Rogelio Cruz Wer: el más brutal de todos (la CIA «dixit») (I)

RogelioCruzWer

Miguel Ángel Sandoval | ENSAYO

Introducción

Sobre la Revolución de los años 44-54 se ha escrito mucho, bastante si se quiere, pero aún existen ángulos que no se han abordado. Ello a pesar que en la actualidad existen fuentes documentales que permitirían hacer una aproximación más objetiva, científica si es el caso. Especialmente porque ahora sabemos de los archivos desclasificados por Estados Unidos, el principal responsable histórico de la conspiración que terminó con la primavera democrática guatemalteca.

Pero siempre hay algo que no lo permite. Acaso por razones que nunca se expusieron de manera pública, quizás por una especie de omertá o secreto de Estado, mantenido durante muchos años. Como los secretos ya no lo son más, y lo que pasó hace 70 años en Guatemala solo es un tema de especialistas y gente interesada en conocer la verdad histórica, falta en algunos temas una visión que pueda ser conocida de manera amplia. Esa es la razón de estas notas.

Creo que, a punto de llegar a los 70 años del fin de esa breve, pero intensa década democrática en Guatemala, hace falta hablar de algunas zonas de sombra. Son zonas de sombra incómodas, que, en verdad, desde los sectores progresistas no se han abordado. Por ignorancia de las cosas o por una especie de silencio cómplice o como digo, incómodo. Es el objetivo de este pequeño ensayo testimonial e histórico. Al que, en mi percepción, seguirán otros para profundizar en un tema que merece ser conocido por los guatemaltecos y por los estudiosos del proceso que conmovió hasta sus cimientos a Guatemala en la época de la famosa y célebre Revolución de los años 44-54.

I

La primavera democrática fue durante años denostada –y lo sigue siendo─ de múltiples formas y maneras. Todo en contra de ese proceso que había levantado las esperanzas de los desposeídos, que había abierto el camino de los trabajadores en general y de la pléyade de nuevos artistas del país. Los ataques se hicieron por los comprobables errores, las insuficiencias que siempre existen, pero, sobre todo, desde el anonimato, desde las sombras, y por las creaciones que se hicieron desde los organismos especializados de instancias como la CIA y similares. Todo para cumplir con un libreto creado en las oficinas del Gobierno de EE. UU. en su guerra particular contra la URSS. Es la Guerra Fría.

En libros como la Operación PBsuccess, hay una idea aproximada de los esfuerzos desplegados por los aliados locales y externos. El libro que se cita, tiene en su origen documentos desclasificados del Gobierno de Estados Unidos, no es producto de la invención del autor. La primavera democrática fue señalada de todos los supuestos desmanes y violaciones a los derechos de los ciudadanos y de manera particular de aquellos de la oposición que aún estuvieran coaligados con los enemigos externos, eran merecedores de los derechos consignados en convenios internacionales y en el ordenamiento interno. De ello daban cuenta el presidente Árbenz y todos sus funcionarios.

Poco después del derrocamiento del presidente conocido como el soldado del pueblo, vieron luz varios libros de propaganda anticomunista, de acusaciones en contra de las actividades realizadas durante esos años. Pero mucho de lo más grave, es que los crímenes cometidos por la contrarrevolución en batallas que no existieron, le fueron adjudicadas a los integrantes del gobierno del presidente Jacobo Árbenz. Lo que los libros no decían es que formaban parte de lo que años antes había definido la CIA: asesinar la reputación de algunas personas y de la primavera guatemalteca.

Sin embargo, libelos como uno denominado El quetzal no es rojo, o en un registro más ideológico, el de Mi renuncia al comunismo, de Pellecer, son apenas débiles muestras de todo el arsenal desplegado contra la primavera democrática y sus principales defensores o beneficiarios. Junto con ello todas las mentiras que, repetidas, aún llegan a nuestros días.

