La paradoja del voto pobre por la derecha radical
A propósito de las elecciones colombianas, una reflexión sobre lo que se avecina para Guatemala
Mario Rodríguez
La derecha extremista ganó en Colombia, aunque sin lograr la mayoría requerida. El partido de Uribe fue desplazado por una expresión más radical, abiertamente fascista y su candidato vinculado con los paramilitares. Esto nos lleva a pensar que la derecha no creció orgánicamente; consolidó su base mediante una operación de «voto útil» ante el pánico de una victoria progresista.
Iván Cepeda, el candidato progresista, alcanzó el 41% dos puntos porcentuales por debajo del ganador. El resultado refleja la proyección que tenía y coincide con las encuestas previas. Esto se puede interpretar que su base fiel resistió el desgaste del gobierno de Petro. Pero su propuesta no logro penetrar al electorado urbano, en donde más se cuestiona la gestión del mandatario actual.
Estos resultados muestran uno de los fenómenos políticos más desconcertantes de nuestra época, los pobres, los marginados, las clases subalternas, en fin, los que más sufren con el modelo neoliberal, son los que votan por sus verdugos. Paso en Argentina con Milei, en Chile con Kast, también paso en Bolivia y Ecuador, recientemente en Costa Rica y ahora en Colombia. Y no es un error de cálculo, ni tampoco es ignorancia. Es una cuestión de identidad.
Lo que viene en las próximas elecciones en Guatemala apunta en la misma dirección. No sería extraño que sectores empobrecidos terminen respaldando a candidatos que profundizan el mismo modelo que los empobrece. Por eso, entender la lógica profunda de este comportamiento es urgente.
Por quién doblan las campañas electorales
En las votaciones actuales ya no importa el programa, ni las promesas de campaña, ni el voto representa el interés del ciudadano en términos materiales y mucho menos en clave ideológica. La gente vota por deseo, motivado por una ilusión que nunca se concreta pero que mantiene viva la esperanza.
La economía política clásica asume que los ciudadanos que participan en las elecciones son “votantes racionales» que buscan maximizar su bienestar material. Pero la experiencia latinoamericana, Milei, Bukele, Paz y tantos otros; muestra otra cosa, los pobres votan por la mano dura, no por el mercado, por la supuesta estabilidad. Votan a favor del ajuste, sin importar que los que más van a sufrir con los recortes sociales son precisamente estas personas.
Lacan diría que el sujeto no está guiado por su interés, sino por su deseo. Y el deseo no es la necesidad de pan o techo; es el deseo de ser reconocido. La pregunta no es «¿qué mejora mi vida?», sino «¿quién quiero ser?». Y la derecha muestra una forma de vida a la que muchos aspiran. Muestran una imagen del éxito, el poder y la riqueza materializada en forma individual y sin importar si esa riqueza se construyó sobre la corrupción o la explotación. Da igual. A quién le puede importar esas minucias. Lo que seduce es la solución fácil, rápida y con resultados concretos.
El votante no se identifica con su condición. Los pobres no se asumen como pobres. Mientras que los votantes pobres se identifican con la opción de poder que el cacique de turno emana, quiere ser como él o como ella. Estar cercano al líder imaginado, lo acerca más al éxito, a la riqueza y al poder.
En Guatemala acabamos de ver un ejemplo perfecto de esta lógica fallida, con Sury Ríos, candidata Unionista, que, apelando a la historia de su padre, se presentó como opción en las próximas elecciones. Quiso vender identidad por herencia, como si el apellido Ríos Montt aún pudiera movilizar emociones genuinas, más que recuerdos crueles de genocidio patente y gente le hizo recordar que el deseo no se fabrica con lápidas y en cementerios.
Se busca la identidad del amo, ser parte del poder, convivir con los poderosos es lo que identifica al votante actual. Basta con observar la reelección de Donald Trump para comprender que él representa la máxima aspiración posible en la decadente sociedad estadounidense.
Comprender este fenómeno es clave para identificar al discurso ganador. El votante pobre, migrante y racialmente excluido de la vida pública de Estados Unidos que apoya a un millonario como Trump, que no se identifica con los pobres, ni con ser latino, negro o asiático, no apela a los derechos de las minorías, lo que reivindica es la posición de poder que encarna como líder.
El votante prefiere sentirse «cerca del éxito» imaginado y lograr algún día sentirse con ese poder y esa riqueza. Porque defender y reivindicar sus derechos los ubica como pobres.
Lacan formuló que la identificación no es con lo que somos, sino con el ideal del yo: ese punto desde el cual nos sentimos mirados y valorados. Cuando un líder grita «¡los políticos son todos unos ladrones!» o el tristemente célebre “ni corrupto, ni ladrón”, del corrupto y ladrón de Jimmy Morales, en realidad el votante no hace un análisis político de condición, más bien aspira a ser como el corrupto y ladrón que se salió con la suya para gozar de la riqueza mal habida que logró.
Así el ciudadano cuando vota a gente como Jimmy Morales, actúa de manera irracional pensando que tiene una aspiración y que su candidato tiene la capacidad de hacerle cumplir ese deseo. O quizás de mantener el estatus quo en el cuál se siente a gusto con su vida. Ese supuesto líder le ofrece un escaparate imaginario de dignidad, «usted no es un pobre, es un luchador” “usted no está desempleado, es un emprendedor”, “usted no necesita que el Estado le diga que hacer, usted es libre”.
