Prisioneros del espacio-tiempo, destructores de su morada.

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Puedes permanecer cuanto quieras en el cielo, después de la noche, durante la salida del sol, y cuando tengas ganas de bajar otra vez, tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.

Richard Bach

El filósofo Zenón de Elea, fiel a su maestro Parménides, afirmaba que el movimiento es apariencia, es ilusorio y, para demostrarlo, creó 4 paradojas: la de Aquiles y la tortuga, la de la flecha, la dicotomía y la del estadio. En ellas mostró que los sentidos engañan al percibir cambios y movimiento en donde no los hay.

En su paradoja de la Flecha, indica que, si se lanza una flecha, ésta tuvo que ir de un punto A a un punto B, de modo que efectuó primero la mitad del trayecto A— B, y antes de ello, la mitad de esa mitad y así sucesivamente hasta el infinito; de tal manera que A nunca llegará a B.

Por aparte, la flecha que aparece en movimiento en realidad está inmóvil en todo momento, ya que ésta no puede ocupar sino un espacio igual a su largura y está inmóvil con respecto a este espacio, y como el tiempo está hecho de momentos, la flecha está inmóvil durante todo el tiempo.

En cada instante fijo, la flecha ocupa un espacio igual a su tamaño, por lo que está quieta en ese momento. Si el tiempo se compone de instantes estáticos, el movimiento no puede existir. Zenón afirma que el movimiento es imposible porque en cualquier instante de tiempo indivisible, la flecha ocupa un espacio exacto igual a su tamaño y por consiguiente está en reposo; como el tiempo está compuesto por una suma de infinitos instantes de reposo, la flecha nunca se mueve. Pero ¿será que en realidad el movimiento es aparente?

Aristóteles refutó el planteamiento de Zenón, señalando que el infinito en potencia no es el infinito actual, éste es algo que ya está completamente terminado; el infinito en potencia se puede dividir continuamente, en acto no sucede así. Zenón confunde lo que se puede hacer con la mente, dividir infinitamente, con lo que exige la realidad, recorrer distancias finitas en tiempos finitos.

El movimiento no solo es real, sino que es una característica fundamental de todo ser vivo. De ahí que el escritor guatemalteco Augusto Monterroso, con humor satírico, deja entrever que la lógica abstracta y los razonamientos absolutos de Zenón de Elea fallan ante la simple realidad física de los hechos. Por lo que, en su ingenioso cuento, La tortuga y Aquiles, dice: Por fin, según el cable, la semana pasada la tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diez miltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

Moverse, ir de un punto a otro, ha sido la inquietud de los seres humanos en la búsqueda de mejores condiciones de vida, cuando hay apremio en el lugar en el que residen, cuando se es perseguido. En fin, es todo eso lo que los impulsa a cambiar de posición y de lugar, a mudarse y migrar. Sin embargo, también existe el deseo, la inquietud de viajar, en los seres humanos, en cruzar los cielos, sumergirse en la inmensidad del cosmos, por el simple hecho de hacerlo y de vivir esa experiencia. Pero ¿será eso posible?

El tamaño del universo conocido es de aproximadamente 93.000 millones de años luz. Siendo esa una medida de distancia, un año luz equivale a 9,46 billones de kilómetros, si se multiplicara esa cifra por el diámetro del universo, es decir por 93.000 millones de años luz, el resultado sería 879.780.000.000.000.000.000 de kilómetros, una cantidad de kilómetros exorbitante, impensable de recorrer para un ser humano que tiene apenas, en promedio, 73 años de expectativa de vida, es más, si pudiera viajar generacionalmente sería poco probable surcar distancias tan grandes.

Entonces, ¿Qué es lo factible de recorrer, para un ser humano, en el vasto universo? Físicamente su alcance es limitado y, aunque resulte delirante, tiene que conformarse con la posibilidad de conocerlo a través de la exploración indirecta y la astrofísica, a partir de fórmulas matemáticas.

Por lo que, confinados en este planeta, los humanos alzan sus ojos al firmamento, soñando con poder ir algún día a remotos mundos, surcar el cielo, atravesar galaxias, explorar el universo, sabiendo que resulta casi imposible emprender tal travesía.