Es la idea de quitarle los niños a los padres, invadir y expropiar la casa modesta de barrio, de prohibir la religión, lavar el cerebro de los estudiantes, o convertirse en la cabeza de playa del comunismo en América, la cuna de la democracia y tantas cosas. Y con el agravante de que el comunismo se llegó a convertir en el propio Satanás, en la mezcla perfecta de todos los miedos existentes, arrancando con la Siguanaba. No ha existido ejemplo mayor de un monstruo que el creado contra el comunismo.

En pocas palabras, había que construir como en la actualidad, al enemigo interno. Si con el presidente Árbenz el filo principal estaba en torno a su debilidad por haber permitido comunistas en su entorno cercano y por la reforma agraria, que intervino unas pocas tierras de la UFCO, había que crear una bestia o más bestias que recibieran de forma concentrada todo el odio en contra de aquellos que habían osado cambiar la finca de toda la vida. Son los años más duros de la Guerra Fría y por esa razón el comunismo y la lucha en contra del mismo ocupaba todos los espacios de decisión política, económica, cultural. Es la época que en los propios EE. UU. la cacería de brujas fue concreta.

Son innumerables las historias de escritores, artistas o cineastas perseguidos por sus creencias y muchos los que recibieron la bola negra. Fueron sencillamente expulsados de la vida ciudadana y artística. No hubo ningún lugar de ese país en donde ello se impidiera. Por el contrario, parecía que existía una especie de competencia para ver quien hacía las más graves acusaciones y recomendaba los más duros castigos. Son los años del FBI que en lo interno vigiló, acosó, advirtió a millares.

Para los países ubicados en el área de influencia que los norteamericanos se habían adjudicado, Guatemala ocupó en esos años el papel del chico malo, del país que se salía del guion que el macartismo establecía. Y fue entonces que se hizo de nuestro pequeño país el blanco de todas las construcciones ideológicas o más bien, pseudoideologicas. Es el momento que las medidas económicas de Árbenz y antes Arévalo, se convirtieron en la expresión concreta del comunismo en el continente y eso no se podía permitir. Eso estaba en el fondo de la campaña contra la primavera democrática.

Pero el curso de la historia no se detiene y en muchas ocasiones rectifica, se reinventa, se reescribe. Es por ello que varias décadas más tarde, las medidas del gobierno de Árbenz se convierten poco a poco en lo que nos hubiera salvado del desastre actual. Hay un consenso creciente en cuanto a que se trataba de reformas de corte capitalista, de pequeñas reformas, nada más.

Salvo quizás el de la reforma agraria que sigue siendo en un país como el nuestro, algo así como el peor tabú. En especial porque abordar el tema de la tierra implica evidenciar el despojo histórico a que se ha sometido a los pueblos originarios. Y no solo hablo de la época de la conquista, incluso de la época liberal y la reforma del 71. También me refiero a los despojos más recientes, incluyendo el de las tierras otorgadas por el decreto 900 de la primavera democrática.

En otras palabras, era la vía para la construcción del mercado interno, de sentar las bases para salir de la pobreza, de contar con finanzas sanas, y autonomía frente a las empresas multinacionales. Pero también era una manera de democratizar la propiedad de la tierra, de hacer un país menos excluyente. Todo ello con educación, salud, vías de comunicación, apoyo al arte y la cultura. Nada extraordinario en otras latitudes… no en Guatemala.

Lo curioso de todo el ataque propagandístico, es que no hubo ─o en todo caso nada de relevancia─ ataques directos contra el Eército del país, pues éste había formado parte de la conspiración para el derrocamiento del Gobierno de la primavera. En efecto, al consultar escritos de la época, se llega a mencionar que el Ejército traicionó en el último momento pero que anteriormente había sido un bastión en el proyecto revolucionario, más allá de una treintena de intentonas de golpe que se escalonan a lo largo de esos 10 años. Hay que anotar que en esas intentonas hubo de manera general, corrientes dentro del Ejército que se mantuvieron fieles a la institucionalidad, o en ocasiones claramente afines al proyecto que encabezaron Arévalo y Árbenz. Pero en sentido estricto, era difícil hablar del Ejército de la Revolución. Y si se ahorraba las críticas, era para impedir alineamientos de militares que hubieran anticipado la traición final.

