Interconexión entre amar y trabajar: dos capacidades que se alimentan mutuamente

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Fernando Cajas

Usualmente el trabajo se concibe desde la perspectiva económica: La capacidad de producir bienes y servicios. Pero el trabajo de los seres humanos es mucho más que producir bienes y servicios, también nos transforma. El trabajo no es solo actividad económica, sino la mediación esencial entre el ser humano y la naturaleza. Como señala Marx, es el proceso mediante el cual el hombre “realiza, regula y controla su intercambio de materias con la naturaleza”. Al transformar el mundo externo, el ser humano se transforma a sí mismo: desarrolla su pensamiento, su conciencia y su esencia genérica. Louis Althusser complementa esta visión al concebir el trabajo como práctica social que sostiene la estructura de la sociedad, más allá de la autorrealización individual.

El trabajo mediado por herramientas (esquema sujeto-herramienta-objeto) genera pensamiento teleológico —la capacidad de proyectar fines— y permite la internalización de formas sociohistóricas de interacción con la realidad. Esto lo he descrito varias veces en mis artículos aquí en Público GT cuando enfatizo que el aprendizaje es social. El trabajo, también social, no solo produce objetos: moldea la subjetividad humana. Se ha demostrado que la actividad laboral compartida (el uso de herramientas) es la que abre “la puerta” al mundo humano a los humanos, desarrollando pensamiento, personalidad y, en última instancia, capacidad de vínculo, fundamentalmente social.

Aquí surge la interconexión profunda: El trabajo humaniza al sujeto → desarrolla su pensamiento, su capacidad de planificación y su sensibilidad hacia los demás → fortalece la posibilidad de un amor maduro, responsable y solidario. A su vez, el amor (entendido como encuentro, cuidado, respeto y compromiso) humaniza el trabajo: le da sentido, reduce la alienación y lo convierte en actividad cooperativa y creativa.

En la sociedad actual, esta interconexión virtuosa se rompe con frecuencia. El trabajo precario y alienado genera agotamiento emocional que empobrece la capacidad de amar. El amor mercantilizado (apps de citas, consumo romántico, pornografía, prostitución) reduce las relaciones a transacciones sin profundidad ni compromiso. El resultado es la infelicidad extendida: altos índices de divorcio, soledad, cansancio, aburrimiento y desencuentros constantes.

Recuperar la interconexión entre amor y trabajo significa, entonces, defender un trabajo significativo (no alienado, con tiempo para la vida relacional) y un amor responsable (que se construye con esfuerzo cotidiano y solidaridad). Cuando ambas capacidades se alimentan, el ser humano no solo sobrevive: vive, esto es, se realiza. El trabajo se vuelve expresión de amor hacia la comunidad y hacia uno mismo; el amor se vuelve fuerza transformadora de la realidad. Esa síntesis dialéctica es, en última instancia, la clave de una felicidad concreta.

Pero no debemos caer en las trampas de la psicología barata de la felicidad al estilo de los gurús que andan vendiendo seminarios para ser felices. Ese no es el camino. El camino es entender la naturaleza social y objetiva de las practicas sociales llamadas amor y trabajo, cómo interaccionan, bajo que condiciones materiales reales son viables, para que al final tengamos una mejor sociedad, más justa, más amorosa y con trabajadores más felices.

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