La universidad como actor político central en Centroamérica
Editorial de La Gazeta de Guatemala
La universidad ha sido siempre un actor político de primer orden en Centroamérica. En su seno, el contingente más beligerante fue siempre el estudiantado, que supo mantener posiciones combativas contra los autoritarismos y las dictaduras. La imagen del joven estudiante rebelde enfrentándose a la represión conformó un arquetipo poderoso que prevaleció en la mentalidad popular durante todo el siglo XX.
Esta actitud crítica le costó a la universidad centroamericana represión y sangre. En El Salvador, dos rectores fueron sacados a la fuerza, uno de ellos arrastrado, por las «fuerzas del orden»: Fabio Castillo y Rafael Menjívar, mientras la Universidad de El Salvador era literalmente asaltada por el Ejército, su biblioteca central desmantelada y quedaba desolada por años.
Eran los tiempos en los que en Guatemala el Ejército cateaba la Universidad de San Carlos en busca de «material subversivo», y sus máximas autoridades o salían al exilio o eran asesinadas, incluso dentro del campus universitario. En el corazón de la USAC hay hoy un monumento a los cientos de mártires universitarios de esos años, como testimonio de ese espíritu combativo que se consideró intrínseco al espíritu crítico fomentado por la universidad.
En Nicaragua, La universidad fue, también, bastión de la lucha antisomocista. Sergio Ramírez rememora en varios sitios sus impresiones de cuando, recién ingresado a la universidad proveniente de su pueblo natal Masatepe, participó en una manifestación en la que algunos de sus recién conocidos compañeros de clase caían abatidos por las balas de la Guardia Nacional.
Más recientemente, la Universidad Centroamericana (UCA), universidad jesuita, ejemplo de rigurosidad académica y pensamiento innovador en la región, fue intervenida por el gobierno sandinista encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo. Algunas unidades académicas emblemáticas en Centroamérica, como el Centro de Investigaciones Históricas de Centroamérica y Nicaragua, fueron cerradas ante la desolación de lo más preclaro de la intelectualidad de la región.
Estas son algunas muestras, apenas pinceladas aquí y allá, de las más crudas expresiones de la represión contra la universidad centroamericana, pero hay otras formas intervencionistas que buscan acallar su necesaria voz cuestionadora.
A las universidades públicas costarricenses, por ejemplo, que se colocan entre las punteras de la educación superior latinoamericana en los rankings de la educación mundial, el gobierno de Rodrigo Chaves las tiene contra la pared recortándoles el presupuesto año con año.
Actualmente, se trata de una tendencia mundial de la que, como es lo usual en las políticas conservadores contemporáneas, el Gobierno de Estados Unidos es vanguardia. En ese país ya hemos visto los enfrentamientos del gobierno de Donald Trump con universidades de élite a las que trata, al igual que como se hace con la de Costa Rica, de asfixiarlas económicamente.
Pero en Centroamérica es un enfrentamiento de larga data, en cada país con sus especificidades en función de sus particularidades históricas.
En Guatemala, hubo una consciente política de penetración de la USAC que enquistó en su seno tendencias corruptas y hasta criminales, que mediatizaron por años al movimiento estudiantil, y que fueron entronizando como autoridades universitarias a académicos corruptos que se inscriben en la maquinaria nacional del Pacto de Corruptos.
Con una institucionalidad nacional débil y manipulable que reproducen al interior de la universidad, hacen uso de triquiñuelas que las mantienen en posiciones de poder de las que sacan réditos que los favorecen de diversas formas, incluso económicamente.
Recuperar a la universidad, sacarla de ese lodazal debe transformarse en la consigna de paso de los universitarios sancarlistas honestos. Como en el pasado, recibirán el embate de quienes ven en la universidad crítica un obstáculo para sus planes. Serán perseguidos, estigmatizados y difamados, porque esos son los métodos de las nuevas circunstancias represivas de nuestros días. No solo en la USAC se usan, en otras universidades del istmo también son moneda corriente.
En ese contexto adverso tiene lugar la elección de rector de la USAC. Lo que debería ser un proceso ejemplarizante de democracia participativa, se transforma en un juego de corruptelas y maniobras delincuenciales frente a las cuales nadie debe quedar indiferente, porque no se trata solo de la universidad, sino de formas inaceptables de hacer política que tienen al país en la postración en la que se encuentra.