Lo que era indispensable pasaba por encontrar responsables, de hecho, culpables, de todo lo que se le endilgaba al Gobierno y de todo de lo que adelante se le iba endilgar. Como no hubo ataques en contra del Ejército por las razones anotadas, el blanco se movió hacia la policía (Guardia Civil) tanto en su parte policial como en la parte de investigaciones.

Fechado el 24 de marzo de 1954 ―y «liberado» por la Agencia en el 2003―, uno de estos documentos es un envío aéreo titulado: «Asesinato de la reputación de (“Character Assassination of” ) Rogelio Cruz Wer». En él se sugería una campaña negra contra Cruz Wer, en la que, por medio de un comunicado de prensa se le acusaba, entre otras cosas, de conspirar contra el propio Árbenz.[1]

Este es el inicio del ataque sistemático en contra de uno de los más firmes defensores de la primavera democrática. Es lo que se colige de lo que revela Francisco Villagrán Kramer, cuando refiere en su Biografía política de Guatemala, que en los días más álgidos de la crisis en junio de 1954. Rogelio Cruz Wer habría advertido a Árbenz de oficiales del ejército conspirando, de la mano de la embajada norteamericana, y habría solicitado a Árbenz autorización para llevar a cabo capturas, lo cual no fue respondido por el aún presidente.

A partir de ello todo lo que sigue después es la campaña en todo su esplendor, retroalimentándose a sí misma, agregando con el paso de los días nuevos «hallazgos», nuevas evidencias de la crueldad del asesino de Árbenz, el coronel Rogelio Cruz Wer. Junto a él, la otra figura dueña de toda la crueldad posible, Jaime Rosenberg, palidece. La explicación se puede encontrar por pura omisión: mientras las CIA dice claramente que hay que matar la reputación de Cruz Wer, no dice mayor cosa de Rosenberg, aunque es otro de los objetivos.

Quizás los datos más reveladores sobre el rol de Rogelio Cruz Wer y la necesidad de convertirlo en el enemigo a derrotar, en el culpable de todos los horrores, se encuentra en el hecho de que la guardia civil que él dirige, fiel al presidente Árbenz, está integrada por hombres armados y entrenados bajo sus órdenes. Como bien se señala en el libro Operación PBsuccess, «La élite de la Guardia Civil, apasionadamente devota al presidente, incluía 2500 de los soldados mejor entrenados y equipados del país»[2].

De igual manera, en el libro Fortuny, un comunista guatemalteco, este dice, en una línea, que Cruz Wer creía posible evitar la caída del Gobierno con la fuerza militar que tenía la Guardia Civil.[3]

El otro dato se encuentra en libro de Piero Gleijeses, La esperanza rota, en donde se hace referencia a una comunicación de Rogelio Cruz Wer a sus oficiales para que dejen de tratar mal a campesinos, agregando que no se podría bajo ningún concepto justificar enfrentamientos entre campesinos y la fuerza pública, y que esa orden debe ser cumplida o tendrán que explicar a él y cuanto antes. Es el tono de la comunicación.

Es la razón por la cual, Rogelio Cruz Wer pasó a la historia como el más cruel de todos, de acuerdo con la versión de la agencia gubernamental de espionaje y operaciones encubiertas de los Estados Unidos. Y esto es lo que se ha repetido durante más de 60 años. Es lo que aún se considera la verdad histórica de los años de la primavera democrática. No ha habido rectificación de ninguna naturaleza, nada que permitiera modificar en algo la realidad de esos años y la dimensión de la intervención norteamericana en los asuntos internos de nuestro país, utilizando las más burdas construcciones, hechas con mentiras puras.

