Empieza la guerra para suceder a Trump
Mercedes Gallego /CTXT.es
La imagen viva de la debacle la dio ayer el propio presidente, con la mirada perdida en las vigas de acero de la sala de baile para la que derribó el Ala Este de la Casa Blanca, aún a medio hacer, evadiendo la realidad con una surrealista descripción de dónde irían las cocinas. “Hay gente que se estresa con las obras, a mí me calman”, reconoció.

Trump es incapaz de afrontar la realidad. Acabamos de descubrir que travestirla es su modo de supervivencia, no solo de manipulación. Al día siguiente de recibir uno de los peores castigos electorales de la historia, él hablaba de dónde colocar las cocinas. Mientras, a su espalda, había estallado la guerra por su sucesión.
Trump no ha perdido solo el Congreso, ha perdido el partido
Trump no ha perdido solo el Congreso, ha perdido el partido. Se ha vuelto tan tóxico que su herencia es letal: ha costado a los republicanos bastiones como Kansas, Texas, Carolina del Sur y puede que hasta Misisipi, donde, con el 96 % de los votos escrutados, el fiscal Scott Colom podría convertirse en el primer senador negro del estado desde la Reconstrucción y poner el último clavo al ataúd del trumpismo en pleno sur de Faulkner.
El primero en desenfundar ha sido su propio vicepresidente. Sin esperar siquiera a que terminaran de contarse los votos, JD Vance acudió a las redes sociales –no a Truth Social, sino a X– para desvincularse de las malas decisiones del Gobierno. “La verdadera razón por la que perdimos es obvia para casi todo el mundo”, escribió. “Perdimos por la guerra. El propio presidente lo dijo anoche”. Como en 2006, cuando George W. Bush perdió las dos cámaras en plena guerra de Irak, la culpable vuelve a ser una guerra, la de Irán, que desde febrero ha encarecido la gasolina un 40 %. Al escudarse en que lo había dicho “el propio presidente”, Vance le daba crédito para cubrir su deslealtad, sin precedentes en la historia de las sucesiones presidenciales. Trump había admitido ante The Wall Street Journal que Irán fue “una parte” del problema, pero acto seguido corrió a Truth Social a explicar que él no estaba en la papeleta y que, de haberlo estado, habría ganado por goleada.
En su análisis forense, Vance contó haber consultado a los encuestadores que anticiparon el batacazo del martes sobre cómo recuperar a “los que nos han abandonado”. Las principales respuestas fueron: poner fin a la guerra, centrarse en el coste de la vida y la inflación, anteponer los intereses de Estados Unidos y cambiar la relación con Israel.
Cuatro puntos que, leídos en voz alta en el Despacho Oval, sonarían a carta de dimisión. Leídos en X suenan a programa electoral. Y el último no es retórico: a diferencia de Trump, Vance se negó a respaldar la reelección de Netanyahu en las elecciones. Quizás ya estaba calculando la estrategia para 2028.
El mensaje contó con el aval del primogénito de Trump, pese a que las encuestas a pie de urna señalan que lo que más pesó en el voto no fue la guerra, sino el coste de la vida y la corrupción. Donald Trump Jr., el mismo que convenció a su padre para elegir a Vance como compañero de fórmula, compartió la publicación con un “cada palabra de esto es 100”, subrayado con tres emojis. La American carnage de Trump empieza a parecer un cuadro de Goya con los papeles cambiados: al magnate lo devoran desde dentro su familia, su Gobierno y su partido.
Las elecciones de medio mandato son el pistoletazo de salida de las presidenciales, en un país que vive en campaña permanente. Con todo, Vance se ha saltado el luto debido: la tradición manda que los aspirantes a la sucesión se posicionen entre Navidad y primavera. El círculo del vicepresidente ya había sido lo bastante indiscreto como para que, dos días antes de las legislativas, The Washington Post publicase que “podría anunciar su candidatura presidencial para 2028” después de los comicios. “Vance está construyendo una identidad política propia, más allá de Donald Trump, mientras hace campaña por candidatos republicanos que afrontan dificultades electorales”, añadía el periódico. La ayuda electoral no era desinteresada. Es también la fórmula habitual para cultivar alianzas y colocar peones en el tablero político de todo el país, sobre todo si ganan. Dada la debacle, su inversión personal ha quedado tan malgastada como los casi 500 millones de dólares que Elon Musk ha volcado en este ciclo electoral.
Vance nunca fue partidario de la guerra con Irán, aunque la haya defendido públicamente con la excusa de evitar la bomba atómica
En justicia, Vance nunca fue partidario de la guerra con Irán, aunque la haya defendido públicamente durante meses con la excusa de evitar la bomba atómica, mientras la prensa contaba sus dudas en privado. Ante lo inevitable, su argumento fue atacar con el máximo impacto posible para que fuera una operación relámpago. Pete Hegseth, que sí era fan de la operación, es quien habría fallado al ejecutarla. Ayer, entre vigas y cocinas, Trump aseguró que el secretario de Defensa, al que fichó de Fox, está haciendo “muy buen trabajo” y que no piensa cambiarlo. Si yo fuera Hegseth, iría preparando la salida. Su cartera estará sin duda en la diana de las investigaciones y comparecencias de un Congreso demócrata. Defenestrarlo ahora equivaldría a admitir un error, algo que no figura en el vocabulario de Trump. Lo que no quiere decir que vaya a perdonarle que le haya hecho perder una guerra, y mucho menos las elecciones.