En toda planificación de un viaje, se espera que el riesgo sea menor a la certeza de llegar al destino y que el lugar al que se espera llegar no represente un peligro inminente para la seguridad de los viajantes. Racionalmente, no se va a un lugar incierto, con peligros inminentes, que pongan en entredicho la vida de los tripulantes.

Los planetas, las estrellas, las galaxias, los cúmulos de galaxias, al igual que todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, por lo que el planeta Tierra no es la excepción y, algún día, también fenecerá. Cuando la Tierra colapse, debido a la transformación del sol en una gigante roja, la vida en su interior igualmente lo hará y eso sucederá aproximadamente entre 1.000 a 2.000 millones de años, por lo que buscar refugió en otro planeta, colonizar otros mundos, será un imperativo de supervivencia para la especie humana.

De ahí que uno de los intereses de los astrofísicos, de los exploradores del universo sea buscar planetas en donde sea posible habitar y, desde luego, la factibilidad de viajar a ese destino. 

Siendo el planeta potencialmente habitable, más cercano a la Tierra, Próxima Centauri b, el cual se encuentra a unos 4.24 años luz de distancia, aproximadamente 40 billones de kilómetros. Viajar a ese planeta le representaría a una persona en un avión comercial 4.2 millones de años. En una nave espacial moderna, si se viajara a la velocidad de la sonda Parker Solar Probe de la NASA (alcanzando cerca de \(700,000 \text{ km/h}\)), tomaría 6,500 años. Un tiempo difícil, por no decir imposible, para un humano de emprender tal aventura.

De ahí que resulta poco probable lograr recorrer esas distancias para los humanos, dado que están imposibilitados de viajar a la velocidad de la luz o a una escala superior. Por aparte, con un vehículo convencional y a una velocidad menor a la de la luz, sería impensable abandonar la Vía Lactea; incluso viajando a la velocidad de la luz, las distancias resultan ser inadmisibles de recorrer en el universo para los terrícolas.

Por qué no se puede superar la velocidad de la luz, Albert Einstein demostró con su ley de la relatividad, que los objetos con masa en reposo no pueden alcanzar ni superar la velocidad de la luz (aproximadamente 300.000 km/s). A medida que un cuerpo acelera, su masa aumenta y requiere más energía; por lo que, llegar a la velocidad de la luz exigiría una cantidad infinita de energía.

Por lo que, cuando se acelera un objeto, una nave, una persona, ganan energía cinética, la que aumenta su masa y al acercarse a la velocidad de la luz, la masa se dispara al infinito, por lo que necesitarían energía infinita para continuar acelerando, lo que es imposible. Además, el tiempo se distorsionaría ya que el viajante lo haría congelado en el tiempo y el observador necesitaría un tiempo infinito para alcanzar esa velocidad.

Por aparte, el universo se extiende a una tasa conocida como la Constante de Hubble. Se calcula que el espacio se expande a una velocidad de aproximadamente 73 kilómetros por segundo por cada mega parsec (3,26 millones de años luz) de distancia. Esto significa que cuanto más lejos está un objeto de nosotros, más rápido se aleja. Lo que significa que para los seres humanos sería inalcanzable lograr llegar a los límites del universo pues si hipotéticamente pudiera hacerlo cuando se acercase al borde, este ya estaría lejos de su alcance.

Si se compara el tamaño del diámetro del universo, que es de 93 000 millones de años luz, unos 880 sextillones de kilómetros, con la distancia de la tierra a la Luna, que es de apenas 384. 400 kilómetros y se calculara cuánto se tardaría una persona en llegar al satélite de la Tierra, dado que los vuelos no tripulados modernos, es decir, algunas sondas han completado ese recorrido en unas 8 horas y 35 minutos, el trayecto a dimensiones más grandes agobiaría tanto en tiempo como en espacio.

De ahí que, sabedores que no se puede superar la velocidad de la luz, si se pretendiera viajar al planeta más cercano, fuera del sistema solar de la Vía Láctea, que queda a una distancia de 4, 24 años luz, que representa una distancia de 40 billones de kilómetros, es decir, 40.100.000.000.000 km, un ser humano tardaría en llegar a Próxima Centauri b, viajando a una velocidad convencional, entre unos 4 millones de años, por medio de un avión comercial. Es decir, casi el tiempo que le corresponde a la formación de la Tierra, que data de 4,5 millones de años.

