La derecha muestra el fracaso del socialismo, pero ¿qué muestra?

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Marcelo Colussi
 La derecha muestra el fracaso del socialismo. Sí, claro: pero ¿qué está mostrando? Decir “la derecha” es un término muy amplio, quizá excesivamente amplio. Pueden entrar allí desde las actuales posiciones neofascistas que van ganando espacio en el mundo hasta la democracia liberal, desde iglesias hiper conservadoras hasta la socialdemocracia con su propuesta de “capitalismo con rostro humano”. De todos modos, todo ese muy amplio abanico coincide en algo: es absolutamente respetuoso de la economía de mercado, de la propiedad privada de los medios de producción. En otros términos: del modelo capitalista.

Ese respeto reverencial lleva a todas estas derechas, más allá de sus características particulares, a una posición incuestionable, irrenunciable, absoluta: la defensa de ese modelo y la abominación de las propuestas que intentan superarlo. Es decir: esa derecha es enemiga visceral del socialismo. Lo acusa, lo denigra, lo agravia con cuanta mentira pergeña, y cuando es necesario, lo ataca militarmente con la mayor fiereza, lo intenta destruir.

La historia del último siglo y medio en todo el mundo es, básicamente, la historia de ese conflicto (sin olvidar que junto a él se anudan otros, también de gran importancia: el patriarcado, el racismo, el imperialismo, el atropello de los “desarrollados” contra quienes no entran en esa categoría, la homofobia, el desastre provocado con el medio ambiente). Todos articulados entre sí, pero siempre resaltando lo económico, la lucha de clases que ello provoca. Para el caso es lo mismo si quien explota el trabajo asalariado es hombre o mujer, blanco o negro, hétero u homosexual, urbano o rural; lo importante es la relación económico-social establecida. Después vienen todas las otras contradicciones. El capitalismo se nutre de todo ello.

El socialismo, en su corta experiencia -1917 fue la primera- intentó proponer un nuevo modelo. Mal o bien, con enormes dificultades, logró importantísimos cambios. La Rusia soviética superó ampliamente la Rusia zarista con un campesinado semifeudal y atrasado, transformándola en una superpotencia; Cuba socialista dejó de ser el burdel de ciudadanos estadounidenses para ser una potencia médica; la Burkina Faso revolucionaria con Thomas Sankara a la cabeza fue un digno ejemplo de que otra cosa es posible en la eternamente sometida África; el Afganistán de la socialista Revolución Saur hizo una profundísima reforma agraria y fomentó la participación femenina, en minifalda, entre otras cosas. Se podrá decir que el socialismo es una porquería (yo no lo digo, conste), pero es infinitamente menos porquería que lo que hoy rige mayoritariamente en el mundo: el sistema capitalista. Estamos aquí ante un sistema tan desastroso, tan inhumano, que los más archimillonarios prefieren pensar en bunkers de 300 millones de dólares para sobrevivir cinco años si viene la guerra atómica, en vez de repartir solidariamente sus incalculables riquezas. La locura total, la codicia, el individualismo extremo, se han entronizado con este sistema.

Como lo único que hace el mismo es acumular más y más riqueza y defenderse a muerte para que nadie ose tocarla fuera de sus propietarios, defenestra visceralmente las propuestas socialistas. Durante años, cuando la Guerra Fría, produjo los argumentos más increíbles para mostrar lo “fallado, violento y repugnante” del socialismo: que los comunistas se comen a los niños, que te secuestran tu hijo para llevarlo a un campo de reclutamiento para hacerlo guerrillero, que te obligan a poner otra familia a vivir en tu casa contra tu voluntad, que las lámparas fabricadas en Cuba que puedas colocar en tu vivienda tienen un micrófono con el que te controlan desde La Habana, que quien no comulga con las ideas del Partido es pasado por armas o confinado a campos de concentración, y patrañas por el estilo.

Nunca tuvo argumentos válidos para rebatir los logros reales de la construcción socialista. Cuba, por ejemplo, bloqueada de un modo miserable desde el inicio de su revolución, logró pese a esos incontables esfuerzos que la atacaban, tener los mejores índices socioeconómicos de Latinoamérica, y en muchos casos, comparables a las potencias capitalistas. Pese a ello, la propaganda anticubana hizo mella, y más aún, las terribles medidas contrarrevolucionarias, implementadas por Estados Unidos y avaladas por el silencio cómplice de la Unión Europea, colocaron a la isla revolucionaria en una situación de gran dificultad. Hoy, caída la Unión Soviética, sin mayor ayuda china, bloqueada en el suministro petrolero, el país atraviesa una situación crítica. El imperio estadounidense, arrogante como nunca con la actual presidencia de Trump, se vanagloria de estar torciéndole el brazo a la revolución, y propone levantar el embargo de petróleo con la salida de la actual dirección política de La Habana. Injerencia insultante, grosera, injustificable.

