Infantino, el vasallo de Trump

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Ricardo Uribarri

La historia hablará de la selección campeona en el Mundial de 2026. De los jugadores que más brillaron, de los que se dieron a conocer a nivel internacional y del máximo goleador del campeonato. Pero la fotografía de esta edición no estará completa si no recoge su otra cara, una que no tiene nada que ver con la épica del deporte y sí con la desigualdad y la discriminación a distintos niveles. De ello pueden dar testimonio aficionados y profesionales, víctimas de políticas autoritarias y, especialmente, del abandono de Gianni Infantino. En lugar de ayudar y ponerse de parte de estas personas, el presidente de la FIFA ha sido fiel a una trayectoria profesional caracterizada por convertirse en la sombra del poderoso para sacar beneficio.

El máximo dirigente del organismo mundial del fútbol puede utilizar sin rubor una de las frases más célebres de Groucho Marx: esa de “estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros”. ¿Que tiene que prescindir de la campaña ‘Unite for Inclusion’ (‘unidos por la inclusión’) puesta en marcha en 2023 junto a Naciones Unidas porque a alguno de los países anfitriones no le gusta? Eliminada. ¿Que ha hecho del lema ‘El fútbol une al mundo’ uno de sus valores a difundir? Menos cuando permite que aficiones de cuatro países participantes no puedan acompañar a sus selecciones por tener vetada sus ciudadanos la entrada a Estados Unidos.

¿Que le toca sacrificar a su propio personal o a alguna selección para no ir en contra del poder? No hay problema. Que se lo digan al árbitro somalí Omar Artan, que no ha podido pitar en el torneo porque le prohibieron la entrada a Estados Unidos. O al equipo nacional de Irán, que ha competido en desigualdad de condiciones respecto a sus contrincantes por las restricciones impuestas por el Gobierno estadounidense. Parte de los integrantes de la delegación iraní no ha podido acceder al país donde tenían que jugar, y tanto los viajes a la ciudad sede del partido como la vuelta a su lugar de concentración se han realizado sin tiempo para prepararse ni para descansar; ante ello, la única reacción de Infantino fue bajar al vestuario tras el primer encuentro que jugaron para decir “sé por lo que están pasando, lo entiendo, pero son más fuertes que todo”. La imagen por encima de la hipocresía.

Como recompensa tiene a su disposición un jet de lujo propiedad del estado catarí

Obviar principios éticos o derechos cuando es necesario para medrar ha sido una constante en la trayectoria de Infantino. Lo vivimos también hace cuatro años, en el Mundial de Catar, cuando no le importó llevar su gran joya a un país con graves carencias en materia de derechos humanos en el que los homosexuales están perseguidos, las mujeres son discriminadas, los disidentes son reprimidos y los obreros llegan, en su gran mayoría, reclutados de otros países para construir las infraestructuras bajo duras condiciones de trabajo, con peligro incluso para su vida. Cuestionar de manera contundente alguna de estas situaciones ante el emir del Estado nunca estuvo en su cabeza, el negocio no se puede poner en riesgo. A cambio hizo una declaración pública que ha quedado para el recuerdo: “Hoy albergo sentimientos muy poderosos. Hoy me siento catarí, me siento árabe, me siento africano, me siento gay, me siento discapacitado, me siento un trabajador migrante…”. De nuevo la imagen por encima de la hipocresía. Como recompensa tiene a su disposición un jet de lujo propiedad del estado catarí, valorado en 65 millones de dólares, que actualmente sigue utilizando para viajar de una sede a otra del Mundial.

Para justificar estas polémicas, Infantino se excusa en que “intentamos encontrar soluciones, pero debemos respetar que en la FIFA no somos los reyes del mundo que pueden imponer su voluntad a gobiernos y fuerzas policiales; somos una organización deportiva”. No tienen poder para cambiar las leyes de los países, pero sí capacidad para decidir a quién le entregan la organización de un Mundial. La lógica dice que no se debería conceder a un país en el que no estén asegurados derechos humanos y condiciones igualitarias para todos los implicados en el evento. Pero a tenor de lo visto en los últimos años, parece evidente que la lógica que impera en el dirigente es la de arrimarse al árbol que más cobija a él y a su organización. De ahí que se haya convertido en la sombra de Donald Trump.

No hay más que repasar los numerosos actos que ha compartido el presidente de la FIFA con el mandatario estadounidense en los últimos tiempos para darse cuenta. Algunos de ellos, un tanto sorprendentes para un dirigente deportivo, como su presencia en la toma de posesión del segundo mandato del inquilino de la Casa Blanca; varias apariciones en el Foro Económico de Davos; acudir a Washington para la firma de los Acuerdos de Abraham entre Israel y varios países árabes; la entrega en el despacho oval de un Premio de la Paz, que Infantino justificó “por su compromiso con el avance de la paz y la unidad” y que fue anunciado pocas semanas después de que no le concedieran a Trump el Nobel de la Paz; o acudir a la cumbre de paz para Gaza celebrada en Egipto por invitación del dirigente norteamericano, entre mandatarios políticos de todo el mundo, para anunciar que la FIFA iba a participar en la reconstrucción de la zona a través de la construcción de campos de fútbol. Eso sí, sancionar a Israel en las competiciones deportivas por sus acciones militares en Gaza o por la presencia de clubes israelíes en territorios ocupados de Cisjordania no está en la hoja de ruta. Una vez más, la imagen por encima de la hipocresía.

