El infame rumbo del fútbol negocio: cuando la FIFA empezó a facturar
Mario Rodríguez
Hubo un tiempo en que el fútbol era sinónimo de territorio, identidad, barrio y fidelidad. Hoy, esos conceptos suenan a reliquias. El balón ya no rueda solo hacia la portería; lo empuja una lógica que prioriza el retorno de inversión sobre la emoción, la liquidez sobre la pertenencia y el espectáculo sobre la cultura popular. No ocurrió en un partido ni con un gol. Ocurrió en salas de juntas, con firmas de contratos y con la decisión consciente de convertir un juego colectivo en el activo político-financiero más jugoso del planeta.
Este texto no es una nostalgia ingenua. Es un mapa de cómo se ejecutó esa transformación, de quién la diseñó y lo qué nos queda cuando el deporte se convierte en mercancía.
El plano maestro: cuando el fútbol aprendió a facturar
La semilla del fútbol negocio se plantó en los años setenta, cuando el brasileño João Havelange tomó las riendas de la FIFA con la promesa ambiciosa, expandir el Mundial y convertirlo en la mayor franquicia deportiva del planeta. Havelange entendió antes que nadie que el fútbol era, en potencia, un negocio global sin competencia real. Amplió el torneo de 16 a 24 selecciones, luego a 32, y hoy prepara un formato de 48 equipos que se extenderá por casi dos meses entre Canadá, Estados Unidos y México. Pero la expansión no fue solo deportiva, fue comercial. Firmó contratos históricos con Adidas, Coca-Cola, McDonald’s, Visa y otras trasnacionales, atando el destino del juego al marketing global.
Cuando en 1998 cedió el trono al suizo Joseph Blatter, el modelo ya estaba aceitado. Blatter no inventó la rueda; solo le dio más vueltas. Bajo su mandato, la corrupción dejó de ser un secreto a voces para convertirse en evidencia judicial. La investigación del FBI, que destapó la trama de sobornos por la adjudicación de sedes mundialistas, no fue un accidente ni la acción de unos pocos funcionarios desviados. Fue el síntoma final de una enfermedad sistémica, el fútbol había dejado de pertenecer a los aficionados y a los jugadores para pertenecer a quien pagara. La FIFA, mientras tanto, se consolidó como una corporación empresarial con estatuto diplomático, blindada por su propia arquitectura institucional.
La financiarización del juego: balances, gradas y pantallas
Ese modelo se replicó hacia abajo. Hoy, los grandes clubes, en su gran mayoría, se convirtieron en sociedades anónima y algunos cotizan en bolsa. Los propietarios y accionistas, a menudo incapaces de distinguir un saque de esquina de un penal, son quienes manejan los ingresos multimillonarios del deporte. Sus presidentes utilizan esa ventaja para cerrar negocios en paralelo, al estilo de Florentino Pérez, quien desde su influencia deportiva también movió piezas en proyectos como las represas Oxec en Guatemala. El resultado deportivo importa, claro, pero la lógica es impecablemente capitalista, el fútbol produce valor, y ese valor debe ser apropiado por quienes tienen el capital sin importar lo que piense o deje de hacer el aficionado, que al final se convierte en un usuario de un espectáculo de entretenimiento deportivo.
En este tablero, Brasil ofrece el caso más dramático. El país que más veces ha ganado el Mundial ha convertido su principal recurso futbolístico, los niños de barrios y favelas con talento extraordinario, en un producto de exportación. Los jóvenes se marchan a Europa antes de formarse como personas y como futbolistas locales. Regresan a la selección convertidos en estrellas para audiencias europeas, pero siguen siendo desconocidos en las calles donde nacieron. Nadie los vio crecer. El vínculo entre el jugador y su comunidad se rompe cuando aún son adolescentes.
La distorsión competitiva es visible en la Liga española, la Bundesliga alemana, la Ligue 1 francesa o la Premier inglesa, que al final son el verdadero laboratorio de esta transformación. En España, el Real Madrid, FC Barcelona y Atlético de Madrid concentran una proporción de ingresos por derechos televisivos, patrocinios y acuerdos comerciales que hace matemáticamente imposible que el resto compita en igualdad. Lo mismos sucede en las otras ligas y por eso, los equipos con mayores presupuestos ganan los campeonatos años tras año, siendo los mismos los que terminan compitiendo en los distintos torneos top del continente. No es que jueguen mejor; es que tienen infinitamente más recursos para fichar, pagar y armar plantillas inalcanzables. La tabla de posiciones es, en buena medida, el reflejo de un balance contable.
Y lo que ocurre en la cancha se replica en las gradas. Los socios históricos, esas familias que llevan décadas pagando cuotas y transmitiendo el amor por el club de generación en generación, descubren que ya no siempre pueden ver a su equipo en casa. Una porción significativa del aforo se destina a paquetes turísticos que agencias de viaje venden a visitantes de Tokio, China, o millonarios de distintos países de América Latina. La catedral del hincha se convierte en una atracción de city tour. El verdadero aficionado contempla su asiento ocupado por alguien que no sabe ni el nombre del lateral derecho y ni le interesa.
