Del etnocentrismo al tribalismo
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Como miembro de aquella pequeña tribu a la que tenía que pertenecer para sobrevivir, el hombre era todo menos libre. La libertad es una construcción de la civilización.
Friedrich Hayek
Uno de los problemas que persiste en el mundo es el etnocentrismo, pensar que una determinada cultura es más que las otras. Nacionalismos, migracionismo, conflictos territoriales pueden ser la razón de tal fenómeno. Con relación a ello, Samuel Huntington argumenta que la política mundial estará dominada por este fenómeno, convirtiendo las líneas culturales en los frentes del mañana. Serán esos los conflictos que reinarán en el mundo.
Señala Huntington que las civilizaciones son las últimas tribus humanas, y el choque de civilizaciones es un conflicto tribal a escala planetaria, entiéndase por civilización a la forma más elevada de la identidad cultural. Siendo la religión el aspecto más relevante en dichos enfrentamientos entre las naciones. De ahí que creencias arraigadas, fanatismos, desembocarán en intolerancia y guerras.
Sin embargo, el choque entre civilizaciones será quizás lo manifiesto de dichos conflictos en el mundo, mas no la causa real. Los intereses económicos, el control de los recursos naturales, petróleo, minerales raros, así como territorios estratégicos, son el verdadero motivo de los conflictos y de la intervención de países como Estados Unidos en el mundo.
El sentimiento de pertenecía se construye a partir de la conexión subjetiva que una persona experimenta al sentirse aceptada, cómoda y valorada dentro de un grupo, comunidad u organización. De modo que las sociedades basan su conjunción a partir de ese sentimiento. Por lo que el sentimiento de pertenencia y el culturalismo son dos conceptos estrechamente vinculados en la sociología, la psicología y la antropología, ya que, a partir de ahí, cada individuo no solo construye su identidad, sino se vincula emocional y socialmente con un grupo específico.
Y es que, cuando una sociedad considera que la interpretación que hace de la realidad es la que corresponde a sus intereses, la impone desde la esfera ideológica, a todos aquellos que formen parte de esa comunidad. De manera que ese tiene que ser el comportamiento al que se deben apegar sus miembros, pues con ello, se fortalece el sentimiento de pertenencia, al extremo y muchas veces recurriendo a medidas represivas.
De ahí que las personas que son educadas a partir de tal criterio creen que sus patrones de crianza son los correctos y juzgan a los que son diferentes, como extraños, ajenos, incomprensibles e incluso despreciables, lo que abre el camino al etnocentrismo y a los conflictos que ello conlleva.
Pero, a pesar de que la endoculturación transmite valores culturales, que se aprenden sin cuestionamiento alguno por parte de las personas que se someten a tal proceso, con el correr del tiempo surgen disidencias en algunos, los que discrepan de la importancia que puedan tener determinados rasgos, costumbres, valores adquiridos, acciones que corresponden a individuos que no están de acuerdo en continuar con determinados valores culturales en la que fueron formados.
No obstante, es comprensible que una persona que ha nacido en una determinada cultura considere que lo que ha aprendido en ella es lo correcto y, al creerlo firmemente, vea erróneo el comportamiento y valores de aquellos que no son como los propios. Ninguna persona se asociaría convencida de que lo que se practica en ese núcleo en particular al que pertenece o se ha unido, está en lo incorrecto, al menos, para sus intereses. Ello sumado a que, por lo regular, no se le otorgan las herramientas críticas para cuestionar lo que valoran ser lo correcto, fortalece esa unidad de criterio.
Y es que ninguna persona se asocia, se manifiesta, actúa y se comporta de tal forma que valore el actuar que ha aprendido como equivocado, máxime que no tiene otro referente de comparación ni el juicio crítico para cuestionar su propios rasgos culturales y cuestionar objetivamente el de otros.
