Sumisión e hipocresía: Guatemala, Venezuela y la democracia.
Guatemala, Venezuela y la democracia: pretexto imperial
Luis Armando Ruiz Morales
Respuesta a quienes celebran: Cayó Maduro. Faltan los demás.
Publicado en Razón de Estado y otros
Las elites que hoy aplauden la captura de un presidente son las mismas que en Guatemala perpetúan el hambre, la desnutrición infantil y el colapso hospitalario sin pestañear. Usan palabras como «democracia» y «libertad» no como promesas para su pueblo, sino como contraseñas de acceso a salones internacionales donde se reparten influencias y se negocian negocios.
Su truco consiste en defender valores lejos de casa mientras los violan en el patio trasero: criminalizan la protesta social, pactan con mafias disfrazadas de empresarios y venden los recursos nacionales a cambio de protección geopolítica. Lo que ocultan con su retórica es un contrato siniestro: si usted calla ante la intervención extranjera que beneficia sus intereses, mañana ellos tendrán carta blanca para saquear sin miramientos. Por eso es urgente mirar sus discursos con lupa, porque cada palabra de indignación “cosmopolita” es un acto de distracción para que no vea cómo, mientras tanto, le roban el futuro a su propio país y a los países a “democratizar”.
Primero. Una defensa auténtica de la libertad y la democracia no puede coexistir con la normalización la política de abandono estatal. Guatemala, donde millones viven en zozobra material, sin acceso a salud, educación o justicia básicas, constituye una refutación viva de cualquier retórica demócrata que no se traduzca en políticas de desarrollo humano. Sumarse a la propaganda intervencionista de potencias extranjeras, mientras se perpetúa la desigualdad estructural y se criminaliza la protesta social en el propio territorio, no es ejercer la democracia: es instrumentalizarla. La autodenominación como paladín de valores universales pierde toda legitimidad cuando el único universal que se defiende es la impunidad de las élites nacionales que, desde sus trincheras de privilegio, aplauden intervenciones lejanas mientras cercenan derechos locales.
Segundo. La «tragedia venezolana» se ha convertido en mero pretexto para institucionalizar la violación del derecho internacional. Eludir[1] el Consejo de Seguridad de la ONU, invocar la fuerza unilateral y celebrarlo como mecanismo legítimo no es solo cinismo: es una abdicación cobarde de la soberanía colectiva. Esta postura—»míreme violar normas, estoy aquí expuesto para que mañana, cuando me toque a mí, usted también tenga licencia»—instaura una reciprocidad perversa. No busca reforzar el orden multilateral sino negociar, desde la sumisión, un permiso para futuras violaciones. Es el síndrome del victimario que se auto inmola públicamente no por arrepentimiento, sino para comprar indulgencias geopolíticas presentes y futuras.
Tercero. La operación militar en curso, por su discreción y objetivos, evoca sombríamente la invasión y traición a Guatemala de 1954. Aquel precedente demuestra que el sistema que se instauró no sirvió para el desarrollo nacional: su función fue garantizar el extractivismo de empresas transnacionales y cobijar a las élites criollas que, en sus faldas, aprendieron a mamar protección y a evadir responsabilidades. Ofrecerse como alfombra o tapete no es virtud diplomática; es una apuesta cínica: si me “voy de cara”, quizás me acaricien antes de machucarme (pisotearme). Esta posición asegura no cariño, sino desprecio calculado, según el tamaño del tapete. El mundo observa y aprende que la norma internacional es un comodín que se invoca solo cuando favorece al violador de turno.
Cuarto. Las bandas criminales que han parasitado el Estado guatemalteco no existen en el vacío: son nodos imprescindibles en la arquitectura de lavado de capitales, evasión fiscal y corrupción transfronteriza que hace posible el modelo. Sin su colaboración—técnica, jurídica, política—no fluirían los dólares mal habidos ni se ocultarían salarios no pagados ni se legitimarían mafias disfrazadas de empresariado. La infamia de sus discursos, cargada de lugares comunes y vaciedad ideológica, no es mera torpeza: es la pobreza intelectual deliberada de quienes saben que una población empobrecida, desinformada y aterrorizada no cuestiona las garantías implícitas que ofrecen a sus protectores extranjeros. La propaganda elitista, en este contexto, no es instrumento de legitimidad sino certificado de sumisión.
“La quinta”. Omisión del elitista es más elocuente que sus palabras: calla que el imperio que defiende no exporta democracia, sino un modelo de injerencia donde las normas se escriben ex post para legitimar lo ya ejecutado. No se trata de reglas no aprobadas, sino de unilateralismo disfrazado de universalidad. Argentina y Honduras son laboratorios recientes: financiamiento encubierto, cabildeo transnacional y compra de voluntades políticas bajo el disfraz de «asistencia.» En Ecuador, Perú y ahora Bolivia, el patrón se invirtió: se toleran o activamente se sostienen narco-estructuras de poder mientras verbalmente se condenan, siempre que garanticen estabilidad para los flujos de capital en dólares.
La selectividad moral es aún más descarada en Gaza: se defiende, financia y arma al gobierno israelí en una ofensiva que las propias instituciones internacionales califican de genocidio, mientras se invoca el derecho a la intervención humanitaria en otras latitudes. Esta misma lógica ahora apunta a Irán, tras las ruinas de Libia e Irak, cuyas «democratizaciones» dejaron como legado caos, desintegración estatal y control de recursos energéticos. El denominador común no es el régimen político del país objetivo, sino su disposición a subordinarse a los intereses geoestratégicos del imperio, que significa administrar (robar) los recursos. La democracia, en este relato, no es fin sino pretexto; su función es proporcionar narrativa a una matriz de dominación que solo respeta la ley cuando la ley le sirve. De otro modo, la violan impunemente: reprimen a su población, desconocen a sus propios gobernadores legítimos y hasta asesinan manifestantes —caso notorio, la muerte de Renee Nicole Good,— mientras, con cinismo calculado, exaltan a los manifestantes de Irán solo para ofrecerles su intervención militar como salvación. La doble vara no es un fallo del sistema: es el sistema.
Corolario. Y ya puestos, no sean babosos: lean todos los medios, incluso los que les repugnan, escuchen a los que insultan y a los que adulen, comparen cada versión con lo que ven en su barrio, en su mercado, en la cola del hospital, en su bolsillo. La ignorancia no es inocencia; es el instrumento perfecto para que sigan manejándonos de incautos. La libertad no se defiende con aclamaciones a distancia, sino con el trabajo y tajo limpio de la duda sobre todo discurso que huele a conveniencia ajena. No caigamos de babosos.
Recuerden. 1954 es el inicio de la dictadura perfecta, la que nos gobierna a través del pacto de corruptos en sus diversas variaciones y matices.
[1] dejar hacer, dejar pasar…
