Gramsci contra la propaganda tecnofascista: opinión pública, sentido común y crisis de hegemonía

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Marco Fonseca

Recordar a Gramsci hoy, el día de su fallecimiento en 1937, no significa incurrir en una evocación moral o a una mera defensa abstracta de la verdad frente a la mentira. Su contribución es mucho más radical e interpelante y nos invita a entender que el fascismo no se impone simplemente mediante la censura o la violencia, sino cuando logra organizar la opinión pública, reconfigurar el sentido común y resolver, de manera regresiva y restauradora, una crisis de hegemonía.

En un pasaje decisivo, Gramsci define la opinión pública como el punto de contacto entre la sociedad civil y la sociedad política, entre consenso y coerción. En palabras de Gramsci:

Lo que se llama “opinión pública” está estrechamente vinculado con la hegemonía política, o sea que es el punto de contacto entre la “sociedad civil” y la “sociedad política”, entre el consenso y la fuerza. El Estado, cuando quiere iniciar una acción poco popular, crea preventivamente la opinión pública adecuada, esto es, organiza y centraliza ciertos elementos de la sociedad civil. (Q7, §83)

Esto implica que el poder moderno no actúa primero por la fuerza, pero tampoco simplemente por medio del consenso, sino que actúa en primer lugar preparando las condiciones para construir un consenso y, si esto falla, para que la fuerza aparezca como legítima y, en casos donde se normaliza la fuerza y la violencia, incluso para que la ausencia de la fuerza o violencia aparezca como lo excepcional. Esa es la situación en la hoy que se encuentra Estados Unidos bajo el trumpismo. Es la situación que creó Orbán en Hungría y la que ya están creando Milei y Bukele en Latinoamérica. La idea es que, incluso en ausencia de las figuras centrales de este proyecto neofascista, sus principios y prejuicios centrales queden arraigados en el sentido político común y en el consenso dominante para el largo plazo. El Estado en su sentido ampliado, por tanto, no se limita a reprimir, sino que “crea preventivamente la opinión pública adecuada” para que ciertas acciones, incluso las más violentas y represoras, aparezcan como necesarias e incluso normales.

Esta observación permite desplazar completamente el análisis contemporáneo del fascismo. La propaganda, sobre todo en clave de posverdad, no es un suplemento ideológico, ni es tampoco una obscenidad de la política, sino que se convierte en una tecnología imprescindible de gobierno y de dominación.

Propaganda, sentido común y hegemonía

El núcleo de la propaganda, en Gramsci, no es la mentira sino el sentido común. Este no es coherente ni racional. Es una sedimentación histórica de creencias, prejuicios, fragmentos científicos, religión popular, nacionalismo y experiencia cotidiana. La política efectiva no crea desde cero. Al contrario, selecciona, organiza y endurece estos elementos dispersos hasta convertirlos en política afectiva. Aquí aparece la idea gramsciana de que ideología y estructura forman una unidad compleja y el sentido común es una condensación contradictoria de esa unidad. (Q8 §182)

Por ello, el fascismo en el trabajo de Gramsci no aparece como irrupción externa, sino como reorganización interna del sentido común. Al analizar el nacionalismo del escritor y figura política italiana Enrico Corradini, Gramsci muestra cómo en el caso italiano ciertos agravios reales – subordinación internacional mezclado con desigualdades regionales – son rearticulados en una narrativa de “nación proletaria”. Como apuntaba Gramsci, ya en el caso de Corradini “la teoría está vinculada con el hecho de la emigración de grandes masas de campesinos a América”. (Q7, §82) Es interesante que, en el caso presente de Estados Unidos, Trump repita al infinito que su guerra contra la migración masiva y su guerra arancelaria con todo el mundo están justificadas porque Estados Unidos es una nación “víctima” de la cual se quieren aprovechar todos para sacar ventaja. El mecanismo operante tanto en Corradini como en Trump es crucial pues, lo que puede ser el residuo de una experiencia social legítima, es desplazada hacia una solución reaccionaria, violenta y restauradora.

