Crónicas del Mundial: Se impuso la jerarquía (y la política)
Inglaterra sigue siendo el Rey (y México el eterno pretendiente)
Partido loco, final predecible
En un partido «loco», como lo calificó el propio Harry Kane, Inglaterra se impuso al equipo anfitrión y ganó el partido que lo catapulta a la siguiente ronda, eliminando de paso a un México que, teniendo todo a su favor, no pudo lograr el empate. Porque el fútbol, señores, es así de cruel: puedes tener la altura, la afición, un hombre de más y hasta el VAR de tu lado, pero si no metes los goles, todo eso es papel mojado.
Inglaterra anotó sus primeros dos goles cuando México mejor jugaba. Esa es la diferencia entre un equipo que sabe aprovechar sus oportunidades y otro que solo sabe generarlas. Quiñones acortó distancias y al medio tiempo todo hacía esperar una remontada histórica, porque México jugaba mejor, manejaba el partido y asediaba a una ordenada defensa inglesa que ya empezaba a mostrar signos de cansancio por la altura de Ciudad de México.
Pero llegó el tercer gol inglés, de penal, marcado por Kane. Y de ahí en adelante todo fue épico, tanto para los ingleses que se defendieron con diez hombres —ante la expulsión de su lateral derecho— como para los mexicanos, que frente a un estadio Azteca que pedía a gritos el gol del empate, simplemente no pudieron.
México demostró que puede jugar a un nivel alto en cualquier competencia mundial. En los primeros minutos del partido, controló el ritmo, marcó presión y puso en peligro la meta inglesa. Pero los ingleses, con sus jugadores más experimentados, tuvieron jerarquía y lograron a través de Bellingham anotar dos goles en dos minutos. Luego, el conjunto inglés se quitó el frac y se metió en el overol para defender con toda esa ventaja. El fútbol, como la vida, no se trata de quién juega mejor, sino de quién mete los goles.
Canta y no llores (aunque llores por dentro)
La mayor parte de comentaristas y personalidades mexicanas reconocieron el buen juego de la selección y hacen hincapié en la falta de roce internacional que tienen sus jugadores. Solamente dos de los que intervinieron en el encuentro juegan en ligas internacionales. El resto, como dice el refrán, «son muy buenos en México, pero en el extranjero… pues ni tan buenos».
El ya famoso —y desagradable— comentarista mexicano David Faitelson tituló su columna en Reforma como «Otra noche más», en referencia a que el equipo nunca pasa de esta ronda en los mundiales. Inició con:
«A las 9 de la noche con 7 minutos, el Azteca estaba exhausto. No tenía de dónde sacar más fuerza. No tenía un último aliento, un canto, algún grito, alguna consigna. Estaba completamente agotado».
Resumiendo lo que fue una derrota dura, pero justa. Faitelson, como siempre, encuentra la palabra exacta para describir el sufrimiento mexicano. Y el sufrimiento, en este caso, fue mayúsculo.
Por su parte, la presidenta Claudia Sheinbaum publicó en X:
«¡Ánimo! A veces se gana y a veces se aprende; lo importante es seguir adelante y representar a México con orgullo. Lo logrado por los jóvenes de la Selección vive en el corazón de las y los mexicanos por siempre. A todas y todos, demostramos que México es el mejor anfitrión del mundo, con un pueblo alegre y unido. ¡¡Por siempre, vamos, México!!»
Claudia, como toda buena política, sabe que en la derrota también se cosechan votos.
El caso de la tarjeta roja – o la zona roja de Trump
Cuando el orden basado en reglas se convierte en el desorden basado en llamadas telefónicas
Y no estamos hablando del caso Epstein. Pero sí del caso Trump-Infantino. Porque el Mundial acaba de quedar marcado para siempre por una intromisión política en una decisión tomada en la cancha. Múltiples reportes de prensa confirman lo que el presidente de Estados Unidos reveló: fue presión directa sobre la FIFA la que consiguió cancelar la suspensión por tarjeta roja del delantero estrella del equipo estadounidense. Una vergüenza histórica.
El jugador Balogun de la selección de Estados Unidos fue expulsado en el partido contra Bosnia y Herzegovina, donde su equipo ganó 2-0. Pero, y ahí viene el conflicto: la FIFA emitió una resolución dejando sin efecto la suspensión automática de un partido para el jugador que recibió una tarjeta roja. De inmediato, Donald Trump publicó en su red social que estaba complacido con la decisión de la FIFA. Esto fue lo que dijo:
«¡Gracias FIFA por hacer lo correcto y por corregir una gran injusticia!»
