Los capitalistas reconocen que el capitalismo es un desastre
Marcelo Colussi
El sistema socioeconómico y político que hoy rige en la inmensa mayoría de países, surgido en Europa hace no menos de cinco siglos, ahora expandido por todo el planeta y -fundamentalmente- difundido y profundamente establecido en las conciencias de casi toda la población mundial, es el capitalismo. En este momento, al lado de las experiencias socialistas que aún perduran, que claramente no están en expansión sino sobreviviendo en condiciones asfixiantes -con la salvedad de China, caso atípico-, se puede autopresentar (absoluto engaño que falsea la realidad) como la expresión máxima del desarrollo, la prosperidad y la libertad humana. De todos modos, más allá de esa narrativa triunfalista propagada en forma exultante, su realidad es muy otra: mientras produce riqueza en forma ininterrumpida, la manera en que la distribuye crea, al mismo tiempo, infinita pobreza y malestar (sobra comida para alimentar bien a toda la humanidad, y más de 20.000 personas diarias mueren de hambre en el mundo por las injusticias sociales, porque esa comida no llega a sus platos). En su forma de actuar atenta contra el medio ambiente -nuestra única casa común- y contra las poblaciones, siendo las guerras siempre un expediente que le permite perpetuarse (válvula de escape en los momentos de crisis). De hecho, el negocio más próspero que existe hoy es ¡la fabricación de armas!, más que el petróleo o la informática. ¿Armas sí y alimentos no? ¿Qué locura es esa? Su estructura misma, su más profunda forma de ser, su ADN constitutivo imposibilita una modificación real que admita el disfrute de ese fabuloso desarrollo científico-técnico en iguales condiciones para todo el mundo. Por todo ello, sin temor a equivocarnos, podemos decir que es un desastre, no ofrece salidas para la humanidad, constituye un atentado contra toda forma de vida.
Ningún capitalista lo va a decir así, abiertamente, pero algo que está ocurriendo con fuerza creciente deja ver que eso es lo que piensan íntimamente los más acaudalados, aquellos que fijan la marcha del mundo. En otros términos: que la sociedad a que se ha llegado con el modelo capitalista puede colapsar catastróficamente en cualquier momento. He ahí el desastre, monumental, sin parangón. Puede hacerlo por varios motivos: 1) la guerra nuclear total, 2) la catástrofe medioambiental en curso, 3) nuevas y más devastadoras pandemias, 4) la explosión enardecida de masas tremendamente descontentas que pueden reaccionar con ferocidad. Ante todo ello, aunque no se lo admita en forma pública, la élite del capitalismo global está preparándose para esconderse.
De momento, al menos que se sepa -los mortales de a pie casi no tenemos información de los secretos que pergeña esa élite- no está planteada la huida hacia otro planeta. Hoy, dado el desarrollo tecnológico con que se cuenta, ello ya dejó de ser ciencia-ficción. De todos modos, a partir de los escasos datos que manejamos quienes no tenemos cuentas de miles de millones ni accedemos a información reservada, vemos que hay una tendencia a buscar el refugio.
¿Refugio de qué? De todas estas catastróficas monstruosidades que el capitalismo ha construido. En ningún país socialista de los pocos que ha habido durante las experiencias del siglo XX, nadie pensaba en esconderse de ese modo, en forma individual, con refugios de ultra lujo como hoy es tendencia, para sobrevivir allí a la extinción de la especie ser humano. En todo el campo socialista (la Unión Soviética, países del Pacto de Varsovia -Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Alemania del Este y Bulgaria-, China, Vietnam, Norcorea) han existido, y sigue habiendo, refugios concebidos para resistir una guerra nuclear. Todos ellos estaban destinados a proteger en alguna medida a la población civil -en general en forma algo precaria-, y básicamente a los mandos decisorios del país. Hoy, de todos modos, marcando la tendencia que se va estableciendo con mega ricos cada vez más poderosos, se habla de estos sitios para resistir el supuesto “fin del mundo”, escondites para pasar años.
Los refugios antinucleares no son cosa nueva; durante la Guerra Fría, y posteriormente también, numerosos países capitalistas los construyeron (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, India, Israel, Alemania, Japón, países nórdicos. En el Sur Global eso no existe). Muchos de estos bunkers se mantienen activos al día de hoy, incluso ampliándose y enriqueciéndose en términos técnicos, China y Rusia por ejemplo. En general están destinados a las altas autoridades civiles y a mandos militares, pero no para el gran público. La protección civil se limita a recomendar refugiarse en sótanos y edificios robustos, o estaciones de metro, o administrarse yoduro de potasio, y resistir. Hay refugios colectivos, pero muy pocos, y con capacidad bastante limitada. La excepción está dada por Suiza, donde la totalidad de su población tiene garantizado constitucionalmente un refugio en caso de hecatombe atómica.
De todos modos, estos refugios antinucleares, básicamente pensados para poca gente -unos cuantos cientos o miles-, están concebidos para resistir un encierro de alrededor de un mes, tiempo en el que se estima que decae en muy buena medida el peligro de la lluvia ácida. Sin embargo, según informan los expertos en el tema nuclear, de librarse una guerra atómica con apenas un pequeño porcentaje de la capacidad destructiva actual (alrededor de 12.000 misiles, el 90% de ellos repartidos entre Rusia y Estados Unidos, más otras potencias que también los disponen: China, Francia, Reino Unido), la destrucción de toda forma de vida está asegurada. Si no es por la muerte instantánea en el momento de recibir los impactos, la lluvia ácida provocada por las posteriores nubes radiactivas, y el prolongado invierno nuclear que seguiría producto del hollín que se esparciría (noche permanente por al menos una década, con temperaturas por debajo de cero grado, igual a lo que terminó con los dinosaurios hace 65 millones de años), acabarán con toda la vida sobre el planeta por la falta de luz solar. Quizá solo sobrevivan algunos seres unicelulares en las profundidades oceánicas, y así el ciclo de la vida en el planeta, quizá, volvería a repetirse, como 4.000 millones de años atrás. Por tanto, utilizar ese tipo de armamentos entre las superpotencias es algo que, como lo dice en inglés la abreviatura de la fórmula de la correspondiente estrategia militar: “Mutual Assured Destruction” -MAD: Destrucción Mutua Asegurada- es algo “loco” (mad, en inglés). ¿Pero quién asegura que no se usarán? El mundo “está a un error de cálculo de la aniquilación nuclear”, declaró repetidas veces el Secretario General de la ONU, António Guterres.
