El escenario global: crisis del orden internacional
Marco Fonseca / #RefundaciónYa
La crisis actual del orden internacional no puede entenderse como una simple transición entre potencias ni como una fase más de inestabilidad dentro de un sistema que, en lo fundamental, seguiría operando bajo las mismas coordenadas. Nos encontramos, más bien, ante una crisis de hegemonía global en sentido fuerte, es decir, como una ruptura tanto social como metabólica en la capacidad del capitalismo históricamente dominante – bajo liderazgo occidental y, en particular, estadounidense – de articular de manera relativamente estable coerción, consenso, institucionalidad y subjetividad a escala mundial. Esta crisis no ha producido aún un nuevo principio ordenador en tanto que lo muerto no ha terminado de morir. Al contario, en tanto que lo nuevo no termina de nacer, ha producido en cambio una configuración marcada por la proliferación de guerras interconectadas, la erosión de la legitimidad institucional y la intensificación de mecanismos coercitivos y disciplinarios.
Este momento histórico expresa un doble fracaso. Por un lado, el intento de consolidar una unipolaridad duradera tras la caída de la Unión Soviética, tal como fue formulado estratégicamente por Brzezinski en El gran tablero mundial (1997), centrado en la preservación de la primacía estadounidense sobre Eurasia, no logró estabilizar el sistema internacional ni impedir la reemergencia de centros de poder alternativos. Por otro lado, el proyecto de institucionalizar un orden multilateral liberal, teorizado por Keohane en Después de la hegemonía (1984), Ruggie (1992) con su formulación clásica del multilateralismo como institución e Ikenberry (2011) con su reconstrucción del orden liberal de posguerra y su posterior diagnóstico de crisis, tampoco consiguió reproducirse de forma sostenible. Las instituciones del orden de posguerra, lejos de consolidarse como árbitros universales, han sido crecientemente instrumentalizadas o vaciadas de contenido, revelando la imposibilidad de sostener un universalismo liberal bajo condiciones de creciente desigualdad global y conflicto sistémico. Lo que hoy vemos, entonces, no es simplemente el “fin” del orden liberal, sino la imposibilidad de reproducir ya sea la unipolaridad imperial clásica o el multilateralismo liberal como formas relativamente estables de dirección mundial.
Sin embargo, reducir esta crisis al eje del poder, como tiende a hacerlo el neorrealismo, resulta insuficiente, aunque esto siga siendo decisivo. Mearsheimer (2018) ha señalado con razón que el orden liberal internacional contenía contradicciones que lo hacían inviable a largo plazo, particularmente su tendencia a la expansión y la reacción que ello generó en otras potencias. Esa intuición capta algo fundamental sobre el orden internacional, i.e. nunca dejó de descansar, en última instancia, sobre jerarquías de fuerza y sobre la capacidad de ciertas potencias de definir amenazas, castigos y zonas de tutela. Pero esta lectura, aunque importante, permanece anclada en una concepción restringida de la hegemonía. La hegemonía no es simplemente distribución de capacidades militares, sino que es una forma histórica de articulación entre economía, política, cultura y subjetividad (Cox, 1987). Una teoría crítica de la crisis de hegemonía debe ir más allá del neorrealismo porque la hegemonía no es solo distribución interestatal de poder, sino que es también organización transnacional de la acumulación, legitimación ideológica, modelación de subjetividades y administración diferencial de la vida y de la muerte.
Por ello, resulta necesario reformular la crisis del orden internacional como una crisis sobredeterminada de hegemonía, estructurada en torno a las cuatro P: producción, propiedad, poder y placer.
