Guatemala ante la expansión de los centros de datos y el capitalismo posthumano

marco

Resumen

La discusión sobre inteligencia artificial en Guatemala permanece atrapada entre el entusiasmo empresarial y el optimismo tecnológico. Se habla de inversión, innovación, productividad, competitividad y reglas de gobernanza mientras casi nadie pregunta quién controlará la infraestructura digital, quién absorberá sus costos ecológicos y sociales y qué lugar ocupará el país dentro de la nueva reorganización geopolítica impulsada por la inteligencia artificial. Este ensayo sostiene que los centros de datos – mucho menos la adopción de IA por la industria y los negocios – no constituyen simplemente infraestructura tecnológica. Representan una nueva forma de enclave extractivo que ya busca integrar a Guatemala en el capitalismo posthumanista emergente como proveedor de agua, energía, territorio y estabilidad política para una acumulación cuyo control permanece fuera de sus fronteras – con independencia de las reglas de gobernanza que se creen para legitimar y normalizar el sometimiento.

Tres tesis centrales

1. Los centros de datos constituyen una nueva forma de enclave extractivo.

La expansión de la inteligencia artificial en Guatemala no constituye simplemente una modernización tecnológica. Los centros de datos reorganizan el uso de recursos estratégicos como electricidad, agua, suelo/territorio e infraestructura para sostener plataformas digitales controladas por corporaciones transnacionales. El país ya se está preparando de nuevo para reproducir una nueva inserción periférica y subalterna donde asume los costos materiales mientras el valor económico y tecnológico se concentra en el exterior.

2. La inteligencia artificial expresa una transición hacia un capitalismo posthumanista.

La IA no es solamente una nueva etapa de automatización. Expresa una reorganización histórica en la que el trabajo vivo pierde progresivamente su centralidad relativa frente a infraestructuras computacionales, sistemas algorítmicos y enormes capacidades energéticas y ecológicas. La contradicción fundamental deja de limitarse a la explotación del trabajo y se desplaza crecientemente hacia el control de las condiciones materiales que hacen posible la producción automatizada, es decir, las relaciones de propiedad, producción, poder y placer (las cuatro p).

3. La disputa sobre la inteligencia artificial es inseparable de la nueva geopolítica del poder.

La construcción de centros de datos en Guatemala forma parte de una reorganización hemisférica impulsada por el trumpismo y la Pax Silica, donde la infraestructura digital adquiere importancia estratégica comparable a la que tuvieron los ferrocarriles, los puertos o las plantaciones en etapas anteriores del capitalismo. La cuestión decisiva ya no consiste en atraer inversión tecnológica, sino en decidir si Guatemala aceptará convertirse en un enclave digital subordinado o si desarrollará formas de soberanía tecnológica, energética y ecológica que sometan esa infraestructura a criterios democráticos y de buen vivir.

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El argumento

El escaso y pobre debate sobre Inteligencia Artificial en Guatemala

Empecemos con una definición del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para Guatemala:

“Los centros de datos, data centers por su nombre en inglés, son un elemento clave para el desarrollo de la economía digital. Estos centros, están ganando protagonismo ante la acelerada adopción de la computación en la nube, la inteligencia artificial (IA) y las redes 5G. Dichos centros, son instalaciones físicas donde se almacenan, gestionan y procesan grandes volúmenes de datos digitales, permitiendo un acceso seguro y eficiente. Por otro lado, alojan los servidores e infraestructuras de red que sostienen servicios esenciales como sitios web, correos electrónicos, transmisiones de contenido y transacciones financieras. En otras palabras, los centros de datos son donde reside la información digital.” (PNUD, 2025).

De acuerdo con el PNUD:

“Los centros de datos consumen entre 10 y 50 veces más electricidad que un edificio comercial estándar y requieren millones de litros de agua al año para mantenerse refrigerados: hasta 25.5 millones en algunos casos, equivalente al consumo anual de unas 300,000 personas. Para mitigar estos desafíos, los gobiernos e inversionistas priorizan cada vez más el uso de energías renovables y tecnologías de enfriamiento sostenibles. Empresas tecnológicas líderes en Chile se han comprometido a operar con energía 100% renovable para 2025, y Brasil está invirtiendo considerablemente en energía solar y eólica para satisfacer la demanda futura. Aunque se han hecho avances, la sostenibilidad a largo plazo exige mayor planificación, regulación, infraestructura e innovación en eficiencia energética.”

