La Cumbre que cancela el Siglo Americano y abre el nuevo orden multipolar.
Por Mario Rodríguez Acosta
En 1972, el presidente Richard Nixon aterrizó en China como emisario de la potencia hegemónica indiscutida. Él, estaba respaldado por una economía que representaba más de un tercio del PIB mundial. Había logrado el control del flujo de petróleo del Golfo Pérsico y el dólar se convertía en la moneda de reserva global después de haber colapsado el sistema de paridad con el oro. Nixon llegó a Pekín a rediseñar el tablero geopolítico de la guerra fría, no a pedir favores, gracias a su secretario de Estado, Henry Kissinger.
Cincuenta y cuatro años después, en 2026, Donald Trump llega a un país distinto, con unas condiciones económicas opuesta a 1972. Ahora, China es una potencia tecnológica, financiera y militar de primer nivel, reconocido por los propios estadounidenses. Trump llega a pedir ayuda, a negociar mejores condiciones para las empresas tecnológicas, tratando de gestionar el caos que él mismo ha provocado. Por eso llega debilitado, sumando fracaso tras fracaso. Busca esencialmente que China contribuya a estabilizar la arquitectura de seguridad en Oriente Medio que Washington ha demostrado no poder sostener por sí solo.
Esta visita muestra que el equilibrio de poder se ha invertido, cambiando la asimetría geopolítica mundial. La visita de Trump a China inaugura, explícita o involuntariamente, una nueva arquitectura del sistema internacional. Por mucho, es la imagen más palpable que el nuevo orden multipolar existe y se desarrolla, así que la asimetría entre ambas visitas no es coyuntural. Muestra el declive relativo de la hegemonía y confirma con nitidez que el orden unipolar que emergió del colapso soviético de 1991 ha llegado a su fin. Lo que se negocia no son los términos de la continuidad hegemónica estadounidense, sino las condiciones del sistema que vendrá después.
Está afirmación tan contundente merece una explicación más detallada, que explico a continuación.
El poder que emerge ante el poder que colapsa
El poder no existe en términos absolutos, más bien, este se mide en relación con el poder que los demás actores exponen. Esta es la premisa analítica fundamental para entender lo que la cumbre Trump-Xi representa en términos históricos y políticos. Hasta hace poco, Trump llamaba a doblegar a China, hoy llama a Xi Jinping amigo. Pero al margen de la retórica, los hechos hablan y esclarecen más en esta era de post verdad.
En solo nueve años, tomando como referencia el primer mandato de Trump, China pasó de negociar desde una posición de dependencia tecnológica y vulnerabilidad comercial a consolidarse como potencia autónoma en los sectores que definen el poder estructural del siglo XXI. El chip Ascend 950 de Huawei supera técnicamente al H200 de Nvidia en parámetros claves de rendimiento para inteligencia artificial. El modelo de acceso abierto de DeepSeek ha provocado una brecha lo suficientemente amplia como para cuestionar la superioridad del ecosistema tecnológico estadounidense. El superávit comercial chino alcanzó en 2025 el récord histórico de 1,2 billones de dólares, mientras el déficit estadounidense se profundizaba. Las restricciones a la exportación de semiconductores hacia China tuvieron el efecto exactamente contrario al buscado, ya que aceleraron la carrera de autosuficiencia tecnológica china.
Frente a este panorama, el analista económico Hua Bin lo formula sin ambages: «Trump no tiene cartas que jugar en Pekín.» La afirmación puede parecer provocadora, pero la lógica que la sustenta es difícil de refutar. La delegación empresarial que acompaña a Trump incluye a los CEO de Nvidia, Apple, Qualcomm, Tesla, Citigroup y Blackstone. La paradoja es que Nvidia no puede venderle sus chips de alta gama a China, vetados por los propios controles de exportación que el gobierno Trump amplió, y Apple sigue dependiendo de la cadena de suministro china para el 90 por ciento de su producción. Los autos eléctricos de Tesla requieren de litio que posee China, mientras Estados Unidos estudia la posibilidad de prohibir la importación de autos eléctricos chinos. La delegación llega a negociar acceso a un mercado que simultáneamente sanciona. La contradicción es sistémica, no táctica y el resultado puede no ser el esperado.