En los corrillos dirigenciales se asegura que Trump llamó directamente a Infantino y le hizo la petición formal para revertir la suspensión al jugador. ¿Y qué hizo Infantino? Lo que todo buen presidente de la FIFA haría: doblarse como un acordeón ante el hombre más poderoso del mundo. Por su parte, la federación gringa anunció en su página web que Folarin Balogun estará disponible para su selección en el partido de la segunda ronda del lunes contra Bélgica.
De acuerdo con Politico, la revista gringa de política, el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, ha estado participando en las conversaciones para suspender la sanción del jugador. Es decir, el equipo de Trump se tomó el asunto con la seriedad que merece: como si fuera una negociación comercial.
Trump la hace de nuevo
Alguien en X publicó que si han permitido, alentado y apoyado un genocidio en Gaza, ¿por qué no alterar las reglas deportivas de la mayor competición del mundo? Ya no para favorecer a su equipo, sino para demostrar quién es en realidad el rey del mundo. O, por lo menos, eso es lo que él cree que es.
Confirman la no sentencia
La FIFA, Infantino y Trump hacen lo que se les da la gana y se pasan los reglamentos del fútbol mundial por el arco del triunfo. El orden basado en reglas, esa famosa frase que Estados Unidos lanzó hace tiempo como directriz no escrita sobre cómo se gestionaban las relaciones internacionales, ahora se aplica solo cuando les conviene. Esas reglas, que ellos imponían, con el tiempo fueron invalidándose por los propios gringos, pues ya no les eran útiles a sus intereses. Pues ahora, Estados Unidos y principalmente Donald Trump, lo vuelven a hacer. Y lo hacen en medio de la mayor competencia deportiva del fútbol. El orden basado en reglas que impuso Estados Unidos también se desmorona en el fútbol.
Reacciones: entre la indignación y el sarcasmo
Un diputado inglés con sentido del humor (y de la justicia)
Noah Law, diputado laborista de la Cámara de los Comunes en Inglaterra, publicó en Bluesky una carta que es una obra maestra del sarcasmo político:
«Insto a que trate este asunto con la mayor seriedad. Durante el partido de la Copa del Mundo de esta mañana entre Inglaterra y México, nuestro lateral derecho Jarell Quansah recibió una tarjeta roja por un torpe tackle. Si bien creo que fue correcto que recibiera esta tarjeta roja y que las reglas de arbitraje deben aplicarse de manera consistente, creo que sería correcto retrasar su suspensión hasta después de la finalización de esta Copa del Mundo. Sabemos que una situación similar surgió más temprano en la competencia cuando el delantero de los Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió una tarjeta roja durante la ronda de 32. La integridad de cualquier torneo internacional importante depende de que las reglas se apliquen por igual a todas las naciones participantes. En un momento en que nuestro sistema multilateral y el orden internacional basado en normas están amenazados, le insto a que trate esta cuestión con la mayor seriedad.»
Noah Law, señores, es un genio. Con una ironía fina como un bisturí, expuso la hipocresía del sistema. Porque si Balogun juega, Quansah también debería jugar. Pero claro, Quansah no es estadounidense. Y Trump no llamó a Infantino por él.
Blatter: el que sabe de lo que habla (porque él lo hizo primero)
Joseph Blatter, el cuestionado ex presidente de la FIFA, también se pronunció. Y sus palabras tienen el peso de quien conoce el negocio desde adentro:
«Las tarjetas rojas no son anuladas por llamadas telefónicas políticas. Son anulados por reglas, pruebas y organismos independientes. Si un presidente de los Estados Unidos interviene con el presidente de la FIFA, y un jugador se despeja repentinamente antes de un partido eliminatorio de la Copa del Mundo, la pregunta es inevitable: ¿Quo vadis, FIFA? El fútbol nunca debe convertirse en un patio de recreo para el poder político.»
Blatter, el mismo que fue suspendido por corrupción, ahora habla de ética. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo. Pero el ex presidente tiene razón: si el fútbol se convierte en un patio de recreo para el poder político, entonces el fútbol deja de ser fútbol.
