“Es cool ser fascista”. ¿Se puede ir más allá de TikTok?

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Marcelo Colussi

Ninguna civilización es perfecta en el planeta. Tampoco está desprovista de méritos. Ninguna civilización puede juzgarse superior a otra.”

Xi Jinpig, presidente de China comunista

A diferencia de la lengua de la derecha tradicional, la lengua de la ultraderecha [actual] no busca construir una retórica que no se exhiba como tal. No quiere disimular nada aberrante, nada escabroso, nada absurdo. La lengua de la ultraderecha pone de manifiesto su perversa aspiración al “mal común” y a la disolución comunitaria, mientras celebra abiertamente la codicia, la injusticia y la crueldad en todas sus formas.

Miguel Mazzeo

La frase utilizada como título: “Es cool ser fascista”, fue pronunciada por un joven argentino, preguntado por qué había votado por el actual presidente, Javier Milei.

Valga aclarar que la voz inglesa “cool” tiene varios significados (fresco, sereno, atractivo), pero hoy en español su uso más destacado (fundamentalmente entre población juvenil y en redes sociales) proviene de su sentido coloquial en inglés, que se puede traducir acertadamente como: genial, estupendo, muy bueno, maravilloso. Entonces: ¿es genial, estupendo, muy bueno y maravilloso ser fascista? Muy probablemente el joven de marras ni sabía lo que estaba diciendo; solo estaba repitiendo algo que está en el ambiente, que se ha impuesto como tendencia cultural. Por eso un monstruo payasesco como Milei puede ganar una elección.

Hoy, definitivamente, asistimos a un clima de derechización generalizado. Lo que 50 años atrás era la tendencia dominante en el mundo: un clima de protesta social que se expresaba en diversas acciones antisistémicas (luchas obreras y campesinas, sindicatos combativos, luchas estudiantiles, movimientos guerrilleros, Mayo Francés, liberación femenina, movimientos hippies pacifistas, Teología de la Liberación), en estos momentos se ha trocado -no por casualidad, por supuesto- en una creciente despolitización, asumiéndose valores conservadores. Por ese ese joven puede votar alegremente por su verdugo, y estar de acuerdo -muy probablemente sin saber por qué- con posiciones supremacistas, de negación del otro distinto, ultra individualistas. Todo ello, por cierto, tiene explicación.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, con el triunfo de los Aliados, habiendo puesto el mayor esfuerzo la Unión Soviética (y el apoyo de prácticamente la totalidad de países del mundo, que entraron en la contienda casi como una formalidad cuando la suerte de los derrotados ya estaba echada), pareció que el pensamiento fascista se extinguía. Más de medio siglo después puede constatarse que no es así. Posiciones de ultraderecha van solidificándose en distintas regiones del mundo, con la misma fuerza, visceral desprecio por lo diverso y entronización del supremacismo que ocurría siete décadas atrás.

¿Qué es la ultraderecha? Una visión extrema, o extremista, de la ideología conservadora. Es decir: una defensa total, sin crítica alguna, del sistema capitalista (como es toda posición de derecha), pero a diferencia de una actitud liberal, o socialdemócrata incluso, presenta un marcado acento en ideas supremacistas, de superioridad, siempre construyendo a un “otro” como enemigo, con un profundo odio visceral contra ese extraño, ese distinto al que se percibe siempre como intrínsecamente nocivo y peligroso.

En el resurgir del neofascismo que se va viendo en estos últimos años, entrado el siglo XXI, el enemigo a vencer no deja de ser un otro considerado “preocupante”, impresentable, demonizado. Siempre -tendencia humana, llevada a un grado supremo por el capitalismo que comienza a globalizarse desde el “descubrimiento” de América a fines del siglo XV- puede existir ese otro distinto que termina siendo enemigo (para ese entonces: las “razas salvajes” a las que había que “civilizar” -léase: someter-). La noción de superioridad en relación a alguien considerado inferior, minorizado en una supuesta escala humana, es algo que recorre nuestra historia como especie, al menos desde que existen sociedades estratificadas en clases sociales, con “superiores” e “inferiores”.

¿Qué sostiene esta actitud fascista? Un profundo desprecio por el otro -siempre tiene que haber un chivo expiatorio, un enemigo-, un visceral aborrecimiento de las nociones de igualdad, de solidaridad y camaradería (justamente lo que levanta el socialismo), una entronización del darwinismo social: sobrevivencia del más fuerte, en este caso, de los “triunfadores”, que se sienten con más derechos sobre los “inferiores”. Es en el marco de esa ideología que se ha impuesto recientemente que surge el despectivo término “loser”, “perdedor”.

Estas ultraderechas de los años 30 (nazismo alemán, fascismo italiano, falangismo español), propios de comienzos del siglo XX cuando las ideas socialistas comenzaban a soplar por el mundo, y no solo por Europa, tenían un enemigo claro: la clase obrera revolucionaria y sus organizaciones políticas y sindicales en ascenso, combativas, claramente anticapitalistas. El “demonio” a vencer por ese entonces, para la clase dominante, tenía cara de Carlos Marx. Hoy, casi un siglo después, ese “peligro” básicamente no ha cambiado de fisonomía. El enemigo a vencer por la élite mundial (en todos los países capitalistas por igual) sigue siendo cualquier intento desestabilizador de ese mundo, cualquier alternativa cuestionadora al mercado, a la empresa privada. Por eso Estados Unidos sigue manteniendo un inhumano bloqueo contra Cuba socialista, para acabar con ese “mal ejemplo”. Pero aunque el capitalismo sigue siendo esencialmente lo mismo -basado en la explotación de la clase trabajadora, productora de plusvalía, la cual termina siendo apropiada por la clase propietaria de los medios de producción- la arquitectura global ha cambiado mucho en este más de medio siglo.