II

Al momento de la intervención de 1954, personajes de diferente nivel político, de funcionarios del Gobierno, de líderes sociales o artistas, automáticamente salieron al exilio. El asilo político funcionó de la manera más natural, como hemos visto en otros países, momentos y procesos. Hubo familias enteras que salieron a diferentes países. Casi todos buscando países afines o en muchos casos, el más cercano y el más respetuoso del derecho de asilo. Es por ello que muchos salieron a México. Unos cuantos lo hicieron por la vía normal o natural en estas circunstancias: ir a la embajada y buscar protección. Otros, de los que no se sabe, buscando los pasos ciegos en la frontera terrestre y viajando como se pudiera.

Quizás el caso más sonado y grotesco es la humillación en contra del presidente Jacobo Árbenz, que en el aeropuerto fue obligado a quitarse la ropa para tomarle fotos deleznables. Son fotos que como todo mundo sabe, fueron publicadas en la prensa nacional e internacional. Jamás un mandatario había sido sometido a tal injuria. De la misma manera, nunca un mandatario se había convertido en un judío errante, sin acomodo real en ningún país, independiente del régimen político que hubiese. Lo mismo en México, en Uruguay, Francia, Suiza, incluso en la Cuba de los años 60, su presencia había sido, por lo menos, incómoda.

Pero fieles al libreto pergeñado por la CIA, había que hacer pedazos la reputación de la bestia negra de la primavera democrática. Por ello uno de los ataques más virulentos en el tema del asilo político o de la búsqueda del exilio por otras vías, debía construir alrededor de las bestias negras del arbencismo, una sensación de repulsa, de cobardía. Entre ellos Rogelio Cruz Wer y Jaime Rosenberg. A diferencia de la mayoría, sí hubo aspavientos en el medio escogido para salir del país. Se le acusó de haber salido como cobarde, huyendo en una especie de panel, escondido, pasando la frontera de ilegal, y una serie de calificativos, al acto natural de buscar el exilio como el resto.[4] Lo más curioso de todo, sin embargo, es que el régimen que se instalaba en el país luego del derrocamiento de Jacobo Árbenz, es el sentimiento de revancha o venganza sobre los funcionarios del Gobierno derrocado. En el caso de Cruz Wer y Rosemberg, el odio llegó a tales niveles que las propiedades de ambos fueron expropiadas sin que mediaran juicios que demostraran, por ejemplo, que habían sido obtenidos de forma anómala o sencillamente robadas, pero no era el caso. La vendetta había borrado los argumentos de las expropiaciones de la reforma agraria simbolizada por el decreto 900. Ahora los perseguidos eran expropiados manu militari. El famoso Estado de derecho o de legalidad, se rompía con cargas de bayoneta, a las patadas.

De la misma forma que Árbenz, el exilio de personajes como Cruz Wer era molesto o incómodo para los lugares en donde había intentado obtener asilo político. Había en torno a los principales dirigentes y líderes de la Revolución guatemalteca un bloqueo político de primer orden. En algunos casos vía las ordenes imperiales puras y simples, en otros casos, esa prudencia que acompaña la denominada realpolitik. La biografía de Árbenz hecha por su esposa María Vilanova no deja mucho lugar a perderse. En México no podía expresar sus opiniones políticas pues esa era una condición para el asilo. En Uruguay había sido motivo de persecución política, acoso, sin poder dedicarse a actividades productivas, sin empleo, viviendo de los pocos ahorros.

En Francia le habían suspendido in extremis una rueda de prensa, en Suiza lo aceptaban por su nacionalidad –al menos de uno de sus padres- pero en calidad de convidado de piedra. Lo más dramático para Árbenz había sido en Cuba. Tenía trabajo, sin problemas de vivienda, tenía reconocimiento, pero… En ese país, en plena Revolución, invitado a actos oficiales, tenía que escuchar todo el tiempo, que Cuba había aprendido de Guatemala, pero sin cometer los mismos errores.

