Walter Benjamin frente al abismo contemporáneo

marco

Marco Fonseca

El 15 de julio de 1892 nació Walter Benjamin, uno de los pensadores más originales y trágicamente interrumpidos del siglo XX. Hoy, más de 130 años después, su figura resurge con renovada urgencia en medio de una coyuntura global de devastación climática, crisis civilizatoria, descomposición política de las izquierdas y la emergencia de nuevas formas de fascismo —ahora tecnológicamente mediadas— que convergen con una restauración imperial de viejo cuño. Frente a este panorama, cabría preguntarse: ¿qué puede ofrecernos el pensamiento benjaminiano? ¿En qué medida sus fragmentos teóricos, aforismos fulgurantes y montajes filosófico-políticos nos ayudan a iluminar, o incluso a interrumpir, esta marcha hacia la catástrofe?

Un pensamiento contra la continuidad del desastre

Benjamin no fue un filósofo sistemático en el sentido tradicional. Su obra, dispersa en ensayos, cartas y proyectos inconclusos, es una constelación que sólo cobra sentido a través de la lectura crítica y política que resalte la continuidad de sus argumentos como también sus tensiones internas. Si algo recorre de manera persistente su trabajo es la idea de que la historia no es una línea de progreso guiada por leyes inexorables, sino una serie de catástrofes encadenadas, una tormenta que sopla desde el paraíso y nos arrastra de espaldas hacia el futuro.

En tiempos donde tanto las derechas como sectores de las izquierdas aún se aferran a imaginarios desarrollistas, tecnocráticos o progresistas, Benjamin nos ofrece una ruptura radical con esa temporalidad. Su célebre novena tesis “Sobre el concepto de historia”, donde el ángel de la historia contempla los escombros del pasado, resuena hoy con brutal vigencia. La catástrofe no es lo que podría pasar si fallamos. Es, decía él, que las cosas sigan como están.

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él vemos a un ángel que parece estar alejándose de algo mientras lo mira con fijeza. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas desplegadas. Ése es el aspecto que debe mostrar necesariamente el ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde se nos presenta una cadena de acontecimientos, él no ve sino una sola y única catástrofe, que no deja de amontonar ruinas sobre ruinas y las arroja a sus pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido. Pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se ha aferrado a sus alas, tan fuerte que ya no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que frente a él las ruinas se acumulan hasta el cielo. Esa tempestad es lo que llamamos progreso.”

Fragmentación de las izquierdas y la pérdida del horizonte

El siglo XXI se ha caracterizado por la multiplicación de luchas dispersas, fragmentadas, a menudo sin un proyecto democrático que las articule. Las izquierdas, en plural, han perdido o renunciado a toda capacidad de imaginar futuros emancipatorios estructurales. En lugar de eso, se repliegan sobre reformas mínimas y pragmáticas que llaman “realistas”, gestos morales o políticas identitarias vaciadas de fuerza material.

Aquí, Benjamin se presenta no como un doctrinario, sino como un pensador de la interrupción y el corto circuito. En su figura del “salto de tigre hacia atrás” hay una clave: para avanzar políticamente no basta con proyectar futuros; es necesario reconfigurar nuestro vínculo con el pasado. Contra la historia como relato victorioso, Benjamin propone una lectura alegórica y estratégica: rescatar los momentos de insurrección, las derrotas olvidadas, las posibilidades no realizadas.

“La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío sino el que está lleno de “tiempo del ahora” [jetztzeit]. Así, para Robespierre la antigua Roma era un pasado cargado de “tiempo del ahora” que él hacía saltar del continuum de la historia. La Revolución Francesa se entendía a sí misma como un retorno de Roma. Citaba a la antigua Roma tal como la moda a veces cita a un atuendo de otros tiempos. La moda tiene un olfato para lo actual donde quiera que lo actual dé señas de estar en la espesura de lo de antaño. La moda es un salto de tigre al pasado. Sólo que tiene lugar en una arena en donde manda la clase dominante. El mismo salto, bajo el cielo libre de la histona, es ese salto dialéctico que es la revolución como la comprendía Marx.”

Este gesto casi teológico de redención de lo no cumplido no debe confundirse con nostalgia o idealismo. Es una táctica crítica: mirar el pasado no como archivo muerto, sino como campo de batalla, donde todavía puede rescatarse lo que fue enterrado por los vencedores. La misma mirada que debemos ponerle al presente, como una construcción que se mantiene parada gracias a todos los esqueletos que ha enterrado la clase dominante. Como dice Benjamin en la Tesis VII: “No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie”. En tiempos de derrota y parálisis, esta mirada permite recomponer una política de la memoria insurgente, una contra-historia, una contra-arqueología del presente, que se niega a aceptar la victoria del presente y todos sus monumentos.

Technofascismo: estetización de la política, reapropiada

La noción benjaminiana de “estetización de la política”, como aparece en el epílogo de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, cobra especial sentido ante el avance de los nuevos autoritarismos digitales. Benjamin analizó el fascismo como una forma que, en lugar de transformar las condiciones materiales de existencia, ofrecía a las masas la experiencia de su propia participación en el espectáculo del poder – la hegemonía en una de sus máximas expresiones. En otras palabras, el fascismo les daba una función estética en la maquinaria de su opresión.

Hoy, esta lógica se actualiza en un nivel superior. Plataformas digitales, algoritmos de recomendación, inteligencia artificial y redes sociales conforman una estetización algorítmica de la política, incluyend la conspiración y la posverdad, donde las emociones, identidades y deseos se manipulan a escala planetaria. El tecno-fascismo no se limita al uso de tecnologías por parte de regímenes autoritarios; es una forma de gobierno basada en la captura estética, afectiva y conductual de las masas, en su transformación en flujo de datos y en la producción de subjetividades profundamente conservadoras. Es un nuevo modelo de hegemonía y muy poca gente lo ha entendido.

