Vuelve el enemigo comunista

marco rubi

Arantxa Tirado / LaMarea

Con una nota de prensa, el Departamento de Estado de Estados Unidos de América (EE. UU.) informaba el 15 de julio de la celebración al día siguiente de una reunión ministerial “para combatir el resurgimiento del terrorismo político”. Dicha reunión, presidida por el secretario de Estado, Marco Rubio, ha convocado a representantes de más de 60 países, con el propósito de “fomentar una acción conjunta más firme” frente a la “amenaza renovada” que supone, a criterio del Gobierno de EE. UU., “el terrorismo político de extrema izquierda”.

Si no fuera porque vivimos en tiempos de la posverdad, en los que cualquier declaración puede disociarse de la realidad o realizarse sin tener correlato en los hechos, sorprendería leer que existe algo así como un “terrorismo político de extrema izquierda” y que, además, constituya una amenaza a las sociedades del mundo libre. A la dificultad de encontrar ejemplos concretos y contemporáneos de dicha amenaza transnacional se une la ambigüedad de un término, extrema izquierda, cuya definición es objeto de debates y no pocas discrepancias

Aunque la reunión se había planteado como una alianza de gobiernos afines, países gobernados por fuerzas progresistas, como México o España, fueron invitados a participar, en lo que parece más bien un intento de cuadrar las agendas internacionales bajo los parámetros ideológicos de la actual administración estadounidense. Esto no es nuevo y ya lo vimos en la guerra global contra el terrorismo desatada por George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, un punto de inflexión en la política global de EE. UU. que desplegó un unilateralismo que hoy se profundiza bajo la segunda presidencia de Donald Trump. 

Pero el momento geopolítico es otro y el declive hegemónico de EE. UU. se acelera hoy a pasos agigantados. Tras el distanciamiento entre EE. UU. y sus aliados occidentales por las diferencias sobre la OTAN o la crisis con Groenlandia, ahora EE. UU. impulsa una reunión que quiere convencer a los gobiernos del mundo de que comparten una “amenaza transnacional”, un enemigo común conformado por las fuerzas antifascistas, comunistas y marxistas. Convencer o, viendo el proceder anti diplomático de esta administración, sería más preciso afirmar informar. 

Del islamismo radical como enemigo público número en la cruzada de Bush hijo, EE. UU. pasa a crear un nuevo enemigo etéreo donde, como en un cajón desastre, toda disidencia será etiquetada como terrorista. La coincidencia del anuncio de esta reunión con la detención en Ibiza del multimillonario estadounidense pro-palestino, Fergie Chambers, a pedido de EE. UU., acusado de “financiación del terrorismo” por apoyar organizaciones de la resistencia palestina, es un claro mensaje de lo que espera a cualquier ciudadano que confronte a EE. UU. y al sionismo. Un destino que será todavía peor para las personas anónimas y sin recursos que se enfrenten al brutal dominio imperialista que EE. UU. pretende ejercer en todo el mundo, sea directamente o a través de sus aliados. 

Marco Rubio, líder ideológico y anticomunista

Además de las declaraciones de Trump tildando de comunista a cualquier posición que sea mínimamente progresista, quien parece llevar la batuta del discurso más político en esta administración no es siquiera el presidente Trump sino el secretario de Estado, Marco Rubio, secundado por el asesor de Seguridad Nacional, Stephen Miller, que también participó con unas palabras. El discurso de más de media hora de Marco Rubio estuvo enfocado a vincular la violencia política con la izquierda revolucionaria, en un ejercicio de proyección digno de análisis psicológico

La perorata de Rubio tuvo el tono de un predicador religioso que establece un mundo dual donde las fuerzas del bien y el mal se oponen, como en los mejores tiempos del macartismo. Llegó a decir que el “comunismo es un mundo sin Dios”, “un mundo sin valentía, sin creatividad ni ambición, un mundo sin héroes, sin gloria ni grandes causas por las que luchar; un mundo sin milagros, sin mitos, sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar hazañas increíbles y extraordinarias”. Fidel Castro, cuyo centenario natal se cumple en unas semanas, se ríe desde el más allá. También añadió Rubio que “el comunismo nunca funciona en la práctica”. Olvidó mencionar que EE. UU. ha hecho grandes esfuerzos para evitar que el comunismo pueda funcionar en ningún país del globo. 

De hecho, Rubio ha tenido un gran papel en el despliegue de la agenda anticomunista desde las instituciones estadounidenses. Su recorrido político ha dejado una impronta fuertemente ideológica desde sus tiempos de representante local en Miami y su llegada al Senado en 2010, apoyado por el reaccionario Tea Party, representando a la Florida, como explica Hedelberto López Blanch en su libro Rubio. Un mitómano incontrolable. Miembro del poderoso lobby anticastrista que ha condicionado la política exterior estadounidense en administraciones demócratas y republicanas, el senador Rubio fue el impulsor además de varias de las principales leyes de acoso y derribo a la Venezuela bolivariana, como la Venezuela Defense of Human Rights and Civil Society Act de 2014, renovada en 2016 y 2023, o la VERDAD Act de 2019. Leyes que han servido para establecer un marco político sobre el que armar la arquitectura legal para la imposición de las más de 1.000 medidas coercitivas unilaterales que EE. UU. impuso a Venezuela antes del 3 de enero. Como en tiempos de la Guerra Fría y el macartismo, Rubio veía comunismo por encima de la realidad.