Sobre el tema cultural, la política va por debajo de esta, decía el periodista Andrew Breitbart y estaba en lo correcto. El poder subyace en los valores culturales de una comunidad, por lo que un sujeto que pertenece a determinado grupo étnico, es decir, comparte los rasgos físicos y culturales de esa comunidad, adopta sus valores pasivamente, lo que le deja poco margen de decisión sobre los rasgos identitarios que ha adquirido, sobre las costumbres, creencias y valores, en fin, sobre los aspectos que lo caracterizan.
Ahora bien, quién estableció esos valores, esos criterios, esa forma de comportarse en la sociedad, será que fue construido por la misma sociedad de forma consensuada o hubo alguien, un sector que los estableció e impuso. Será que fue un líder, un guía el que paulatinamente utilizó tales criterios como un mecanismo de integración, protección, sujeción y de poder.
Es claro que para conjuntarse dentro de la sociedad, sus miembros crean procedimientos constituidos por formas de pensar y de actuar, normas de comportamiento para sus integrantes, reglas que se deben cumplir de cara a una realidad específica que los afecta, lo que nuevamente conducen al sentimiento de pertenencia y a la unidad de sus miembros, a su integración para su seguridad, sistema de creencias que muy pocos cuestionan por temor a ser marginados, rechazados, no aceptados, excluidos y, sobre todo, porque se les ha impuesto dentro de su formación.
Los vínculos que se establecen a través de la cultura son nexos que apelan a la emotividad y a la funcionalidad más que a la racionalidad y al criterio. Por qué, por ejemplo, en lagunas regiones de la India las vacas son sagradas y, a pesar de que puedan padecer hambre sus habitantes, no se las comen. No lo hacen, ya que, para ellos, las vacas son sagradas, son un símbolo de maternidad, vida y generosidad divina. El vínculo emocional y religioso prohíbe su consumo, priorizando el respeto al símbolo por encima de la urgencia nutricional inmediata.
Quién decidió la forma de vestir, de comer, de hablar, la forma de comportarse y de concebir el mundo, los rituales dentro de una cultura, que se convierten en costumbres arraigadas. El factor ideológico cultural, en este caso, cobra importancia ya que, como lo señalara Karl Marx, responde a las condiciones materiales que sustentan a la sociedad. Las condiciones materiales urden toda una forma de pensar que tienen como su referente más cercano a la circunstancia específica de cada pueblo, a las relaciones socioeconómicas que ahí se establecen y las de poder que se deriven de esas.
Por lo que tales criterios son establecidos atendiendo a los intereses económicos de los agentes de poder, canalizados, ya sea por un agente político, militar o religioso, los que han utilizado la violencia y la coacción, para moldear la conducta de la sociedad. Siendo en gran parte responsable de ello, a nivel ideológico, los sistemas educativos, que no permiten la formación del pensamiento reflexivo, a partir de lo que Paulo Freire denominó “educación domesticadora”, que anula no solo la autonomía de pensamiento, sino la posibilidad de pensar con criterio sobre los múltiples escenarios en los que se desenvuelven las personas.
Una élite que, entre los sectores antes citados, decide los rasgos característicos que identificarán a los miembros de la sociedad, lo que da vigencia y permanencia a la cultura y, desde luego, resguarda el sistema económico que la sostiene y, a su vez, las relaciones de poder. Curiosamente, al pensamiento hegemónico le interesa exaltar la diversidad, la fomenta, aunque aparentemente exprese estar en contra del multiculturalismo. Su interés se centra en universalizar el criterio individualista, el consumismo, la competitividad, la propiedad privada y la economía liberal.
Los aspectos ideológicos que corresponden a las culturas, que se traducen en rasgos característicos, manifestaciones propias de sus miembros, en la mayoría de las veces se sustentan a partir de inclinaciones emotivas y valorativas, más que en criterios racionales y prácticos, aunque les son funcionales a la comunidad, lo que buscan es integrar a un determinado grupo de personas, a partir de una unidad de rasgos que los identifique, que se expresan a partir de la diversidad cultural.
