Brasil y el problema que las izquierdas todavía no quieren mirar
Marco Fonseca
Los resultados de la primera vuelta brasileña son perturbadores por varias razones. Que Flávio Bolsonaro haya terminado arriba de Lula, con 47,03 por ciento frente a 45,16 es realmente inquietante. Pero más allá de ello hay algo en este proceso realmente más oscuro, profundo y difícil de admitir o entender. El bolsonarismo no sobrevivió a Jair Bolsonaro como una anomalía personal o caudillista, un accidente meramente autoritario o una enfermedad pasajera de la democracia brasileña. Lo más profundo es que, incluso después del retorno triunfal de Lula al poder en octubre de 2022, el bolsonarismo se transformó en una fuerza social, cultural, territorial y tecnológica – una fuerza hegemónica recargada – capaz de reproducirse más allá de su fundador. Con 56,1 millones de votos, una abstención superior al 21 por ciento y una expansión formidable del Partido Liberal (PL, una fuerza de extrema derecha) en el Congreso, el problema ya no consiste en cómo ganar una segunda vuelta. La cuestión de fondo es qué tipo de sociedad está produciendo electoralmente la derecha extrema y por qué las izquierdas, desde las centristas hasta las más «progresistas» y activistas, siguen llegando tarde a ese proceso.
Desde una perspectiva radicalmente democrática, como la desarrollo en mi libro La articulación democrática, el dato crítico no consiste únicamente en que Lula haya quedado dos puntos abajo. El dato más perturbador es que el PL emergió como la fuerza dominante en ambas cámaras y que figuras como Nikolas Ferreira (joven figura central del bolsonarismo y diputado federal) y Lucas Pavanato (ex influenciador digital que ahora fue elegido diputado federal por São Paulo) superaron los tres millones de votos. Esto muestra que el bolsonarismo no es solamente una candidatura presidencial. Es una articulación reaccionaria que conecta iglesias, redes digitales, empresarios, agronegocio, discursos securitarios, resentimientos de clase, masculinidades autoritarias y una guerra cultural permanente. Mientras el PT ha gobernado principalmente desde el Estado y ha confiado en que salarios, empleo, transferencias y políticas públicas produzcan por sí mismas lealtades políticas, la derecha ha trabajado sobre la subjetividad cotidiana, los afectos y el sentido común. Ese es el suelo abonado del fascismo.
Aquí aparece un paralelo importante con la reciente elección en Colombia. La derrota de Iván Cepeda mostró los límites de una estrategia que confundió la continuidad gubernamental con la capacidad de conservar y ampliar una voluntad colectiva. El Pacto Histórico llegó al balotaje con una enorme fuerza electoral, pero no con una articulación democrática suficientemente extensa para atravesar las fronteras del campo ya convencido. Algo semejante ocurre ahora con Lula. El PT conserva un aparato formidable, una memoria popular real y una base social también enorme, pero parece seguir pensando la política desde la lógica de la administración estatal, la coalición electoral y la defensa de conquistas. Eso, a veces, puede ganar elecciones. Lo que ya no garantiza, sin embargo, es producir autonomía popular ni disputar la formación de sujetos. Si no disputamos el terreno oscuro de la subjetividad, no desarrollamos contrahegemonía.
Es justamente aquí, entonces, donde la discusión sobre las plebes, las masas o las multitudes se vuelve incómoda, sobre todo para las izquierdas. Pues no basta con romantizarlas como portadoras espontáneas de emancipación. Claro, tampoco sirve despreciarlas cuando votan por la derecha. Las masas populares son precisamente el terreno de disputa y, bajo determinadas condiciones, también pueden convertirse en mercado electoral, audiencia segmentada y materia prima de operaciones afectivas. Por ello, cuando hablamos de «idiotización» no estamos insultando al votante, sino nombrando procesos de base que destruyen capacidades de atención, juicio y elaboración colectiva. Con la idiotización la gente pierde la capacidad de razonar y, en su lugar, busca escoger entre marcas solo superficialmente diferenciadas. La pregunta dura es, por tanto, qué ocurre cuando la precariedad, el endeudamiento, el emprendimiento forzado, la religiosidad competitiva (muy, muy central en las elecciones de Brasil) y la exposición permanente a plataformas algorítmicas producen sujetos que experimentan la dominación como libertad. Es el problema del «neoliberalismo desde abajo» trabajado por Verónica Gago en diálogo con Wendy Brown. La racionalidad neoliberal no solamente baja desde el Estado o las finanzas. También se encarna en prácticas, deseos y formas populares de supervivencia.