Con este acto sobre “la amenaza de la extrema izquierda”, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha dado un paso más en su ofensiva ideológica que le sirve para marcar línea política en una administración que está ejerciendo un interesado “pragmatismo” en su relación con Venezuela. Aunque Rubio es protagonista de dicha estrategia de control sobre el país, su supuesta cordialidad y buen trato actual con las autoridades chavistas contrasta con sus posicionamientos previos y su discurso abiertamente hostil contra la dirigencia cubana. En este sentido, el acto del 16 de julio le sirve para escenificar una línea dura que hace no olvidar que los grupos de poder al mando de la todavía principal potencia mundial no van a conformarse con el control de los recursos, sino que deben derrotar ideológicamente a las alternativas políticas que se les enfrenten.

¿Luchar contra un enemigo que ya no existe?

Conviene destacar que la reunión comenzó con la presentación del subsecretario de Estado, Christopher Landau, haciendo paralelismos entre la situación actual y la realidad política de la década de los 70 del siglo XX. Landau interpeló a los representantes de los países mencionando a grupos políticos de la época como Weather Underground en EE. UU. Baader-Meinhof en Alemania o los latinoamericanos Tupamaros y Montoneros, tratando de convencerlos de que se están viviendo situaciones parecidas.

No es casual que los representantes estadounidenses se retrotraigan a la Guerra Fría pues su mentalidad sigue funcionando en la lógica anticomunista característica de la época. En aquel momento el mundo se dividía en una lucha ideológica entre el bloque socialista y el bloque capitalista. La simple existencia de la Unión Soviética, las luchas por la descolonización de África, el mayo del 68 y el auge de las ideas marxistas dieron lugar a una efervescencia política que se tradujo en una multiplicidad de grupos políticos que querían hacer la revolución en todos los rincones del planeta. Organizaciones a las que EE. UU., y sus aliados occidentales, combatieron a sangre y fuego, aplicando variadas estrategias de contrainsurgencia.

Sin embargo, el mundo actual está muy distante de ese momento de eclosión política de las fuerzas revolucionarias. Hoy quedan pocos Estados formalmente socialistas en el mundo y algunos de ellos, como Cuba, sufren la asfixia de décadas de bloqueo económico y cerco político. Tampoco es casual que Rubio odie al Gobierno revolucionario de Cuba, también por su papel de promoción de esos grupos durante el siglo XX.

Además de realizar un acto contra la resurgencia del terrorismo político de izquierdas frente a una realidad que refuta estas premisas, quizás lo que más asombró de los discursos fue el énfasis puesto en las ideas marxistas como amenaza. Resulta paradójico que en un mundo donde el marxismo es minoritario, donde, a diferencia de otros momentos históricos, declararse marxista no da caché en los cenáculos académicos ni políticos –todo lo contrario–, EE. UU. ponga al marxismo en el punto de mira, vinculándolo, como en tiempos de la Guerra Fría, con el terrorismo y la encarnación del mal. 

En todo caso, lo que para Rubio y compañía puede ser un intento de mancillar las ideas del marxismo y el comunismo basado en ellas, para los marxistas debería ser un motivo de orgullo ser conceptualizados como enemigo principal del grupo de psicópatas que está llevando a la humanidad a la barbarie. El fantasma del comunismo sigue vagando por el mundo como alerta para la clase dominante. Y es bueno que así sea.

Mirarse en el espejo del miedo ajeno

Más allá de la paranoia o del anticomunismo genético de Rubio y de la clase dominante mundial, la reunión de este jueves constata que el marxismo es una potente herramienta teórica que amenaza de manera real a los principios ideológicos del capitalismo y a su sentido común, cargado de falacias. Una visión capitalista del mundo que se creía triunfante y hegemónica tras el derrumbe del bloque socialista, en plena enajenación neoliberal. Sin embargo, crisis como la del 2008, el impacto desigual de la pandemia o las crecientes desigualdades que se viven en las sociedades del capitalismo avanzado, incluyendo al propio EE. UU., han llevado a un cuestionamiento de amplios sectores sociales que buscan salidas rupturistas. 

Pero no todas estas salidas rupturistas son igualmente contestatarias o superadoras del orden establecido. Mientras las derechas radicales, ultraderechas o neofascistas apuntalan el sistema sosteniendo, cuando no profundizando, al capitalismo responsable de los problemas de la humanidad, las alternativas inspiradas en las ideas del marxismo proponen alternativas de transformación que trastocan el poder existente y plantean la necesidad de avanzar hacia otra concepción de las relaciones sociales no basadas en la explotación entre seres humanos ni entre seres humanos y naturaleza. De ahí su “peligrosidad” para la voracidad de explotación sin límite y privatización absoluta de la vida y de los recursos naturales que defiende la clase dominante.

El principal mensaje del acto que tuvo lugar en Washington para las fuerzas de la izquierda no debería ser solamente asumir que los tiempos por venir van a ser más difíciles para todas las personas que se opongan a los representantes de este capitalismo desaforado y moribundo, que serán tildadas de comunistas, aunque no lo sean, conceptualizadas como enemigas y perseguidas, en distintos niveles, como tales. Lo más importante es ser conscientes de la fuerza que tienen las ideas marxistas para confrontarlo, derrotarlo y construir otro mundo socialista que la humanidad necesita cada día con más urgencia. Puede que ahora la izquierda revolucionaria sea minoritaria, esté dispersa y derrotada en diversos escenarios. Sin embargo, estas experiencias de resistencia y organización, vistas desde el prisma de quienes las adversan, sirven para recordar su importancia y engrandecer su gesta. La partida no se ha acabado. El hijo rojo de la Historia tendrá la última palabra. 

Fuente LaMarea.com

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