A pesar de su enorme rezago tecnológico y económico comparado con los países del Norte Global o las llamadas “economías emergentes” de Latinoamérica, Guatemala ya comienza a ser presentada por inversionistas y medios empresariales como un nuevo centro tecnológico regional. El proyecto más ambicioso anunciado hasta ahora contempla una inversión aproximada de 300 millones de dólares y una capacidad proyectada de 50 megavatios. Promovido por Aurum Equity Partners, Bold Capital Group e Innovative Strategies, pretende instalar en la ciudad de Guatemala un centro de datos preparado para inteligencia artificial y convertir al país en un puente digital entre América del Norte y América del Sur. A esto se agregan el centro Orión de IFX Networks en Mixco, la expansión de KIO Data Centers y otras instalaciones orientadas a servicios de nube, conectividad y procesamiento intensivo (Marcasur, 2025; Asencio, 2026; Fernández, 2025). En total, según datos del Data Center Map para julio de 2026, ya existen o se encuentran en desarrollo un total de siete centros de datos en Guatemala (Data Center Map, 2026).

El lenguaje utilizado para promover estos proyectos resulta revelador. Se habla de autopistas digitales, fábricas de inteligencia artificial, conectividad global, modernización y competitividad. La infraestructura aparece como una fuerza autónoma que conduciría inevitablemente al desarrollo. Quedan fuera de escena las relaciones sociales de propiedad, producción, poder y placer/subjetividad – las cuatro p – que determinan quién controla los centros de datos, quién consume sus servicios, quién recibe las ganancias y quién absorbe sus costos ecológicos. Guatemala ofrece territorio, energía, agua, conectividad, exenciones y seguridad jurídica, mientras que el valor generado por las operaciones digitales puede ser apropiado por corporaciones y fondos radicados fuera del país. Este patrón ya puede observarse en otras economías latinoamericanas, donde los centros de datos son intensivos en capital, requieren relativamente pocos trabajadores permanentes y transfieren buena parte de sus rendimientos hacia las empresas propietarias de las plataformas y las cargas computacionales (Levy Yetate, 2026).

El primer problema es energético. Una instalación con capacidad de 50 megavatios puede representar una carga considerable y constante sobre el sistema eléctrico. Como referencia, la demanda máxima de potencia de Guatemala alcanzó 2,121.8 megavatios en 2024. Un único complejo de 50 megavatios equivaldría, por tanto, a cerca del 2.4 por ciento de aquella demanda máxima, sin contar nuevos proyectos, expansiones futuras ni la energía necesaria para redes, refrigeración y sistemas de respaldo (MEM, 2026). Una ironía de esto es que el alto consumo eléctrico en la industria guatemalteca también está impulsando el uso de IA – cuyo consumo de energía eléctrica va a sobrepasar el de muchas industrias nacionales – “para ser más eficiente” (Bolaños, 2026).

No basta con preguntar si el sistema posee capacidad técnica para suministrar esa electricidad. Es necesario establecer quién tendrá prioridad durante períodos de escasez, cuánto costará ampliar la generación y la transmisión, quién financiará esas obras y qué fuentes energéticas se utilizarán. La presión empresarial para acelerar permisos puede trasladar al Estado la obligación de garantizar energía barata y estable a inversionistas privados, mientras hogares y pequeñas actividades productivas continúan enfrentando tarifas elevadas, conexiones deficientes o falta de electrificación. La inteligencia artificial puede llegar a Guatemala bajo la forma de un enclave electrointensivo sostenido por recursos públicos, sin democratizar el acceso a la energía ni transformar la estructura productiva nacional.

El segundo problema es hídrico. Los centros de datos producen enormes cantidades de calor y muchos sistemas de refrigeración utilizan agua de manera directa o indirecta. La concentración de centros de datos en determinados corredores urbanos de la Ciudad de Guatemala ocurre precisamente en las zonas que históricamente poseen mejor infraestructura eléctrica, mayor conectividad de fibra óptica y mejor disponibilidad de servicios. Y eso coincide, de manera llamativa, con las áreas donde el consumo de agua ya es elevado debido a la concentración de actividades económicas de alto valor agregado, mientras amplias zonas populares sufren abastecimiento irregular. El propio análisis de Bayron González y el CEUR, citado por Pía Flores para la revista digital Quórum, muestra que los mayores consumos de agua no corresponden a las zonas más pobladas sino a aquellas donde se concentran industrias y servicios, al tiempo que las zonas 2, 6, 7, 18 y 21 padecen desabastecimiento crónico y recortes frecuentes que pueden durar entre 8 y 20 horas.

