Crónicas del Mundial: Justicia divina (o cómo Brasil fue devorado por sus propios fantasmas)
Brasil pierde, el fútbol gana y Noruega escribe su propia saga vikinga
Los vikingos de Noruega, con Haaland a la cabeza, demolieron a una débil selección brasileña. Sin atenuantes. Sin excusas. Sin señalamientos al VAR ni malos arbitrajes. Noruega jugó mejor, anotó dos goles y ratificó el mal momento que atraviesa el fútbol brasileño a nivel de selecciones. Fue justicia divina, dicen algunos. No, fue simplemente justicia futbolística. El mejor equipo ganó. Y el que se creía eterno, cayó. Una buena lección para la dirigencia de aquel país.
El Vikingo más impresionante de la historia
Este Haaland es un matador. Te puede liquidar de cabeza o de un tiro fuerte desde fuera del área. Y cuando busca una pelota, logra su objetivo. Es impresionante su fuerza, sus capacidades y la búsqueda constante de las opciones de gol.

Ancelotti: el italiano que llegó tarde (y se va temprano)
Ancelotti llegó al conjunto brasileño después de ser despedido del Real Madrid, de donde dijo nunca quiso irse. Llegó tarde, pues su contratación se retrasó una temporada para cumplir el contrato con el equipo blanco que ya no lo quería tener, pero él siempre retraso su llegada a Brasil. Mientras tanto, la selección brasileña venía de hacer su peor torneo clasificatorio de todos los tiempos. Solo en el año 2023, en pleno proceso clasificatorio, Brasil tuvo más derrotas que victorias, algo que no sucedía desde 1963, casi sesenta años atrás.
Con Ancelotti, obtuvo diez victorias, tres empates y cuatro derrotas. Sus números en el Mundial son más que discretos: un empate, dos victorias y una derrota, que significó quedar eliminado en las primeras de cambio del torneo mundial. El técnico italiano, ese que fue despedido del Real Madrid, ese que llegó tarde y con el equipo ya en crisis, no pudo hacer nada. Se dio que desde el primer partido contra Marruecos, nunca tuvo un equipo conformado. Y su esquema, fue el mismo que utilizaba en el Real Madrid. Quizás porque el problema no era el entrenador. Quizás porque el problema era más profundo. O quizás, simplemente, el fútbol ya no le debe nada a Brasil.
Noruega: los vikingos que no pidieron permiso
Durante el partido, Noruega tuvo más el balón que su rival. Controló a la perfección los contragolpes y manejó el mediocampo sin renunciar nunca al control del partido. Fueron más rápidos que sus pares brasileños. Y eso no es novedad, porque este Brasil tiene jugadores que ni son finos con el manejo de la pelota, ni son hábiles desmarcándose, ni corren, ni marca, ni controlan la pelota y nunca pudieron hacer tres pases seguidos sin estropear la jugada. Parecen postes en el terreno de juego, que cualquiera los supera con facilidad.
Cuando Cunha intentó hacer un autopase al borde del área grande, el defensa noruego que partió en desventaja lo superó casi de inmediato y lo rebasó en velocidad, eliminando así el peligro. Vinicius, por su parte, no tuvo una. Lo intentó por todos los medios posibles, pero su velocidad no daba para más. Y eso que es Vinicius, el mismo que en el Real Madrid parece imparable. Pero en la selección, con el peso de la camiseta y la presión de toda una nación, se convirtió en un jugador más. Uno más del montón.
Brasil: el equipo que perdió su identidad (y su dignidad)
El equipo brasileño de ahora no es aquel que controla el balón, regula el partido y toca la pelota hasta encontrar un hueco en las defensas contrarias. Este equipo es un geriátrico en la media cancha, con un Casemiro que tuvo la única opción de peligro en el segundo tiempo y decidió tirar un centro con la potencia de quien despeja el balón fuera del campo, en lugar de un mediocampista que llega franco para enfrentar al portero contrario.