Al ser, todo ser humano, él y su circunstancia, lo que es y será dentro de una sociedad no depende solo de él, le corresponde, también, el lugar en donde se desenvuelve y los aspectos que lo afectan directa o indirectamente. De ahí que sea comprensible que los rasgos identitarios que posee, por ejemplo, una cultura que dependa de la pesca en un lugar aledaño a una zona polar, sea distinto a aquellos que se desenvuelven en la Amazonía, aun existiendo similitudes en el acto de pescar y en la urgencia de cubrir dicha necesidad para poder vivir.
Ambas culturas se diferencian, en el horizonte en el que se desenvuelven, en la forma de solventar sus dificultades, rituales, pero se asemejan en que ambas tienen las mismas necesidades por satisfacer. En Paquistán es común que, en las familias, se coma en el piso y se utilicen las manos como cubiertos, lo que para las culturas occidentales podría ser motivo de extrañeza y aversión. En este caso, lo relevante es que no importa la forma en la que satisfacen dicha necesidad, todos los seres humanos tienen que comer.
¿De qué depende el color de la piel de una persona, la que poseen los miembros de una etnia, su constitución física? Depende, históricamente, del lugar del planeta en el que vivieron los ancestros de esa persona, debido a un proceso de adaptación evolutiva, a la radiación ultravioleta (UV) del Sol. De modo que la piel blanca, corresponde a zonas más frías del planeta y la oscura, a los habitantes del trópico, lo que no se traduce en diferencias cognitivas.
Para ser más precisos, las diferencias del color de la piel, en los seres humanos, así como su complexión física, color de ojos, aspectos accidentales, corresponden a la dieta de la persona, al lugar en el que habitan, a aspectos accidentales que los afectan. A pesar de ello, fueron las diferencias somáticas las que originaron el concepto de razas humanas y, de estas, a su clasificación de razas superiores e inferiores, en función de intereses de dominación.
El naturalista sueco Carl Linneo y el antropólogo alemán Johann Friedrich Blumenbach fueron las principales figuras históricas que formalizaron la clasificación de los seres humanos en categorías raciales, durante los siglos XVIII y XIX. En donde la craneometría, el color de piel, los aspectos superficiales de las personas, fueron los factores que determinaron tal división.
Sin embargo, la ciencia ha develado que no existe tal división humana en razas. A partir de estudios de ADN se ha desmentido tal clasificación, por lo que solo existe una raza, la humana, la diferencia entre los distintos grupos sociales que habitan en este planeta consiste en la variedad de manifestaciones culturales, rasgos característicos, aspectos accidentales, especificidades manifiestas, que determinaron su clasificación en etnias.
Los seres humanos comparten el 99.9% de su ADN, pero existen pequeñas variaciones en la frecuencia de ciertos genes, según la región geográfica y la ascendencia de los grupos. De ahí que las diferencias entre grupos humanos no definen «razas» biológicas, sino diferencias sutiles, debidas a la adaptación al entorno, las migraciones y el aislamiento geográfico a lo largo de los milenios que ha padecido la humanidad. Y es así como la ciencia moderna y la genética han demostrado que la raza es una construcción social y no una realidad biológica.
El concepto de raza persiste porque beneficia a las estructuras de poder de ciertos grupos dominantes, mantener viva la noción que existen diferencias intrínsecas, ayuda a normalizar las brechas socioeconómicas y la distribución desigual de recursos, lo que sostiene el estado actual de las cosas, en el que hay grupos que se creen con el derecho de someter a otras y se les hace creer a las otras que son inferiores.
Por lo que el etnocentrismo constituye una forma de demeritar los rasgos característicos de determinada cultura o culturas, a partir de considerar que, a la que se pertenece, es superior. El fascismo y nazismo, así como el sionismo, han sido y son grupos etnocéntricos que lo ejemplifican, sobre la base de las diferencias accidentales de las personas, que las traducen en etnocentrismo.