Guatemala debería discutir estas cuestiones antes de autorizar los proyectos, no después de que hayan sido construidos. El agua utilizada para enfriar servidores no es un insumo abstracto. Forma parte de cuencas sometidas a extracción agrícola, industrial, inmobiliaria y doméstica. En un país caracterizado por la distribución desigual del agua y por la ausencia de un régimen integral capaz de protegerla como bien común (¡todavía no hay Ley de Aguas!), la llegada de consumidores tecnológicos de gran escala va a intensificar conflictos territoriales ya existentes. La pregunta decisiva no es cuánta agua promete ahorrar una empresa mediante sistemas eficientes que todavía no existen. Es quién decidirá su asignación cuando compitan el consumo humano, los ecosistemas, la agricultura comunitaria, la producción industrial y las necesidades de la infraestructura digital.

La promesa de empleo también necesita ser examinada. El 77.8 por ciento de las personas adultas ocupadas en Guatemala trabajaba informalmente en 2022, mientras que los empleos creados durante 2025 continuaron concentrándose en sectores informales y de baja productividad (Banco Mundial, 2025). Los centros de datos requieren especialistas en redes, refrigeración, seguridad, electricidad, programación y ciberseguridad. Sin embargo, una vez construidos, funcionan con plantillas relativamente reducidas. La inversión multimillonaria no se traduce mecánicamente en decenas de miles de empleos estables. Se traduce en algunos empleos durante la etapa de construcción, pero una vez terminados los proyectos las cifras se desploman y el único empleo que generan es para especialistas y, a los niveles más altos, para ejecutivos que a veces ni son del país. Buena parte del trabajo calificado y gerencial puede ser importado, contratado temporalmente o concentrado en pequeños segmentos profesionales, mientras la mayoría de la población permanece en economías de supervivencia y precariedad. Solo bastan algunos ejemplos para ilustrar este punto.

La empresa de tecnología e infraestructura digital KIO Guatemala (así como el resto de su operación regional) pertenece al fondo de inversión estadounidense I Squared Capital, su CEO global y director general de KIO Data Centers es Octavio Camarena y la división de KIO para Centroamérica y el Caribe es liderada por Marco Antonio Sáenz León, quien funge como director general para la región.

La empresa Tigo Guatemala (Comunicaciones Celulares S.A. o Comcel) y sus instalaciones tecnológicas, incluyendo el Tigo DC (Data Center) operado por la división Tigo Business, son propiedad absoluta y están controladas por la corporación transnacional Millicom International Cellular (MIC).

El data center de Navégalo en Guatemala es controlado y operado por la empresa tecnológica Navégalo (anteriormente conocida como Grupo GMS). Esta empresa, fundada originalmente en Costa Rica, es de capital 100% centroamericano y es dirigida por su CEO, Tyson Ennis.

Más allá del control transnacional de los Centros de Datos en Guatemala aparece la contradicción propia del capitalismo posthumano. La acumulación depende cada vez más de sistemas automatizados, algoritmos, robots, plataformas y redes computacionales que reducen la necesidad directa de trabajo humano en numerosos procesos. El capital continúa necesitando energía, minerales, agua, territorio, datos y trabajo, pero procura disminuir la participación del trabajador vivo en la producción y debilitar su capacidad de organización y negociación. La inteligencia artificial acelera la descualificación de ciertas tareas, la vigilancia laboral, la precarización y la expulsión de trabajadores mediante la reorganización algorítmica del proceso productivo. William I. Robinson interpreta esta transformación como una nueva fase de la guerra de clases global, pues la IA controlada por la clase capitalista transnacional expande la acumulación mientras socializa el desempleo, la inseguridad y la devastación ecológica (Robinson, 2026).

Desde esta perspectiva, un centro de datos no es simplemente un edificio donde se almacenan archivos. Es una fábrica material de poder algorítmico. Procesa información, disciplina poblaciones, facilita la automatización, sostiene plataformas financieras y comerciales, organiza sistemas de vigilancia y puede integrarse a operaciones militares y policiales. La infraestructura digital está vinculada a la expansión de la inteligencia artificial en seguridad, control fronterizo, logística, crédito, publicidad y guerra. Es decir, en todo lo que se especializa la empresa transnacional Palantir de Peter Thiel. La participación de capital financiero y contratistas militares en la construcción internacional de centros de datos confirma que esta infraestructura posee una dimensión geopolítica inseparable de su función económica.

