¿Iremos a salir de este laberinto?
Fernando Cajas
Un laberinto es una estructura diseñada con caminos y encrucijadas complejas cuyo propósito es confundir y dificultar la salida. Esa es la imagen que evoca Guatemala hoy: un país atrapado en problemas estructurales que parecen multiplicarse. Nutrición, salud, educación, agua, basura, justicia e infraestructura colapsada configuran un laberinto del que pareciera imposible escapar. Pero no estamos condenados. Es posible salir si recuperamos nuestra agencia colectiva y expandimos las capacidades reales de las personas.
Los síntomas son visibles en todas partes. Basureros a cielo abierto se multiplican sin control; el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN) aún carece de un inventario público completo y actualizado y peor aún, no hay modo de que inicie la construcción de plantas de tratamiento de desechos y menos la construcción de vertederos tecnológicamente pertinentes. Lo mismo ocurre con el agua: ríos convertidos en cloacas, contaminación generalizada de fuentes superficiales y subterráneas, y casi ninguna municipalidad con plantas de tratamiento funcionales ni sistemas de reúso. No existen datos dinámicos confiables sobre cantidad, calidad ni flujos hídricos, especialmente no hay información de aguas subterráneas. Esto no es solo un problema ambiental: es un fracaso de gobernanza y educación.
El Estado guatemalteco se muestra inoperante en lo básico. Salud pública deficiente, transporte y carreteras inseguras, puertos y aeropuertos subutilizados. La justicia ha sido cooptada: primero el Ministerio Público, luego intentos sobre la Corte de Constitucionalidad. La Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) se ha convertido en epicentro visible de esta captura, pero el problema es sistémico. Vivimos en una democracia formal, pero capturada por intereses oligárquicos y mafiosos que predican libre mercado solo para los demás.
Los indicadores lo confirman: prevalencia de desnutrición crónica infantil cercana al 42-46% (datos históricos de ENCOVI y ENSMI, con variaciones regionales extremas), pobreza extrema elevada y resultados educativos catastróficos. Solo un bajo porcentaje de estudiantes de secundaria logra hacer y entender operaciones matemáticas básicas, y una gran mayoría enfrenta serias dificultades de comprensión lectora. Estos “funcionamientos” deficientes perpetúan el subdesarrollo.
Ciertamente no basta culpar solo a los corruptos y oligarcas —aunque su responsabilidad es enorme—. El problema también reside en nosotros: una sociedad que, ante estímulos repetidos de fracaso, ha desarrollado indefensión aprendida (concepto trabajado por psicólogos sociales como Mario Díez Ruiz). Hemos perdido, en gran medida, la creencia en nuestra propia capacidad de cambiar las cosas.
Aquí resulta clave el enfoque de las capacidades de Amartya Sen. El desarrollo no se mide solo por PIB o infraestructura, sino por la expansión de las libertades reales que las personas tienen para llevar la vida que tienen razones para valorar. La educación no es mero capital humano para la productividad; tiene valor intrínseco (desarrollar capacidades para razonar, argumentar, apreciar la cultura y participar políticamente) e instrumental (mejor salud, ingresos, agencia cívica). Rafael Cejudo Córdoba, en su análisis de la teoría de Sen aplicada a la educación, subraya que la deprivación de capacidades educativas —como leer con comprensión, resolver problemas aritméticos básicos o participar en el avance científico— limita gravemente el conjunto de opciones vitales de las personas, especialmente en contextos de pobreza y desigualdad multicultural como Guatemala.
Esta deprivación educativa es evidente en nuestros bajos resultados y en la captura de la formación docente, que ha estado desvinculada de evidencia empírica sobre cómo aprenden los niños y menos en la formación docente. Reportar que el 13% de los alumnos graduando gana el examen de matemática (operaciones aritméticas básicas) es un fracaso no solamente para el Ministerio de Educación, MINEDUC y para la ministra Anabella Giracca sino para el mismo país. No podemos decir que el MINEDUC ha sido exitoso con estos indicadores de pobreza, no digamos que el 70% de los graduandos no entienden lo que leen.
Ahora, ¿qué podemos hacer para salir de este laberinto?
La historia muestra que es posible romper círculos viciosos de instituciones extractivas. Países como Uruguay demuestran que instituciones sólidas, baja corrupción y énfasis en capital humano generan desarrollo sostenible. En Guatemala tenemos ejemplos locales prometedores: iniciativas comunitarias de reforestación y manejo forestal que generan empleo mientras protegen cuencas.
Las rutas deben combinar lo siguiente:
- Recuperar la agencia y combatir la indefensión aprendida Programas educativos y psicosociales desde la escuela que fomenten autoeficacia, educación cívica y pequeñas victorias visibles: limpieza comunitaria de ríos, litigios exitosos contra corrupción, proyectos locales de reúso de agua. Pasar de la resignación a la responsabilidad colectiva.
- Priorizar el enfoque de capacidades (Sen y Cejudo) Invertir en educación de calidad, nutrición y salud como fines en sí mismos. Esto genera capital humano que, a su vez, demanda mejores instituciones. Fortalecer la educación técnica en secundaria y diversificada, con énfasis en formación docente basada en evidencia, para desarrollar capacidades reales de producción, innovación y participación.
- Estrategias anticorrupción y transparencia
- Publicación en tiempo real de inventarios de basura, fuentes de agua, presupuestos y contrataciones.
- Observatorios ciudadanos independientes para monitorear MARN, municipalidades y USAC.
- Tecnologías cívicas (apps de denuncia y monitoreo).
- Coaliciones amplias: sector privado no capturado, academia independiente, iglesias y juventud.
- Reformas: profesionalización del servicio civil, meritocracia en la USAC, límites a permanencia en cargos clave.
- Desarrollo económico inclusivo y ambiental Diversificar más allá del extractivismo. Promover innovación, pequeña empresa y acceso a crédito con reglas claras. Modelos de reúso de agua, manejo integral de residuos y reforestación comunitaria que creen empleos dignos mientras restauran el entorno.
Guatemala no es un Estado fallido irreversible. Es una democracia frágil, capturada, pero con un pueblo capaz de despertar. Dejar de culpar exclusivamente a los oligarcas y corruptos no significa absolverlos: significa asumir nuestra parte para cambiar el equilibrio de poder. La recuperación de la justicia efectiva es el primer paso. La inversión decidida en capacidades —especialmente educativas— es el motor. La movilización ciudadana sostenida es el combustible.
Guatemaltecos, recordemos que pequeñas victorias acumuladas nos mostrarán la salida del laberinto. El futuro que dejemos a nuestros niños y jóvenes depende de que hoy decidamos actuar con agencia y claridad. Es hora de empezar. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.