En primer lugar, la producción remite a las contradicciones estructurales del capitalismo global. Este es el eje clásico de la teoría marxista de la crisis y no es por gusto. Aquí se ubican las contradicciones de la acumulación, la sobrecapacidad, la financiarización, la reestructuración tecnológica, la militarización como salida a la crisis y la incapacidad del capital global para estabilizar durablemente sus condiciones de valorización. El énfasis en la sobreacumulación, la caída de la rentabilidad y las crisis cíclicas se ha vuelto el núcleo explicativo del marxismo contemporáneo. Sin embargo, como han mostrado Harvey (2014), Robinson (2014) y Moore (2016), estas din
ámicas deben entenderse como parte de una totalidad más compleja en la que intervienen procesos de financiarización, desplazamientos geográficos del capital, expansión del crédito, reorganización tecnológica y ruptura metabólica con la naturaleza. La crisis contemporánea no es simplemente una crisis de valorización; es una crisis del modo en que la acumulación logra articularse con condiciones sociales, políticas y ecológicas de reproducción. Por ello, no basta con permanecer en una explicación monocausal de la crisis como simple caída de la rentabilidad o sobreacumulación. Debemos pensar la articulación entre economía, geopolítica, tecnología y ecología. Esa ampliación desplaza la discusión hacia una policrisis civilizatoria más amplia y una mutación post-humanista del capitalismo.
En segundo lugar, la propiedad ha experimentado una transformación cualitativa. Este punto suele ser captado de forma mutilada por el neoliberalismo, que absolutiza la seguridad de la propiedad privada como condición de orden internacional dominado por las empresas trasnacionales. Pero ya no se limita a la propiedad de medios de producción en sentido clásico, sino que incluye el control sobre infraestructuras digitales, plataformas tecnológicas, datos, cadenas logísticas, recursos naturales estratégicos y sistemas de propiedad intelectual. En este contexto, la crisis del orden internacional es también una crisis del régimen global de apropiación. La crisis del orden internacional es también una crisis del régimen global de apropiación sobre quién controla recursos, rutas, información, tecnologías y marcos jurídicos de inversión. Bajo este ángulo, la guerra ya no es exterior a la economía, sino que es uno de los mecanismos mediante los cuales se reabre violentamente el acceso a recursos, corredores y monopolios estratégicos. Las disputas geopolíticas contemporáneas, desde el control de semiconductores hasta el acceso a minerales críticos, reflejan una reconfiguración profunda de las bases materiales del poder y las formas de propiedad que deben ser preservadas y hoy ampliadas incluso hasta la Luna.
En tercer lugar, el poder sigue siendo una dimensión central, pero en una forma crecientemente desestabilizada. Aquí sí encontramos el aporte parcial, aunque no suficiente, del neorrealismo. La proliferación de conflictos, la guerra en Ucrania, la devastación de Gaza, la ofensiva contra Irán, la crisis en el estrecho de Ormuz, el desfondamiento de Sudán y la creciente militarización de Asia-Pacífico, revela no solo rivalidades entre potencias, sino el debilitamiento de las estructuras institucionales que anteriormente canalizaban esas tensiones. El veto en el Consejo de Seguridad, la instrumentalización selectiva del derecho internacional y el uso desigual de sanciones y de “excepciones” han vaciado de contenido buena parte del universalismo liberal proclamado durante décadas. El multilateralismo ya no funciona como mecanismo efectivo de regulación; el derecho internacional se aplica de manera selectiva; y la coerción directa reaparece como instrumento privilegiado. Como plantea Cox (1987), la hegemonía requiere la articulación entre poder material, ideas e instituciones. Lo que observamos hoy es la descomposición de esa articulación. El resultado no es simplemente anarquía, sino una forma de jerarquía inestable, un orden desordenado, el pacifismo de la guerra, cada vez más coercitiva y menos hegemónica.
