Crónicas del Mundial, con tarjeta roja para Trump
Trump salva a Pochettino y Balogun lo hunde
El diablo está en los detalles (y Trump en el teléfono)
El equipo de las barras y las estrellas era superior a Bélgica en todas las líneas, al menos sobre el papel. O al menos eso creían en Washington. Por lo que había demostrado previamente en la competición, debía llevarse el triunfo y el pase histórico a la siguiente ronda. Pero Trump y también Pochettino pensaron que tener a su goleador Balogun sería una garantía mayor para ganar y pasar. Así que, en una acción sin precedentes en la historia del fútbol, el presidente Trump llamó a Infantino, el otro presidente, para que se saltaran todas las reglamentaciones existentes, modificaran lo que había que modificar y quitaran la sanción que pesaba contra el jugador.
Llegó incluso a señalar al árbitro que sacó la tarjeta roja de «sospechoso», un «individuo con antecedentes». Solo le faltó decir que era comunista, por su nacionalidad brasileña y su afiliación, cierta o no, con Lula. Porque en el manual de Trump, todo lo que no le gusta es comunista. Hasta el VAR, cuando le conviene.
Pero qué creen. Bélgica se lo tomó personal. Desafió la intromisión y le dio una lección de dignidad al presidente Trump, a Pochettino y al infame presidente Infantino. La estrella del equipo, Balogun, tuvo un partido para el olvido. El problema es que sentó un precedente nefasto, y el nombre del jugador ya se usa para impugnar, apelar y revertir muchas de las decisiones tomadas en torno a partidos y amonestaciones pasadas hechas en base a los reglamentos vigentes.
Si no me creen, vean lo que Oliver Kahn dijo sobre la situación de Folarin Balogun:
«Si ahora estamos reescribiendo la historia del fútbol, tengo una pequeña sugerencia: me gustaría que la FIFA anule la tarjeta amarilla mostrada a Michael Ballack en la semifinal del Mundial de 2002, la que le impidió jugar la final. Y ya que estamos, podríamos muy bien repetir la final contra Brasil.»
Kahn, señores, es un genio del sarcasmo. Y tiene toda la razón. Porque si Trump puede anular una tarjeta roja llamando por teléfono, ¿por qué no anular una amarilla de hace 24 años?
Por cierto, Trump viaja a la cumbre de la OTAN, esperamos que no saque la tarjeta roja por ahí.
Bélgica supera en todo a Estados Unidos (y no solo en el marcador)
El partido tenía su morbo. En la previa, tanto el entrenador Pochettino como el propio Balogun hablaron de lo injusto de la sanción y que el jugador entraría en la alineación inicial porque la FIFA le había levantado la suspensión. La propia federación estadounidense anunció en su página web la noticia. Y a pesar de las protestas, apelaciones e impugnaciones hechas por la Federación belga y el manifiesto enfado de la UEFA y demás federaciones, la FIFA hizo oídos sordos y siguió manteniendo su decisión.
Pero en el campo se solucionaron los problemas. El marcador no refleja las limitaciones de los dos conjuntos, pero viéndolos en el mismo plano, Estados Unidos, que venía de más a menos, resultó ser un equipo muy inferior: sin esquema, sin defensa y cometiendo errores de principiantes.
El partido: una lección de fútbol y de dignidad
Bélgica no solo ganó el partido, sino que le dio una lección a todo el mundo. A Trump, que cree que puede comprar todo con una llamada telefónica. A Infantino, que se dobla ante el poder como un acordeón. Y a Pochettino, que pensó que tener a Balogun en el campo era suficiente para ganar.
La defensa estadounidense fue un desastre. Sergiño Dest, que fue tan malo que lo cambiaron en el medio tiempo, fue el símbolo de una defensa que parecía estar jugando al escondite. McKennie y Adams desaparecieron en el mediocampo. Richards casi regala un gol en su propia área. Y el resto del equipo parecía estar más preocupado por la foto de la final que por el partido.
Balogun, el hombre de la polémica, fue un fantasma. No hizo nada. Y su presencia en el campo fue un recordatorio de que, por mucho que el poder político te ayude, si no tienes el talento para respaldarlo, todo es humo. La controversia fue más grande que su actuación. Y eso, señores, es el resumen perfecto de este equipo: mucho ruido, pocas nueces.
La UEFA y la FIFA: una batalla de comunicados
La UEFA se pronunció con una declaración que es un monumento a la indignación bien expresada:
«La decisión de ayer de suspender por un período de prueba de un año la implementación de la sanción automática de un partido tras la tarjeta roja mostrada al jugador Folarin Balogun cruzó una línea roja. El fútbol, como cualquier otro deporte, se basa en reglas, que son la base de una competencia justa, honesta y transparente. Una sanción automática mínima de un partido tras una tarjeta roja no es una opción discrecional y no requiere la decisión de un órgano competente para ser aplicada. Es un principio incorporado en los reglamentos, que no puede estar sujeto a excepciones, y menos aún en medio de un torneo donde varios otros jugadores han estado en la misma situación y han cumplido regularmente su sanción. Cuando la certeza de las reglas ya no está garantizada por sus guardianes, la integridad del juego está en juego y la credibilidad de una competencia se ve socavada.»
La UEFA, como siempre, la voz de la razón. O al menos la voz de la coherencia. Porque si las reglas se cambian a mitad del torneo, entonces el torneo es un circo.
