De Guatemala a Guatepeor

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Marcelo Colussi

Este texto está escrito pensando en un público lector no-guatemalteco, aunque también lo puede leer alguien dentro de Guatemala, por supuesto. Esperemos que a todo el mundo que lo visite, le aporte algo. Y, por supuesto, está abierto al debate.

Centroamérica es una región muy invisibilizada en la geopolítica, en los medios de comunicación, en el discurso académico. Esto sucede no solo en continentes fuera del americano; incluso en estas tierras, desde el sur hay mucho desconocimiento de la región. Esto tiene historia. El istmo centroamericano (Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá), desde la llegada de la invasión española, no fue el territorio más apetecido por los conquistadores, pues en la zona no existían las riquezas más codiciadas, como oro y plata. Por tanto, de algún modo fue un territorio olvidado. Desde el inicio, su historia estuvo marcada por la más cruda violencia; el militar español que dirigió su conquista fue Pedro de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés, considerado -incluso por sus mismos soldados- como el más cruel y sádico de los invasores que llegaron a tierra americana. Acotación marginal, que marca de algún modo la dinámica del país: Álvaro Arzú Irigoyen, descendiente de vascos, encumbrado millonario que fue presidente de la república y alcalde capitalino en reiteradas oportunidades, tenía en su despacho un enorme cuadro de este sanguinario personaje español.

En esa historia se inscribe Guatemala, cuna de la gran civilización maya -uno de los grandes momentos civilizatorios de la humanidad quienes, entre otros de sus grandes avances, llegaron en solitario al concepto de cero, utilizado en su sistema de numeración posicional y en sus complejos estudios astronómicos y calendáricos, además de grandes arquitectos y urbanistas-, cultura ya decaída en el siglo XVI, cuando la llegada de la invasión europea. Derrotados militarmente los grupos descendientes de los mayas (quichés, cakchiqueles, tzutujiles, etc.), habiendo sido centro político, económico y social de toda la zona cuando existía como Capitanía General -nunca llegó a virreinato-, su importancia a través de los siglos fue grande para la región, siendo hoy la mayor economía de Centroamérica (novena a nivel latinoamericano, aportando casi el 40% del PBI de la región istmeña y de las islas del Caribe), y foco cultural de relevancia (cuarta universidad fundada en el “Nuevo Mundo”, en 1681, actualmente con dos Premio Nobel en su haber -Miguel Ángel Asturias y Rigoberta Menchú-, y un interesante desarrollo científico en la región: avances en nanotecnología, pionera regional en cirugías de corazón abierto en niños, invención del café soluble en agua, desarrollo del medicamento contra la sífilis infantil).

Guatemala no es pobre, sino que está empobrecida. Al igual que todos los países de la región, despectivamente conocidos como “banana countries” (repúblicas bananeras), tiene la enorme desgracia de esta historia de violencia, racismo y super explotación que la marca a fuego, además de estar a un paso del imperio. Esto la ha condenado a ser un laboratorio para muchos experimentos sociales que Estados Unidos desarrolló en estas tierras: prueba de las vacunas contra la sífilis en los años 50, proyecto de desaparición forzada de personas (45.000 desaparecidos) que implementara luego en todo el continente durante la Guerra Fría, movilizaciones manipuladas contra la corrupción (especie de “revolución de colores”), experimentada en este país (mandando preso al entonces presidente Otto Pérez Molina), luego implementada en el Sur (Lula, Dilma Roussef, Cristina Fernández presos, Rafael Correa perseguido). Por lo pronto, aunque eso no se declara oficialmente, Guatemala es hoy la virtual frontera sur de la potencia del Norte. De aquí no debe pasar ningún migrante hacia Estados Unidos, y sí debe recibir los deportados de cualquier país que el gobierno de Trump está enviando (virtual CECOT salvadoreño).

Permítasenos hacer esta comparación: a mediados del siglo XIX un fantasma recorría Europa. Así lo decían Marx y Engels en 1848 en su famoso Manifiesto: “el fantasma del comunismo”. Casi dos siglos después, vemos que ese fantasma ha tomado otro aspecto, muy distinto sin dudas, y se ha corporizado: la ultraderecha pisa fuerte. Ya no es un fantasma: es una realidad apabullante.