Su disponibilidad para con Trump le costó incluso una reprimenda de varios miembros del órgano de gobierno de la FIFA por llegar dos horas tarde al Congreso anual del organismo, que se celebró en mayo de 2025 en la capital de Paraguay, Asunción. ¿El motivo? Estaba acompañando al presidente estadounidense en su primer viaje al extranjero tras iniciar su segundo mandato, a Catar y Arabia Saudí, por sus buenas relaciones con los dirigentes árabes. Varios miembros de la UEFA, entre ellos su presidente, Aleksander Ceferin, abandonaron el acto en señal de protesta. Y las alabanzas a la política del presidente estadounidense (“simplemente está poniendo en práctica lo que prometió, así que creo que todos deberíamos apoyarlo porque me parece que está dando muy buenos resultados”), han provocado una denuncia contra él ante el Comité de Ética de la FIFA a cargo de la ONG FairSquare, por violar hasta en cuatro ocasiones a lo largo de 2025 el artículo 15 del reglamento de la organización futbolística, que exige que los dirigentes mantengan una postura neutral en la relación con los gobiernos.

La sumisión de Infantino con Trump ha llegado al punto de que la FIFA haya dejado en suspenso una sanción a la estrella de la selección estadounidense, Balogun, tras ser expulsado contra Bosnia y Herzegovina, posibilitando que el delantero esté disponible para el partido de cuartos ante Bélgica. Varios medios, como The New York Times o AFP, señalaron que la decisión del organismo futbolístico se produjo después de que Trump llamara a Infantino para pedirle que revisara la sanción. Este hecho ha provocado que la UEFA emitiera un comunicado en el que define la resolución como “sin precedentes, incomprensible e injustificable”, afirmando que “se ha traspasado una línea roja”. Por su parte, el expresidente de la FIFA, Joseph Blatter, comentó a través de sus redes sociales: “El fútbol nunca debe convertirse en un patio de recreo para el poder político”.

El Infantino de hoy en día, que se reúne con los dirigentes más poderosos del planeta, que tiene abiertas las puertas de los despachos desde donde se dirige la política internacional, que asiste a foros, eventos y actos reservados para las élites políticas y económicas, y que habla italiano, francés, alemán, español, inglés y árabe, está muy alejado del ambiente en que se crió. Pertenece a una familia que tuvo que emigrar por motivos laborales desde Italia a Suiza, donde nació él. Su padre trabajaba en una compañía ferroviaria y su madre regentaba un quiosco de prensa, donde el pequeño Gianni iba a veces a ayudarla. Su infancia no fue fácil: “Soy hijo de trabajadores migrantes. Sé lo que quiere decir ser discriminado, ser acosado como extranjero, como un niño que fui discriminado porque era pelirrojo, porque tenía pecas, porque hablaba mal el alemán”. Circunstancias que quizá le influyeron para buscar otro tipo de vida para su futuro.

El Infantino de hoy en día está muy alejado del ambiente en que se crió

Lo cierto es que logró estudiar la carrera de Derecho y su afición por el deporte le llevó a trabajar en el Centro Internacional de Estudios Deportivos. Cuando tenía 30 años entró en el departamento de asuntos legales de la UEFA y, poco a poco, fue escalando dentro de la organización hasta convertirse en su secretario general. En 2015, con la dimisión de Blatter a raíz del escándalo de la detención por parte del Departamento de Justicia de EEUU de varios dirigentes de la FIFA en Suiza por corrupción, Infantino era la mano derecha del presidente de la UEFA, Michel Platini, que se postuló para presidir la FIFA. Sin embargo, el exjugador francés fue sancionado poco después por el Tribunal de Arbitraje Deportivo por recibir de Blatter más de 1,8 millones de dólares sin ninguna justificación. Así es como Infantino se encontró el camino despejado para presentar su candidatura y ser elegido presidente en febrero de 2016, tras imponerse en las elecciones al jeque de Bahrein, Salman Bin Ebrahim al Jalifa.

Los estatutos de la FIFA determinan que ningún presidente puede estar más de tres mandatos al frente de la institución. Pero Infantino se las arregló para que el periodo entre 2016 y 2019 no computara, al ser una continuación del que había empezado Blatter. De esa forma tiene la opción de volverse a presentar en 2027, algo que ya ha anunciado, por lo que es previsible que siga presidiendo la FIFA hasta 2031. Ampliando el Mundial a 48 selecciones y dando más dinero a los países que participan en el evento, que se repartirán 871 millones de dólares por el de 2026, un 15% más que en la anterior edición, se garantiza tener contentos a los votantes.

Durante la etapa Infantino, la FIFA ha pasado de unos ingresos de 6.421 millones de dólares en el ciclo 2015-2018, a los 13.000 millones que espera alcanzar en el ciclo actual. Ello también ha repercutido en un aumento considerable de sus honorarios, que, sumando todos los conceptos, alcanzan los seis millones de dólares anuales, además de otras prestaciones cubiertas por la FIFA como aportaciones a la seguridad social suiza, fondo de pensiones, alojamiento para actividades oficiales y gastos de viaje. Pero al margen de la gestión económica, su mandato, como el actual Mundial, tiene otra cara mucho más discutible a nivel de ética y gobernanza.

fuente CTXT.es

Imagen FIFA

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