Coincido, en esto, con el análisis de Rodrigo Nunes cuando dice:
Y hay que decir que, en cierto modo, el impulso ha estado del lado de la derecha desde 2018. La derecha ha logrado —si entendemos por revolución cultural el hecho de moldear la forma en que la mayoría de la gente percibe la realidad y lo que sucede a su alrededor—, se podría decir que la extrema derecha ha conseguido generar una revolución cultural en Brasil, especialmente en el sur del país y en aquellas zonas donde el agronegocio es fuerte —o lo que podría llamarse la frontera extractiva, donde operan el agronegocio, la minería, etcétera—, e incluso en el sureste y en las periferias brasileñas. Allí, mucha gente ve en la extrema derecha una promesa: «Bueno, si esto es todo lo que hay, si lo único que podemos esperar del futuro es una dinámica de “el pez grande se come al chico”, una lucha cada vez más competitiva de todos contra todos, al menos la extrema derecha dice que el Estado dejará de agobiarnos. No tendremos que… pagaremos menos impuestos. Habrá menos regulaciones que nos impidan hacer lo necesario para sobrevivir. Y, al fin y al cabo, aunque siga sufriendo una explotación extrema, al menos nadie me dirá que no puedo hacer bromas sobre los homosexuales ni se meterá en mi vida privada si golpeo a mi mujer». Así pues, existe un abanico muy complejo —digamos— de compensaciones materiales y psicológicas que ofrece la extrema derecha. Y hay que reconocer que es un mensaje que ha funcionado. Y aunque Lula ha estado en el poder durante los últimos cuatro años, siempre tuvo que lidiar con un Congreso mayoritariamente de derecha y extrema derecha. No logró hacer ni de lejos lo suficiente para contrarrestar la fuerza de la extrema derecha en la sociedad brasileña. Y lo que vemos es, básicamente, un crecimiento continuo. Aunque Bolsonaro perdió las últimas elecciones frente a Lula, lo que se observa es un crecimiento continuo desde 2018 hasta la actualidad. Y esto se refleja en cómo se impusieron en la mayoría de los estados, cómo lograron la mayoría en el Congreso, y así sucesivamente.
Entonces, podríamos ver, podríamos terminar viendo a Brasil, como El Salvador, convirtiéndose en una primera línea de apoyo para las políticas migratorias de Trump en los EE. UU., pero también Flávio Bolsonaro ha hablado muy abierta y muy claramente sobre el hecho de que tiene la intención, y, obviamente, esto es parte del trato que está haciendo con los EE. UU., el actual gobierno de los EE. UU., ha hablado muy abiertamente sobre el hecho de que si gana, las tierras raras de Brasil serán… serán y otros recursos, como el petróleo, etc., estarán enteramente dedicados a los intereses de Estados Unidos, lo que, obviamente, en la situación actual de Estados Unidos en su competencia internacional con China y Brasil sería un activo importante. Brasil tiene las segundas reservas más grandes de tierras raras del mundo, y también una de las mayores reservas de petróleo, por lo que esto sería un activo importante para Estados Unidos en los próximos años.
Byung-Chul Han nos permite captar otra dimensión. La vieja esfera pública está siendo reemplazada por una infocracia de la posverdad donde la política opera como guerra de información, excitación y microsegmentación. En Brasil esto ya no es una hipótesis. La campaña de Flávio Bolsonaro utilizó redes de WhatsApp para distribuir mensajes falsos y estimular su circulación, mientras la disputa política se organizó alrededor de contenidos religiosos, miedos morales y fragmentos diseñados para viralizarse. La derecha comprendió que en el régimen digital la atención vale más que la argumentación y que la identificación afectiva puede derrotar al balance racional de un gobierno. La verdad ya no importa en la política de la posverdad.
