Ese ser pecaminoso llamado ser humano
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Nunca había conocido a una persona realmente malvada. Me siento bastante asustado. Me temo que se verá igual que todos los demás.
Oscar Wilde
Los seres humanos poseen una naturaleza perversa, reiteradas veces reinciden en una conducta negativa, prueba de ello es que, a lo largo de la historia, ha sido notoria su agresividad y maledicencia; asesinatos, guerras, traiciones, venganzas, son una pequeña muestra de sus actos criminales, que los convierten en una amenaza no solo en contra de su misma especie, sino de la vida en general. Pero ¿será que eso es así, que es propio de lo humano comportarse maliciosamente y, en tal sentido, únicamente se le debe poner límites a partir de su control y vigilancia?
La separación gradual de la peculiar especie de primates bípedos con relación a los demás animales, que los consolidó hace aproximadamente 1.5 millones de años como homos sapiens, se debió, sustancialmente, a su desarrollo intelectivo y, a través del aprendizaje y de la acumulación de saberes que logró, lo situaron en el lugar que actualmente ostenta. Así, mientras el resto de las especies trazaron su conducta sobre carriles del instinto, el homo sapiens lo hizo a partir de su razón. Sobre el natural andamiaje biológico, compartido con el resto de los animales, se erigió en estos uno nuevo, el racional.
La nueva armazón, producto del crisol en el que el instinto y lo racional se fundieron, dio por resultado una conducta sumamente compleja, un ser de posibilidades, que aprende a ser lo que es entre lo racional y lo emotivo. De ahí que los demás animales se ven imposibilitados de tener un comportamiento ético y moral, son los seres humanos los que lo logran a través del ejercicio de su libertad y del conocimiento que pueden serlo. Como consecuencia, decidir actuar correctamente es un acto de conciencia y de voluntad, que solo es posible cuando se convive en sociedad.
En lo humano, existen conectores que unen lo racional con el comportamiento adecuado que se debe tener dentro de la sociedad. Sin embargo, es lo irracional lo que conduce a la discordia, a los crímenes, a la maldad. La razón instrumental se convierte en herramienta de pasiones insanas, en sirvienta, como alguna vez lo fue la reflexión filosófica, del imperio que impuso la religión cristiana en la época medieval.
¿Cómo es, entonces, que los seres humanos se convierten en actores del mal, en depredadores de su misma especie, en pervertidores de la vida? Para los que ven por fondo de la realidad potencias espirituales e ideales, aquellos que piensan que todo es producto de la creación divina, los seres humanos son portadores del mal, pues ellos, a partir de su libre albedrio, así lo han decidido. Para tal pensamiento, es en el poder de decisión en donde la perversión humana aflora. No obstante, si los seres humanos fueran creación divina, la decisión de optar por el mal sería el resultado de poseer dentro de su naturaleza una inclinación siniestra a lo perverso y su responsabilidad quedaría limitada.
Cabe entonces recordar el planteamiento de Epicuro, en su paradoja, que dice: ¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios? Recargar la responsabilidad del mal en los seres humanos es lo correcto, lo improcedente es someterlos a designios divinos pues, dentro de estos, las personas no son las responsables de sus actos.
Los actos perjudiciales están presentes y, salvo patologías que no constituyen la norma general, son consecuencia de las decisiones humanas, por lo que otra interrogante que surge es, ¿qué los motiva a actuar de esa forma? Ante el imperioso deseo de sobrevivir, cualquier ser vivo reacciona para lograrlo y los humanos no son la excepción, por lo que su racionalidad se subordina ante el instinto de conservación para alcanzar tal objetivo y en tal reacción no importan los medios para lograrlo. Es así como, para poder sobrevivir y tener una existencia placentera, rompen las reglas establecidas de lo que representa vivir en armonía social y delinquen.
Es ahí en donde el límite de lo que es correcto se distingue de lo reprochable, evidenciándose, y con ello las perversiones humanas afloran, las injusticias, los egoísmos y las maldades que se patentizan en crímenes, miserias y acciones abyectas, que ponen en entredicho la supuesta racionalidad humana. La maleabilidad humana permite que se inscriba en ellos valores sublimes o despreciables, que accionen dentro del bien o del mal.
Pero, endilgarles a los humanos una maldad natural, propia de su esencialidad, constituye una pobre reflexión sobre sus ontogénesis, su desarrollo y su historia. Solo el ser humano es malo, los demás animales no pueden serlo, debido a que, en estos, es el instinto el que prevalece y, consecuentemente, no son conscientes de sus actos; el ser humano, en cambio, puede serlo, pero su conducta, de igual forma, oscila entre el bien y el mal, el error o el acierto, la verdad o el engaño según lo determine su decisión que depende también de su circunstancia.
Cuando unas ratas matan a otra extraña, que se adentra en su madriguera, no lo hacen por un acto de maldad ni ocurre eso cuando un león devora a un antílope o un tiburón sacia su hambre con cualquier pez. Puede que un perro ataque a determinadas personas, pero no planifica ese acto ni lo realiza porque encuentra placer al hacerlo, únicamente los seres humanos gozan con el dolor ajeno y es porque su racionalidad, al instrumentalizarse, también permite que se perviertan.
Prueba de ello son las acciones perpetradas por los nazis en los campos de concentración, las horripilantes acciones de los verdugos de la Santa Inquisición durante el periodo medieval, los sanguinarios torturadores al servicio del ejército de Guatemala y los similares en otros países de Latinoamérica, durante los conflictos armados internos. Todos tiene el denominador común de sembrar el terror para mantener y preservar los intereses de un pequeño grupo de indolentes y perversos privilegiados.
De ahí que se puedan cometer errores por ignorancia, pero también, se cometen intencionalmente, es en este caso en el que la acción se convierte en un acto criminal, no obstante, en ambos casos, las acciones ignominiosas, que resultan de tales procederes, son severamente cuestionables. El narcisismo incuba al egoísmo y es ahí en donde toda acción por perversa que sea se ve justificada por el perpetrador.
La maldad se hace visible en las acciones de las personas que, privilegiando su beneficio, transgreden el bienestar de los demás. No es que sea malo buscar el beneficio propio, sí lo es si se logra a expensas del dolor y sufrimiento de otros. De ahí que explotar, engañar, robar, traicionar, sacar ventajas desleales, martirizar y matar, son todas acciones malas y perversas.
De nada han servido más de 2, 000 años de cristianismo, si en países como este, que se dicen profesar esa religión, se continúa con un comportamiento nocivo y perjudicial, siendo, en muchos casos, ellos los responsables y por más que se diga que todo es debido a su decisión personal, a su libertad de elegir, a la luz de tales preceptos, la pregunta que surge es ¿es que Dios no lo pudo hacer mejor? Sin duda los seres humanos son responsables de sus actos sean buenos o malos y como conscientes de eso, son ellos los que tienen que medir las consecuencias, al margen de cualquier concepción religiosa.
Consecuentemente, dichos preceptos morales, que corresponden a una moral autoritaria, que resultan ser insuficientes para ordenar su conducta, solo ha favorecido a los que el crimen y la mentira resulta ser ventajoso para sus intereses y el dios que profesan lo han hecho a su medida.