Mientras menos lúcido era el orador que se refería al tema, la referencia negativa crecía, para casi convertirse en groserías. Así, era posible escuchar que en Cuba si se habían tomado las medidas revolucionarias pertinentes, sin miedo, pero en el país de Árbenz, por la tibieza, por esas cosas, no. La única posibilidad que tenía Árbenz en esos años para dejar de ser visto como una especie de blandengue, hubiera sido aceptar como vía para Guatemala la lucha armada, cosa que Árbenz no hizo pues no creía en esa posibilidad.

Era obvio que no se trataba de que Árbenz empuñara un fusil, o que se fuera a las montañas a dirigir una guerrilla. Se buscaba que el presidente Árbenz le adjudicara más legitimidad a una guerra que por definición era legítima pues iba en contra los artífices y los herederos de la intervención extranjera para derrocar a un gobierno[5] democráticamente electo. Árbenz bien podría haber sido el presidente constitucional de un país en guerra legítima, es algo que había previsto o sugerido Luis Cardoza y Aragón. Pero ello no entraba en sus cálculos. Quizás la derrota había sido muy fuerte de asimilar, de la misma manera que su peregrinaje por el mundo.

Ese esquema que Árbenz había padecido, era el mismo para las bestias negras del proceso guatemalteco, especialmente para Rogelio Cruz Wer. La estela de crímenes inventados por las orientaciones de la CIA, lo acompañaba siempre, a donde fuera, como fuera. Vivía tanto o más que Árbenz, las limitaciones de expresión pública, la dificultad de encontrar trabajo, el rechazo social, incluso en medios de exiliados guatemaltecos. Solo muchos años después es que hay una leve mención a algo distinto a la idea creada por la CIA sobre Cruz Wer.[6]

Era en pocas palabras, un apestado. Alguien con lepra como en la época de la edad media. Alguien a quien había que mantener a distancia, en cuarentena. Sus derechos políticos le habían sido cancelados de por vida, para siempre. Y lo más grave, es que ello de la mano de un manual elaborado por el Gobierno de EE. UU. y su brazo operativo de los actos sucios. Esto es algo sobre lo que de manera general no se aborda con amplitud, y por qué no decirlo, siempre planea la idea que el personaje creado por los servicios de inteligencia norteamericanos, expresaba finalmente la verdad sobre uno de los más fieles defensores de la Revolución guatemalteca y de más lealtad al presidente Árbenz.

El manual del asesinato político en vida había conseguido con Rogelio Cruz Wer un éxito rotundo. Era un muerto en vida, un zombi ciudadano, la expresión más elaborada de un ciudadano sin derechos, de un hombre sin derecho a la defensa, de un paria, de alguien que había que denostar y mostrar como ejemplo de lo ruin, de lo perverso, de lo criminal. Todo de acuerdo con el instructivo de la CIA, que solo conocimos años después, más de medio siglo para ser exactos.

El tema es de tal magnitud que dos textos importantes sobre el periodo, como son la Esperanza Rota y la biografía de Paz tejada, no se detienen para nada en los personajes Rogelio Cruz Wer y Jaime Rosenberg. Del primero se cita por parte de Gleijeses una pequeña nota de instrucciones a los jefes de policía, en el sentido de no acosar a los campesinos, menos reprimirlos. Y en Paz Tejada, dos o tres menciones circunstanciales. Mientras en PBsuccess otra pequeña mención, pero esta como la de Giejleses, cualitativa, sobre el rol de la Guardia Civil. Nada más. A veces queda la impresión que el asesinato virtual diríamos ahora, de estos personajes habrían creado tal nivel de imagen negativa que incluso historiados se limitaron en el trato de estos personajes. Pareciera que defender la Revolución implicaba borrar, también ellos como historiadores, el rol que habían jugado los encargados de la seguridad del país, que en esos años estaban en la primera fila del combate a toda clase de conspiraciones, intentos golpistas, guerra sucia, propaganda abierta contra la primavera democrática.