La UEFA: la voz de la razón (o al menos de la coherencia)
La UEFA se pronunció con una declaración que es un monumento a la indignación bien expresada:
«La decisión de ayer de suspender por un período de prueba de un año la implementación de la sanción automática de un partido tras la tarjeta roja mostrada al jugador Folarin Balogun cruzó una línea roja. El fútbol, como cualquier otro deporte, se basa en reglas, que son la base de una competencia justa, honesta y transparente. Una sanción automática mínima de un partido tras una tarjeta roja no es una opción discrecional y no requiere la decisión de un órgano competente para ser aplicada. Es un principio incorporado en los reglamentos, que no puede estar sujeto a excepciones, y menos aún en medio de un torneo donde varios otros jugadores han estado en la misma situación y han cumplido regularmente su sanción. Cuando la certeza de las reglas ya no está garantizada por sus guardianes, la integridad del juego está en juego y la credibilidad de una competencia se ve socavada.»
La UEFA, como siempre, la voz de la razón. O al menos la voz de la coherencia. Porque si las reglas se cambian a mitad del torneo, entonces el torneo es un circo.
El aficionado gringo: la vergüenza ajena
Un aficionado estadounidense lo resumió perfectamente:
«Esto es una vergüenza absoluta para Estados Unidos. Una vez más, nuestro Presidente avergüenza a nuestra nación en el escenario mundial y ahora recurre a las redes sociales, jactándose de que su llamada telefónica a la FIFA cambió el resultado. Sienta un precedente absolutamente horrible que se está estableciendo aquí. Como ciudadano estadounidense, estaré apoyando a Bélgica para que gane este partido. No porque no ame a mi país, sino como deportista profesional de toda la vida que ha dedicado su carrera a promover el deporte en todo el mundo. Siempre he enseñado la importancia de la integridad y, lamentablemente, Estados Unidos le ha demostrado al mundo que no tenemos absolutamente ninguna.»
Este aficionado lo dice todo. Cuando tu propio ciudadano te pide que pierdas porque la integridad está en juego, algo está realmente podrido en el sistema.
La federación belga: defendiendo el fútbol (no a Bélgica)
La federación belga se mostró «asombrada» por la decisión que «contradice directamente las disposiciones del Reglamento de la Competición». El entrenador Rudi García dijo en conferencia de prensa en Seattle:
«No sabía que en las oficinas de la FIFA el 5 de julio correspondía al 1 de abril de Europa. Fue un descubrimiento para mí.»
En alusión al Día de los Inocentes. Rudi García, señores, es un poeta. Y Courtois, a su lado, no pudo contener la sonrisa. Porque cuando el fútbol se convierte en un chiste, lo mejor es reírse.
Eco de la eliminación de Brasil: la debacle anunciada
La eliminación de Brasil en octavos de final del Mundial 2026 no fue un accidente. Fue el punto final de un proceso de deterioro que venía gestándose desde hace años, y que encontró en la selección de Noruega un verdugo implacable, con Erling Haaland como su principal verdugo. Esta no fue una derrota casual, sino la crónica de una muerte futbolística anunciada.
La decadencia de una generación y el fin de una era
El fútbol brasileño se enfrenta a una sequía de títulos que ya se extiende por más de dos décadas, desde la conquista del penta en 2002. La generación que llegó a este Mundial, liderada por un Neymar en sus últimos coletazos, ya no podía ocultar su declive.
- Neymar, un líder disminuido: La imagen de Neymar llorando desconsolado al final del partido fue la postal de una despedida amarga, pero justa. Su participación en el torneo fue testimonial: solo 55 minutos jugados en todo el torneo y un gol de penal en el tiempo de descuento que ya no servía de nada. Su ingreso no mejoró al equipo y, para muchos, su convocatoria fue un error que buscaba apelar a la nostalgia más que al rendimiento.
- La sombra de Vinicius y la falta de «jogo bonito»: Vinicius Jr., el gran talento de esta generación, no pudo ser el líder que el equipo necesitaba. Se le señaló por no asumir la responsabilidad de lanzar un penal crucial en la primera mitad, y el equipo, salvo sus destellos, careció de la creatividad e inventiva que caracterizó a la Canarinha. El «jogo bonito» fue reemplazado por un fútbol pragmático, que no emociona y que solo saca resultados a duras penas.