El debate guatemalteco no debería reducirse a eliminar trámites, ofrecer certeza jurídica, producir más programadores para satisfacer la demanda empresarial o simplemente crear reglas de gobernanza claras para un juego fuera del control nacional. Reportes que informan de cómo la IA ya afecta potencialmente a 2.27 millones de trabajadores guatemaltecos de un total de entre 1.6 a 2.7 millones de trabajadores del sector formal (o sea, toda la fuerza de trabajo formal del país), que el sector BPO aumentó su productividad, que Agexport reporta más de mil empleos especializados vinculados a IA, que el país ocupa el puesto 16 de 19 en el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial o que la adopción de la IA “avanza más rápido que la implementación de medidas que garanticen la gobernanza y la resiliencia” son todos útiles (Ortiz, 2026; La Hora, 2026). Pero estas cuestiones son parte de una narrativa donde la inteligencia artificial constituye únicamente una oportunidad para elevar la productividad y la competitividad. Con ello desvanecen las preguntas decisivas: ¿Quién se apropiará del valor generado por la automatización? ¿Qué ocurrirá con la inmensa mayoría de trabajadores que permanecerá en la informalidad o en empleos precarios? ¿Cómo cambiará la distribución del ingreso cuando las empresas produzcan más con menos trabajo vivo? ¿Qué función desempeñará Guatemala dentro del capitalismo posthumanista, como productor de conocimiento y tecnología o como periferia encargada de suministrar electricidad, agua, territorio, infraestructura y estabilidad política para alimentar centros de datos y sistemas de inteligencia artificial controlados desde el exterior?

Ni los medios corrientes y dominantes de comunicación, ni el empresariado ni tampoco el gobierno reconocen que antes de conceder permisos para construir Centros de Datos deben exigirse evaluaciones públicas sobre consumo energético, fuentes de generación, uso de agua, emisiones, ruido, residuos electrónicos, sistemas de refrigeración, propiedad de los datos, seguridad informática, tributación y empleo permanente. Las comunidades afectadas deben contar con poder vinculante sobre las decisiones territoriales. Sólo a partir de ese debate será posible determinar si estos proyectos contribuyen a vivir mejor en el país o si representan una nueva modalidad de inserción y extracción subalterna dentro de la geografía global del capitalismo posthumanista.

La cuestión de fondo consiste en decidir si Guatemala se convertirá en una periferia digital que suministra agua, energía y territorio a la acumulación transnacional o si someterá la infraestructura tecnológica a criterios democráticos, ecológicos y sociales nacionalmente determinados. Así como deben haber consultas comunitarias cada vez que se busca impulsar proyectos de “desarrollo” en territorios indígenas, también debería haber un debate y una consulta nacional cuando se trata de un proyecto empresarial de gran escala como lo es la construcción de centros de datos y la introducción de la IA al plano nacional. Sin esta disputa, el llamado “hub tecnológico” está destinado a reproducir el viejo enclave extractivo bajo una arquitectura nueva. En lugar de plantaciones, minas o maquilas, aparecerán complejos cerrados de servidores. Su materia prima será la información y su producción visible parecerá inmaterial, pero sus condiciones de existencia seguirán siendo profundamente materiales. Agua, electricidad, suelo, minerales, trabajo precarizado y poder estatal sostendrán las fábricas de inteligencia artificial mientras sus beneficios se concentrarán lejos de las comunidades que pagan sus costos.

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El análisis crítico

William I. Robinson ofrece uno de los análisis marxistas más importantes publicados hasta ahora sobre la inteligencia artificial porque devuelve la discusión al terreno propio de la economía política (Robinson, 2026). Frente a una literatura obsesionada con algoritmos, innovación y productividad, Robinson dirige la atención hacia las condiciones materiales que hacen posible la IA. Los centros de datos dejan de aparecer como simples instalaciones tecnológicas y pasan a entenderse como infraestructuras de acumulación que requieren cantidades crecientes de electricidad, agua, minerales, territorio, fibra óptica y financiamiento. Desde esa perspectiva, la inteligencia artificial pierde su apariencia inmaterial y se revela como una industria profundamente arraigada en procesos de extracción y apropiación de recursos.

Igualmente valiosa resulta su interpretación del bloque de poder que impulsa esta transformación. Robinson identifica la convergencia entre las grandes corporaciones tecnológicas, el capital financiero, el complejo militar-industrial y los aparatos estatales de seguridad. La expansión mundial de los centros de datos no es, pues, una simple inversión empresarial para convertirse en un proyecto estratégico de reorganización del capitalismo contemporáneo. Los conflictos que emergen en torno al consumo de agua, energía y territorio no son simples disputas ambientales aisladas, sino que adquieren el carácter de luchas por las condiciones materiales de reproducción de un nuevo régimen de acumulación.

Sin embargo, podemos y debemos empujar el análisis más allá de las categorías propias del capitalismo industrial y fordista. La acumulación de capital bajo el modelo industrial ya no puede seguir siendo el eje organizador de la interpretación del capitalismo digital y post-humano y no podemos pensar que la inteligencia artificial constituye solo una nueva fase de automatización. Ese enfoque hoy resulta insuficiente para comprender la gran transformación que comienza a desarrollarse. La cuestión decisiva ya no consiste únicamente en producir más capital con menos trabajadores al mismo tiempo que se mantiene o incrementa una población excedente que sirve como “ejército industrial de reserva”. Lo que está en marcha es una reorganización del propio sujeto de la producción. La infraestructura computacional, la energía, el agua, los datos y los sistemas algorítmicos adquieren un papel estructurante que modifica la función histórica del trabajo vivo dentro del proceso productivo. Así de profunda es la gran transformación del presente.

Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial anuncia algo más profundo que una nueva revolución tecnológica. Anuncia la consolidación de un capitalismo posthumanista. La máquina deja de ser una simple (o compleja) herramienta que incrementa la productividad del trabajador y comienza a convertirse en el principio organizador de la producción misma. Esta transformación obliga a repensar la teoría del valor, la composición del capital, la hegemonía, la soberanía y la lucha de clases. El conflicto ya no gira exclusivamente alrededor de la explotación del trabajo humano. Se desplaza cada vez más hacia el control de las infraestructuras materiales que hacen posible la inteligencia artificial y hacia la apropiación privada de los recursos ecológicos indispensables para sostenerla. En ese sentido, el trabajo de Robinson constituye un punto de partida indispensable. Sus propias conclusiones, sin embargo, invitan a dar un paso más allá.

El debate reciente sobre la inteligencia artificial y el futuro del capitalismo ha comenzado a polarizarse entre dos posiciones igualmente problemáticas. De un lado aparecen quienes sostienen que el capitalismo está dejando de necesitar a los seres humanos y que se convierte progresivamente en una inteligencia algorítmica autónoma capaz de reproducirse sobre cualquier sustrato material. Del otro permanecen quienes insisten, con razón, en que el capital continúa dependiendo del trabajo humano, del Estado, de la infraestructura, de la energía y de los recursos naturales. La crítica de Édouard Chardot al libro de Marek Poliks y Roberto Alonso Trillo, Exocapitalism: Economies with Absolutely No Limits [Exocapitalismo: economías sin límite alguno] (Becoming Press, 2025), resulta particularmente convincente en este último aspecto. (Chardot, 2026). Su argumento recuerda que los centros de datos, la inteligencia artificial y las plataformas digitales descansan sobre minas, redes eléctricas, cables submarinos, agua, trabajo e inversión pública. Ninguna abstracción informática elimina esas condiciones materiales de existencia. Sin embargo, esta crítica no agota el problema. Demostrar que el capitalismo sigue necesitando seres humanos no equivale a demostrar que el trabajo humano conserve el mismo lugar estructural que ocupó durante el capitalismo industrial y fordista o incluso el capitalismo neoliberal y globalizado. Ésta constituye, probablemente, la cuestión decisiva de nuestro tiempo.

La transformación impulsada por la inteligencia artificial no consiste en abolir el trabajo vivo. Consiste en reorganizar progresivamente la producción para disminuir su centralidad relativa dentro del proceso de acumulación. El capital continúa dependiendo de trabajadores para construir centros de datos, extraer minerales, fabricar semiconductores, mantener redes eléctricas y desarrollar sistemas computacionales. Pero una vez desplegada esa infraestructura, el objetivo estratégico consiste precisamente en reducir la cantidad de trabajo humano social y económicamente necesaria para producir mercancías, administrar procesos, organizar cadenas logísticas, tomar decisiones e incluso generar nuevo conocimiento. Pronto incluso la construcción de los centros de datos estará ella misma en manos de robots importados para ese propósito.

En ese sentido, nuestra hipótesis sobre el capitalismo posthumanista en su etapa emergente no designa un capitalismo sin seres humanos. Designa un capitalismo cuyo horizonte tecnológico consiste en desplazar al trabajo vivo como principio organizador de la producción y sustituirlo progresivamente por infraestructuras automatizadas sostenidas mediante inteligencia artificial, sistemas algorítmicos y enormes capacidades computacionales. La diferencia puede parecer sutil, pero posee consecuencias teóricas y prácticas profundas. El problema ya no es exclusivamente el de la explotación del trabajador y ahora pasa a incluir la reorganización completa del metabolismo entre capital, tecnología, naturaleza y sociedad. Es, por tanto, un cambio cualitativo del capitalismo mismo, pero de ninguna manera es – como erróneamente lo argumenta Yanis Varoufakis, “la muerte del capitalismo” y su transición al “tecnofeudalismo”.

Esta transformación posthumanista del capitalismo modifica igualmente la geografía de la acumulación. La fábrica industrial pierde parte de su centralidad histórica frente a nuevas infraestructuras estratégicas y formas de organización del capital como centros de datos, redes eléctricas, cables submarinos, sistemas satelitales, corredores logísticos y plataformas digitales. La acumulación depende cada vez más del control de agua, energía, minerales críticos, capacidad computacional y datos. El trabajo continúa siendo indispensable, aunque su función cambia conforme aumenta la composición técnica y orgánica del capital y disminuye el peso relativo del trabajo directo en numerosos procesos productivos.

