El sentido de la vida
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Ella había llegado a la conclusión de que la vida era una variable aleatoria, puesto que su probabilidad de existir era, una entre 400 billones. Toda vida era, así pues, un milagro y a todo ser vivo le había tocado el gordo en la gran lotería cósmica. Lo importante era no desperdiciar ese milagro…
Golpe de suerte en Paris
Para los filósofos nihilistas, la vida no tiene sentido, carece de significado, propósito alguno o valor. Sin duda que el pesimismo cae sobre sus hombros y el vivir resulta simplemente un angustiante vivir por vivir, sin un porqué ni para qué, un desesperante recorrido hacia la muerte. No obstante, para Friedrich Nietzsche, el no buscarle un propósito a la vida tiene una razón, ya que vida y muerte constituyen un continuo en el que no tiene sentido la idea de la trascendencia, pues ella implica una desvalorización de la vida. Por lo que buscarle sentido a la vida es pensar en algo más relevante que vivir.
El logro de la vida, con el paso de lo inorgánico a lo orgánico, dentro de una explicación del desarrollo de la materia, no solo dio paso a múltiples manifestaciones sino, también, estableció el triunfo de esta sobre lo inerte y, con ello, al surgimiento de simples, peculiares, asombrosas expresiones vivientes y, entre estas, la existencia humana, cuya sustancial diferencia con las otras lo constituyó la conciencia, en este caso en particular, el darse cuenta de que se está vivo.
Pero, saber que se está vivo también conduce a advertir la presencia de la muerte y contra la obsesión de la muerte, señala Emil Cioran, los subterfugios de la esperanza se revelan tan ineficaces como los argumentos de la razón, qué se puede decir sobre ella, más que con resignación e inquietante estupor, aceptarla. La desesperante tragedia humana o, tal vez, su liberación, según la perspectiva de quienes así lo consideren.
La conciencia que, para los seres humanos, representa la posibilidad de un saber viviendo o de un vivir sabiendo, un darse cuenta de algo, incluso de su propia existencia. De ahí que el solo hecho de ser conscientes, abre la posibilidad a la reflexión sobre un por qué, de y en la vida. Contario a ello, decía Cioran: El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad. El no tener sentido deja todo el camino a la “simplicidad” de vivir.
No obstante, sin caer en un optimismo exagerado, la razón de vivir debería buscarse en otros terrenos, ya que pensar que no tiene sentido limita la conciencia de uno mimo, pensar sobre qué se es y qué corresponde hacer, así como a la pregunta de Heidegger, ¿Por qué hay algo y no más bien nada? El limitar toda existencia humana a un simple vivir, a un transitar por la vida, como un efímero pasajero más, como quizás es el destino de muchos, no es razón suficiente para afirmar que el vivir no tiene ningún sentido.
Cómo vivir sin saber lo que es, sin tener conciencia de ello, teniendo la posibilidad de intentarlo. En tal caso, la temporalidad es la que asume la relevancia de tal hecho y su finitud de todo ser viviente, la angustia de ser nada, sería su verdadero sentido. ¿Será, acaso, ese el sentido de la vida? Volver a ser nada, a partir de navegar en la temporalidad de la azarosa existencia.
Para Nietzsche: La vida tiene sentido si se entiende la existencia como un tiempo para hacer efectiva la libertad del ser humano. Pero quién puede ser libre, si en sociedad, padece de muchas cadenas que lo aprisionan y, en consecuencia, el sentido de la vida está referido y depende de lo que le sea permisible dentro de ese contexto. Recordemos que solo se es libre en sociedad y ello lleva a reflexionar en lo que eso significa.
Ser libre, como lo señala Erich Fromm, solo puede lograrse asumiendo la condición social de cada individuo y su responsabilidad dentro de ese contexto. Consecuentemente, los alcances de la libertad de cada individuo están en función de la condición inherente de todo ser humano como sujeto social y de lo que eso representa. Por lo que ser libre no puede ser un criterio arbitrario ni absoluto que dé rienda suelta a la voluntad de cada persona, al margen de la razón y los límites que esta imponga.
Hay un criterio existencial que es recurrente en aquellos que, ejercitando su conciencia, convierten su presencia en el mundo en objeto de reflexión y de escrutinio. De tal modo, que el sentido de la vida no es tema de reflexión para todos y existir viviendo, dentro de un universo de contingencias, es lo apremiante para éstos. Estar en el mundo no significa saber lo que es el mundo y lo que eso representa para el individuo, lo que se logra al intentar conocerlo.
La no repitencia de lo humano establece que cada persona busque el significado de su vida a través de sus actos o a partir de la reflexión de lo que es en la vida. Consecuentemente de lo que pueda especular y trascender o, simplemente, que no piense en eso y, sencillamente, viva. Pero, ¿será eso vivir para un humano? Lo que no descarta para estos tener la posibilidad de reflexionar sobre lo que es el sentido de las cosas y también sobre la vida, en un ser que, existiendo, puede ser consciente de sus posibilidades y de sus actos.