Al final, las campañas políticas están construidas para vender un producto imaginario. Y esas formas de cautivar a los votantes se expresa en frases como estás. Usted es pobre porque quiere, y si no sale de esa pobreza, no es por falta de oportunidades, es por dejadez de su parte. Seguro usted elige esa forma de vida. Esa autosuficiencia imaginaria es la trampa perfecta: el pobre que vota por la reducción del Estado está votando por su propia desprotección, pero lo vive como una afirmación de orgullo y soberanía personal. El sujeto obtiene una satisfacción paradójica de votar contra sí mismo.
La existencia del goce ante la posición política que asume, es parte esa rebeldía acumulada, hastío contra el sistema, contra los políticos de izquierda que hacen gobiernos de derecha y contra el Estado que intenta darle derechos, cuando lo que le han dicho es el deseo de la “libertad”. Y lo que, paradójicamente provoca su pobreza y su marginación, es en realidad lo que el votante irracional vota. De esa manera ese ciudadano resultad funcional al sistema real.
Algo similar ocurre con la resistencia a pagar impuestos, cuando en realidad los pobres sostienen la recaudación fiscal mientras los ricos evaden. Un ejemplo cotidiano, en un programa radial de deportes, un oyente se manifestó en contra de los subsidios a propósito del aumento de la gasolina. Argumentó que «al final todos terminan pagando ese subsidio». No importaba el origen del problema ni quién se beneficia realmente de la inflación. Su rechazo era visceral, identitario. Pero en el fondo lo que rechaza es la intromisión del Estado y la actitud de que este vele por el bienestar de los ciudadanos.
Porque, en el fondo existe esa dimensión de rechazo a la propia condición de pobreza, de reconocerse como pobre, necesitado del Estado, es doloroso. El voto neoliberal-derechista permite al sujeto escapar de esa posición: «yo no voto por quien me da, voto por quien me respeta». El líder autoritario o ultraliberal le ofrece un discurso que desprecia al «dependiente» y ensalza al «emprendedor». Así, el votante pobre puede sentirse rico simbólicamente, aunque su cuenta bancaria diga lo contrario.
Lacan diría que esto es una defensa contra la castración simbólica: aceptar que uno depende del lazo social del Estado y necesita de un protector, es aceptar la falta, es aceptar su condición de marginado, de vulnerable, de pobre, de excluido. La promesa del líder es ofrecer una identidad plena, sin falta. Bukele: «yo soy el hombre que detuvo a las maras». Milei: «yo soy el que va a terminar con la casta». Y el ejemplo más pasmoso, de Trump diciendo “yo soy el que terminará con esa civilización” o más recientemente, “yo soy quién terminará con el régimen cubano”. Son figuras que ofrecen un cuerpo completo de maldad, sin fisuras, pero que el votante irracional se adhiere a ese cuerpo imaginario y, por un instante, deja de sentirse carente.
Por eso, la política actual está llena de tristeza. Por una izquierda que no reacciona. Por un progresismo que impulsa las mismas políticas de la derecha derrotada. Esa tristeza es el síntoma justo: nos inmoviliza y nos lleva a aceptar como válido lo que antes hubiera provocado indignación. En Guatemala, esa resignación explica cómo se puede normalizar la usurpación de la universidad pública, la cooptación de las más altas instancias judiciales, y la impunidad de quienes gobiernan al margen de la ley. Como el caso reciente del MP:
Lo que duele no es que los pobres se equivoquen al votar. Duele que el sistema no les ofrece alternativa. Que no existan espacios para que elijan lo que de verdad nos convendría como sociedad en conjunto. La derecha desprecia a los pobres, mientras que la izquierda muchas veces los trata con paternalismo vacío. Ante eso, muchos prefieren el desprecio honesto al paternalismo hipócrita.
Colombia acaba de mostrar, una vez más, el mismo síntoma: una derecha radical que gana sin mayoría, que obtiene los votos apelando al pánico por el cambio, y una izquierda que no logra conmover el voto urbano, a la clase media cuyas aspiraciones van más allá del deseo. Esa clase media urbana ya tiene un lugar establecido en la estructura social, pero teme perder ese estatus, le angustia sobre manera volverse pobre. Por eso las campañas que recurren a la operación psicológica que siempre ha utilizado el capitalismo, culpar al comunismo, a los rojos izquierdosos que buscan eliminar la propiedad privada.
El enemigo real no es el sistema financiero que lo desaloja; es el vecino que pide un salario digno, el sindicato que negocia mejoras, el estudiante que protesta por la educación pública. Por eso las campañas anticomunistas funcionan tan bien en la clase media aspiracional: le ofrecen un chivo expiatorio perfecto para no mirar quién realmente le quita lo suyo. Y aunque nunca haya existido un estado comunista como tal, se utiliza como herramienta útil, mientras el banco ejecuta la hipoteca, el Estado se achica y se pierden derechos sociales como el salario digno, el séptimo día, la jornada laboral de 8 horas y la protección del seguro social. Para la clase media urbana, el comunismo es el miedo útil del capitalismo. Por eso se debe recordar que la mayor tristeza es provocada por la constatación de que el capitalismo ha logrado que los pobres deseen su propia explotación como si fuera libertad.
El diagnóstico no es colombiano ni guatemalteco, es continental. La diferencia es que allí el proceso sigue abierto; aquí, todavía podemos anticiparnos. Y lo único que puede redimirnos es luchar para eliminar ese círculo vicioso en el que nos ha metido la democracia tutelada que vivimos: una democracia de baja intensidad, donde votar se convirtió en un ritual que consagra la impotencia en lugar de ejercer el poder. Romper ese círculo no es una tarea electoral, es una tarea de organización, de conciencia y de identidad liberada. No se trata de esperar al candidato redentor, sino de construir el sujeto político que ya no quiera sentirse rico imaginariamente mientras vive en la pobreza real. Esa es la única redención posible.