Mostrar las enormes dificultades que hoy atraviesa Cuba como producto del socialismo es infamemente injusto. Ello es producto, básicamente, de un ataque furibundo que ya lleva más de seis décadas. Por eso, la crítica que hace el capitalismo de la actual situación de la revolución cubana es absolutamente distorsionada y tendenciosa. No se la puede ni siquiera considerar en serio.

Otro tanto puede hacer de otros procesos como el de Venezuela y el de Nicaragua. En este último país centroamericano hubo una revolución socialista y popular en 1979, capitaneada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional -FSLN-. Durante una década, pese al ataque virulento de Estados Unidos a través de la Contra (ejército contrarrevolucionario mercenario financiado por la CIA), en el país de Sandino se construyó una nueva sociedad más justa, equitativa, con amplias garantías democráticas. La historia luego cambió; el ataque de esa Contra produjo tal desastre que la misma población, forzada por la situación calamitosa, optó por no votar al FSLN en las elecciones de 1990. La derecha retomó el poder, y el socialismo salió de escena. El retorno de Daniel Ortega años después a la presidencia no tuvo nada que ver con los ideales socialistas del 79. Más que sandinismo, se asistió a un orteguismo, cada vez más imbuido de valores capitalistas y socialcristianos, que olvidaron completamente lo preconizado años atrás. Mostrar a la actual Nicaragua como “fracaso del socialismo” es un despropósito malintencionado. Desde que cayó la revolución por vía electoral en los 90 del siglo pasado, no volvió a haber planteos socialistas. A lo sumo, estamos ante un capitalismo bonapartista con algún talante social, muy lejos de los ideales fundacionales del FSLN, con Carlos Fonseca y Tomás Borge como ideólogos de orientación marxista. En sentido estricto, es un rampante capitalismo neoliberal, impulsado por el orteguismo y la cúpula empresarial, disfrazado de populismo.

Otro tanto puede decirse de Venezuela. Allí hubo un proceso muy interesante con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia en 1999. Luego del histórico Caracazo del 89, primera protesta masiva en toda Latinoamérica contra los planes neoliberales, se empezaron a tejer esperanzas de cambio. Volver a hablar de socialismo y de imperialismo luego de los años trágicos de las dictaduras y de los planes fondomonetaristas, ilusionó al campo popular y a las izquierdas del mundo. Andando el tiempo se vio que el proceso bolivariano constituía un importante movimiento de mejoras para las amplias mayorías, pero sin revolucionar nada: no cambiaron las relaciones de producción capitalista, no hubo reforma agraria, se constituyó una nueva burguesía estatal (la boliburguesía), con un discurso petardista, pero sin cambios reales en la estructura. Si el imperio yanki bombardeó todo el tiempo a la Revolución Bolivariana, no fue porque eso fuera un ejemplo de socialismo profundo -como en Cuba- sino porque ese proceso le impedía el acceso ilimitado a las reservas petroleras. Muerto Chávez, con un post chavismo muy cuestionable, alejado casi completamente de valores socialistas, vino el golpe de gracia. El secuestro del presidente Maduro y las posteriores negociaciones con la cúpula chavista convirtieron al país caribeño en un virtual protectorado de Washington. ¿Por qué fue tan fácil para el imperio la reversión de esa revolución? Porque ahí nunca hubo una verdadera revolución socialista. De la Revolución Bolivariana, igual que pasó con la Sandinista en Nicaragua, solo queda un efímero recuerdo.

Como bien dice Manuel Medina: “Si llamamos socialista a cualquier Gobierno que nacionalice empresas, amplíe el gasto público, distribuya parte de la renta o mantenga una política exterior enfrentada a Washington, terminaremos atribuyendo al socialismo todos los resultados posteriores de experiencias que nunca rompieron con el capitalismo. Primero se llama socialista a lo que no lo es; después se utiliza su fracaso para demostrar que el socialismo ha vuelto a fracasar. Una caracterización equivocada acaba fabricando la prueba de su propia conclusión.

Es por todo eso que hay que desechar la “explicación” dada por el discurso capitalista que enfatiza el fracaso del socialismo. Más que “fracaso”, hay complejos procesos que no se pueden analizar con posiciones maniqueas de buenos y malos. ¿De qué fracaso habla esta narrativa? El único y verdadero fracaso humano es el capitalismo. ¿La solución es permanecer ocultos cinco años en refugios a prueba de todo, para luego seguir ejerciendo ese modelo económico-social?

Cuidado cuando evaluemos el socialismo; con mirada capitalista es imposible hacerlo. Propuestas de capitalismo con rostro humano (como sucede con los llamados “progresismos”), más allá de buenas intenciones, no son socialismo.

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