Esta reorganización permite comprender fenómenos que de otro modo aparecen desconectados o simplemente quedan invisibilizados. La carrera mundial por construir centros de datos, la competencia por los semiconductores, la expansión de la minería de litio y tierras raras, el consumo creciente de agua y electricidad por parte de la inteligencia artificial, la automatización logística, la militarización de las tecnologías digitales y la disputa geopolítica por controlar cadenas de suministro dejan de ser procesos independientes. Constituyen dimensiones de un mismo régimen histórico y concatenado de acumulación a escala global.

Desde esta perspectiva, la discusión tampoco puede reducirse al enfrentamiento entre capital y trabajo tal como fue formulado durante el capitalismo industrial y fordista. Esa contradicción permanece, pero comienza a articularse con otras igualmente decisivas. La apropiación privada de infraestructura energética, la concentración de capacidad computacional, el control corporativo de los datos, la extracción intensiva de recursos ecológicos y la subordinación tecnológica de las periferias adquieren una importancia creciente. El conflicto se desplaza hacia el control de las condiciones materiales – las relaciones de propiedad, producción, poder y placer (las cuatro p) que hacen posible la inteligencia artificial. Pero el suplemento de lo digital y lo virtual también está adquiriendo una lógica propia.

Por ello, el capitalismo posthumanista no constituye una ruptura con la crítica marxista de la economía política como la desarrolla Robinson. Representa su desarrollo lógico frente a una configuración histórica distinta. El capital sigue necesitando seres humanos. Lo que intenta dejar de necesitar es que el trabajo humano ocupe el lugar central que ocupó durante los dos últimos siglos. Ésa es la gran transformación que comienza a perfilarse detrás de la inteligencia artificial, los centros de datos y la reorganización geopolítica contemporánea – la Pax Silica. La pregunta ya no consiste, entonces, si el capitalismo puede existir sin seres humanos. La pregunta consiste en qué tipo de sociedad emerge cuando la acumulación deja de organizarse prioritariamente alrededor del trabajo vivo y comienza a hacerlo alrededor de infraestructuras computacionales, energéticas y ecológicas cuyo control se concentra en un número cada vez menor de corporaciones y Estados.

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Los nuevos enclaves dentro de la reorganización geopolítica impulsada por el trumpismo y la Pax Silica.

Los anuncios sobre inversiones multimillonarias en centros de datos para inteligencia artificial en Guatemala no son solamente proyectos de modernización tecnológica o diversificación económica. Son proyectos situados dentro de la reconfiguración geopolítica que la administración Trump impulsa mediante la llamada Pax Silica (Fonseca, 2026). Detrás del lenguaje sobre innovación, resiliencia y cadenas seguras de suministro se encuentra un proyecto de reorganización del capitalismo global cuyo objetivo consiste en asegurar para Estados Unidos y sus aliados el control de la infraestructura material que hace posible la inteligencia artificial (Ray, 2026).

Para países periféricos y subalternos como Guatemala, esta reorganización no representa una oportunidad neutral de desarrollo. Representa una nueva forma de inserción subalterna en la división global del trabajo. Durante buena parte del siglo XX, Guatemala exportó café, banano, azúcar y minerales. Más tarde se convirtió en plataforma de maquilas y mano de obra barata y precaria. Ahora ya se está convirtiendo en proveedor de electricidad, agua, territorio, conectividad e infraestructura para sostener la expansión de la inteligencia artificial desarrollada y controlada desde los grandes centros del capitalismo mundial.

El patrón histórico apenas cambia de apariencia. Lo que se extrae ya no son únicamente productos agrícolas o materias primas minerales. Se extraen recursos ecológicos indispensables para alimentar enormes infraestructuras computacionales cuya propiedad, control tecnológico y captura del valor permanecen fuera del país. La periferia continúa absorbiendo los costos materiales, sociales y naturales mientras los centros del Norte Global concentran las rentas tecnológicas, financieras y geopolíticas. Ya hemos vivido esta historia y ahora – aunque sepamos lo que está pasando – el país está a un paso de repetirla pero a un nivel mucho más complejo de sometimiento y subalternidad.

El trumpismo acelera esta tendencia porque abandona incluso la retórica universalista y multiculturalista de la globalización neoliberal. La Pax Silica reconoce abiertamente que la inteligencia artificial constituye un asunto de seguridad nacional, competencia geopolítica y supremacía tecnológica. La infraestructura digital deja de concebirse como un simple mercado para convertirse en un instrumento de poder estatal fusionado con las grandes corporaciones tecnológicas y financieras.