Aquí entra la categoría central de hegemonía, una categoría diametralmente opuesta a las formas de autonomía sobre todo desde abajo. En una de sus notas históricas más ricas, extensas y densamente analíticas, Gramsci insiste que los proyectos dominantes de la burguesía moderna no pueden ser simplemente impuestos sobre las masas subalternas. Para que esos proyectos de dominación tengan un chance de éxito es imprescindible que los grupos dominantes construyan una dirección tanto moral como intelectual. (Q19, §24) El fascismo del momento presente, igualmente, no es ni puede ser pura coerción; es una forma degradada de dirección que apela a los prejuicios y valores más bajos y más burdos, y así transforma la crisis en obediencia y disciplina.

Crisis orgánica y salida cesarista

El fascismo emerge, en Gramsci, como respuesta a una crisis orgánica, es decir, una ruptura entre las clases sociales y las formas tradicionales de representación. En este contexto, aparece el fenómeno del cesarismo (Q13, §27) como una solución “arbitral” cuando ninguna fuerza logra imponer su dirección.

El cesarismo expresa una situación en la cual las fuerzas en lucha se equilibran de modo catastrófico, o sea que se equilibran de modo que la continuación de la lucha no puede concluir más que con la destrucción recíproca. Cuando la fuerza progresista A lucha contra la fuerza regresiva B, puede suceder no sólo que A venza a B o B venza a A, puede suceder también que no venzan ni A ni B, sino que se agoten recíprocamente y una tercera fuerza C intervenga desde fuera sometiendo lo que queda de A y de B.

El cesarismo que hoy proponen los profetas del tecnofascismo y el capitalismo transhumano desde Silicon Valley no resuelve la crisis de hegemonía, como una vez lo hizo el New Deal o el Consenso de Washington, sino que la congela mediante una combinación de coerción y consenso reorganizado. La crisis se vuelve el medio mismo del modelo de acumulación. Y la propaganda, en medio de su transformación en un mecanismo más insidioso, juega aquí un papel decisivo no como simple engaño, sino como reconstrucción de un terreno de legitimidad que permite valorizar la crisis misma.

Para ponerlo en otras palabras, el fascismo no triunfa cuando convence, sino cuando logra que ciertas preguntas dejen de formularse y ciertas soluciones dejen de buscarse. Ya sabemos que en sus versiones más extremas, como lo ha señalado Žižek, el fascismo es dominante cuando hasta sus prohibiciones tienen que ser proscritas. Se prohíbe y criminaliza la crítica a los dirigentes, pero al mismo tiempo también se prohíbe criticar la prohibición. Quienes quiebran estas reglas paran presos o exilados/as.

De la propaganda clásica a la propaganda tecnofascista

Si seguimos la lógica gramsciana, el problema contemporáneo no puede reducirse a la desinformación digital. Estamos ante la emergencia de nuevas formas de articulación entre poder, conocimiento y tecnología que reconfiguran la opinión pública en niveles mucho más profundos y obscenos.

Para Gramsci, hay un problema serio cuando las “iniciativas privadas” toman la iniciativa de configurar el aparato de hegemonía cultural (Q8 §173 / §179). Aquí es donde el llamado “manifiesto” de Palantir se vuelve sintomático. No estamos hablando de un documento cualquiera. Como señala el análisis de Mark Coeckelbergh, estamos ante algo cualitativamente distinto como lo es una empresa privada profundamente integrada en el aparato de seguridad estatal que articula una visión política total de la sociedad sin tener que molestarse con elecciones. Esto rompe una frontera fundamental en las democracias liberales que consistía en la separación – aunque siempre parcial y relativa – entre poder económico, poder estatal y producción ideológica.

