Tierra, claro. Porque Dembelé, ese que en el PSG parece un mago, ni siquiera disparó a puerta. Olise, el director de orquesta del Bayern, se olvidó de afinar los instrumentos. Y Mbappé… Ay, Kylian. Jugó como siempre lo hace en el Madrid: con el freno de mano puesto, sin brillo, dando la sensación de que estaría mejor en cualquier otro sitio. Quizá en la playa. Quizá viendo la final desde su casa. Quién sabe.
Francia se quedó paralizada. Como un conejo ante los faros de un coche. Sus falencias fueron tantas que un dato lo dice todo: los bleus solo dispararon al arco en los últimos minutos, cuando el 2-0 ya pesaba como una losa y la desesperación los empujaba a intentar algo, cualquier cosa. Pero sin convicción. Sin acierto. Como quien tira una botella al mar sin esperar respuesta.
El amo del centro del campo (y de la paciencia)
En el medio, Rodri fue el director de la orquesta roja, ahora jugando de blanco como si el Real Madrid lo hubiera ungido como su nuevo jugador. Recuperó, distribuyó, marcó el ritmo y, cuando hizo falta, hasta dobló marcas. Todo esto mientras Tchouameni, su par francés, parecía estar en otro partido. O en otra galaxia. El mediocampo español no solo ganó la batalla; la convirtió en un monólogo de dos horas.
Arriba, Lamine Yamal disputó dos o tres pelotas y se le anuló un gol por un fuera de juego milimétrico. Media uña adelantado, dijeron. Un milímetro que separó al adolescente de la gloria. Pero no importó. Porque España ya había hecho suficiente. Porque el penal que Oyarzabal convirtió —provocado por el blooper de Digne, que quiso dominar con la cabeza en lugar de despejar, como si estuviera jugando al baloncesto— fue solo la confirmación de lo que todos veían venir.
En defensa, los españoles tuvieron un desempeño estupendo. Cortaron cada lance francés y nunca corrieron como ellos acostumbran. Porque no hicieron falta. Cuando tienes la pelota, el rival corre. Cuando la tienes tú, él se cansa. Esa es la ley del fútbol, y España la aplicó con la precisión de un cirujano.
Las estrellas que se estrellan (y el universo implosiona)
Primero se fue Vinicius, eliminado en cuartos, ese que en el Madrid parece un huracán y en la selección parecía un susurro. Luego Cristiano Ronaldo, que vio el final de su última Copa del Mundo desde el banco, como un espectador de lujo que pagó entrada y todo. También el vikingo Haaland, cuyo talento no fue suficiente para llevar a Noruega más lejos —porque el fútbol no se gana solo con músculo y melena. Ahora Olise, Dembelé, Mbappé, Doué, Rabiot… todos ellos, todos, no pudieron encajar en el tipo de juego que exige la Copa del Mundo. Esa competición que no entiende de nombres, ni de cláusulas de rescisión, ni de portadas de revista. Esa competición que solo entiende de fútbol.
Mbappé nunca dio señales de vida. Como si hubiera dejado el alma en el vestuario, junto a la Marsellesa que cantaron con tanta pasión al inicio. Fue tan irrelevante que hasta su declaración post-partido sonó a epitafio: «Cuando no haces lo que se supone que debes hacer en una semifinal del Mundial, no ganas. España se mantuvo fiel a su plan de juego. Si somos honestos, no tuvimos lo necesario para llegar a la final.» Gracias, Kylian, por la sinceridad. Ahora, a disfrutar del partido por el tercer puesto desde la incredulidad.
El árbitro, ese hijo de la gran puta (con perdón de Roque Dalton)
Y entonces llegó el momento de la polémica. Porque en el fútbol, cuando un favorito pierde, siempre hay que buscar un culpable. Y Didier Deschamps, con esa cara de vinagre que se le pone cuando las cosas no salen como esperaba, soltó la pregunta trampa: «Haré una pregunta… ¿el árbitro posee el nivel requerido para dirigir una semifinal del Mundial?»
Ah, Didier. Siempre tan elegante en la derrota. Casi tanto como lo fue en la final de 2022, cuando no se quejó de nada. El árbitro, un salvadoreño de apellido que suena a poesía, no solo poseía el nivel, sino que estuvo por encima. Y ahí, para responderle, viene el fantasma de Roque Dalton con su poema de amor a los suyos, esos hijos de la gran puta, esos eternos indocumentados, esos hacelotodo, vendelotodo, comelotodo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos. Sí, Deschamps, ese árbitro tuvo el nivel. Y si no te gusta, siempre puedes pedirle a la FIFA que ponga a uno que cobre penales a favor cuando no los hay.
Eso sí, Deschamps también tuvo la honestidad —o la obligación— de reconocer que su equipo no estuvo a la altura: «La razón principal es que simplemente no estuvimos a la altura, con algunos errores técnicos, pases que podrían haber generado ocasiones. Este es el máximo nivel, aunque duela. España demostró algo más.» Duele, sí. Pero duele más ver a Mbappé perdido y a Dembelé regalando pases a Lamine Yamal como si estuvieran en el mismo equipo.