En este escenario, Guatemala ya no es únicamente un mercado periférico. El país está emergiendo como parte de una arquitectura hemisférica destinada a garantizar cadenas de suministro confiables, acceso estable a energía y agua (en el contexto de una creciente crisis energética e hídrica), corredores digitales seguros y alineamientos políticos compatibles con los intereses estratégicos de Washington. Los centros de datos constituyen una pieza de esa arquitectura junto con los minerales críticos, las telecomunicaciones, los puertos, las redes eléctricas y la infraestructura logística incluyendo trenes y carreteras – mucho de lo cual el gobierno de Arévalo está poniendo en las manos de Estados Unidos y la prensa en Guatemala celebra como “lo más trascendente y previsiblemente duradero” que esté haciendo el Estado de Guatemala (Font, 2026).

Esta dimensión geopolítica obliga a ampliar incluso el análisis ya profundo de William I. Robinson. Su interpretación de la inteligencia artificial como una nueva fase de acumulación resulta indispensable, pero el capitalismo posthumanista exige incorporar una dimensión adicional. La reorganización contemporánea no gira exclusivamente alrededor de la explotación del trabajo vivo. Comienza a estructurarse alrededor del control de infraestructuras capaces de organizar la producción, la circulación de información, la vigilancia, la logística, las finanzas y la guerra mediante sistemas algorítmicos de enorme capacidad computacional. Y eso también incluye a las periferias.

La consecuencia para Guatemala resulta particularmente preocupante. Un país donde predominan la informalidad laboral, la precariedad del empleo, la desigual distribución del agua y las tierras y una infraestructura energética sometida a crecientes tensiones ya está en camino de especializarce precisamente en suministrar los recursos físicos que necesita una economía mundial donde el trabajo humano ocupa un lugar cada vez menos central. La promesa de modernización tecnológica corre así el riesgo de ocultar una paradoja histórica. Mientras el país aporta agua, electricidad, territorio y estabilidad macroeconómica para sostener el capitalismo posthumanista, la mayor parte de su población permanece excluida de los beneficios económicos, científicos y tecnológicos producidos por esa misma infraestructura.

La verdadera discusión, por tanto, no consiste en determinar cuántos centros de datos necesita Guatemala ni cuántas organizaciones en Guatemala ya están adoptando sistemas de inteligencia artificial en sus operaciones. Ana Saénz de Tejada escribió recientemente que:

“Guatemala está en una posición crítica en materia de gobernanza de la inteligencia artificial (IA), en la que puede prevenir o permitir que esta se despliegue sin reglas del juego claras. La realidad actual ofrece una oportunidad excepcional ya que la IA todavía no está ampliamente desplegada en las instituciones gubernamentales y sector privado. El 44% de empresas guatemaltecas aún no usan IA y el 41% está apenas explorándola. Mientras el gobierno desarrolla su primera estrategia nacional (con una presentación prevista para junio 2026), la pregunta urgente no es si la IA llegará, sino más bien si el país establecerá alguna forma de gobernanza antes de que cause daños y sea demasiado tarde.” (Sáenz de Tejada, 2026)

Preguntar “si el país establecerá alguna forma de gobernanza antes de que cause daños y sea demasiado tarde” es importante. Más allá de eso, sin embargo, la cuestión crítica es decidir si el país aceptará convertirse en un enclave estratégico de la Pax Silica o si será capaz de construir formas de soberanía tecnológica, energética y ecológica que subordinen la infraestructura digital a un proyecto realmente democrático de buen vivir y no a las necesidades de acumulación y competencia geopolítica de las grandes potencias.

El surgimiento del Corolario Trump también nos obliga a radicalizar este argumento aun más. Si la Doctrina Monroe fue el marco geopolítico del capitalismo industrial y fordista en el hemisferio, el Corolario Trump y la Pax Silica deben entenderse como la forma geopolítica específica del capitalismo posthumanista en sus primeras etapas. En ese caso, los centros de datos desempeñan un papel comparable al que tuvieron los ferrocarriles, los canales interoceánicos, las plantaciones bananeras o los oleoductos en etapas anteriores de la expansión del capitalismo industrial, aunque ahora la infraestructura estratégica produce capacidad computacional y poder algorítmico en lugar de mercancías tradicionales.

Referencias

Asencio, C. (2026, 3 de febrero). El auge de los data centers: La oportunidad de Guatemala en la revolución digital. Prensa Libre.