Esto es un fenómeno mundial, y en Latinoamérica ha sentado sus reales con toda la fuerza. “¿Por qué votaste por Milei?”, se le pregunta a un joven en Argentina. “Porque es cool ser fascista” responde, quizá sin saber qué está diciendo exactamente, sin tener cabal conocimiento de qué es el fascismo. ¿Cómo ha sido posible llegar a ese extremo?

Muchos elementos se juegan para este corrimiento hacia posiciones de extrema derecha en el subcontinente, donde el electorado elige a candidatos especialmente conservadores, antipopulares (¿sus verdugos?), seguramente sin saber qué están escogiendo: años de neoliberalismo y entronización del individualismo -sálvese quien pueda, aun pisándole la cabeza a su vecino-, el agotamiento de los socialismos reales -la desintegración del campo socialista europeo fue fatal-, crisis general del sistema capitalista -similar o peor que la de 1930-, tendencias político-culturales que se repiten acríticamente como modas -¿eso será lo cool?-, falta de propuestas creíbles en las izquierdas partidarias, bombardeo mediático impresionante con mensajes adormecedores. Ante todo ese panorama, los candidatos de ultraderecha, rayanos en el neofascismo, con propuestas hiper violentas y supremacistas, avanzan. ¿Por qué la gente no reacciona, sino que los acoge con alegría? Los tiempos actuales son de triunfo (esperemos que pasajero) del capital; las clases trabajadoras están adormecidas, embobadas (¿cuántos millones de personas estarán viendo ahora partidos de fútbol del Mundial?). “Vamos a destripar a la izquierda”, dice el recién electo presidente de Colombia; “Rata, excremento humano, zurdo de mierda”, vocifera el payasesco mandatario argentino. Washington, por supuesto, los alienta sonriente mientras se frota las manos.

Guatemala es de los pocos países del continente donde esa marea no ha llegado todavía. El actual presidente, que no es de izquierda -hijo del que fuera mandatario progresista en 1944, Juan José Arévalo-, arribó al poder con una aureola de socialdemocracia y progresismo. “Pero ya hablamos con él y lo volvimos al redil”, confiesa un alto empresario multimillonario en charla privada. La experiencia de un par de años de gobierno ha dejado ver que allí había muchas, quizá demasiadas expectativas de un electorado votante, pero no propuestas reales de cambio con firmeza. La lucha contra la corrupción de estructuras mafiosas enquistadas en el Estado, que fue su caballito de batalla durante la campaña proselitista, nunca se pudo llevar adelante.

En el país hace ya un largo tiempo, originada mientras tenía lugar el conflicto armado interno de 36 años de duración, se fue generando una suerte de red que, actuando en las sombras y amparada en el poder que le confería el Estado contrainsurgente de aquellos años en plena Guerra Fría, doctrina de Seguridad Nacional y combate feroz al enemigo interno, se fortaleció como grupo económico y, por supuesto, con poder político. A ese contubernio se le ha designado de distintas maneras. “Poderes ocultos” o “poderes paralelos”. Desde hace algunos años se le conoce popularmente como “Pacto de corruptos”. ¿Qué es exactamente ese entramado?

Según una definición aportada por la organización WOLA: “La expresión poderes ocultos hace referencia a una red informal y amorfa de individuos poderosos de Guatemala que se sirven de sus posiciones y contactos en los sectores público y privado para enriquecerse a través de actividades ilegales y protegerse ante la persecución de los delitos que cometen. Esto representa una situación no ortodoxa en la que las autoridades legales del estado tienen todavía formalmente el poder pero, de hecho, son los miembros de la red informal quienes controlan el poder real en el país. Aunque su poder esté oculto, la influencia de la red es suficiente como para maniatar a los que amenazan sus intereses, incluidos los agentes del Estado”.

La Fundación Myrna Mack, por su parte, lo define como “Fuerzas ilegales que han existido por décadas enteras y siempre, a veces más a veces menos, han ejercido el poder real en forma paralela, a la sombra del poder formal del Estado”.

Esos poderes, que ya llevan años acumulando poder económico (hasta 10% del PBI, reveló un informe extra oficial de uso interno de Naciones Unidas) y presencia política, cada vez se enseñorean más, manejando buena parte de las estructuras estatales, actuando son arrogante soberbia e impunidad.

