Trump quiere “operaciones militares conjuntas” con Guatemala. Es una trampa
Marco Fonseca
Guatemala parece no haber aprendido ninguna lección histórica del fracaso rotundo y del desastre humanitario que representaron tanto el Plan Colombia como la llamada “guerra contra las drogas” impulsada por Estados Unidos a lo largo de América Latina durante las últimas décadas. Ahora, bajo el gobierno de Bernardo Arévalo, el país vuelve a colocarse dentro de – e incluso profundizar – una lógica de subordinación estratégica a los intereses de Washington, esta vez en un contexto internacional aún más peligroso y marcado por el retorno del trumpismo, el despliegue simultáneo de la Doctrina Donroe y la llamada “Pax Silica”, con una visión coercitiva y militarizada de la política hemisférica.
El reporte original del New York Times pone la nueva “guerra contra las drogas” de Trump en el contexto adecuado: “el presidente Trump se reunió con líderes conservadores y de derecha del continente en Florida y prometió “erradicar los cárteles criminales que plagan nuestra región”, todo como parte del llamado “Escudo de las Américas” (ver nytimes.com/es/2026/05/…). El reporte del NYT es claro: el acuerdo es “parte de un esfuerzo más ambicioso del gobierno de Trump para presionar a los países latinoamericanos a que acepten operaciones conjuntas dentro de sus territorios.”
Claro, el acuerdo confirmado por el Ministerio de la Defensa para permitir operaciones conjuntas con Estados Unidos contra el narcotráfico en territorio guatemalteco (ver lahora.gt/nacionales/kj…) no puede analizarse únicamente como un asunto técnico de seguridad. Tiene profundas implicaciones geopolíticas e ideológicas. La experiencia histórica demuestra que la “guerra contra las drogas” nunca ha sido simplemente una lucha contra el crimen organizado. En la práctica, ha servido para expandir la presencia militar estadounidense, fortalecer aparatos represivos internos, criminalizar territorios enteros y justificar mecanismos permanentes de vigilancia y control social. Bajo el neoimperialismo trumpista todos estos patrones han sido profundizados y expandidos.
El caso colombiano es ejemplar. Después de décadas de militarización extrema, desplazamientos masivos, miles de muertos y enormes recursos invertidos, ni el narcotráfico desapareció ni la violencia estructural fue resuelta. Lo que sí se consolidó fue una arquitectura de seguridad profundamente dependiente de Washington y funcional a los intereses estratégicos de Estados Unidos en la región.
La nueva fase de esta política, ahora impulsada desde círculos cercanos al trumpismo y figuras ultra-nacionalistas y cruceras como Pete Hegseth, posee además un componente altamente ideológico y performativo. Se presenta bajo discursos de “soberanía”, “seguridad nacional” y “combate al crimen”, pero en realidad forma parte de una lógica más amplia de restauración autoritaria y disciplinamiento regional. La militarización vuelve a convertirse en espectáculo político y en símbolo de alineamiento geopolítico.
Por ello, el gobierno de Arévalo debe ser criticado seriamente. Un proyecto democrático no puede reducirse a administrar de forma más eficiente las prioridades estratégicas de Washington. Guatemala necesita construir políticas de seguridad y justicia desde sus propias necesidades sociales, democráticas y regionales, no convertirse nuevamente en plataforma subordinada de los intereses geopolíticos de Estados Unidos. La completa indiferencia de Arévalo a las lecciones de la historia y a la memoria histórica, incluso a las advertencias explícitas de su propio padre, es sintomática de una desconexión más profunda entre este presidente y las necesidades y demandas de los/as de abajo.
Fuente: Refundación Ya