Casi todo el recorrido de tiempo, desde el surgimiento de la Tierra, de la vida, de los primeros reptiles y mamíferos, hasta la consolidación del Homo Sapiens se tardaría una nave tripulada convencional, en llegar al planeta más cercano, fuera de esta galaxia.

La galaxia más lejana conocida actualmente es JADES-GS-z14-O, su luz ha viajado 13.400 millones de años hasta llegar a este planeta, casi el tiempo que corresponde al surgimiento del universo que es de 13.800 millones de años, una cantidad impensable en poder recorrer para un humano, para la especie humana.

Comparados con la grandeza del universo, la tierra resulta insignificante, a no ser porque en este planeta existe vida y, dentro de los seres vivos, hay un ser que posee conciencia, que desde su temporalidad limitada puede dar cuenta de lo que son las cosas, de lo vasto y complejo que es el universo y, curiosamente, puede darse cuenta de que no puede salir de su galaxia, que está prisionero dentro de los límites de su circunstancia terrestre, de lo que le es permisible por las leyes de la física.

La paradoja de Enrico Fermi consiste en que existe una profunda contradicción entre la probabilidad de que existan civilizaciones extraterrestre, la que es sumamente grande, dada la inmensidad del universo y la cantidad de planetas que existen en él y la evidencia observable de su existencia, dado que,  si las civilizaciones alienígenas inteligentes son comunes y podrían expandirse por toda la galaxia en tan solo decenas de millones de años —una extensión minúscula en comparación con la edad de la galaxia—, entonces “¿dónde está todo el mundo?».

Dado que existen miles de millones de estrellas en el universo, con respectivos sistemas planetarios, es muy probable que muchos de ellos posean condiciones habitables y seres inteligentes pero, para llegar hasta la Vía Láctea, debieron sortear el problema que consiste en cómo viajar desde otra galaxia hasta la Tierra, probablemente se tardarían muchos miles, sino millones de años, en poder llegar y, o bien serían inmortales o para su viaje tendrían que ocupar una nave en donde vivieran tal cantidad de años para lograr tener contacto con los humanos.

Pero ¿podrá existir una nave así, podrán existir seres inmortales que viajen tanto tiempo, cuya inmortalidad no les impida solventar la barrera espaciotemporal? ¿Podrá existir una nave que permita viajar a generaciones de seres por tanto tiempo?

Lo abrumador que resulta ser para un ser consciente de la inmensidad del universo, de las millones y millones de galaxias, de estrellas, planetas, polvo cósmico, agujeros negros, materia oscura y espacio que son parte del cosmos y las limitaciones que posee un humano para viajar a través de él.

Lo asombroso de la transformación de las estrellas, su colapso, su muerte y el surgimiento de nuevos astros, el choque de galaxias, los agujeros negros, la materia oscura es que suceden y han sucedido a años luz de distancia de la Tierra, no obstante, los físicos dan cuenta de ello. Por eso el célebre navegante de los mares, Jacques Cousteu, dijo alguna vez,  sabemos más sobre las estrellas que sobre los océanos…, sobre el planeta mismo. El universo representa para los seres humanos un misterio desafiante por resolver.

Resulta curioso que en un remoto planeta de la llamada Vía Láctea, en el Tercer planeta del sistema solar, habiten unos seres vivos que, desde su mortalidad, sus potencialidades y limitaciones, sean capaces de dar cuenta de lo que es el universo, que descubran paso a paso lo que es, su origen y constitución y, al penetrar en sus secretos, darse cuenta de la imposibilidad, por no decir una barrera infranqueable, de viajar a una galaxia fuera del sistema solar, saber que, por el momento, es prisionero de su circunstancia espaciotemporal.

Desde la antigüedad, En la prehistoria, el firmamento ha causado fascinación a los seres humanos, en la Edad de Piedra, mucho antes de las primeras civilizaciones, los seres humanos ya construían monumentos alineados con los astros y marcaban las fases lunares en huesos. Fascinación que sin duda se traducía también en sobrevivencia, el hecho de que hubiera claridad y oscuridad, luz y sombra, calor y frío en el ambiente, que existiera una dependencia entre el sol y las cosechas, estableció una relación de dependencia entre los humanos y los astros de la naturaleza.