Pero es la cuarta dimensión y la más subestimada por la teoría internacional convencional, el placer, la que permite captar una transformación más profunda. Las teorías tradicionales de las relaciones internacionales han ignorado en gran medida la dimensión libidinal del orden social y global. Aquí el problema no es subjetivo, meramente individual ni tampoco “cultural” en sentido superficial. Se trata de la producción de subjetividad, de deseo, de goce y de adhesión libidinal al orden. Autores como Deleuze y Guattari (1987), Lazzarato (2014), Han (2021), Brown (2021) y Žižek (2026), han mostrado que el capitalismo no solo organiza la producción y la propiedad, sino también la subjetividad, el deseo y el goce. El trabajo de estos pensadores/as nos ayudan a ver algo que el realismo y el liberalismo apenas registran, es decir, que ningún orden mundial se sostiene solo por armas, mercados o instituciones; necesita también modular afectos, hábitos, aspiraciones, valores, temores y satisfacciones. El neoliberalismo se sostuvo tanto por su eficiencia económica como por su capacidad de producir formas específicas de deseo, consumo, autoexpresión, rendimiento, competitividad. El neoliberalismo tardío no gobernó únicamente por propiedad y competencia, sino también por promesas de autoexpresión, rendimiento y placer individualizado. La crisis del orden internacional es también crisis de ese régimen libidinal. La crisis actual es también una crisis de ese régimen libidinal, lo que se manifiesta en el auge de formas autoritarias, religiosas, nacionalistas y tecnofascistas de movilización afectiva. De ahí el retorno de formas más crudas de excitación autoritaria como el nacionalismo sacrificial, estetización de la guerra, sadismo digital, racismo securitario, masculinidad necropolítica y tecnofascinación con la fuerza, la vigilancia y la destrucción.
Vista así, la crisis de hegemonía global aparece como una crisis sobredeterminada en la que producción, propiedad, poder y placer no actúan como esferas separadas, sino como dimensiones entrelazadas. Las guerras actuales no son solo disputas geopolíticas, sino también intentos de reordenar la acumulación, blindar formas de propiedad, reinscribir jerarquías imperiales y reactivar economías afectivas basadas en miedo, resentimiento y voluntad de poder y castigo. El trumpismo expresa precisamente esa condensación. No representa simplemente un retorno al viejo imperialismo estadounidense, sino una tentativa de restauración hegemónica bajo condiciones nuevas, menos universalistas, menos multilaterales, más abiertamente coercitivas, más mercantilistas, más fósiles y más dependientes de dispositivos digitales de mando y represión.
En ese sentido, el intento de Trump por reimponer la primacía estadounidense no debe leerse como fortaleza, sino como síntoma de debilidad y fracaso histórico. La ofensiva contra Irán lo ilustra perfectamente. El argumento de que una guerra fósil e imperial puede restaurar simultáneamente la centralidad geopolítica de Estados Unidos y la primacía del petróleo contiene una contradicción notable. En el corto plazo, una escalada bélica puede elevar precios, beneficiar a sectores fósiles y reforzar imaginarios militaristas. Pero en el mediano plazo también revela, con brutal claridad, la vulnerabilidad estructural de seguir dependiendo de hidrocarburos concentrados en regiones geopolíticamente explosivas. Ese es precisamente el argumento central del reciente comentario de George Monbiot en The Guardian (Monbiot, 2026). La guerra impulsada por Trump contra Irán, lejos de asegurar el futuro fósil, puede acelerar la transición energética al volver políticamente irrefutable la necesidad de reducir la dependencia del petróleo y del gas y decrecer la economía fósil como un todo. Después de haber retirado a Estados Unidos del Acuerdo de París a partir de enero de 2026, la guerra de Trump contra Irán ha creado un renovado impulso hacia energías limpias y mayor autonomía estratégica de otros actores.
