Los incivilizados imperios del mundo

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Definió el neocolonialismo como la etapa más avanzada y peligrosa del imperialismo, donde el control económico y político sustituye a la dominación militar directa.

Kwame Nkrumah

Hay países que han sufrido tragedias colonialistas tan grandes que desnudan, a través de los hechos que revela la historia,  lo primitivo y miserable que ha sido, y continúa siendo, el actuar de algunas personas, culturas, gobiernos e imperios. Basta recordar cómo fueron creados los grandes imperios del mundo, cimentados con sangre y muerte de muchos seres humanos, consolidados a través de acciones abominables.

El Imperio Británico, que a finales del siglo XVI mostró su expansión por todo el mundo, el Imperio Mongol que logró su apogeo en el siglo XIII, con 24,0 a 32,0 millones de km² de extensión, es recordado como el imperio más grande de la historia, fundado por Gengis Kan y qué decir del Imperio español, que tuvo su máxima expansión en los siglos XVI al XVIII, que abarcó más de 13,7 a 20+ millones de km², convirtiéndose en el primer imperio de carácter verdaderamente global con territorios en América, Europa, África y Asia. Todos caracterizados por el empleo de la violencia, de la fuerza y el derramamiento de la sangre y destrucción.

Cabe recordar que tan solo el imperio Británico, según la investigación realizada por el antropólogo económico Jason Hickel y el investigador social Dylan Sullivan, publicado en la revista académica World Development, titulado Capitalismo y pobreza extrema: un análisis global de salarios reales, altura humana y mortalidad desde el largo siglo XVI, señalaron que el colonialismo británico causó al menos 100 millones de muertes en India en aproximadamente 40 años, En el informe los académicos estimaron que la India sufrió 165 millones de muertes adicionales debido al colonialismo británico entre 1880 y 1920.

A eso se le suma los crímenes perpetrados por ese imperio en América del Norte, en África, en Oceanía, muertes de seres humanos que suman otra cantidad espeluznante. Hechos que deberían de avergonzar y ser condenados no solo por aquellos que aspiran a un mundo libre de imperios y de coronas, sino por todos aquellos que asuman su condición de humanos.

El exterminio de poblaciones originarias, genocidios, matanzas indiscriminadas, ha sido lo que ha distinguido el ideal expansionista de los imperios, en donde, para la conquista y la colonización, han recurrido al sometimiento, a la esclavitud, a la muerte y al exterminio como medios para alcanzar tales fines.

Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren decía Jean-Paul Sartre y, en efecto, así es y ha sido. Las grandes naciones dirigidas por élites poderosas declaran la guerra por medio de sus gobernantes y muchas veces sin declararla, invaden, atropellan, matan a través de sus ejércitos, asesinan sin piedad a la población civil, a niños, mujeres, hombres, sin respetar la edad ni condición en la que se encuentren.

Los invasores colonialistas, los grandes imperios, al considerarse superiores, civilizados y poseer un arsenal militar poderos, creen que sus actos de dominación y exterminio están plenamente justificados y consideran que el derecho los ampara. la guerra justa, misma que promulgara Aristóteles en La Política y, más tarde Tomás de Aquino. El filósofo de Estagira consideraba que una guerra estaba plenamente justificada a partir de tres premisas fundamentales: La defensa propia y la supervivencia, el beneficio de los gobernados, la teoría de la esclavitud natural.

Todos esos aspectos considerados desde la perspectiva y criterio de los promotores de la guerra, de los conquistadores, de los invasores.  No es de extrañar, entonces, que Juan Ginés de Sepúlveda interpretara el texto de Aristóteles para justificar las atrocidades cometidas por la Corona española durante y después de la Conquista de los territorios del que hoy es llamado continente americano.

Sepúlveda interpretó el criterio de guerra justa de Aristóteles adaptando el concepto clásico de «servidumbre natural» (phúsei doúlos) para justificar jurídicamente la conquista española de América. El cual resalta la esclavitud natural ya que, a criterio de Aristóteles, unas personas están destinadas a dirigir y otras a servir. El filósofo griego decía: algunas personas nacen destinadas a ser esclavas porque les falta la capacidad de deliberar racionalmente por sí mismas.

De ahí que Sepúlveda dijera: «Con perfecta razón ejercen los españoles su dominio sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones…» El sentimiento de superioridad, plasmado en criterios etnocéntricos, se evidencian con claridad en las aseveraciones del “humanista español”, criterios que en la actualidad aún prevalecen.

