Los usos y abusos de Gramsci para entender Latinoamérica en el Siglo XXI
Marco Fonseca
Más que una simple diferencia terminológica, el debate sobre la hegemonía refleja una diferencia metodológica y estratégica. En el análisis sobre la derrota electoral del Pacto Histórico en Colombia aparece una formulación recurrente en buena parte de la izquierda contemporánea cuando se afirma, como lo hace Daniel Santiago Roldán en Diario Red, que la tarea consiste en librar “una lucha larga por la hegemonía”. Esa expresión parece sugerente, incluso Gramsciana, pero reproduce una lectura simplificada de Gramsci que termina identificando la política con la construcción de una hegemonía alternativa como se hace en las versiones más simples de Relaciones Internacionales. Sin embargo, esa interpretación oscurece el núcleo del problema y, de hecho, sigue distorsionando el pensamiento de Gramsci mismo.
En Gramsci, como lo demuestro en mi libro Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony, la hegemonía designa una forma de dirección y dominio característica de sociedades divididas por profundas relaciones de poder. No constituye un ideal político que deba ser replicado por cualquier proyecto emancipador. Convertir la hegemonía en el horizonte estratégico de las fuerzas populares implica aceptar la lógica misma que se pretende superar, es decir, una lógica que se basa en un engaño fundamental – creer que se es libre, cuando en realidad se permanece en el sometimiento y la subalternidad. La cuestión decisiva consiste más bien en construir formas de articulación democrática capaces de ensamblar y ampliar la autonomía política de los grupos subalternos y debilitar progresivamente las relaciones hegemónicas existentes y sus trucos ideológicos. El objetivo no es, pues, reemplazar una hegemonía por otra, sino abrir procesos de ruptura con la forma misma de la dominación hegemónica. A eso Gramsci lo llama la lucha por la autonomía integral sin caer en la “estadolatría” o hacer del Estado un fetiche político.
Algo parecido ocurre con la idea de un “sedimento político”. El concepto remite a tradiciones de la ciencia política liberal, particularmente a las influencias asociadas con Seymour Martin Lipset, donde las culturas políticas aparecen como depósitos relativamente estables de valores y lealtades. Esa perspectiva tiende a reducir la conflictividad histórica a acumulaciones graduales de actitudes políticas, dejando en segundo plano las rupturas, las contradicciones y las transformaciones impulsadas desde abajo. Resulta insuficiente para comprender procesos abiertos de recomposición popular.
Más sugerente resulta la referencia a la “potencia plebeya” trabajada por García Linera. Sin embargo, identificar esa potencia con el Pacto Histórico introduce una confusión problemática. La potencia plebeya constituye una capacidad social difusa, contradictoria y excedente respecto de cualquier organización política concreta. Ningún frente electoral puede apropiarse de ella como si fuese su expresión definitiva o exclusiva. El Pacto Histórico representó una cristalización temporal y contingente de determinadas fuerzas sociales, pero nunca logró ensamblar una articulación democrática suficientemente amplia y estable que transformara aquella potencia en un proceso duradero de construcción política contrahegemónica. Precisamente allí radica uno de sus principales déficits tanto durante el gobierno de Petro como durante la campaña electoral de Cepeda.
La discusión sobre el espontaneísmo ofrece otro ejemplo de esta limitación. El artículo de Roldán contrapone espontaneísmo e instrumento político, aunque termina reduciendo el instrumento a la maquinaria electoral y al partido. En Gramsci, el espontaneísmo posee una densidad mucho mayor. Expresa formas autónomas de acción popular que contienen experiencias, saberes y capacidades organizativas imposibles de reducir a la dirección partidaria. Como lo muestro en mi libro La articulación democrática, el problema nunca fue ni debe ser eliminar esa espontaneidad, sino desarrollar una relación creadora entre ella y formas amplias y diversas de ensamblaje y articulación democrática. Cuando el instrumento queda reducido al ciclo electoral, toda derrota termina interpretándose como una insuficiencia organizativa de campaña.
Desde esa perspectiva, explicar el fracaso por la desigualdad de recursos, la fuerza de las maquinarias o el apoyo tecnológico recibido por la ultraderecha aporta elementos relevantes que no podemos subestimar, aunque deja intacto el problema estratégico de fondo. Es evidente que el trumpismo y los nuevos dispositivos tecnofascistas modifican profundamente las condiciones de la competencia política tanto nacional como internacional. Sin embargo, ninguna ventaja tecnológica puede sustituir la ausencia de una articulación democrática profunda – complementada con un proceso simultáneo de lo que Gramsci llamó “reforma intelectual y moral” – capaz de sostener procesos de largo plazo más allá de las coyunturas electorales y los ciclos presidenciales.
Por esa misma razón resulta difícil aceptar que la salida consista en recuperar el gobierno mediante un nuevo proyecto hegemónico destinado a unificar un “bloque amplio”. Esa formulación, aparte de ser circular y repetir lo mismo de siempre, mantiene intacta la lógica estatal y electoral que precisamente mostró sus límites tanto con Petro como con Cepeda. La tarea consiste en fortalecer formas múltiples de articulación democrática que conecten movimientos sociales, organizaciones territoriales, experiencias comunitarias, espacios culturales, redes intelectuales y expresiones políticas sin subordinarlas a una única dirección centralizada o “unificada”. La unidad deja entonces de entenderse como homogeneización para convertirse en una articulación abierta de diferencias.
Finalmente, la propuesta de un “tecnoleninismo” abre preguntas que el propio texto de Roldán deja sin responder. Hablar de leninismo exige distinguir fases claramente distintas, quizás no “rupturas epistemológicas” en el sentido de Althusser, pero sí momentos con sus propias lógicas. Existe un Lenin anterior a 1917 caracterizado por una enorme creatividad estratégica, flexibilidad táctica y capacidad de leer coyunturas cambiantes – incluso en contradicción con el consenso dominante dentro de los bolcheviques mismos. Existe igualmente un Lenin posterior cuya práctica quedó crecientemente condicionada por la guerra civil, la centralización administrativa y el fortalecimiento del aparato burocrático. Ignorar esa diferencia convierte el leninismo en una etiqueta vacía. La cuestión verdaderamente relevante no consiste en actualizar una tradición organizativa del siglo pasado mediante herramientas digitales del siglo presente, sino en desarrollar nuevas formas de articulación democrática – con ayuda de todo instrumento apropiado y disponible para efectos de emancipación – capaces de responder a las condiciones del capitalismo contemporáneo sin reproducir las limitaciones heredadas de los modelos partidarios clásicos.
