Crónica de un fútbol inconsistente
Regresó el fútbol intrascendente (y vaya que nunca lo extrañamos)
Guatemala obtuvo un empate valioso. Valioso, pero por la forma en que se obtuvo, se podría pensar que tiene poco valor. Como cuando encuentras un billete de 5 quetzales en el bolsillo de un pantalón que no usabas desde 2019. Valioso, pero tampoco para tirar cohetes.
Un partido sin goles. Cero. Nada. El marcador fue tan emocionante como los discursos últimos de Bernardo.
A defender
Dicen que la ilusión en el fútbol guatemalteco dura exactamente lo que tarda en llegar el siguiente partido. Bastaron noventa minutos en Surinam para archivar los espejismos de la goleada contra El Salvador y recordar cuál es nuestra verdadera realidad, un fútbol donde empatar sin patear al arco rival se celebra como si fuera una hazaña táctica.
Guatemala regresó a su versión más habitual, esa que no propone, que sufre con la pelota y que se abraza el «no perder» como si fuera una doctrina filosófica. Un 0-0 áspero, lleno de fricción y con tan poco fútbol que reseñar que el partido bien pudo haberse resuelto en un volado antes de iniciar.
Primer tiempo: el arte de la nada
De la selección en el primer período hay poco que reseñar. Y cuando digo poco, me refiero a que podríamos resumirlo en una frase: once señores con camiseta azul corrieron un rato. Fin de la primera parte.
Un primer tiempo para el olvido (o para dormir)
El planteamiento inicial ya anunciaba tormenta. Con un cuadro diezmado por la suspensión de Lom y las bajas por lesión de Rubín y Santis, Tena tuvo que echar mano de la banca.
Los primeros veinte minutos fueron un monólogo de Surinam ante una selección nacional desorientada, lenta y con una imprecisión digna de categoría amateur. Guatemala fue incapaz de hilar dos pases seguidos. Aparicio, llamado a tomar las riendas, pedir la pelota y distribuir el juego, naufragó en la marca rival antes de retirarse lesionado en el complemento. El mediocampo trabajaba a destajo destruyendo el juego local, pero era absolutamente impotente para trasladar la pelota fuera de campo propio.
Llegamos a la media hora de juego sin registrar un solo acercamiento al arco rival. Todo lo bueno exhibido en la jornada anterior se esfumó en el aire del Caribe, demostrando que aquellos seis goles ante los salvadoreños solo generaron una ilusión óptica y una complacencia peligrosa.
Especular como estilo de vida
Para la segunda mitad, la orden desde el banquillo pareció clara: poblar la mitad de la cancha, replegar líneas y apostar a que el tiempo transcurriera sin sobresaltos. Se renunció por completo a tener un equipo adelantado para priorizar el freno a la velocidad de Surinam.
En un arrebato de fe, cualquiera pensaría que tras una goleada previa el equipo aprovecharía las pocas que tuviera. Sin embargo, la única opción clara del partido terminó en un disparo suave, fácil y desviado, más cercano a un pase al arquero que a un remate con destino de red. El resto fue contención, pelotazo y rompimiento.
Surinam apretó, recuperó balones en terreno propio e intentó hacer daño en transiciones rápidas, pero su propia incapacidad en el último tramo salvó a la Azul y Blanco. No es que los locales no quisieran ganar; sencillamente, no supieron cómo romper el cerrojo. Las modificaciones tácticas de Tena sirvieron únicamente para darle aire a una zaga exhausta, pero dejaron al ataque en un estado de abandono total.
Segundo tiempo: la estrategia del miedo
Aquí viene lo bueno. O lo malo. O lo mismo. Desde el inicio del segundo tiempo, Guatemala especuló. Especuló con no perder. Especuló como especula alguien que debe plata y evita contestar el teléfono. Se renunció a tener un equipo adelantado. ¿Para qué? Mejor llenar el mediocampo. Amontonar gente. Hacer un tapón humano. Frenar la velocidad de Surinam, que tampoco es que estuviera corriendo como Usain Bolt, seamos honestos.
La táctica fue clara: si no dejamos que la pelota pase, no nos pueden anotar. Genial. Brillante. Revolucionario. ¿Quién necesita posesión cuando puedes tener once jugadores parqueados frente a tu área?
Las ausencias (o los excusas perfectas)
La selección se presentaba con varias ausencias: Lom, suspendido Rubín y Santis, lesionados (ellos al menos tienen excusa médica del IGSS, a pesar que la cita la tienen hasta el 2029).
Con suplentes que no funcionaron. Evan y Olger sin gravitar. Que alguien me explique qué significa «gravitar» en el fútbol, porque aparentemente es algo que estos señores no hicieron. ¿Flotar? ¿Orbitar? ¿Influir en la gravedad del partido? Lo que sea que era, no lo hicieron.
Un medio cambio atento, en defensa. Atento. Como un guardia de seguridad mirando cámaras a las 3 de la mañana. Pero sin pases. Sin control de la pelota. Sin nada que se pareciera remotamente a construir juego. La pelota era como esa visita incómoda; nadie sabía qué hacer con ella, así que mejor la mandaban lejos.
La expectativa vs. la realidad
Cualquiera pensaría que después de meter 6 goles en el partido anterior, la selección iba a ser contundente. Cualquiera. Ingenuo. Iluso. Soñador.
La realidad es que solo tuvo una opción. Una. Singular. Contable con un dedo. Y ni esa entró, porque, si adivinaron. El delantero nacional la tiro afuera, suave y cómo quién no quiere anotar el gol.
Meter 6 goles un día y al siguiente no poder ni patear al arco es un nivel de inconsistencia que merece estudio científico. ¿Qué pasó? ¿Se les olvidó? ¿Fue un sueño colectivo? ¿Los 6 goles fueron un error?
Con razón Tena se sorprendió.
¿Un punto valioso?
El pitazo final decretó un empate sin goles que, sobre el papel y de cara a las aspiraciones en el torneo, suma un punto que muchos calificarán de «valioso». Sin embargo, el análisis de fondo deja sensaciones amargas. Guatemala jugó tan mal a no perder que, ante un rival con un mínimo de pegada, el resultado habría sido una derrota inapelable.
Luis Fernando Tena apostó todo a regresar a casa con una cosecha mínima y resolver la papeleta el próximo lunes en el Doroteo Guamuch Flores. Hoy no se jugó bien, ni siquiera regular: simplemente se jugó mal. Y mientras la selección siga careciendo de consistencia, cualquier avance en la tabla continuará siendo un espejismo sostenido por la suerte.
Conclusión
Guatemala sigue con vida en el torneo. Técnicamente. Matemáticamente. Espiritualmente, eso ya es otra cosa.
El equipo demostró que puede defenderse. Que puede aguantar. Que puede resistir. Lo que no demostró es que pueda jugar al fútbol. Pero, un empate es un empate. Y en el reino de los ciegos, el tuerto es rey.
Nos vemos en el próximo partido, donde probablemente veremos más de lo mismo: corazón, garra, y cero ideas. Pero eso sí, con la esperanza intacta de que algún día, en algún universo paralelo, esta selección juegue al fútbol.
Mientras tanto, celebremos el empate. Valioso, dicen.
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