¿Qué sentido tiene la vida si se ha de morir y volver a ser nada? La pregunta resulta ser inquietante, dada la conciencia que se puede tener sobre las cosas y sobre la propia existencia. Saberes, aprendizajes, apetencias, sentimientos, querencias, pasajes distintivos, dolores, aflicciones, gozos, deleites de la vida de cada individuo, que resultan ser efímeros, quizás afortunadamente pasajeros, que terminan sepultados en el olvido, entonces ¿tendrá un propósito la vida?
Para algunos, el propósito en la vida quizás sea realizar los deseos más íntimos, al margen de un pensar en la trascendencia. Otros, en cambio, anhelan estar en un mundo trascendente, allende del mundo material. Pero ¿qué hay de la existencia humana en general, tendrá un propósito durante su corto recorrido por la vida?
Cuántos intentos fallidos, cuántas probabilidades, cuántos ensayos habrán sucedido en el cosmos para que en la tierra surgiera la vida, un pequeño planeta de la Vía Láctea, más aún, para que se consolidara un ser capaz de hablar sobre las grandezas del universo y sobre él mismo a pesar de su finitud.
Millones y millones de posibilidades aleatorias, en el vasto universo, descritas por la bioquímica, dieron paso a la vida, no obstante, su permanencia es leve, aunque continua. Schopenhauer decía que nacimiento y muerte pertenecen de la misma manera a la vida y se mantienen en equilibrio como condiciones recíprocas uno del otro o, si se prefiere, como polos de todo el fenómeno de la vida. Se nace para la muerte y se vive por causa de la muerte, el eterno devenir, en donde las contradicciones están presentes, según Heráclito.
A partir de tal reflexión, la vida cobra sentido con mayor fuerza y vivir sabiendo lo importante que eso representa, comparado con la nada, y ser conscientes de su caducidad, resulta ser lo más relevante. De ahí que vivir para vivir, como dicen los versos de Serrat, sólo vale la pena vivir para vivir. Pero sabrán las personas lo que eso significa cuando hay ausencia de reflexión sobre la vida. Por lo que es mejor recoger las piedras que se encuentran en el camino ya que cada una que se examine irá revelando el destino.
En el libro de Erich Fromm, Marx y su concepto del hombre, se encuentra esta cita: Sólo si la conciencia falsa se transforma en conciencia verdadera, es decir, sólo si tenemos conciencia de la realidad, en vez de deformarla mediante racionalizaciones y ficciones, podemos cobrar conciencia también de nuestras necesidades humanas reales y verdaderas. De ahí que es el conocimiento el que abre la posibilidad de darle un sentido a la vida y, con este, a la reflexión racional.
Para un ser revolucionario, como lo fue Karl Marx, su propósito en la vida fue transformar el mundo y hacerlo para que fuera más humano. Lo que requeriría de la consolidación de nuevos seres humanos, con valores distintos, en los que prevalecerían los sentimientos sublimes, la solidaridad, el amor. Solo entonces el mundo será para la gente común, y los sonidos de la felicidad llegarán a las fuentes más profundas. Y ese fue el sentido que el filósofo le dio a su vida, cuyo propósito fue hacer de éste, un mundo mejor.
Sin embargo, existen otros cuyo propósito es tomar ventaja de los demás, aprovechar el momento, pervertir el mundo para su provecho personal. Para estos no hay escrúpulos, pues saben que sus privilegios, sus lujos y excesos, solo los podrán mantener a través del dinero, el poder, el que alcanzan comprando voluntades e implantando un régimen de terror. Su verdad es justificar sus actos, la perversidad con la que actúan para lograr sus objetivos.
Goethe decía, el hombre se conoce a sí mismo sólo en tanto que conoce el mundo; conoce el mundo sólo dentro de sí mismo y tiene conciencia de sí mismo sólo dentro del mundo. Cada nuevo objeto verdaderamente recorrido abre un nuevo órgano en nosotros mismos. Cuán desconocidos de ellos mismos, ajenos a lo que son las cosas, serán los seres humanos, que no tienen la posibilidad de experimentar un mundo de infinitas posibilidades, que solo son posibles con la vida y a pesar de ello les son ajenas.
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Vivir, sabiendo lo que eso significa, le da un valor esencial a la vida, ya que estar en el mundo abre un sin número de posibilidades, a pesar de que, con la presencia de la muerte, el trayecto existencial durante la vida puede resultar angustiante, desconcertante, limitado, abrumador, ya que para qué vivir si se ha de morir.
Vivir, para algunos, quizás sea tedioso, asfixiante, triste, desconsolador, pero también, la vida resulta ser gratificante y deslumbrante, esplendorosa, ser una oportunidad para cada individuo de concretar el genuino propósito de sus vidas, que quizás sea la alegría de vivir honestamente a partir de la construcción de un mundo mejor.