No obstante, por más que se quiera justificar el expansionismo de los imperios con argumentos valederos, el fin que los impulsa es la apropiación de la riqueza de los países que someten y la esclavitud de su gente. De cuánta riqueza se han apropiado los imperios, de los países conquistados, cuántas naciones han sido empobrecidas por esos imperios.

El Reino Unido extrajo aproximadamente 45 billones de dólares de la India entre 1757 y 1947. Esta riqueza fue drenada mediante la imposición de sistemas fiscales asimétricos y el desvío de ingresos comerciales hacia la metrópoli. Con tal cantidad de dinero se podría pagar la totalidad de la deuda externa combinada de los países en desarrollo, más toda la deuda pública de las principales economías mundiales e incluso sobraría dinero.

En su libro, Cómo Europa subdesarrolló a África, Walter Rodney plantea que el desarrollo de Europa y el subdesarrollo de África son las dos caras de la misma moneda: mientras el capitalismo europeo acumulaba riquezas mediante el expolio sistemático de recursos, mano de obra barata y comercio de esclavos, las estructuras socioeconómicas de África fueron desmanteladas e impedidas de evolucionar de manera orgánica. Con tal expoliación, todavía tienen el descaro de clasificar al mundo en primer mundo y tercer mundo, refiriéndose a los países empobrecidos por ellos mismos.

El imperio napoleónico y su afán expansionista, según historiadores, fue el causante de al menos 5 millones de víctimas, desglosadas entre militares y civiles de toda Europa. Aunque Napoleón no empleó tácticas de exterminio sistemático o industrializado dirigidas a la aniquilación total de un grupo étnico o nacional, como ocurrió en conflictos del siglo XX, sí ejecutó políticas de represión brutal, tierra quemada y masacres punitivas para someter a las poblaciones que resistían. Cómo expandir un imperio, si no es a través de la violencia.

Sin embargo, en la búsqueda de nuevas rutas comerciales y con los avances tecnológicos, los países europeos pasaron de los imperios locales al expansionismo colonial en otras latitudes del orbe. Así, se emprendió la conquista de otros territorios en el mundo con fuerte sentimiento etnocéntrico, en el que los pueblos civilizados de Europa debían y asumían tener el derecho de culturizar a los pueblos bárbaros de otras latitudes.

Por lo que la civilización que exportaron los países europeos al resto de los continentes del mundo, simplemente fue el pretexto para el saqueo de esos territorios y el exterminio de la población nativa, evidenciando, con tales actos, lo vil y despiadados que pueden ser los “seres humanos” en su afán de conquista y enriquecimiento.

Leopoldo II de Bélgica es un triste ejemplo del colonialismo europeo sobre el Estado Libre del Congo (1885-1908), considerada una de las acciones coloniales más brutales de la historia, con una estimación de entre 10 y 15 millones de muertes, en la que la población se redujo aproximadamente a la mitad.

Ignoradas, por el resto del mundo, las acciones repudiables de las autoridades coloniales belgas en territorio del Congo, fueron reveladas al mundo por la misionera británica Alice Seeley Harris quien, con sus fotos, alertó sobre las crueldades que cometían los colonos belgas en territorio congolés. Harris se topó con un sistema generalizado de esclavitud, terror y sadismo provocado por el comercio del caucho.

Con una serie de fotografías, mostró al mundo los aterradores hechos que estaban ocurriendo en el país africano, pueblos enteros incendiados, mujeres secuestradas y hombres azotados hasta la muerte por no cumplir con las cuotas obligatorias de recolección de caucho. Para los colonos belgas no era importante las vidas de los congoleños, sí lo era que, con su trabajo, enriquecieran sus bolsillos y los de la corona.

Es importante recordar que el caucho es un polímero que procede del látex, que se extrajo de las lianas del género Landolphia en el país africano, que constituyó un material estratégico y transformador durante la Segunda Revolución Industrial, siendo clave para el despegue de la industria automotriz, el transporte y la tecnología moderna, por lo que enriqueció a los colonos belgas y al reinado de Leopoldo II.

Pero, cómo fue revelado ese escenario de terror. Todo sucedió cuando la misionera británica, en mayo de 1904, observó que un hombre congoleño, llamado Nsala, de la aldea de Wala, llegó a la misión cargando un pequeño bulto de hojas. Al abrirlo ante Alice, reveló la mano y el pie cortados de su hija Boali, de solo cinco años. Los guardianes del régimen habían asesinado y mutilado a su esposa y a su hija como castigo porque su aldea no había recolectado suficiente caucho.