El mundo de la post guerra de 1945, cuando fue vencido militarmente el nazi-fascismo a manos de los Aliados, ya no es el mismo; al contrario, se han producido muy profundas mutaciones. Por varias décadas se impuso un capitalismo redistributivo, con rostro humano, y las tesis de John Keynes marcaron el camino, promoviendo un estado de bienestar generalizado, siempre con la conducción de Washington. Hoy ese capitalismo está trabado, empantanado, con una cabeza que presenta severas dificultades (el endeudamiento fiscal de Estados Unidos supera su PIB, y su otrora dinámica industria se ha estancado, viviendo ahora en lo fundamental de la especulación financiera), y el área dólar -hasta ahora dominante a nivel mundial- se ve en declive ante el avance de los BRICS+, que buscan un capitalismo desdolarizado. La crisis financiera del 2008 aún repercute, y si bien la riqueza generada en términos globales aumenta, también aumenta la pobreza, la pauperización de grandes masas y la catástrofe ecológica, producto de un inducido e irracional consumismo voraz, obsolescencia programada mediante.  

Desde hace algún tiempo, digamos una o dos décadas en lo que va del siglo XXI, han ido apareciendo fuerzas políticas en distintas partes del mundo que giran hacia una derecha cada vez más extrema, con posiciones que recuerdan el nazi-fascismo de la década del 30 del pasado siglo. Una caracterización muy precisa de estos nuevos tiempos los da Ximena Roncal Vattuone:

[Estas nuevas] “derechas se caracterizan por defender las comunidades heteropatriarcales, promover el statu quo racial y de clase resultado de la explotación capitalista; la normalización de la violencia estructural y física como mecanismo de control y dominación, y como condición inherente a la especie humana. De igual forma plantean una mirada biologicista de la vida en un sistema económico competitivo y depredador, reaccionan contra los feminismos y el lenguaje inclusivo, así como hacia las políticas de género, negando la existencia de diversas subjetividades y sensibilidades. La derecha propaga como armas políticas pánicos basados en el racismo, la xenofobia, el odio al socialismo y/o comunismo, es decir, la construcción de los “enemigos existenciales” (Roncal Vattuone: 2024)

¿Por qué este giro ideológico-cultural hacia la derecha, o ultraderecha, de las poblaciones? ¿Por qué este muchacho vota por Milei y se siente “cool” por repetir ideas supremacistas? La mayoría de países latinoamericanos vota por candidatos de ultraderecha, y si en Colombia y en Perú ganan finalmente planteos socialdemócratas (izquierda muy moderada), esos son triunfos pírricos, con la mitad de la población -y sus oligarquías y la embajada norteamericana- esperando el vuelco a la derecha. Definitivamente las poblaciones reaccionan así, sintiéndose amparadas por sus victimarios a los que les dan el voto, no por “idiotas”, pues inciden allí otros factores:

  • El auge del neoliberalismo en décadas recientes, que fomentó un individualismo extremo (“¡sálvese quien pueda!”).
  • La derrota actual de los planteos socialistas (la situación de Cuba -producto de un infame bloqueo de seis décadas- se exhibe como la demostración del fracaso del socialismo). Como dijera Margaret Thatcher: “No hay alternativa”, o capitalismo… ¡o capitalismo!
  • Un clima de derechización creciente que tiende a repetirse imitativamente (las tendencias, o modas, terminan banalizándose y se hacen “cool”, como la del citado ejemplo).
  • Crisis del sistema capitalista (que, aunque quiera, no puede resolver los monumentales problemas sociales: produce más comida de la necesaria, y mientras algunos son obesos en el Norte, una inmensa mayoría está desnutrida en el resto del mundo, todo lo cual puede generar respuestas “locas”, desesperadas, y el Síndrome de Estocolmo se impone).
  • Auge de la robótica e inteligencia artificial y exclusión de grandes masas que pierden su trabajo (lo que lleva a equivocar el enemigo, haciendo ver el crecimiento de la pobreza en el Norte como producto de la “invasión” de inmigrantes del Sur).
  • Un bombardeo mediático impresionante (ahora también a través de internet) que no deja espacio para pensar críticamente (la lectura pasa a la historia, con auge imparable de la audiovisual), moldeando con muy estudiada precisión científica la cabeza de la población global, siempre en un clima de total demonización del cambio social: “comunismo” y “lucha de clases” salieron -a las patadas- del vocabulario cotidiano.

Insistamos, y dejemos como idea central de esta breve nota: las poblaciones -o el joven citado- no son estúpidas. ¡Las vuelven estúpidas! (cuando usted lea este texto, miles de millones de personas en el planeta estarán gritando desaforadamente los goles de un “pan y circo” moderno muy bien organizado). ¿Es cool sentarse a ver por televisión, cerveza en mano, 104 partidos de fútbol?

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