Arévalo ante las elecciones estadounidenses: los costos de apostar por Trump

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Marco Fonseca

Las elecciones de medio término del 3 de noviembre en Estados Unidos también importan para Guatemala. Se disputan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado. El resultado determinará el equilibrio legislativo durante los próximos dos años y los controles que enfrentará Donald Trump para desarrollar su agenda reaccionaria. Para Bernardo Arévalo, como presidente de Guatemala, la elección pondrá a prueba su estrategia de acercamiento a Washington.

El gobierno guatemalteco ha hecho concesiones importantes en materia migratoria, económica y militar – concesiones sobre las que Arévalo nunca habló cuando estaba en campaña electoral y que tampoco están en el programa de Semilla. En política migratoria, aceptó ampliar la recepción de deportados e incorporar personas de otras nacionalidades. Prensa Comunitaria documentó, además, cómo los entendimientos entre ambas administraciones pusieron en riesgo de deportación irregular a cientos de menores guatemaltecos. Estas decisiones justifican ampliamente el cuestionamiento de una política que acomoda prioridades estadounidenses mientras compromete derechos de la población que Arévalo debe proteger.

Arévalo también ha establecido una relación estrecha con la administración de Trump basada en la alineación estratégica y la cooperación en seguridad. Según el exembajador Stephen McFarland, Trump ve a Arévalo como un «aliado fiable» para avanzar intereses compartidos, especialmente en materia de lucha contra el narcotráfico y la política migratoria. A cambio, Guatemala recibió promesas de apoyo para proyectos de infraestructura.

Si bien a mediados de 2025 Arévalo dijo que Guatemala respaldaría iniciativas regionales lideradas por Claudia Sheinbaum y Luiz Inácio Lula da Silva como la creación de una Cumbre para el Bienestar Económico y la expansión de pagos en moneda local dentro de la Celac para proteger la economía guatemalteca, la carta de Trump a Arévalo en septiembre de ese año sentó otro tono.

En su carta fechada 8 de septiembre de 2025 Trump felicitó a Guatemala y elogió el fortalecimiento de las interdicciones de precursores químicos sintéticos utilizados para fabricar drogas, afirmando que la labor de Arévalo «salva vidas». Trump también destacó «pasos históricos» como acuerdos de seguridad para aeropuertos y puertos marítimos, y la modernización de la infraestructura estratégica guatemalteca en colaboración con el Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense. Además, aunque Arévalo estaba negociando con Washington para bajar o eliminar la tasa arancelaria del 10 % a los productos guatemaltecos – bajo enorme presión de los sindicatos empresariales organizados – Trump expresó interés en «un comercio más sólido y un comercio justo» entre ambos países. ¿Qué espacio de autonomía deja todo esto para que Guatemala se acerque más a Celac o tome decisiones más soberanas? Poco o nada pues la relación de Arévalo con Trump ha sido un verdadero pacto faustiano.

Claro, el pacto faustiano con el trumpismo tiene una justificación pragmática que resulta, en la superficie, muy comprensible pues Guatemala mantiene una relación profundamente desigual y dependiente con Estados Unidos, y Arévalo enfrenta fuerzas internas empeñadas en bloquear su mandato – desde el crimen organizado, la extrema derecha y grupos empresariales muy poderosos. Pero la asimetría estructural entre el imperio y la colonia exige evaluar críticamente los resultados de cada concesión y el punto en el cual han degradado sustancialmente la soberanía nacional. Pues cooperar con Trump no garantiza nunca protección frente a las redes de impunidad guatemaltecas, ni asegura consideración hacia las familias migrantes.

Recordemos que el gobierno de Trump es, él mismo, producto de redes de impunidad, corrupción y crimen – la presidencia más corrupta en la historia de Estados Unidos. Por ello, también, basta un endurecimiento leve y caprichoso en el humor de Trump para que de la noche a la mañana anuncie en su red social Truth Social que ha cambiado de parecer y que va a apoyar el ascenso de la extrema derecha en Guatemala, tal y como lo ha hecho en muchos países de Latinoamérica. En el fondo, aparte de sus propias inclinaciones ideológicas y pragmáticas, esa posibilidad es la que también ha conducido a Arévalo a concederle todo lo esencial a Trump con la esperanza de apaciguar sus más erráticos y reaccionarios instintos supremacistas e imperiales. Hasta hoy sí le ha funcionado.

Pero aquí es donde las elecciones del 3 de noviembre entran decisivamente en el tablero. Porque si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump tendrá mayores facilidades legislativas para impulsar su agenda en el marco de la Doctrina Donroe. En ese caso, Arévalo podría enfrentar nuevas exigencias sobre deportaciones, control fronterizo y seguridad – incluyendo intervenciones militares directas de EE.UU. en territorio nacional. Su disposición previa a cooperar (su pacto faustiano) podría convertirse en punto de partida para demandas adicionales más profundas y costosas. Y Arévalo ha demostrado tener poquísima capacidad política, por todas las razones arriba listadas, para resistir la demandas del imperio.

Ahora bien, si los demócratas recuperan alguna cámara, podrían aumentar la fiscalización de esos acuerdos y disputar su financiamiento. En ese caso, el Ejecutivo guatemalteco tendría que explicar sus decisiones ante interlocutores que cuestionan políticas de Trump y, simultáneamente, defienden la democracia – tan precaria y disfuncional como la misma es – en Guatemala. El 15 de julio del año en curso el senador Peter Welch advirtió que quienes socaven el mandato anticorrupción de Arévalo podrían enfrentar consecuencias cuando cambie el equilibrio político en Washington.

Ninguno de esos escenarios transforma automáticamente la relación bilateral. Trump seguirá en la presidencia por dos años más y conservará amplias facultades ejecutivas con la amenaza ya anunciada de volverse más agresivo contra quienes le den la espalda. Tampoco una victoria demócrata resolverá las obvias debilidades del gobierno guatemalteco – asumiendo un cambio de curso equivalente en Guatemala. Y Arévalo no quiere dar ni la más mínima impresión de que está distanciándose de su agenda pro-empresarial.

La cuestión clave es qué autonomía conserva Arévalo o si está en condiciones ideológicas y políticas para detener su extinción o fomentar en alguna medida su expansión. Una política exterior realmente democrática, con verdadera participación de las fuerzas sociales que apoyaron la elección de Arévalo, debe diversificar interlocutores, defender a los migrantes, defender la soberanía nacional y rendir cuentas sobre sus compromisos tanto públicos como confidenciales. Las elecciones estadounidenses nos obligan a preguntar quién exactamente ha ganado en Guatemala con las concesiones realizadas a Washington y, después de poner el destino del país en manos de Trump, cuánto margen todavía conserva para decidir su propio rumbo político en caso de otro cambio drástico en el curso de la política imperial.


Fuente #RefundaciónYa

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