El llamado “Pacto de corruptos” en las últimas elecciones, contra todo pronóstico, perdió la presidencia, aunque mantiene otros espacios de poder: el sistema de justicia con muchos jueces comprados, el Congreso, la Corte de Constitucionalidad, numerosas alcaldías a lo largo y ancho del país, y la universidad pública, la tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala -USAC-, que juega un papel fundamental en el concierto político del país, un orgullo nacional en otros tiempos, hoy manejada por un rector que llegó a la dirección con un alevoso fraude y el apoyo de grupos facinerosos armados, que recuerdan más a Al Capone que a una casa de altos estudios. Todos estos sectores, haciendo sus negociados, se mueven con total impunidad. El Ministerio Público, que ahora aparentemente cambió de perfil estando de manos de un jurista probo y transparente -¿ya le pasarán su factura?-, estos últimos años se dedicó exclusivamente a apañar actos de corrupción.

Ahora prácticamente está comenzando la campaña política para las próximas elecciones de junio de 2027. Los sectores más recalcitrantes y de extrema derecha, que siguen manteniendo sus enormes cuotas de poder, se alistan para recuperar el Ejecutivo. En realidad, es el único estamento de dirección política que hoy no detentan, pues se los encuentra en todos los anteriormente citados.

Recientemente el periódico estadounidense The Washington Post publicó una nota donde indica que ciertos sectores políticos y empresariales guatemaltecos ubicados en la derecha y ultraderecha han estado cabildeando en los pasillos del poder en Washington, buscando recuperar una posición política dominante, que ahora no tienen en su totalidad, dado que la Casa Blanca, con la presidencia del actual mandatario Bernardo Arévalo, no les dio el beneplácito en su momento. Se trataría, entonces, de un posible fuerte giro hacia la derecha, acorde a lo que está pasando en el resto de países de Latinoamérica.

¿Qué le espera a Guatemala para el futuro inmediato y a mediano plazo? Para los sectores más acomodados, los que sí llegan sin problema a fin de mes y no viajan en transporte público (¡viajan en helicóptero propio!), les espera la posibilidad de seguir con su buen pasar. Recordemos, citando una investigación realizada por la empresa Wealth-X, asociada al banco suizo UBS -Union Bank of Switzerland-, en absoluto sospechosa de comunista, realizada en el año 2015 pero totalmente vigente al día de hoy (hace 200 años que eso no cambia, desde que Guatemala es una república “independiente”), que: “0.001 por ciento de los 15 millones de guatemaltecos tienen más capital que el resto de la sociedad. (…) Hay 260 ultra-ricos guatemaltecos que poseen un capital de US$30 mil millones, lo que representa el 56% del PIB. (…) Esto equivale a lo que el Estado de Guatemala recauda cada cuatro años”. Para ese grupo parece que un gobierno con talante progresista -pero que no realiza ningún cambio real, tal como está sucediendo ahora con Arévalo- o un ultraderechista como Javier Milei (Argentina), José Antonio Kast (Chile), Daniel Noboa (Ecuador), Rodrigo Paz (Bolivia), Jair Bolsonaro (Brasil), Keiko Fujimori (Perú) o Abelardo de la Espriella (Colombia), no le altera básicamente sus negocios.

Para sectores vinculados al ámbito político (léase Pacto de corruptos, toda esa gente como el actual rector de la universidad pública, Walter Mazariegos, o todo ese campo de oportunistas que se mueven con la impunidad del poder), ese paso a posiciones de ultraderecha bendecidas desde la eventual nueva presidencia, y desde Estados Unidos, los fortalece. Pero para el gran campo popular, aquellos que sobreviven con un sueldo mínimo -si tienen la dicha de tenerlo: menos de la mitad de la población económicamente activa- que no cubre ni la mitad de la canasta básica, donde se da el 60% de pobreza -si es en área rural: peor aún, y peor todavía para las mujeres-, donde hay desnutrición y muy poca, o casi nula escolaridad (solo 6 años a nivel nacional), para quienes viajar a Estados Unidos como migrante irregular siempre fue una salida, para ese gran conglomerado, posiciones de derecha extrema no son buenas noticias. Que haya estabilidad macroeconómica y una inflación bien manejada no significa que a la población le vaya muy bien. ¿Por qué será “cool” ser fascista entonces?

Ante ese panorama, y viendo cómo se pinta el escenario mundial, por supuesto que no solo en Latinoamérica (“Nuestro hemisferio”, dijo exultante el presidente de Estados Unidos) sino en todo el orbe, cabe decir: ¡De Guatemala a Guatepeor!

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