Si logras entrar al estadio, aún debes pagar para ver lo que ya pagaste. La televisión, que durante décadas fue el gran amplificador del fútbol, ahora es su carcelero. Los derechos de transmisión se han fraccionado entre plataformas de streaming, canales de pago y paquetes premium que obligan al aficionado a suscribirse a tres o cuatro servicios distintos para seguir a su equipo. Ver fútbol ya no es sentarse frente a la pantalla; es administrar suscripciones, comparar paquetes y pagar facturas mensuales por un contenido que, en otro tiempo, era un bien casi universal. El fútbol de élite ha privatizado el salón de casa, la reunión de amigos y las relaciones con los clubes.
El balón como moneda política: FIFA, geopolítica y 2026
Al otro lado del espectro, pero dentro del mismo expediente, la FIFA ha escalado a un rol que trasciende lo deportivo. Gianni Infantino no es solo un dirigente deportivo; es un operador de relaciones internacionales que usa el balón como moneda de cambio. La institución ya no solo organiza torneos, legitima regímenes, influye en relaciones bilaterales y garantiza mercados a cambio de infraestructuras y retornos publicitarios. El fútbol se ha convertido en un poder blando, y su infame presidente es su principal administrador.
Nada lo ilustra mejor que el episodio del llamado “Premio de la Paz” que Infantino entregó al presidente Donald Trump. El momento en que el máximo organismo del fútbol mundial decide involucrarse en geopolítica, otorgando galardones que remedan con torpeza el Nobel de la Paz, precisamente cuando Estados Unidos, México y Canadá serán anfitriones del Mundial 2026, no es una anécdota. Es la confirmación de que la FIFA opera con intereses que nada tienen que ver con el deporte. Cuando Qatar compró el Mundial 2022, no compró un torneo; compró legitimidad internacional.
Esta deriva política alcanzó su punto más revelador en el Congreso de la FIFA celebrado recientemente en Canadá. Infantino intentó forzar un encuentro y un apretón de manos entre el representante de la Federación Palestina de Fútbol, Jibril Rajoub, y el delegado israelí, con la intención declarada de fotografiarlos juntos en un gesto de supuesta reconciliación. La respuesta de Rajoub fue simple y demoledora: «¿Cómo puedo darle la mano o hacerme una foto con un hombre así? No voy a darle la mano… por favor, los palestinos estamos sufriendo». Lo que Infantino intentó construir no era un puente, sino una postal para su ego. Una imagen diseñada para consumo mediático que pretendía borrar, en un clic de cámara, el genocidio que se desarrolla en Gaza. El fútbol como lavado de imagen y la fotografía como instrumento de impunidad. Que el presidente de la FIFA creyera que era posible, y que fuera él quien lo intentara, dice más sobre la naturaleza del poder que administra que cualquier informe arbitral.
Paralelamente, el Mundial 2026 se perfila como un proyecto comercial-diplomático de escala continental. Pero incluso en la gestión de entradas, la lógica extractiva choca con la resistencia ciudadana. La provincia canadiense de Ontario aprobó la Putting Fans First Act, una legislación que prohíbe la reventa de entradas por encima de su valor nominal, desarticulando así el sistema de precios dinámicos con el que la FIFA pretendía extraer hasta el último dólar de cada partido. Como respuesta, la FIFA retiró sus propias entradas de los canales de reventa autorizados en Toronto, en un gesto que equivale a un portazo institucional frente a una ley democráticamente aprobada. La ironía es contundente, mientras el organismo que dice defender el fútbol como bien universal reacciona con hostilidad cuando un gobierno intenta, precisamente, que los aficionados puedan permitirse asistir. Los “precios dinámicos” son ese eufemismo que significa cobrar lo máximo que el mercado tolere en cada momento. Representan la confesión de que la FIFA no gestiona un deporte; administra una plataforma de extracción económica con césped y porterías.
El cruce de caminos
Esto no significa que el fútbol haya muerto. Significa que se ha bifurcado. Existe el fútbol de paga que se transmite en streaming, se financia con fondos soberanos, se consume como experiencia premium y se diseña para ser visto, no para ser sentido. Y existe el fútbol raíz, el que aún resiste en las categorías inferiores, en los torneos locales, en las barras y porras que siguen viajando para ver a sus equipos, en los técnicos que forman sin contratos millonarios, en los hinchas que siguen creyendo que un club no es una empresa, sino un patrimonio colectivo. En fin, en todos los que aman el fútbol, sin importar más que sus colores.
La pregunta ya no es si el fútbol se ha convertido en mercancía. La evidencia lo confirma. La pregunta es qué hacemos con esa realidad. Si aceptamos que el deporte es solo un vehículo de acumulación, perderemos para siempre la posibilidad de que siga siendo un lenguaje común. Si, en cambio, exigimos transparencia en la gestión, límites reales a la especulación de entradas, protección de los abonados históricos, reglas de fair play financiero que no sean letra muerta y una gobernanza deportiva que priorice el juego sobre el balance, podremos recuperar algo esencial.
El fútbol necesita que se retome su identidad como deporte de masas, de pueblos, de personas. Los presidentes de la FIFA no rinden cuentas ante ningún pueblo, no son elegidos por ningún electorado, no pueden ser destituidos por los aficionados. Sin embargo, influyen en la adjudicación de eventos que mueven miles de millones de dólares, que transforman ciudades, que generan deuda pública y que condicionan la agenda política de los países candidatos. Ese desequilibrio de poder no es sostenible si el juego quiere seguir llamándose popular.
El partido sigue. Pero la pelota ya no es de todos. Aún queda tiempo para decidir si queremos ser espectadores de un producto o guardianes de un juego que, por mucho que lo empaqueten, no tiene precio de mercado.
