Factores clave para recuperar la USAC
Fernando Cajas
Lo que ocurrió el 8 de abril no es un simple escándalo universitario. Es la consumación de un segundo fraude rectoral, el más grave y descarado, orquestado por Walter Mazariegos y su clica. No se ganó una elección: se reconfiguró coercitivamente el electorado para impedir la derrota. Se excluyeron 17 de los 34 cuerpos electorales y 85 de los 170 votantes potenciales. En las primarias, la oposición había ganado 22 de los 34 cuerpos; la respuesta fue instrumentalizar un Consejo Superior Universitario (CSU) ilegítimo, mantener representantes ya vencidos, omitir preceptos constitucionales y otorgar plazas sin oposición, tal como denuncia la Contraloría General de Cuentas.
Esto no es abuso de la autonomía: es su destrucción material. Como bien señala Marco Fonseca ensu análisis implacable, la autonomía universitaria —ese autogobierno democrático, esa libertad académica que la Constitución consagra en sus artículos 82 y 83— ha sido materialmente anulada. Queda el nombre; su sustancia ha sido vaciada y convertida en coartada de impunidad.
Este segundo fraude no es un asunto aislado. Es el hijo putativo más descarado del Pacto de Corruptos, la Alianza Criminal que José Alfredo Calderón, Roberto Wagner, Carolina Escobar Sarti, y tantos han desnudado en sus columnas. Las cortes se hicieron la desentendidas. El Ministerio Público, bajo Consuelo Porras, guarda un silencio cómplice ante denuncias penales por abuso de autoridad y usurpación de funciones. Los diputados, salvo las voces dignas de Raíces y José Chic, ni siquiera quieren tocar el tema.
La resistencia, sin embargo, no está sola. Los estudiantes san carlistas siguen dando muestras de resistencia y de dignidad en el Campus Central, del CUNOC en en Quetzaltenango, en el CUSAM, en San Marcos, del CUNSOROC en Mazatenango, CUNOR en Cobán Alta Verapaz y de muchas sedes del interior. Cuentan con el respaldo firme de organizaciones sociales y grupos indígenas. Los docentes, en su mayoría, guardan silencio. Aunque hay otro grupo de defensores del fraude que extorsionan a los estudiantes para que acepten al rectorcito impuesto, como denunció con coraje la Asociación de Estudiantes de Medicina del CUNOC y los estudiantes del Centro Universitario de Totonicapán.
Frente a este atropello, la comunidad internacional ha hablado con claridad dolorosa. La Unión Europea deploró “las condiciones en las que se llevaron las elecciones de rector”. Lo mismo hicieron Canadá y el Reino Unido. No son palabras de cortesía diplomática: son países que han financiado proyectos científicos y académicos en el CUNOC y en toda la USAC. Estos recursos corren peligro si la Universidad sigue convertida en botín de una clica capturada. Pero mas que los recursos, las relaciones internacionales universitarias se ven gravemente afectadas con este descarado fraude rectoral.
Para hacerle frente a esta batalla, propongo cuatro puntos clave que desarrollan los factores para recuperar a la USAC:
Primero, la fortaleza del usurpador. Mazariegos no llegó solo. Es producto de favores cruzados con las altas cortes: “yo te doy magistrado, tú me das la USAC”. El mismo esquema opera adentro: postgrados convertidos en negocio, plazas otorgadas sin concurso y recursos extraídos de programas autofinanciables que alimentan una maquinaria de lealtades. No se trata de un rector que abusa de la autonomía; se trata de un régimen que la ha destruido en su contenido material, como explica Fonseca con precisión quirúrgica.
Segundo, la actitud del presidente Bernardo Arévalo. Primero tibio, luego en un silencio inexplicable y, finalmente, con un legalismo pasivo que, en la práctica, facilitó el fraude. La vicepresidenta reconoció las exclusiones, pero entre reconocer y actuar hay un abismo. Yo lo interpreto, como Foppa, como una traición al mandato popular. Otros analistas prefieren creer que espera el cambio de balances en la Corte de Constitucionalidad y el Ministerio Público. Sea cual sea la lectura, el resultado es el mismo: los estudiantes quedan solos frente a un sistema de justicia que hoy sirve a los usurpadores.
Tercero, la maquinaria represiva ya en marcha. Asesores a tiempo completo dedicados no a la academia, sino al trabajo sucio: criminalizar la protesta, infiltrar el movimiento, fabricar causas y sostener una policía permanente. El riesgo es el debilitamiento y posterior criminalización de la resistencia es real.
Cuarto, y este es el que nos permite mirar más allá de la noche: los elementos de la esperanza y la necesidad de refundar. Porque la autonomía ya no existe como tal; solo queda su cáscara nominal. Por eso la propuesta de intervención temporal —defendida por Raíces y por mí— no contradice la autonomía: al contrario, es la única vía para reconstruir sus condiciones democráticas de posibilidad. Es el mecanismo transitorio para restaurar representación efectiva, renovar órganos, convocar elecciones limpias, recuperar la libertad de cátedra y la transparencia. La resistencia de los estudiantes, el apoyo de las comunidades indígenas, la presión internacional sostenida y la indignación de la sociedad consciente son la semilla de esa refundación.
Por eso, aunque la noche parezca eterna y la autonomía haya sido materialmente asesinada, pasará. Pasará porque el camino no está trazado: lo hacemos al andar. Lo están haciendo los estudiantes que resisten hoy. Lo haremos los san carlistas que seguimos creyendo que la Universidad de San Carlos no es propiedad de ninguna clica, sino patrimonio vivo de la nación y de los pueblos que la sostienen.