Banco Mundial. (2025). Human Capital Index: Guatemala. https://humancapital.worldbank.org/en/economy/GTM

Bolaños, M. (2026, 26 de junio). Alto consumo eléctrico impulsa uso de IA en la industria guatemalteca para ser más eficiente. Prensa Libre. https://www.prensalibre.com/economia/alto-consumo-electrico-impulsa-uso-de-ia-en-la-industria-guatemalteca-para-ser-mas-eficiente/

Chardot, É. (2026). ¿El capitalismo no necesita seres humanos? Nueva Sociedad. https://nuso.org/articulo/exocapitalismo-trabajo-tecnofeudalismo-capitalismo-trabajo-tecnocapitalismo/

Data Center Map. Guatemala Data Centers. Recuperado el 12 de julio de 2026 de https://www.datacentermap.com/guatemala/guatemala/

Fernández, X. (2025, 7 de agosto). Guatemala recibirá inversión de US$300 millones para construir centro de datos de última generación. Prensa Libre. https://www.prensalibre.com/guatemala/guatemala-no-se-detiene/guatemala-recibira-inversion-de-us300-millones-para-construir-centro-de-datos-de-ultima-generacion/

Flores, P. (2023, 18 de mayo). Estos 4 mapas explican la crisis de agua en la ciudad de Guatemala. Quorum. https://quorum.gt/barrio/acceso-agua-guatemala/mapas_situacion_agua_guatemala/

Fonseca, M. (2026). El “Corolario Trump”, la Pax Silica y el tecnofascismo: la nueva arquitectura de la subalternidad. Substack. https://marcofonseca.substack.com/p/el-corolario-trump-la-pax-silica

Font, J. L. (2026, 3 de julio). La revolución del tren. ConCriterio. https://concriterio.gt/juan-luis-font-la-revolucion-del-tren/

La Hora. (2026, 7 de julio). SISAP: el rápido avance de la IA expone a Guatemala a mayores riesgos económicos. https://lahora.gt/lh-comercial/redaccioncomercial/2026/07/07/sisap-el-rapido-avance-de-la-ia-expone-a-guatemala-a-mayores-riesgos-economicos/

Levy Yeyati, E. (2026). Latin America’s Data Center Gold Rush: Myth and Reality. Americas Quarterly. https://www.americasquarterly.org/article/latin-americas-data-center-gold-rush-myth-and-reality/

Marcasur. (2025). Guatemala poised to become a regional tech hub with proposed USD 300 million AI data center. https://marcasur.com/en/noticia/guatemala-poised-to-become-a-regional-tech-hub-with-proposed-usd-300-million-ai-data-center%26f%3D-2025

Ministerio de Energía y Minas de Guatemala. (2025). Informe de Monitoreo y Evaluación de la Operación del subsector Eléctrico Nacional. https://mem.gob.gt/wp-content/uploads/2026/03/Monitoreo-y-evaluacion-de-la-operacion-del-Subsector-Electrico-Nacional-2025.pdf

Ministerio de Energía y Minas de Guatemala. (2026). Modelo de Análisis de la Matriz Nacional de Generación de Energía Eléctrica de Guatemala. Enfoque en el Cumplimiento de la Contribución Nacionalmente Determinada 2021. https://mem.gob.gt/wp-content/uploads/2026/03/MODELO_DE-_ANALISIS_MESSAGE.pdf

Ortíz, A. (2026, 27 marzo). IA y automatización: El nuevo pulso del mercado laboral guatemalteco. Soy502. https://www.soy502.com/articulo/ia-automatizacion-nuevo-pulso-mercado-laboral-101902

Poliks, M. y Trillo, R. A. (2025). Exocapitalism: Economies with Absolutely No Limits [Exocapitalismo: economías sin límite alguno]. Becoming Press.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Guatemala. (2025, 15 de abril). Datos en la nube, centros en la tierra: El rol de los centros de datos en el futuro digital de ALC. https://www.undp.org/es/latin-america/blog/datos-en-la-nube-centros-en-la-tierra-el-rol-de-los-centros-de-datos-en-el-futuro-digital-de-alc

Ray, T. (2026, 15 de abril). Three elements Trump’s “Pax Silica” needs to succeed. Atlantic Council. https://www.atlanticcouncil.org/dispatches/three-elements-trumps-pax-silica-needs-to-succeed/

Robinson, W. I. (2026, 23 de junio). The fight against AI data centers is the newest frontier of global class warfare. Truthout. https://truthout.org/articles/the-fight-against-ai-data-centers-is-the-newest-frontier-of-global-class-warfare/

Sáenz de Tejada, A. (2026, 21 de enero). ¿Está Guatemala preparada para la inteligencia artificial? Diálogos. https://dialogos.org.gt/esta-guatemala-preparada-para-la-inteligencia-artificial/

Fuente Blog RefundaciónYa

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