Algo similar ocurre con el rechazo trumpista del legado universalista de la modernidad y el nuevo impulso universalista que surge contradictoriamente de Irán como defensa contra la restauración imperial. El argumento central de Žižek en “Iran: From Heidegger to Kant” consiste en una intervención dialéctica que rechaza la falsa alternativa entre el régimen teocrático iraní y la intervención estadounidense-israelí, mostrando que ambos polos pertenecen a una misma totalidad geopolítica, capitalista y normativa, y desplazando así el análisis hacia el nivel de los principios universales en juego. Así, Žižek sostiene que en la coyuntura actual la cuestión decisiva no es elegir entre dos actores empíricos igualmente problemáticos, sino reconocer que la práctica sistemática de violación de la soberanía por parte de Estados Unidos ha erosionado el marco normativo del derecho internacional hasta el punto de que la defensa de la soberanía, incluso cuando es articulada por un régimen autoritario, adquiere un carácter universal. Este giro se expresa en el movimiento conceptual “de Heidegger a Kant”, donde Irán aparece atravesado por una tensión entre una crítica antimoderna y antioccidental de tipo heideggeriano (mediada por figuras como Ahmad Fardid) y una invocación implícita, aunque contradictoria, de principios kantianos como la soberanía estatal y la limitación de la violencia internacional, produciendo la paradoja de que un régimen ideológicamente hostil al universalismo occidental termina encarnando, en el terreno objetivo de la geopolítica, la defensa de uno de sus principios fundamentales. De este modo, Žižek no legitima al régimen iraní ni suprime la crítica a sus formas internas de dominación, sino que propone una lectura en la que debe rechazarse simultáneamente tanto el autoritarismo iraní como la intervención imperial occidental, al tiempo que se reconoce que, en la estructura concreta de la crisis del orden internacional, la resistencia iraní puede funcionar como portadora contingente de una universalidad amenazada, revelando así una configuración en la que el propio Occidente socava los principios normativos que históricamente proclamó.
Este punto es crucial porque revela la naturaleza contradictoria de la crisis actual. Las estrategias de restauración hegemónica no solo fracasan en estabilizar el sistema, sino que también generan dinámicas que lo desestabilizan aún más. La guerra, lejos de resolver la crisis, tiende a expandirla y a conectar distintos teatros de conflicto en una red global de violencia.
En este contexto, las reformulaciones teóricas existentes resultan insuficientes. La noción de “imperio” en Hardt y Negri (2000) capta la descentralización del poder global, pero no logra explicar el retorno de formas abiertas de guerra interestatal y coerción imperial. Por su parte, la extensión del concepto de hegemonía en Cox (1987), aunque fundamental, conserva elementos que requieren ser radicalizados para dar cuenta de la crisis contemporánea. Trabajos más recientes, como los de Bieler y Morton (2018) y Lavallée (2022), avanzan en esta dirección al articular capitalismo global, guerra y crisis en un marco más amplio. Estos trabajos abren un terreno más fértil para pensar el agotamiento de las hegemonías occidentales.
Lo que se impone, entonces, es la necesidad de una teoría crítica de la crisis de hegemonía capaz de pensar simultáneamente economía, geopolítica, tecnología, ecología y subjetividad. La crisis del orden internacional no es simplemente el colapso de un sistema institucional. Es la expresión de una crisis civilizatoria en la que el capitalismo enfrenta límites estructurales en su capacidad de organizar tanto la acumulación como la reproducción de la vida y la construcción de subjetividad. Dicho de otra manera, la crisis del orden internacional no consiste únicamente en que “ya no hay reglas”. Consiste en que las reglas existentes ya no logran organizar de manera relativamente legítima la reproducción ampliada del capital global ni la subordinación estable de las mayorías.
Por eso reaparecen la guerra abierta, el estado de excepción, la restauración imperial y la política del enemigo interno. Pero por eso también se abren nuevas contradicciones. La guerra contra Irán puede alimentar, paradójicamente, la transición energética; la coerción imperial puede acelerar desacoples parciales; la descomposición del multilateralismo puede intensificar tanto la barbarie como la búsqueda de nuevas articulaciones contrahegemónicas. El problema de fondo ya no es solamente el “fin del orden liberal”. Estamos en la entrada a una nueva fase en que la crisis de hegemonía mundial se vuelve inseparable de una crisis más amplia de civilización.
Bibliografía
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Brown, W. (2021). En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Traficantes.
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