El proyecto fallido de Ancelotti
La Confederación Brasileña apostó todas sus fichas por Carlo Ancelotti para devolver la gloria a la selección. Sin embargo, su proyecto no funcionó. El técnico italiano no logró imprimir una identidad clara al equipo, que se mostró frágil tácticamente y sin un plan de juego definido más allá de la defensa en bloque bajo y los contragolpes.
- Un equipo sin posesión y sin alma: En uno de los momentos más críticos del partido contra Noruega, Brasil registró una posesión de apenas el 27%, ante un 73% de su rival. Esta pasividad táctica, que algunos calificaron como «odiar la pelota», es una herejía para un equipo que históricamente se definió por el control del juego.
- Decisiones cuestionables: Ancelotti fue ampliamente criticado por su planteamiento. La prensa brasileña calificó su desempeño como «fatal», «desastroso» y de haber «destrozado» al equipo con sus cambios. La decisión de no hacer que Vinicius lanzara el penal recayó sobre él, y su idea de ceder el balón se mostró inútil ante una Noruega que no necesitaba dominar para ganar.
La ineficacia ofensiva: un penal fallado y ocasiones desperdiciadas
A pesar de sufrir en defensa y en la construcción de juego, Brasil tuvo oportunidades claras para adelantarse en el marcador y cambiar el rumbo del partido, pero las desperdició todas.
- El penal errado: Bruno Guimarães, el tercer lanzador de penales en la lista de Ancelotti, falló un penal en la primera parte. Este fue un momento crucial que podría haber torcido el destino del partido.
- La ocasión de Endrick: El joven Endrick también falló un mano a mano clarísimo que pudo haber significado el 1-0. La falta de contundencia en el área rival fue definitiva, una constante en el Brasil de los últimos años.
La aparición de Haaland: el verdugo perfecto
Mientras Brasil fallaba, Noruega tenía a un depredador en su área. Erling Haaland, con un doblete en los últimos diez minutos, fue la antítesis de la inoperancia brasileña.
- Un golpe de autoridad: Su primer gol fue un cabezazo letal tras una jugada individual, demostrando su poderío aéreo.
- La sentencia: Su segundo tanto fue un disparo lejano y certero que selló la eliminación y dejó sin reacción a la defensa. Con estos dos goles, Haaland alcanzó los 7 tantos en el torneo, liderando la tabla de goleadores junto a Messi y Mbappé.
En resumen: razones de la debacle
- Un equipo desdibujado y sin identidad: Brasil llegó al Mundial con un fútbol práctico, sin la alegría y la creatividad que lo definieron. Ancelotti no logró construir un proyecto sólido, y el equipo mostró una alarmante falta de ideas.
- Dependencia de individualidades: El plan era simple: darle el balón a Vinicius y esperar. El equipo no mostró un juego colectivo y naufragó cuando las figuras no estuvieron inspiradas.
- Decadencia generacional: La era de Neymar terminó de la peor manera. Sin un nuevo líder claro y con un plantel que no da garantías, el futuro de la Canarinha es incierto.
- Fallo en la definición: Un penal fallado y un mano a mano errado cambiaron la historia. La falta de contundencia en el área rival es un pecado capital en una Copa del Mundo.
- Un rival superior: Noruega, liderada por un Haaland descomunal, fue un equipo más efectivo y ordenado. Aprovechó sus oportunidades mientras Brasil las desperdiciaba.
Cierre: el fútbol como espejo del poder
El fútbol, una vez más, nos ha mostrado su doble cara. Por un lado, la emoción del juego, la épica de los partidos, la lucha de los equipos por trascender. Por otro, la podredumbre del poder, la intromisión política, la hipocresía de los que dicen defender el orden basado en reglas mientras lo pisotean.
México se va con la cabeza en alto, pero con el corazón roto. Inglaterra avanza, demostrando que la jerarquía, al menos en el fútbol, todavía existe. Estados Unidos pasa, pero con una mancha que nunca podrá borrar. Y Brasil, el eterno pentacampeón, se despide con la tristeza de saber que su era ha terminado.
El fútbol, como la vida, no es justo. Pero, a veces, la injusticia se disfraza de regla. Y otras veces, la regla se rompe con una llamada telefónica. Así es el mundo. Así es el fútbol. Así es todo.
Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y, en este caso, alguien dispuesto a llamar por teléfono para cambiarlo.
Imagen tomada de la portada digital de Daily Mirror