Tal relación de los humanos con su entorno determinó que elementos naturales fueran honrados, de ahí surgió el animismo y, con este, la adoración al sol, a la lluvia, al viento, al rayo, a todo lo proveniente de la naturaleza y al firmamento. En fin, el cosmos, desde los albores de la humanidad, le ha causado a estos, asombro, inquietud y fascinación.

La Tierra es un minúsculo planeta del extenso y enigmático universo, macrocosmos que ha inquietado, desde la consolidación del homo sapiens ha representado un fascinante y sorprendente objeto de investigación. Se han encontrado huesos de animales y marfil con incisiones y marcas que datan de hace 32,000 años (Paleolítico) que,  según estudios arqueoastronómicos, representan los ciclos y fases de la Luna. Los sumerios y egipcios consideraban los astros y las estrellas manifestaciones físicas de sus dioses. En sí, el firmamento era considerado la morada de sus dioses.

Por ejemplo, para los Mayas, los astros eran considerados dioses vivos cuyos movimientos no solo marcaban el tiempo, sino que dictaban el destino del universo. A los cuales ofrendaban sacrificios pues de ello dependía su seguridad y equilibrio, ofrendas de sangre como una necesidad cósmica para alimentar a sus dioses y mantener el equilibrio del universo.

De modo que, intentos de su exploración a partir de naves tripuladas ha habido, a distancias cercanas, como lo fue el primer hombre en el espacio, siendo el cosmonauta soviético Yuri Gagarin quien despegó con éxito el 12 de abril de 1961 en la nave Vostok 1. Posteriormente, el primer alunizaje ocurrido el 20 de julio de 1969, durante la histórica misión espacial de la nave estadounidense, Apolo 11, de la NASA.

A ello le siguió la primera estación espacial de la historia, la estación soviética Saliut 1,puesta en órbita el 19 de abril de 1971. Pero internarse más allá de los confines del universo les resulta, a los cosmonautas, algo imposible de explorar físicamente. De ahí que solo a través del poder de sus mentes, de su imaginación y de la fantasía, los seres humanos puedan lograr lo que corpóreamente no les es posible.

Pero, resulta contradictorio que, incapaces de salir de su hábitat natural, La Tierra, los humanos hagan lo impensable por destruirla. Irresponsablemente, algunos humanos, desoyendo el clamor de la naturaleza, se empecinan en contaminar mares y ríos, extinguir fauna y flora, en destruir el medio ambiente. Asolar el hábitat en el que está confinado resulta ser una de las más grandes irracionalidades humanas, de los que los arsenales nucleares, que poseen las superpotencias, constituyen una de las mayores amenazas para la vida. 

Agorafobia es el miedo intenso a situaciones de las que podría ser difícil escapar, como, por ejemplo, al estar prisionero en una cárcel. Y viendo la inmensidad del universo, comparado con lo pequeño que es el planeta Tierra y las distancias que hay entre galaxias, es remoto que los seres humanos puedan salir más allá de sus límites, es decir, colonizar otro planeta habitable, por lo que la imposibilidad de salir de la Vía Lactea provocaría, en aquellos que reparan en tal limitación, una especie de claustrofobia cósmica y resignación

Así, para algunos, la angustia existencial que provoca el estar confinados en la Tierra proviene de la naturaleza exploradora de los seres humanos. Sin duda, los primeros navegantes sintieron ansiedad y angustia al navegar sobre aguas inexploradas, dentro de un inmenso e ignoto océano.

De igual forma, siempre ha existido la inquietud en los humanos por volar y, al igual que las aves que lo hacen con naturalidad con su aerodinámico cuerpo, los humanos, en cambio, lo hacen pues se han construido alas para remontar el vuelo, con la esperanza de viajar más allá de los confines del universo, a pesar de que sus limitaciones físicas se lo impiden.

Viajar, remontar el vuelo, cruzar horizontes, explorar las profundidades del universo, franquear lo imposible, es parte de la inquieta naturaleza humana pues, para estos, lo que por naturaleza les es limitado, lo inalcanzable, les parece posible… O quizás sea para los seres humanos una ilusión…

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