La federación belga: defendiendo el fútbol (no a Bélgica)
La federación belga se mostró «asombrada» por la decisión que «contradice directamente las disposiciones del Reglamento de la Competición». El entrenador Rudi García dijo en conferencia de prensa en Seattle:
«No sabía que en las oficinas de la FIFA el 5 de julio correspondía al 1 de abril de Europa. Fue un descubrimiento para mí.»
Rudi García, señores, es un poeta. Y Courtois, a su lado, no pudo contener la sonrisa. Porque cuando el fútbol se convierte en un chiste, lo mejor es reírse.
Trump: el ganador de la jornada (o eso cree)
Trump, como siempre, se atribuyó el mérito. Publicó en su red social que estaba complacido con la decisión de la FIFA. Porque, claro, él cree que el fútbol es como sus negocios: todo se resuelve con una llamada telefónica.
Pero el fútbol, señores, no es un negocio. Es un deporte. Y en el deporte, las reglas no se cambian por una llamada telefónica.
entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y, en este caso, alguien dispuesto a llamar por teléfono para cambiarlo.
Christian Pulisic: el «salvador» que se lesionó mirando a un rival
Pulisic comenzó el torneo como el Mesías del fútbol americano. En el primer partido contra Paraguay, fue imparable. Parecía que por fin había llegado el momento de que un estadounidense se convirtiera en el mejor jugador del mundo. Pero entonces, en el segundo partido, una lesión en la pantorrilla lo dejó fuera y su Mundial se convirtió en una aparición testimonial. Regresó contra Bosnia y Herzegovina, pero no fue el mismo. Contra Bélgica, su equipo lo necesitaba y él, como buen héroe trágico, salió cojeando en el minuto 59. El fútbol, como la política, es cruel con los que prometen y no cumplen.
Folarin Balogun: el hombre que debía ser leyenda y fue un fantasma
Balogun fue el centro de la polémica más grande del torneo. Trump llamó a Infantino, la FIFA anuló su sanción y toda la prensa mundial habló de él. Parecía que estaba destinado a ser el héroe de la historia. Pero en el campo, Balogun demostró que, por mucho que el poder político te ayude, si no tienes el talento para respaldarlo, todo es humo. Estuvo limitado por los defensas belgas y, salvo un disparo bien atajado por Courtois en el minuto 82, no hizo nada. La controversia fue más grande que su actuación. Y eso, señores, es el resumen perfecto de este equipo: mucho ruido, pocas nueces.
El portero Freese: Harvard no te enseña a atajar penales
Estados Unidos decidió que su portero titular fuera un graduado de Harvard que juega en la MLS. Porque, claro, ¿para qué tener un portero con experiencia europea cuando puedes tener uno con un título universitario? Freese fue inestable durante todo el torneo, especialmente con el balón en los pies. Pero su peor momento llegó en el primer gol de Bélgica, cuando Dest y McKennie decidieron que atacar un balón en el área era demasiado complicado. El portero, como buen estudiante de Harvard, no pudo hacer nada. La defensa, como el resto del equipo, estaba en otra galaxia.
La defensa: un colador con patas
Sergiño Dest, que fue tan malo que lo cambiaron en el medio tiempo, fue el símbolo de una defensa que parecía estar jugando al escondite. McKennie y Adams desaparecieron en el mediocampo, Richards casi regala un gol en su propia área, y el resto del equipo parecía estar más preocupado por la foto de la final que por el partido. Estados Unidos, que había dominado a equipos menores como Paraguay y Bosnia, se encontró con un rival que sí sabía jugar. Y la defensa, como el resto del equipo, no estuvo a la altura.
La falta de adaptación táctica: cuando el plan A no funciona, no hay plan B
Estados Unidos llegó al Mundial con un estilo claro: presión alta, intensidad y ritmo. Contra Bélgica, ese estilo no funcionó. Los belgas evadieron fácilmente la presión, los regates fueron interceptados y el equipo se quedó sin respuestas. Pochettino, que había sido elogiado durante todo el torneo, no supo reaccionar. No hubo cambios tácticos, no hubo variantes, solo la misma receta que ya no funcionaba. El fútbol, como la vida, es cuestión de adaptarse. Y Estados Unidos no supo hacerlo.
Conclusión: el final predecible de un sueño (demasiado) anunciado
Estados Unidos llegó a este Mundial con más expectativas que nunca. Tenía el talento, el apoyo popular y la oportunidad de hacer historia. Pero en el momento crucial, el equipo se vino abajo. Las lesiones, las polémicas, los errores individuales y la falta de adaptación táctica fueron demasiado. El fútbol, como la vida, es implacable con los que no están preparados.
Bélgica, por su parte, sigue adelante. Y Estados Unidos, como siempre, se va con la sensación de que pudo haber sido más. Pero no fue. Y eso, en el fondo, es lo más triste de todo
Cierre: el fútbol como espejo del poder (y de la hipocresía)
Estados Unidos se fue del Mundial con la sensación de que pudo haber sido más. Pero no fue. Y eso, en el fondo, es lo más triste de todo.
Bélgica sigue adelante. Trump sigue en su trono. Infantino sigue doblando el espinazo. Y el fútbol, como siempre, sigue su curso. Pero con una mancha que nunca podrá borrar.
El fútbol, como la vida, no es justo. Pero, a veces, la injusticia se disfraza de regla. Y otras veces, la regla se rompe con una llamada telefónica. Así es el mundo. Así es el fútbol. Así es todo.
Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y, en este caso, alguien dispuesto a llamar por teléfono para cambiarlo.