El manifiesto no oculta su orientación. Afirma la necesidad del “poder duro” basado en software, plantea que la cuestión no es si se desarrollarán armas de IA sino quién las controlará, y sugiere una reorganización totalitaria de la sociedad en torno a la defensa nacional, el servicio obligatorio y la supremacía tecnológica. Y lo propone todo sin tapujo ni vergüenza alguna.

En términos gramscianos, esto excede toda forma de simple militarismo. Incluso el cesarismo clásico está desfasado. Constituye, más bien, un proyecto de reorganización del sentido común en torno a la inevitabilidad de la guerra, la seguridad y la dominación tecnológica que incluso desplaza y reemplaza a la humanidad.

La fabricación de la necesidad: hegemonía y lobby

El otro elemento clave es cómo este discurso se materializa. Y ciertamente no lo hace en la forma de pura ideología abstracta. El proyecto de Palantir se sostiene en una articulación concreta entre discurso, Estado y capital.

Como muestra el análisis de Diario Red, la empresa ha construido activamente la “necesidad” de sus tecnologías mediante una combinación de cabildeo, contratos estatales y narrativa de amenaza permanente. El resultado es un circuito que Gramsci habría reconocido inmediatamente como producción ideológica + inserción institucional + acumulación material.

Un dato particularmente revelador de la empresa Palantir es que el 87% de sus ingresos proviene de contratos con el Departamento de Defensa y otras agencias estatales. Esto ha dejado de ser un simple negocio y se ha convertido en una forma de integración orgánica entre aparato estatal y aparato privado de producción tecnológica.

Gramsci hablaba muy pertinentemente de “Estado ampliado” en la modernidad tardía. Aquí vemos su versión contemporánea en la forma de un Estado algorítmico-empresarial.

El Leviatán algorítmico: del consenso a la automatización del control

Lo más inquietante de las empresas que dominan el capital tecnológico más allá de su retórica es la infraestructura que están construyendo a nivel global. Como advierte Coeckelbergh, el peligro del tecnofascismo no reside únicamente en la represión abierta, sino en una transformación más sutil y profunda como lo es la normalización de la vigilancia, la delegación del juicio a sistemas opacos y la concentración del poder en quienes controlan estas infraestructuras.

Ante estos fenómenos, incluso la categoría gramsciana de opinión pública debe ser radicalmente actualizada. Porque ya no se trata solo de medios de comunicación, escuela o iglesia. Hoy se trata de sistemas de datos, algoritmos predictivos y plataformas de integración total de información y control.

La propaganda ya no opera únicamente en el nivel discursivo. Opera en el nivel infraestructural. Está inscrita en los materiales mismos que están siendo ensamblados y transformados en el mundo interior del tecnofascismo.

En este sentido, consideramos que el proyecto de Palantir debe leerse como la construcción de un nuevo Leviatán, pero ya no solo el sentido de un Estado que monopoliza la violencia, sino en el de un sistema que monopoliza la visibilidad, la predicción y la decisión sobre todo lo humano.

Contra el tecnofascismo: una tarea urgente

Frente a esto, una respuesta puramente liberal basada en transparencia, regulación o incluso “fact-checking” en la prensa es claramente insuficiente. Nuestra lucha es contra el auge de la hegemonía tecnofascista. Y esto implica una tarea doble. Por un lado, desplegar una guerra de posiciones social, cultural, política e ideológica orientada a desarticular el sentido común tecnofascista y mostrar que la seguridad absoluta es una ficción política obscena que encubre relaciones de poder y normaliza la represión y la violencia. Por otro lado, construir una alternativa, una nueva articulación democrática, capaz de disputar no solo las instituciones, sino el terreno mismo de la cultura, la tecnología y la vida cotidiana. El problema ya no es simplemente quién gobierna, sino cómo se organiza lo pensable.

Y hoy, esa organización pasa cada vez más por infraestructuras que no solo producen opinión pública, sino que la programan.

Fuente Blog RefundaciónYA

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