Para Samuel Huntington, las diferencias entre las civilizaciones son profundas, permanentes y constituyen el principal motor de conflicto en el mundo, posterior a la Guerra Fría. Pero, cómo es que la identidad cultural sea lo que causa principalmente la discordia en el mundo, se esperaría que fueran los intereses económicos, los realmente causantes de los conflictos, ya que las diferencias culturales solo son el pretexto para agudizar el sentimiento de aversión.
No obstante, las diferencias culturares se exaltan a pesar de que solo son formas accesorias de las manifestaciones humanas, de lo esencial que identifica a la especie, lo que, contrariamente a esas diferencias, mantienen un nexo común que une a las personas o debería unirlas, que es la de ser seres humanos.
Actualmente, el tribalismo fragmenta a la humanidad, ya que identificarse con un grupo en particular, sobre poner ese criterio por encima de los esencial humano, es lo que causa artificialmente, desunión entre las personas que enfrentan problemas y a un enemigo común, que no se hacen visibles debido a la prioridad que representa para ellos, el derecho a la diversidad y el de las minorías.
En Guatemala, la rivalidad que existen entre los equipos de fútbol, Municipal y Comunicaciones, trascendió al límite de la violencia el 27de abril de 2014, durante el Clásico 278, el incidente dejó como saldo el fallecimiento de Kevin Díaz, un joven de 17 años seguidor de Comunicaciones, quien fue interceptado, vapuleado y herido de gravedad con arma blanca por supuestos integrantes de la porra de Municipal. Estos fanáticos seguidores de los equipos más populares del país son un claro ejemplo de tribalismo.
Qué es el tribalismo, es la tendencia a mantener una lealtad extrema hacia el propio grupo social (endogrupo) y a rechazar o ignorar a quienes no pertenecen a él (exogrupo). El sentimiento de pertenencia a determinado grupo, sea este de preferencia sexual, genero, religioso, gremial o deportivo, nuevamente causa discordia cuando una persona se identifica irracionalmente con fuerte apego al propio grupo, con desprecio o recelo hacia el resto de la sociedad.
El capitalismo y la derecha se han encargado de fomentar el tribalismo, exaltando las diferencias entre los grupos, los gremios, las minorías y sus particulares reivindicaciones que, aunque puedan considerarse justas, resultan no ser el procedimiento para lograr la superación de las diferencias y la construcción de un mundo más justo y ecuánime. Ya que atomizan la lucha en contra del enemigo común, lo invisibilizan, trasladando el conflicto al grupo opuesto a los intereses de cada sector.
Teniendo como a su mejores aliados a las redes sociales y a los medios de comunicación, esas diferencias han sido acentuadas. El tribalismo, en este caso, queda plenamente establecido, cada grupo defiende sus intereses invisibilizando las causas comunes, las que por alguna razón a todos afectan y son causantes de sus desgracias e inconformidad.
A los grupos que reivindican tales luchas se les identifica como de izquierda y a sus opositores, como la derecha conservadora. No obstante, son disputas de baja intensidad, que, sin embargo, pueden, en su momento, llega a ser una controversia de mayor intensidad y riesgo. Si embargo, ciertos grupos denominados de izquierda, parten del criterio tribal y no del universal, como el que postulaba Karl Marx, que pretenden reivindicar causas al nivel supraestructural y no infraestructural como lo demanda el marxismo.
A eso se le añade el neotribalismo, que es la tendencia de las personas en las sociedades modernas a unirse en microgrupos o «tribus» basadas en afinidades, emociones y gusto. Lo que, para Michel Maffesoli, surge como una respuesta directa al declive del individualismo moderno y a la saturación de las instituciones frías y racionales de la modernidad. Ejemplo de ellos son los grupos de góticos, punks, gamers, hípsters, HIIT, etc., los que se asocian y basan su sentimiento de pertenencia en emociones compartidas, rituales y lealtad intensa, no buscan necesariamente oponerse al sistema, sino llenar un vacío existencial y de aislamiento.