Esto no significa que China llegue sin vulnerabilidades propias. El colapso de las grandes inmobiliarias ha generado una presión deflacionaria sobre la economía doméstica que el gobierno chino no ha logrado resolver del todo. La inversión extranjera directa ha caído de forma sostenida. El bloqueo del Estrecho de Ormuz afecta el suministro energético chino, aunque en menor medida que al bloque occidental. Pero estas vulnerabilidades no alteran el balance de poder relativo. Lo que, si lo hace, son los problemas de una potencia en ascenso que gestiona las fricciones del crecimiento, mientras el otro trata los síntomas de su declive estructural como problemas coyunturales.
La pregunta que ha estructurado está cumbre es ¿quién necesita a quién? La respuesta es asimétrica; ambos se necesitan, pero en sectores diferentes y con urgencias radicalmente distintas. Estados Unidos necesita a China para resolver su crisis fiscal, mantener el control del petróleo y su modelo energético en crisis provocado por la debacle en Oriente Medio que ha significado la guerra contra Irán. China necesita a Estados Unidos como mercado de exportación y como interlocutor para gestionar el orden de transición sin que degenere en confrontación abierta.
La diferencia es que la necesidad norteamericana es inmediata y visible; la china, estructural y prescindible en el corto plazo. Estados Unidos basa su negociación sobre la fuerza de su ejército y la coerción que ejerce su sector financiero al resto del mundo. En cambio, China se mantiene sobre la base del principio de coexistencia pacífica y sus cuatro iniciativas para la gobernanza global.
Estados Unidos necesita salvar al dólar, uno de los tres vectores de su poder hegemónico. China en cambio, no está convencida que el yuan pueda convertirse en moneda de reserva global de inmediato, aunque, en la práctica, algunos países del golfo ya tienen acuerdos de pago en yuanes y el resto pueden cambiar los petrodólares a petroyuanes.
En solo nueve años, China pasó de negociar desde una posición de debilidad relativa, tomando como referencia el primer mandato de Trump, a consolidarse como una potencia tecnológica autónoma.
Dos modelos de poder enfrentados
La experta Hong Nong ha articulado esta distinción con precisión. Washington entiende la cumbre como una negociación transaccional orientada a resultados verificables en el corto plazo, contratos de compra, acuerdos arancelarios, apertura de mercados y acceso a materias primas estratégicas, todos con compromisos cuantificables. Beijing la entiende como un ejercicio de definición estratégica en un intento de restablecer límites, mecanismos de comunicación y principios de coexistencia que estructuren la relación durante la próxima década. Esta diferencia no es semántica ni protocolar. Determina qué tipo de acuerdos son posibles y cuáles son estructuralmente inviables en este formato.
La asimetría temporal refuerza esta brecha. China opera con el horizonte de planificación de su decimoquinto Plan Quinquenal, que acaba de iniciarse y que proyecta el desarrollo del país hasta 2030. Trump opera en ciclos de dos años, ahora enfocado en las elecciones de mitad de período de noviembre de 2026 que marcan el horizonte real de su capacidad política. Xi Jinping puede esperar; Trump necesita resultados demostrables antes de que los votantes vuelvan a las urnas. Esta asimetría temporal favorece estructuralmente a Beijing en cualquier negociación que requiera paciencia estratégica y no urgencia táctica.
A esto se añade el problema de la credibilidad. La diplomacia estilo Trump ha establecido un patrón sistemático de incumplimiento de compromisos, pero es justo reconocer que las administraciones anteriores también la practicaron, basta recordar el Acuerdo Climático de París hasta el pacto nuclear con Irán de la era Obama, pasando por los propios acuerdos comerciales de la Fase 1 con China en 2020, que ha erosionado la confianza en Washington como socio negociador confiable. Sin credibilidad, los acuerdos pierden valor antes de ser firmados. China lo sabe. Y eso limita el tipo de compromisos que Beijing estará dispuesta a asumir. Solo aquellos que sean verificables en el corto plazo o que respondan a sus propios intereses independientemente de lo que Washington haga después, podrán tomarse en serio.