El partido que Deschamps contó y De la Fuente describió
El partido lo había contado Deschamps. Lo había descrito De la Fuente. Y a los dos les caía cómodo lo que se imaginaban. El problema es que solo una parte de la historia se cumplió: esa en la que todos coincidían en que la pelota iba a estar más tiempo en los pies españoles. El sueño francés de cortar y salir rápido con todos sus velocistas se convirtió en una pesadilla cuando se encontraron con que España no solo tenía la pelota, sino que sabía qué hacer con ella. Como un niño que juega con su juguete favorito y no lo suelta, los españoles la acariciaron, la hicieron correr, la cansaron al rival.
Los españoles jugaron y arriesgaron desde su arquero, que hasta cometió la herejía de gambetear a Mbappé. Ese riesgo tenía un costo: cuando perdían la pelota cerca de su área, Barcola ponía sexta velocidad y dejaba a Porro en ridículo. Pero no terminó en nada, como casi todo lo que intentó Francia. Porque el equipo español siempre tenía un plan B, y un plan C, y un plan D. Siempre había uno más para cubrir, para anticipar, para recuperar. Esa es la diferencia entre un equipo y una colección de estrellas: el equipo siempre encuentra a ese otro que aparece cuando el primero falla. Francia, en cambio, esperó a Mbappé. Y Mbappé esperó a Francia. Y los dos se quedaron esperando.
La fórmula más vieja que el fútbol (y más efectiva)
Lo mejor de todo es que España no cambió su idea, su búsqueda, su intención. Ni cuando el partido se puso tenso, ni cuando Francia se desesperó y empezó a empujar, ni cuando el VAR anuló el gol de Lamine por esa uña maldita. Siguieron siendo fieles a la fórmula más vieja que el fútbol: querer la pelota. Tratarla bien, con precisión, con toque, con pase, con desmarque, con anticipo. Esa fórmula que algunos creían caduca, que otros tildaban de aburrida, que los modernos consideraban inútil ante la velocidad y el músculo. Y sin embargo, ahí está, ganando semifinales del Mundial.
La mega paridad esperada se terminó cuando Rodri se hizo dueño de la pelota, cuando Ruiz distribuyó siempre con criterio, cuando Cucurella, con sus rulos tan famosos como su proyección ofensiva, encontró espacios una y otra vez porque los franceses no tomaron nota de que al lateral le gusta subir. Quizá estaban demasiado ocupados admirando su melena. Quién sabe.
La paliza que no fue tal en el marcador (pero sí en el alma)
Por momentos, fue una paliza. No en el marcador, porque el fútbol a veces es injusto con quienes lo juegan bien, pero sí en el juego, en las sensaciones, en la cantidad de ocasiones, en el control absoluto de cada centímetro del campo. ¿Dónde está la Francia arrolladora que pensaba en una nueva final? ¿Dónde quedaron los zurdazos de Dembelé, la conducción de Olise y Koundé, los goles de Mbappé? España desnudó todas esas falencias anímicas y futbolísticas con una convicción que no se negocia. Los españoles jugaron como si fuera una final, como hay que jugarla. Francia se perdió entre lo que decían que era y lo que realmente fue. El «olé, olé, olé» del final estuvo merecido. Tan merecido como la cara de Deschamps al terminar el partido.
Las palabras del técnico (y la lección para la historia)
Luis de la Fuente, ese entrenador que empezó hace cuatro años con una idea y nunca la abandonó —aunque todos le dijeran que estaba loco, que eso ya no funcionaba, que el fútbol moderno era otra cosa— resumió la grandeza de su equipo con la humildad de los que saben lo que han logrado: «Hay mucha tensión acumulada, es mucha responsabilidad, estar en la final de un Mundial es un lujo y es solo para los elegidos. Hay que asimilar todo esto. Allá cuando empezamos cuatro años atrás con una idea, hemos sido fieles a ella y nos ha traído hasta aquí.»
Y luego, con una declaración que suena a verdad absoluta y a puñetazo en la mesa: «Hoy nos enfrentábamos a una de las mejores selecciones del mundo, pero enfrente tenían al mejor equipo del mundo. Es diferente, es un plus, estos jugadores se merecen todo. Demuestran día a día su talento. Es un espectáculo verles jugar.» Ahí está, la diferencia entre ser un equipo y ser el equipo. España no vino a sobrevivir. Vino a jugar. Y ganó.
El pasaje al MetLife (y el adiós a las excusas)
El Mundial ya tiene su primer finalista. Y hay que aplaudirlo porque dejó en ridículo al candidato de la mayoría. Los españoles sacaron su pasaje al MetLife (aun cuando para la FIFA se llame estadio New YOk- New jersey…..) para el próximo domingo, donde esperarán rival. Pero más allá del resultado, más allá de la final, lo que este equipo ha demostrado es que el fútbol de toque, de posesión, de inteligencia, sigue siendo vigente. Que no hace falta correr más que el rival si se corre mejor. Que no hace falta tener más estrellas si se tiene más equipo. Que la felicidad, esa sensación parecida a la felicidad que produce ver a España jugar, es solo el reflejo de un equipo que encontró su identidad y no la negocia por nada del mundo. Ni siquiera en una semifinal del Mundial. Ni siquiera ante el árbitro salvadoreño ese al que Deschamps tanto cuestionó. Porque cuando juegas bien, no necesitas excusas. Y cuando no, por más que busques, no las encuentras.
Francia se fue. Las estrellas, otra vez, se estrellaron. Y España, con su fórmula de siempre, sigue adelante. Algo parecido a la felicidad, sí. Pero también algo parecido a la justicia. Y eso, en el fútbol, no siempre pasa. Pero cuando pasa, hay que celebrarlo.