Con sus fotografías, Alice capturó imágenes demoledoras de niños y adultos amputados, espaldas destrozadas por los latigazos y hombres encadenados. La fotografía de Nsala mirando fijamente las extremidades cercenadas de su pequeña se convirtió en la imagen más poderosa del conflicto.

Y todo porque las potencias europeas le dieron el abal para tomar el control de ese territorio a Leopoldo II, a partir de la conferencia de Berlin entre 1884 y 1885, en donde Estados Unidos fue el primer país en reconocer el mandato de Bélgica sobre el país africano. Leopoldo II se había presentado ante la comunidad internacional como un filántropo que quería un Congo libre, en el que impulsaría el desarrollo y bienestar de sus habitantes, lo que resultó ser todo lo contrario y significó una pesadilla de terror y de sangre.

En otro hecho repudiable de colonialismo, durante la invasión y ocupación de China por el Imperio del Japón entre los años 1931 y 1945, el Ejército Imperial Nipón cometió crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad a gran escala, provocando la muerte de entre 10 y 20 millones de ciudadanos chinos en su mayoría civiles. Un genocidio mayor que el perpetrado por el Tercer Reich de la Alemania de Adolfo Hitler. Y qué decir del colonialismo británico en ese territorio, en los que se contaron miles de muertes.

Por lo que, al hablar del crecimiento y desarrollo europeo, no se puede desligar ni descartar la expoliación, el extractivismo y el esclavismo que sufrieron los habitantes de las Colonias europeas extendidas a lo largo del planeta, a partir de la acción brutal del expansionismo imperialista de ese continente. De modo que cuestionar por qué el continente africano es uno de los que más padecen hambre y miseria entre sus habitantes, resulta ser un cuestionamiento absurdo.

No ha habido imperio alguno que haya querido el bien para los habitantes de los territorios que han conquistado, su objetivo ha sido la extracción de recursos, el beneficio de la metrópoli y la subordinación de los territorios dominados, bajo criterios etnocéntricos y discriminatorios.

Actualmente, los imperios han modificado su presencia y predominio, ya no requieren recurrir a la ocupación migratoria de esos territorios, emplear el uso de la fuerza, aunque no lo descartan, ahora someten a las naciones que convierten en su “patio trasero”, en contubernio con las élites de esos países, sobornando a políticos y gobernantes, permitiéndoles su enriquecimiento a costa de la explotación del pueblo, concediéndoles el control medianamente del Estado a cambio de la sumisión a los designios imperiales, como es el caso de la influencia hegemónica de Estados Unidos.

Por lo que países que aspiren a su emancipación, los que pretenden su autonomía y luchen por el bienestar de todos sus habitantes por igual, son considerados gobiernos hostiles y sufren el intervencionismo militar o los cercos económicos, como es el caso de la República de Cuba, la que ha padecido el hostigamiento y amenaza por parte de los gobiernos estadounidense por más de 66 años.

Los imperios tienen el objetivo de garantizar su bienestar y vigencia a costa de la explotación de otras naciones y de mantenerlos bajo su órbita. El neocolonialismo actual es una forma de dominación indirecta en la que los países industrializados, corporaciones transnacionales y organismos financieros internacionales ejercen control sobre naciones formalmente independientes. Prueba de ello es el actual Escudo de las Américas, en el que países latinoamericanos de derecha, se someten a los designios de Donald Trump sin reparo alguno.

Para los gobernantes de El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Guyana, Argentina y Chile la soberanía de sus países, a cambio de granjearse los favores del actual inquilino de la Casa Blanca está justificada.

Únicamente México, Cuba y Brasil mantienen con hidalguía lo que representa la dignidad de los gobiernos de izquierda en Latinoamérica, de esa que no se vende ni se somete a los designios del imperio del Norte. Por lo que era imprescindible que Luis Ignacio Lula Dasilva ganara las elecciones en Brasil, para el bien de los pueblos latinoamericanos y del mundo y el 25 de octubre de 2026 lo logró, dando una lección a todos, de que el pueblo consciente de Brasil pudo derrotar a toda una maquinaria imperialista que pretendía derrotarlo.

Y como dijo Pablo Milanés: Qué pagará este pesar del tiempo que se perdió /De las vidas que costó De las que puede costar/ Lo pagará la unidad De los pueblos en cuestión Y al que niegue esa razón La Historia condenará. Únicamente la unidad de los pueblos librará del yugo imperialista a los países que aspiren a su emancipación.

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