Las líneas rojas y la arquitectura de lo imposible
El contenido de la agenda revela, más que cualquier declaración oficial, la naturaleza estructural de las contradicciones que esta cumbre no puede resolver. Washington ha establecido dos líneas rojas principales. La primera y quizás más urgente, consiste en que China debe dejar de suministrar materiales de doble uso a Irán. Su principal exigencia es que debe cesar de proporcionar componentes para drones, imágenes satelitales, precursores de combustible para misiles, mientras las fuerzas norteamericanas están en combate en la región. Las sanciones del 8 de mayo contra firmas chinas por apoyo logístico a Teherán ilustran esta tensión. También demuestra que Washington sanciona y negocia simultáneamente, porque ya no puede permitirse ni imponer sin negociar, ni negociar sin presionar.
La segunda línea roja que Trump necesita asegurar de China es eliminar su monopolio en el refinado de tierras raras como instrumento sistemático de coerción, al tiempo que construye sus propias cadenas de suministro alternativas. Ambas demandas son razonables desde la lógica de los intereses estadounidenses; ambas son inaceptables desde la lógica de los intereses chinos.
Beijing, por su parte, ha establecido sus propias líneas con la misma claridad. Sobre Taiwán, el gobierno chino exige que Washington pase de la formulación «no apoyar la independencia de Taiwán» a «oponerse activamente a la independencia de Taiwán»; una distinción que los analistas del entorno del Kuomintang presentan como cualitativamente distinta y que Washington, por razones de política doméstica y de compromisos con Taipéi, no puede aceptar.
La venta reciente de armamento a Taiwán por un valor récord de 11.100 millones de dólares es considerada por Beijing, en palabras de Gao Zhikai, como una violación de los compromisos adquiridos en la normalización diplomática de 1979. Hay que tomar en cuenta que, si las ventas superan determinado umbral, China las puede interpretar como un cambio unilateral del statu quo que activa de manera automática respuestas proporcionales.
Sobre energía, las sanciones estadounidenses a refinerías chinas que importan petróleo iraní son rechazadas como un unilateralismo ilegítimo. Beijing solo reconoce las sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, y no está dispuesto a renunciar a su soberanía energética por presión de Washington. Otro punto de fricción.
Hay un tercer tema sobre la mesa que revela hasta qué punto la cumbre opera en un universo de expectativas mutuamente incompatibles, es la cuestión nuclear. Estados Unidos ha solicitado a China unirse a negociaciones tripartitas de reducción de ojivas con Rusia. Beijing lo ha rechazado sin ambigüedad, dado que China posee una fracción de las ojivas de Washington y Moscú, y no aceptará limitaciones simétricas sin una reducción previa estadounidense al nivel chino. La petición es, desde la perspectiva china, una demanda sin sentido, de que la tercera potencia nuclear del mundo se incorpore a un proceso de control de armamentos que fue diseñado por y para las dos superpotencias de la Guerra Fría. La respuesta negativa siempre ha sido predecible; el hecho de que Washington la haya hecho de todas formas ilustra hasta qué punto la administración Trump sigue operando con categorías mentales del orden unipolar.
El resultado más probable de la cumbre no es, por tanto, un gran acuerdo estratégico. Ese no es el tipo de entendimiento que estas dos potencias pretender tener, sin que existan compromisos transaccionales acotados previamente resueltos, como son la reducción parcial de aranceles, las compras agrícolas, el reinicio de canales militares de comunicación para prevenir accidentes, que ambas partes presentarán como victorias ante sus respectivas audiencias domésticas, sin alterar ninguna de las contradicciones estructurales que hacen imposible una estabilización duradera de la relación bilateral.
El petrodólar herido: la transformación más profunda
De todos los vectores de cambio que la cumbre pone en juego, el más profundo y menos reversible no es tecnológico, ni militar, es financiero. Y eso explica que la primera reunión se haya celebrado entre el secretario del tesoro de Estados Unidos y su homologo chino.