El capitalismo, está claro, hará lo que sea para no caer, incluyendo esa guerra nuclear. ¿Una locura? Evidentemente sí. Freud fue más lejos y vio en esto un destino casi irreductible del ser humano: lo llamó “pulsión de muerte”, una tendencia que llevaría a la humanidad a la autodestrucción.
En la reunión anual del Grupo Bilderbeg del año 2022 -grupo que no es una creación conspiranoica de mentes afiebradas-, encuentro que tuvo lugar en Washington cuando comenzaba la guerra de Ucrania, se filtró la agenda que se trataría. Por supuesto, las conclusiones jamás salen a luz. Los “amos del mundo”, como se le conoce a este grupo de no más de 150 influyentes personalidades, deciden en la mayor secretividad el guión que sigue la humanidad para el futuro próximo. En esa filtración pudo saberse que uno de los tópicos a abordarse sería la “gobernabilidad global post guerra nuclear”. Todo indica que quienes toman esas decisiones vitales para los casi 8.300 millones de habitantes del planeta, tienen contemplada la posibilidad de una guerra con armamento nuclear, pero limitada (armas tácticas, las llaman). Según algunos expertos, eso es un despropósito total, un imposible. No hay guerras nucleares “limitadas”. Cualquier guerra nuclear sería devastadora. De ahí los refugios existentes.
Pero hoy asistimos a otra idea: los actuales archi multimillonarios, y ya no los mandos estatales: presidentes y cúpula militar, van más allá de un encierro temporal de unas semanas, o unos meses a lo sumo. Están pensando en resistir por años, creando una especie de mini sociedad autosuficiente para cuando se termine todo sobre la superficie terrestre, con producción propia de agua, alimentos y energía, hasta con un internet propio. ¿Sueño de inmortalidad? Quizá tan “loco” como la destrucción mutua asegurada.
Además del holocausto termonuclear, este minúsculo grupo piensa en la pérdida de control sobre una posible inteligencia artificial desbocada que podría volverse hostil para la humanidad (¿sabrán cosas que los mortales comunes desconocemos respecto a esto? -pensemos en la película “2001: odisea del espacio”-). Pero también, como algo aterrador para ellos, en el despertar volcánico de las masas desesperadas, producto del mismo sistema que a ellos los volvió ultra mega ricos. El cofundador de LinkedIn, Reid Hoffman, declaró que más de la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley ya ha adquirido algún tipo de “seguro para el apocalipsis”. La elección de lugares remotos, como Argentina o Nueva Zelanda, radica en que allí se estaría muy lejos del foco del conflicto.
Esta paranoia respecto al Armagedón que, supuestamente, se viene, ha desatado una fiebre de construcción de refugios. Como en el mundo capitalista todo es negocio, también esta industria lo es; de ahí que, en Estados Unidos, el culmen del consumismo, hayan aparecido numerosas empresas que ofrecen estos refugios. Entre ellas pueden contarse Vivos Group, Atlas Survival Shelters, Survival Condo, Safe (Strategically Armoured & Fortified Environments), Hardened Structures. Los hay básicos, para resistir unos días el impacto de bombas atómicas, con costos de 15 o 20 mil dólares, hasta monumentales construcciones de cerca de 300 millones de dólares para resistir hasta cinco años. En esta categoría se encuentran las fortalezas de Mark Zuckerberg en Kauai, Hawái; Peter Thiel en Nueva Zelanda; Sam Altman en Big Sur, California; Reid Hoffman en Nueva Zelanda; Jonathan Baha’i en Canadá; Bill Gates bajo alguna de sus numerosas propiedades; Martín Varsavsky en Mendoza, Argentina.
¿Cinco años escondido tras el colapso global? ¿Y después? No está claro qué resulta más “loco”: si la compulsión a oprimir el primer botón nuclear, o la fantasía de indestructibilidad de estos ultra magnates, separados de los comunes mortales. Durante esos cinco años, como diría Bertolt Brecht en su épico poema “Preguntas de un obrero que lee”: “César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero?”, ¿quién va a cocinar y a lavar el baño durante el encierro? Supongamos que todo eso está resuelto, quizá con la más refinada y ultra moderna tecnología, pero ¿qué pasará cuando salgan del refugio? “Solo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado y el último pez atrapado, te darás cuenta de que no puedes comer dinero”, como dijeron los miembros del pueblo Cree, de Norteamérica. ¿Sobrevivirá entonces el capitalismo? Y si la respuesta es afirmativa: ¿a qué costo? ¿Destruyendo prácticamente toda forma de vida?
Aclaro que yo no quiero morirme ni por una explosión nuclear, ni por el calentamiento global producto de un modo de producción desbocado que obliga a consumir sin freno, ni por una pandemia de un nuevo virus efecto del descontrol a que lleva ese modo de producción, y sí podría ser parte de los desesperados que quieran violentar esos refugios. Alguien dijo que “La violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia”. ¿Oportuna la cita?