En síntesis, del etnocentrismo que divide, se fomenta, actualmente, el tribalismo que continúa haciéndolo. Siendo que el tribalismo es una forma de organización social basada en la pertenencia a un grupo o tribu, así como la tendencia psicológica y social a mostrar una lealtad extrema hacia el propio grupo, a menudo ignorando, rechazando o discriminando al resto de la sociedad. De ahí que el feminismo, la comunidad LGTB, los ambientalistas, Testigos de Jehová, MenEngage Alliance, entre otras, que constituyen formas de tribalismo.
La lucha por la reivindicación de las minorías es válida e incuestionable en un mundo en donde no se respeta la dignidad humana, siempre y cuando no rebasen el límite de la seguridad de la sociedad ni vulneren los derechos inalienables de los demás. Pero que cada uno de esos grupos antepongan consignas particulares en detrimento de requerimientos universales, necesarios para todos los seres humanos, es un procedimiento inadecuado.
Lo que hace ese modo de actuar es enfrentar a todos esos grupos con aquellos que difieren, en criterio, sobre determinados puntos de vista sobre la realidad, las preferencias e inclinaciones humanas, desatendiendo aspectos como las condiciones materiales de vida, repartición de la riqueza, pobreza, inseguridad generalizada existente en el mundo, se convierte únicamente en una guerra de poder descarnada entre diferentes tribus.
Grupos que se denominan de izquierda, progresistas, son los que defienden ese tipo de diversidad y precisamente a estos son los que critica Susan Neiman en su libro Izquierda no es woke, al señalar que tienen raíces reaccionarias que, aunque parte de emociones progresistas legítimas —como la empatía hacia los marginados—, termina socavando los valores universales de la izquierda tradicional y, con ello, favorecen El “establishmen”, el grupo de personas, instituciones o élites influyentes.
Anteponiendo intereses tribales, dejan por un lado principios y preceptos universales como la justicia, la equidad, aplicables a todos los seres humanos y, en cambio, priorizan identidades particulares (raza, género o sexo), fragmentando la unidad de los sectores desposeídos, materialmente excluidos y explotados, a los que Karl Marx hiciera mención en sus tratados filosóficos y económicos.
Las emociones, en este caso, pesan más que la racionalidad y, así, el sentimiento de pertenencia nuevamente aflora sobre lo esencial de la naturaleza humana, que se diluye en la capa exterior de las preferencias, inclinaciones, especificidades, aglutinadas en los grupos, gremios, sectas, prevaleciendo lo accidental sobre lo fundamental. Y como lo señalo Alexander Von Humboldt, en este caso, las hojas no permiten ver al árbol, no obstante, hay que también tener cuidado que el árbol oculte a cada una de sus hojas.
La diversidad engrandece, dicen muchos slogans que se difunden en el mundo, pero ¿será que, al decirlo, están en lo correcto? Cuando esas diferencias se traducen en fanatismos y, con ello, se cierra la posibilidad de entablar un diálogo para lograr acuerdos sobre temas capitales, que atañen no solo a las culturas en particular, sino a la especie humana e incluso a la permanencia del planeta, es claro que el procedimiento que proclama esa frase no es el correcto, ya que tiene que ser matizado.
Toda lucha reivindicativa, emprendida por cualquier grupo dentro de una sociedad, incluso las del rango individual, debe contemplar los alcances de sus peticiones y la amenaza que pudieran causar, si con ello socavan o entorpecen el interés común de aquellos que luchan por el cese de la explotación y de la tiranía, de un sistema que deshumaniza a la sociedad y, desde luego, a cada uno de sus miembros.
Hablan de cambiar la sociedad patriarcal, excluyente y discriminatoria, pero eso no se acabará si continúan las mismas condiciones de miseria, de explotación y falta de oportunidad de desarrollo, en un sistema en el que las condiciones materiales privilegian a unos pocos y someten a la miseria a muchos.
Los males de las sociedades son muchos y la mayoría de esos son el resultado de un sistema que impone condiciones injustas a un gran sector de la población para beneficiar a unos pocos. De ahí que una sociedad enferma reproduce patrones enfermos de comportamiento.