Afortunadamente, Paquetá no salió de titular por una lesión. Su sustituto le dio más movilidad al ataque. Extrañamente, el técnico lo cambió. Endrick, el jovencito que no encaja en ningún equipo, tuvo una oportunidad, pero como siempre pasa en este equipo que no es fino en el manejo del balón, la tiró para afuera. Neymar no es ni la sombra de lo que algún día fue para el Barcelona. Su convocatoria solo restó, nunca sumó. Con la lesión de Raphinha, se imposibilitó tener un delantero más acorde a lo que el equipo brasileño representa.
Ryan no es, ni de lejos, un extremo para jugar la Copa del Mundo. Sus laterales nunca se proyectan al ataque, y eso resta presencia ofensiva, pero defiende con la lentitud que contagia a todo el resto de la defensiva. Magalhães nunca pudo con Haaland. Todas las pelotas disputadas fueron ganadas por el noruego. Marquinhos hace tiempo que debió irse de la selección. Afortunadamente, muchos de estos futbolistas ya no tendrán opción para estar en el otro Mundial, no solo por la edad, sino por el nivel de juego que tienen.
Brasil ha perdido su toque de balón (y no sabe cómo recuperarla)
Desde aquel Brasil de Sócrates y compañía, que fue eliminado por la Italia de Rossi, a este equipo se le ha modificado la identidad. Sus jugadores, con el paso del tiempo, se fueron convirtiendo en atletas de fondo, pero dejaron de jugar al fútbol especial. Aquellos tiempos, Brasil tenía la pelota. La hacía jugar a los laterales, el fútbol fluía naturalmente y por donde se veía existían asociaciones en las jugadas que permitían generar el llamado juego bonito. Ahora ni es bonito, ni es defensivo, ni es ofensivo. No es nada. Es un equipo sin alma.
La táctica de Ancelotti de esperar atrás en una defensa en bloque escalonado lo hace parecer un estratega desfasado. Desde la eliminación con Croacia en el Mundial anterior, este equipo no se ha recuperado del todo. Cuando el entrenador italiano apostaba a la habilidad de Vinicius, los noruegos tuvieron a Nusa y Sorloth en un ataque siempre peligroso, mientras por los extremos Odegaard y Berg llegaban sin marca y con facilidad al arco contrario.
Neymar nunca se encontró con el partido. Más porque es un jugador acabado, que ya no tiene las cualidades de antes. Endrick falló justo cuando tuvo todo para brillar. Cunha nunca se reencontró. Brasil se fue del Mundial como un equipo que ya no sabe lo que quiere. Y eso, en el fútbol, es la peor de las muertes.
Neymar
Es ese futbolista que vivió a la sombra de Messi. Neymar es, quizás, el futbolista que mejor ha sabido convertir el talento en un espectáculo secundario. Durante años vivió a la sombra de Messi, primero en el Barcelona, donde era el príncipe heredero que nunca llegó a rey; luego en el PSG, donde intentó ser el protagonista absoluto, pero la lesión, la inconstancia y la falta de carácter lo redujeron a una figura decorativa.
¿Qué más se puede decir de Neymar que sea malo? Que es un jugador de destellos, sí, pero de esos destellos que iluminan un partido y desaparecen en los siguientes tres. Que tiene más caídas que goles decisivos. Que su carrera es un monumento a lo que pudo ser y no fue. Que prefiere el show a la eficacia, el lujo a la consistencia, y las estadísticas de Instagram a los títulos que pesan en serio.
Pero lo peor de Neymar no está en la cancha. Está en su actitud. Es ese jugador que se tira al suelo como si hubiera recibido un disparo, que provoca faltas inexistentes y se revuelca con la misma intensidad con la que evita el esfuerzo defensivo. Es el futbolista que eligió el dinero sobre el legado, que prefirió ser el rey antes que un engranaje en un equipo histórico. Es el que, cuando Messi se fue del Barcelona, pensó que por fin llegaba su momento, pero en realidad solo demostró que sin la sombra del argentino, su propia luz se apaga.
Como persona, Neymar ha sido todo menos un modelo. Polémicas constantes, fiestas desmedidas, lesiones que siempre parecen coincidir con su cumpleaños, declaraciones que lo muestran como un eterno adolescente incapaz de asumir responsabilidades. Es el jugador que hizo del victimismo una bandera y de la simulación un arte.