El conflicto con Irán ha acelerado dramáticamente la transición del petrodólar al petroyuan. Irán ha condicionado el paso de petroleros por el Estrecho de Ormuz al pago en yuanes y Estados Unidos ha sido incapaz de impedirlo. Arabia Saudita vende ya cuatro veces más petróleo a China que a Estados Unidos y existen países que tienen acuerdos firmados con China sobre mecanismos de pago alternativos al dólar. La plataforma que se está utilizando para gestionar los pagos, permite liquidaciones entre bancos centrales de China y los Emiratos Árabes Unidos en yuanes, sin pasar por el sistema SWIFT. Si los otros Estados del Golfo, incluida Arabia Saudita, comienzan a liquidar sus transacciones petroleras en yuanes a escala significativa, el sistema financiero global post-Bretton Woods experimentará su mayor transformación desde que Nixon desvinculó el dólar del oro en 1971.
La mecánica del petrodólar fue siempre la del poder en diferido, los países del mundo necesitaban dólares para comprar petróleo, lo que generaba una demanda estructural de deuda estadounidense que permitía a Washington financiar déficits crónicos a tasas artificialmente bajas. Si esa demanda estructural se erosiona, el costo del endeudamiento norteamericano sube, el dólar se deprecia, la inflación regresa y el margen de maniobra fiscal de Washington se contrae precisamente cuando más lo necesita para sostener su gasto militar y social. Es un círculo vicioso que China no necesita activar, basta con que el vacío de confianza en la garantía de seguridad estadounidense empuje a las monarquías del Golfo a diversificar sus reservas hacia el yuan.
Trump llega a Beijing a pedir que China no acelere este proceso. Es, probablemente, la petición más importante de toda la agenda, porque es la que toca el fundamento mismo del poder financiero estadounidense. Y es también la que China tiene menos incentivos para conceder, porque la migración hacia el petroyuan amplía el espacio de maniobra chino en exactamente la medida en que reduce el de Washington. El petrodólar no está muerto, pero está herido de gravedad. Y esta cumbre solo le puede brindar cuidados paliativos.
El triángulo imperfecto con Rusia y la geometría del multipolarismo
Ningún análisis de la cumbre Trump-Xi puede prescindir del tercer vértice del triángulo geopolítico que define el nuevo orden. Rusia, nos guste o no, debe ser tomado en cuenta en este análisis. Basta con observar el anuncio reciente de Putin sobre el misil intercontinental Sarmat, hecho en la víspera de la reunión. Está declaración no fue un accidente de calendario, fue un mensaje deliberadamente sincronizado. Un acto de propaganda política de manual, con implicaciones concretas para la cumbre, tomando en cuenta que Putin llegará a Beijing una vez Trump se marche.
El Sarmat habla simultáneamente a tres audiencias. A Washington le recuerda que cualquier arquitectura de seguridad global que Trump intente construir con Xi tiene que contar con Moscú, o no cuenta para nada. A Xi le recuerda que la «asociación sin límites» firmada en febrero de 2022 sigue vigente, y que ningún acuerdo comercial con Washington puede reemplazar el valor disuasorio de esa alianza estratégica. A Europa le envía el mensaje más crudo y directo, el Sarmat puede alcanzar cualquier capital europea con trayectorias que evitan los sistemas de defensa antimisil desplegados en Polonia y Rumanía.
Pero la señalización de Putin también revela algo más sutil, Rusia y China ejercen su polo de poder de maneras radicalmente distintas. China construye influencia acumulando capacidad económica, tecnológica y diplomática a largo plazo. Rusia, cuya economía es comparable en términos de PIB nominal a la de Inglaterra o Brasil, ejerce su polo casi exclusivamente a través de la disuasión nuclear y la capacidad de proyección militar en su periferia geográfica. Capacidad disuasoria que ha ido mermando por la guerra en Ucrania, pero muestra que son dos tipos de multipolaridad con lógicas internas diferentes, que se complementan precisamente porque cubren espacios de poder que el otro no puede llenar.