Aquí, Benjamin vuelve a ser clave: no para rechazar la técnica en bloque, sino para pensar una reapropiación materialista y crítica de la tecnología. Frente a la estetización fascista, Benjamin hablaba de una politización del arte, es decir, una ruptura con el espectáculo para construir experiencias colectivas de percepción transformadora y emancipadora. La izquierda tecnológica que no haga esta crítica, que confíe ciegamente en la innovación, la inteligencia artificial, la cibernética de Silicon Valley, corre el riesgo de repetir, esta vez en clave postmoderna, los errores de la socialdemocracia ante el fascismo histórico.

Restauración neoimperial y teología profana

La actual ofensiva global de potencias imperiales (EE.UU., Rusia, China, la UE) reproduce, bajo ropajes extractivistas, neoliberales o autoritarios, formas de dominación que Benjamin hubiese reconocido: la continuidad del colonialismo bajo nuevas formas. Las guerras, el control de recursos, las fronteras militarizadas y la gestión racista de las poblaciones desplazadas son parte de un nuevo orden neoimperial que se presenta como inevitable.

Benjamin, lector cuidadoso de Marx pero también de la mística judía, no separaba la crítica material de la dimensión simbólica. Su idea de una “teología profana” es profundamente provocadora: nos invita a pensar que toda transformación política requiere también una ruptura del tiempo histórico lineal, de los ídolos del progreso, del culto al Estado o al capital, la adoración de Mamón. No se trata de religiosidad, sino de entender que los pueblos luchan también con mitos, imágenes, esperanzas y formas no racionales de saber y resistir. Como lo puso en su Libro de pasajes:

“Mi pensamiento se relaciona con la teología como el papel secante (Löschblätt) con la tinta. Está empapado (ganz von ihrvollgesogen) en ella. Pero si pasara al papel secante no quedaría nada de lo escrito.”

En este sentido, Benjamin no fue un ilustrado tardío, sino un pensador que intuyó, como pocos, que la emancipación necesita símbolos, memoria, interrupciones, pasajes y choques, no sólo argumentos, programas o movilizaciones catárticas. Esta lectura mítica y alegórica del poder puede ser valiosa para las luchas decoloniales, comunitarias, indígenas y ambientales que articulan resistencia desde horizontes diferentes al racionalismo eurocentrado. Por eso, a la filosofía de la praxis, Benjamín le añadía un suplemento teológico. Como lo pone en su primera tesis:

“Según se cuenta, hubo un autómata construido de manera tal, que a cada movimiento de un jugador de ajedrez respondía con otro que le aseguraba el triunfo en la partida. Un muñeco vestido de turco, con la boquilla del narguile en la boca, estaba sentado ante el tablero que descansaba sobre una amplia mesa. Un sistema de espejos producía la ilusión de que todos los lados de la mesa eran transparentes. En realidad, dentro de ella había un enano jorobado que era un maestro en ajedrez y que movía la mano del muñeco mediante cordeles. En la filosofía, uno puede imaginar un equivalente de ese mecanismo; está hecho para que venza siempre el muñeco que conocemos como “materialismo histórico”. Puede competir sin más con cualquiera siempre que ponga a su servicio a la teología, la misma que hoy, como se sabe, además de ser pequeña y fea, no debe dejarse ver por nadie.”

Imaginemos lo que esto significa en las luchas contra el neopentecostalismo, el dominionismo y el sionismo (antisemita) que hoy prevalece entre las derechas extremas y genocidas.

Dialéctica en suspenso: el mesianismo como forma de urgencia

Uno de los conceptos más controvertidos en Benjamin es su uso del mesianismo, no en sentido religioso tradicional, sino como figura de la urgencia política. Para Benjamin, el tiempo mesiánico irrumpe no cuando se cumplen las condiciones objetivas, sino cuando se detiene el tiempo vacío del progreso, cuando se produce una fisura, una chance, una interrupción inesperada que lo cambia todo.

Hoy, frente al cinismo liberal, al derrotismo postmoderno y al nihilismo de las redes, Benjamin nos ofrece una forma de esperanza no ingenua: una esperanza atravesada por la conciencia del desastre, por el duelo, pero también por la posibilidad de actuar ahora, en este instante de peligro, como si el tiempo fuese a acabarse.

“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘tal como verdaderamente fue’. Significa apoderarse de un recuerdo tal como este relumbra en un instante de peligro”.

Reescribir desde las ruinas del neoliberalismo y la globalización

Benjamin no es un manual ni un programa. Es una caja de herramientas teológico-políticas para pensar entre o desde – como dice Wendy Brown – las ruinas del neoliberalismo y la globalización, para actuar en tiempos de derrota y desolación sin ceder al cinismo o a la barbarie, y para hacer de la memoria una fuerza insurgente. Su pensamiento es particularmente útil no para los momentos de estabilidad o normalidad, sino para los momentos de fragmentación, confusión y peligro, como el nuestro, ahora, aquí.

Frente al tecno-fascismo, nos ofrece una crítica estética y política de la técnica. Frente a la restauración imperial, una teología profana que rompe con la continuidad del poder. Frente a la fragmentación de las izquierdas, una política de la memoria y la interrupción. Frente al colapso ambiental y civilizatorio, una relectura mesiánica de la historia como campo de lucha.

Tal vez el mayor legado de Benjamin no sea una teoría, sino un estilo de pensamiento: uno que no se conforma con comprender el mundo, sino que intenta encontrar en sus fisuras la posibilidad de redención. Y esto, en tiempos donde el futuro ha sido cancelado, es ya un acto de insurgencia e insurrección.


Fuente Blog #RefundaciónYa

Facebook comentarios