Vance se posiciona como el más fuerte de los delfines e intenta heredar ese 30 % del electorado que forma la fiel base MAGA, sobre la que es más fácil construir la victoria. El resto, como han demostrado las urnas, estaban con Trump en un matrimonio de conveniencia. Si no funciona la economía, votarán al mejor postor. Y la historia no le ayuda: desde 1836, solo un vicepresidente en ejercicio ha llegado a la Casa Blanca por las urnas, George H. W. Bush en 1988. Vance podría haber aprendido de Hubert Humphrey, que en 1968 no se atrevió a romper con la política de Johnson en Vietnam hasta cinco semanas antes de las elecciones. Remontó, pero ya no le dio tiempo a ganar. Vance se ha adelantado dos años.
No ha sido el único en saltar por la borda con el chaleco puesto. Ron DeSantis, gobernador saliente de Florida, que lleva desde diciembre de 2025 avisando de que los votantes de Trump son de Trump y no se heredan como un piso en Boca Ratón, compareció el miércoles con la satisfacción contenida de quien avisó del iceberg y no le hicieron caso. Habló de un acontecimiento “cercano a la extinción” para su partido y presumió de que, de los diez estados más poblados del país, solo Florida seguirá en manos republicanas. En X se mostró aún más fúnebre: con este mapa, los republicanos difícilmente recuperarán el Congreso en 2028 y quizá no huelan el Senado hasta 2032. ¿Se presentará? “Quizá algún día. No sé si en el 28”. Lo cual, en la ciudad de Tallahassee, es la forma educada de decir “tenéis mi número”.
Mientras, el secretario de Estado, Marco Rubio, calla. Preventivamente, ya había asegurado en una entrevista a Vanity Fair que se apartará si Vance recibe el visto bueno del jefe, que asiste enigmático al espectáculo de sus delfines disputándose la sucesión como si fuera una temporada de El aprendiz. Trump dejó caer ante los periodistas un “quizá no se presente”, y añadió: “No sabéis quién está pensando en presentarse. Habrá mucha gente, quizá. O quizá no se presente nadie”.
Al otro lado del hemiciclo, la sucesión también ha arrancado, aunque allí lo que se disputa es la herencia del antitrumpismo. El gobernador Josh Shapiro revalidó Pensilvania con holgura y ayudó a ganar cuatro escaños que estaban en manos republicanas. JB Pritzker se convirtió en el primer demócrata con tres mandatos como gobernador de Illinois. Gavin Newsom, que deja California en enero, se apunta el éxito de su rediseño de distritos. Jon Ossoff, reelegido en Georgia, encabeza ya los mercados de apuestas. El exsecretario de Transporte Pete Buttigieg ensayaba en la CNN el discurso económico con el que su partido debe “salir rápido” a ofrecer algo a los votantes. Alexandria Ocasio-Cortez difundió una encuesta que la sitúa dos puntos por delante de Vance con un escueto “Bloop!”. Y la exvicepresidenta Kamala Harris sigue en cabeza de los sondeos sin haber movido un dedo. Los demócratas se distancian de Trump por oficio, y los republicanos, por supervivencia. Todos hacen ya campaña contra el octogenario que observa las vigas del techo.
Trump conserva el veto, y los demócratas están lejos de los dos tercios necesarios para tumbarlo
Técnicamente, Trump es un pato cojo desde el día en que juró el cargo, porque la 22.ª Enmienda le impide repetir. Precisamente por eso lleva meses coqueteando con un tercer mandato: el que amenaza con volver no está despidiéndose. A partir del 3 de enero, cuando tomen posesión los nuevos congresistas, los demócratas mandarán en las comisiones y en las citaciones –investigaciones sobre la guerra, los contratos y esa corrupción que tanto pesó en las urnas–, en el presupuesto y, en el Senado, en las confirmaciones de jueces, altos cargos y cualquier silla que quede libre en el Supremo. Podrán incluso intentar atarle las manos en Irán o cerrarle el grifo. Pero conviene no enterrar al pato antes de tiempo. Trump conserva el veto, y los demócratas están lejos de los dos tercios necesarios para tumbarlo. La política exterior, las órdenes ejecutivas, buena parte de los aranceles y el poder de indulto siguen en el Despacho Oval.
La cojera que importa no la decide la oposición, sino los propios. Un presidente se convierte en pato cojo el día que los suyos dejan de tenerle miedo y empiezan a hacer cuentas en voz alta. El post de Vance es exactamente eso: el primer republicano de peso que, sin romper con Trump, le dice a la base que la guerra del jefe les ha costado el Senado. DeSantis dice lo mismo con más adjetivos. Rubio lo dice callándose.
A Trump le queda otra arma para conservar la lealtad del partido: los indultos preventivos, que blindarían a quienes le sigan rindiendo pleitesía. Vance ha apostado a que se puede heredar los votantes de Trump sin heredar sus guerras. Tiene dos años para demostrarlo. Los mismos que le quedan a Trump, bolígrafo en mano.
Autora >
Mercedes Gallego
Periodista internacional. Autora del libro ‘Mas allá de la batalla: Una corresponsal de guerra en Irak’(Temas de Hoy) y codirectora del documental ‘Rape in the Ranks: The Enemy Within’.
Fuente CTXT.es