La pregunta que esto genera para la cumbre es directa, si Trump logra algún entendimiento con Xi, ya sea en reducción de aranceles, moderación discreta sobre Irán, reinicio de canales militares, entonces ¿está Xi dispuesto a pagar el costo político de distanciarse parcialmente de Putin para lograrlo? Siguiendo el esquema que implemento Kissinger al desvincular a la Unión Soviética de China.
La respuesta que sugieren los analistas es negativa. China ha invertido demasiado capital estratégico en la relación con Rusia como para sacrificarla por concesiones comerciales que Washington puede revertir con un decreto ejecutivo. La «asociación sin límites» no es retórica, es en la práctica la expresión de una convergencia de intereses antihegemónicos que va más allá de la amistad personal entre Xi y Putin, y que funciona precisamente porque cada actor llena el vacío de poder que el otro no pueden llenar y se complementan en esto mundo tan incierto.
Irán es el tercer miembro de este eje de facto, que en la práctica ha sustituido el protagonismo que en su momento tuvo el grupo de los BRICS. Teherán en la actualidad aporta el degaste que le está provocando a la maquinaria de guerra de Estados Unidos e Israel y ahora mismo mantiene el control del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 por ciento del petróleo mundial, más la capacidad de activar redes de presión desde el Líbano hasta Yemen.
La trinidad Rusia-China-Irán no es una alianza formal con instituciones y tratados, es una convergencia de intereses estructuralmente compatible que opera como el mayor desafío sistémico que ha enfrentado la hegemonía norteamericana desde la Guerra Fría. Trump llega a Beijing a pedir que uno de los vértices de ese triángulo module al otro. La arquitectura de incentivos hace que esa petición sea, en el mejor de los casos, parcialmente atendible. Pero no en el sentido que le gustaría a Estados Unidos.
La anomalía de Israel, un poder sin base estructural
El tablero de la cumbre tiene un elemento que ningún modelo convencional de análisis de grandes potencias puede explicar bien, y ese es el Estado de Israel. No por su tamaño, ni por sus recursos o su economía, todos ellos modestos en escala global, sino por la extraordinaria capacidad de arrastre que ejerce sobre Estados Unidos. Israel no tiene economía de escala global, carece de recursos energéticos propios, no tiene la profundidad territorial estratégica para sostener una guerra de desgaste prolongada, y su capacidad militar, formidable en términos regionales ha sido incapaz de frenar a Hezbolla y a Hamas. Depende en última instancia del suministro continuo de armamento, munición, inteligencia, tecnología y respaldo diplomático de Washington. Sin el veto estadounidense en el Consejo de Seguridad, Israel habría enfrentado sanciones internacionales meses atrás. Sin los F-35, las bombas de dos mil libras y el reabastecimiento acelerado de munición, las campañas en Gaza y posteriormente en Líbano y en la guerra con Irán habrían tenido un perfil operativo radicalmente distinto.
Pero es necesario reconocer que Israel ha conseguido algo estructuralmente anómalo, inusual en términos de influencia y diplomacia en las relaciones internacionales y es, convertir su vulnerabilidad en palanca de poder sobre la potencia que supuestamente lo protege. La guerra contra Irán, que por mucho es el contexto que más debilita a Trump en ese momento, no fue iniciada por Washington en respuesta a un cálculo de interés nacional norteamericano frío. Fue el resultado de una dinámica en la que la lógica del lobby pro-israelí, la base evangélica que ve en Israel un actor escatológico, ha presionado de tal manera a tomar decisiones precipitadas. La imposibilidad de cualquier presidente norteamericano de pagar el costo electoral de distanciarse de Jerusalén, arrastró a Trump a un conflicto que el propio Pentágono sabía que no podía ganar en sus términos militares originales. El costo para Washington ha sido enorme, más de 50.000 millones de dólares según el CSIS, el 25-40 por ciento de sus reservas de Tomahawk consumidas, el Estrecho de Ormuz bloqueado y el petróleo a 110 dólares, amenazando con convertirse en una crisis económica global.