De igual forma, los partidos políticos de la época no hicieron ninguna defensa de la imagen del jefe de la policía que con devoción y celo había defendido la Revolución y al presidente Jacobo Árbenz. Da la impresión que para medio mundo el tema era por demás incómodo. Que no se sabía cómo abordar al criminal más odiado, de acuerdo a las construcciones de la CIA, que se repetían hasta el cansancio, pero que finalmente dejaban huella en los más lúcidos y críticos de la operación orquestada, armada y financiada por la CIA.

El acoso contra el derrocado gobierno de Árbenz se extendió por el mundo, lo cual no es una exageración, pero tuvo en México expresiones particulares. En este país con una extraordinaria práctica del asilo político, es solo en febrero de 1955 que una resolución judicial los declara asilados y en consecuencia pueden quedar libres. Antes de ello, Rosenberg había sido apresado por la Policía mexicana y Cruz Wer había entrado en la clandestinidad de la mano del partido comunista de ese país como se revela en documentos a los que se ha tenido acceso.[7]

En este proceso, los grupos anticomunistas mexicanos tanto desde fuera del aparato de Gobierno como por sus vínculos dentro del mismo, intentaron por todos los medios facilitar la extradición de los dos personajes pues el Gobierno de la intervención de la mano de la CIA, quería hacer de los mismos culpables de un supuesto genocidio y con ello, seguramente, legitimar el Gobierno impuesto por la maniobra intervencionista.

Y fue ese medio siglo, suficiente para borrar de la faz de la tierra a Rogelio Cruz Wer. Todo como parte de un entramado que impulsa la CIA como cabeza de la gran conspiración inspirada en la Guerra Fría para derrotar a la Revolución que durante los años 44-54, intento hacer un mejor país. Pero como sabemos, la mentira tiene piernas cortas. Es el caso.

Continuará.

Fotografía principal, Rogelio Cruz Wer, al centro, tomada de Facebook.
[1] Es invaluable para estas notas el artículo publicado en Plaza Pública por Rodrigo Rey Rosa y Sebastián Escalón. 9 de Julio, de 2013.
[2]CIA Guatemala Operación PBsuccess. Pág. 64 Nicolas Cullather. Tipografía Nacional. 2011
[3] Fortuny, un comunista guatemalteco. Marco Antonio Flores. Pág. 242. Editorial De León Palacios
[4] Ver ¿Asesinos o asilados? Anticomunismo y política de asilo en el México de la Guerra Fría: el caso de Jaime Rosenberg y Rogelio Cruz Wer, de Ashley Black, en donde se puede constatar la manera que la CIA persiguió a estos personajes en México, aun luego de la caída de del gobierno de Árbenz.
[5] La Revolución Guatemalteca. Luis Cardoza y Aragón. Editado en 1956.
[6] Después de todo, la pronta huida del jefe de la Guardia Civil, que, como tantos otros arbencista cuyos nombres probablemente estaban en los listados de la CIA, cruzó el río Suchiate, parece comprensible. Ya su reputación había sido asesinada; por qué permitir que asesinaran también su persona física. Su rastro se pierde, aparte de las calificaciones de torturador y hiena, etcétera, nada más hemos encontrado sobre el exdirector de la guardia civil arbencista ―nada más, excepto una cita de una carta suya, en el libro de Piero Gleijeses, La esperanza rota (Princeton University Press, 1991), que deja ver algo diferente de una «hiena humana». Plaza pública, artículo citado.
[7] Verónica Oikión Solano. (2020) «La impronta solidaria y coyuntural de las izquierdas mexicanas ante el golpe de estado en Guatemala, 1954». Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea. Año 7, n.º 12. En Dialnet.

Fuente: Gazeta GT

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