Neymar no será recordado como uno de los grandes. Será recordado como el que pudo serlo y prefirió la frivolidad. Como el que tenía el talento para estar entre los mejores, pero le faltó el carácter para dejar de ser el eterno secundario. Como el que, a la sombra de Messi, encontró su lugar natural: no el centro del escenario, sino el borde, donde las luces no queman tanto pero tampoco iluminan lo suficiente.
Y quizás eso sea lo más triste de todo. Porque Neymar, con todo su talento, nunca entendió que el fútbol no se trata de ser el mejor en redes sociales, sino de ser el mejor cuando el partido lo exige. Y en eso, siempre estuvo a la sombra.
Brasil se autoelimina
El fútbol es un deporte caprichoso en donde la justicia no tiene nada que ver y la suerte menos. Pero en un partido mundialista, los mejores siempre sobresalen y predominan. Eso acaba de suceder, hoy Haaland esa bestia ofensiva de Noruega ha dejado con la boca cerrada a Neymar y Vinicius juntos.
Brasil vive de sus glorias pasadas, de su fútbol bonito, de su juego alegre y coqueto. También de sus héroes pasados, como Pelé, el verdadero Rey. O de jugadores como Rivelino, Zico, Sócrates, Junior, Cafú, Eder, Roberto Carlos, Rivaldo, Ronaldinho o Ronaldo, la bestia.
Ese fútbol de creación colectiva, de imaginar y de gustar ya no tiene héroes. El actual equipo brasileño ya no tiene estrellas. Solo obreros, que se creen dioses, pero no llegan, ni por asomo al talante de otras estrellas brasileñas.
Los de antes podía improvisar, salir jugando con soltura, tocar corto, o largo, de acuerdo a la necesidad y da un pase perfecto, haciendo que todo fuera bonito. Los actuales jugadores son incapaces de trasladar la pelota correctamente, sino que se lo pregunte a Endrick. O a Paqueta que cuando jugó di más pases malos que las pelotas que recuperó.
El fútbol no perdona. Brasil, por mucho que intente vestirse de campeón, con este equipo, lo mejor que le pudo pasar al futbol en general que hayan sido eliminados de una vez por todas.
Ancelotti padre huye, Ancelotti hijo se presenta a la entrevista
Es cierto que los entrenadores no tienen la culpa de que un jugador falle un penal, o de que cometa errores garrafales que le cuesten el partido a su equipo. Pero algo de culpa sí tienen cuando, teniendo la oportunidad de formar equipo, toman decisiones equivocadas y no logran los objetivos propuestos. Así que Carlo se fue y David encaró las preguntas.
El hijo de Ancelotti, cuando se le preguntó por la ausencia de su padre en la entrevista, fue directo:
«No lo sé, creo que no es una pregunta para mí.»
Y quizás tiene razón. No es una pregunta para él. Es una pregunta para toda una generación de jugadores que llegaron a la selección brasileña con el cartel de estrellas y se fueron con el sello de fracasados. Es una pregunta para la CBF, que durante años priorizó el dinero sobre el proyecto deportivo. Es una pregunta para el fútbol brasileño, que se olvidó de su esencia mientras celebraba sus cinco estrellas pasadas y que vista las cosas como están, quizás nunca más podrá alcanzar la sexta.
El Rey del mundo dice presente
El Mundial acaba de ser manchado por una intromisión política en una decisión de campo. Según múltiples reportes, fue presión directa de la Casa Blanca sobre la FIFA lo que logró anular la suspensión del delantero estrella de Estados Unidos. Una vergüenza histórica. El fútbol ya no es del pueblo: es del poder.

Cierre: el fútbol como espejo de la decadencia
Brasil se fue. Noruega sigue. El fútbol, a veces, tiene la cortesía de recordarnos que el pasado no siempre gana. Y que, aunque tengas cinco estrellas en el pecho, si no las defiendes, se convierten en cinco manchas.
Los vikingos, mientras tanto, siguen remando. Y los brasileños, como siempre, mirando al cielo preguntándose qué pasó. No fue el VAR. No fue el árbitro. No fue la mala suerte. Fue simplemente la constatación de que, en el fútbol moderno, la historia no te salva. Solo el juego.
Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y en el caso de Brasil, alguien dispuesto a cobrar sin dar nada a cambio.