Cuando los analistas militares chinos calculan el margen de maniobra real de Trump, incluyen la variable israelí en la ecuación. Entonces la pregunta es saber si ¿puede Trump hacer concesiones sobre Irán que impliquen aliviar la presión sobre Teherán, sin que Netanyahu lo interprete como una traición? La respuesta más probable es no, y eso comprime el espacio negociador de Washington de manera significativa.
La paradoja de largo plazo es esta. Israel es el actor que más poder ejercer en relación inversa a su capacidad estructural real, y esa anomalía es sostenible únicamente mientras el orden unipolar tenga suficiente vida residual para mantenerla. En un mundo genuinamente multipolar, siendo el mundo que esta cumbre contribuye a configurar, el poder de arrastre israelí se diluye, porque hay otros polos que no responden a las mismas presiones domésticas estadounidenses ni a la misma arquitectura de influencia que hoy ejerce Israel sobre la élite política y económica de Estados Unidos. El mundo que emerge es, entre otras cosas, el mundo en que esa anomalía comenzará a colapsar bajo su propio peso.
En retrospectiva, estamos en una cumbre histórica o simplemente en una reunión de negocios
La diferencia esencial entre la visita de Nixon en 1972 y la de Trump en 2026 no es solo de poder material acumulado. Es de dirección, de estrategia, de determinación. Y esto lo determina, en última instancia, qué trayectoria ha seguido cada país en el intervalo, y qué horizonte proyecta hacia adelante. Es claro que los acuerdos de 1972 cambiaron el mundo y supusieron para China un impulso enorme para lograr su modernización. Ahora Trump busca frenar ese desarrollo, pero tiene que emplear su capacidad negociadora para evitar su debacle.
China acaba de iniciar su decimoquinto Plan Quinquenal con indicadores que apuntan a la consolidación de su posición en los sectores de mayor valor añadido de la economía global, la inteligencia artificial, los semiconductores, las baterías de estado sólido, la energía nuclear de cuarta generación y los sistemas de armas hipersónicas, son los vectores de una estrategia que no improvisa, que muestra preparación para dar respuesta a la presión. China tiene una hoja de ruta trazada con décadas de antelación.
Trump llegó a poder para gestionar un país en crisis. Estados Unidos, bajo Trump, afronta el deterioro relativo del nivel de vida de su clase media, un déficit fiscal que excede el billón y medio anual, una deuda que supera el 130 por ciento del PIB, una infraestructura envejecida y una sociedad fragmentada por la polarización política más intensa desde la Guerra Civil.
Pero el contraste no es entre un país próspero y uno en declive relativo, porque Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo en términos nominales y la potencia militar más sofisticada del planeta. El contraste es entre un país que está agotando su margen de maniobra y otro que lo está expandiendo. En el análisis de poder relativo, esa diferencia de dirección importa más que el punto de partida.
La lista de lo que Trump puede ofrecer a Xi sin cruzar sus propias líneas rojas, es notablemente más corta que la lista de lo que pide a cambio. Esa asimetría de agenda es la mejor medida de cuánto ha cambiado el equilibrio de poder entre las dos potencias en medio siglo. Nixon llegó a Pekín a rediseñar el mundo; Trump llega a tratar de gestionarlo, pero sin capacidades reales para lograr su propósito.
La cumbre Trump – Xi, no cierra ningún capítulo, al contrario, abre uno nuevo. Confirma, con la contundencia que solo tienen los hechos consumados, que el sistema internacional ha entrado en una fase de transición hegemónica sin precedentes directos en la historia moderna. El desafío del orden multipolar emergente solo se puede materializar sí las instituciones, los canales diplomáticos y los intereses económicos del estado transnacional son lo suficientemente robustas para gestionar esta transición de forma pacífica sin llegar a un enfrentamiento directo.
La respuesta a esa pregunta no se escribirá en 2026. Pero se comenzará a esbozar en esta reunión. O quizás en una cumbre tripartita. El tiempo lo dirá.