Mamdani entendió todo esto y mucho más en Nueva York. No trató las redes como canales para distribuir propaganda diseñada por consultores, sino como extensiones de una organización política capaz de traducir demandas concretas, producir lenguaje propio y activar voluntariado. Aquí el reconocimiento mutuo, la solidaridad, la comunidad, la inclusión se convirtieron en su propio fin y no en medios electorales ni en promesas para un paquete de políticas del futuro. Ese contraste importa y también dio resultados positivos recientes en la campaña política similar Elif Eralp y Die Linke en la ciudad alemana de Berlín. Pero las izquierdas latinoamericanas todavía piensan demasiado en «comunicación política» de programas precocinados cuando debería estar pensando en nuevas formas de articulación democrática que atraviesen territorio, cultura, tecnología y vida cotidiana mucho antes de llegar a los programas o las campañas.
Naomi Klein y Astra Taylor llaman a la fase actual “fascismo del fin de los tiempos”. William I. Robinson, desde otro ángulo, identifica una Pax Silica en la que capital tecnológico, militarización, vigilancia, automatización y control social convergen en una nueva arquitectura global de poder. Brasil no está fuera de esa transformación. Tampoco Colombia. Tampoco Guatemala. El trumpismo latinoamericano debe entenderse dentro de esa reorganización transnacional, no como simple copia ideológica de Trump. La intervención de Estados Unidos en el auge de las ultraderechas latinoamericanas no fue una excepción en el caso brasileño. En palabras de Nunes:
Si bien en las elecciones anteriores Estados Unidos desempeñó un papel muy positivo al dejar claro a Jair Bolsonaro que no respaldaría ningún intento de golpe para anular los resultados electorales, en los comicios actuales —y desde el año pasado— se ha observado un patrón evidente de injerencia estadounidense. Esto comenzó con los aranceles impuestos a Brasil durante los procesos relacionados con el golpe que concluyeron en septiembre del año pasado; hubo una actividad muy abierta y explícita por parte de uno de los hermanos Bolsonaro para presionar al gobierno de EE. UU. a imponer dichas tarifas. De hecho, este año se han aplicado más aranceles a Brasil.
A esto se suma otra cuestión objeto de presión por parte de la familia Bolsonaro: la reciente designación por parte de Estados Unidos de las dos principales facciones del narcotráfico en Brasil como organizaciones terroristas. Según el patrón observado en lugares como Colombia o Venezuela, entendemos que este paso suele ser el preludio de una injerencia más intensa —que podría incluir una intervención militar—, la cual, bajo el pretexto de combatir la guerra contra las drogas, supone en realidad una intromisión en la política interna y el posicionamiento a favor de determinadas facciones políticas en los países de la región.
Por último, se ha detectado un patrón de inversión de fondos —provenientes tanto de partidarios del presidente Trump o de la extrema derecha estadounidense como del propio Departamento de Estado— destinados a actividades políticas en Brasil. Dichos fondos se han canalizado sistemáticamente hacia sectores de derecha para apoyar la candidatura de Flávio Bolsonaro y a sus partidarios.
Por eso la segunda vuelta brasileña importa, pero no resuelve el problema de fondo y quizás sea demasiado tarde para hacerlo. Incluso si Lula gana, la primera vuelta ya dejó una advertencia sombría. Sin una reforma intelectual y moral capaz de transformar el sentido común y sin formas de articulación democrática que amplíen la autonomía de las clases subalternas, las izquierdas de siempre seguirán administrando Estados mientras las derechas producen consenso y sociedad desde el suelo oscuro de la subjetividad plebeya – con ayuda puntual y persuasiva que viene directo del libro de Apocalipsis. Esto no es un punto menor porque, en el fondo, quien produce sociedad termina también conquistando el Estado.
