Las dicotomías que nos separan: Celebrando el 20 de octubre

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Fernando Cajas

Mientras Francia se levanta nuevamente, nosotros en Guatemala vivimos de nuestros recuerdos de 1944. FC

Hay que reconocer los avances de la Revolución de Octubre. El 20 de octubre de 1944 no fue un simple golpe de Estado: fue la culminación de un movimiento cívico-militar que puso fin al régimen de Federico Ponce Vaides, bueno realmente al régimen de Jorge Ubico, y abrió la puerta a una transformación profunda. Los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz no pretendían solo cambiar gobernantes. Pretendían modificar la relación entre el Estado y la sociedad, reconocer derechos y dignificar el trabajo de quienes habían sido tratados como fuerza de trabajo barata o gratuita y lo hicieron.

Luego de la revolución de octubre vino la contra revolución y luego la decadencia de la democracia. La decadencia de esta democracia no es un fenómeno exclusivamente guatemalteco. Anne Applebaum, en El crepúsculo de la democracia, describe cómo en distintas sociedades la democracia liberal se erosiona no solo por fuerzas externas, sino por la seducción del autoritarismo y por el papel de ciertos intelectuales y élites —los clercs— que justifican y normalizan el abandono de las reglas democráticas en nombre de la unidad, la seguridad o la recuperación de un orden perdido. Cualquier sociedad, dadas las condiciones adecuadas, puede volverse contra la democracia. En Guatemala, esa seducción se ha materializado en la cooptación de instituciones, en la impunidad y en la tolerancia creciente a la violencia como método político.

Esas dicotomías no solo separaron al pueblo en 1954; lo han seguido haciendo. La contrarrevolución no se justificó por los logros reales de la Revolución —Código de Trabajo, abolición del trabajo forzado, IGSS, autonomía universitaria, expansión educativa—, sino por la fabricación de una amenaza comunista que permitía a la oligarquía y a sus aliados internacionales recuperar el control de la tierra y del Estado. El precio fue una guerra de treinta años y doscientos mil muertos. Después, la «transición» de 1985 nos entregó una democracia electorera que nunca resolvió lo esencial: la mitad de la población sigue en pobreza, el 44 por ciento de los niños padece desnutrición crónica y la precariedad laboral es la norma. Las instituciones nacidas en 1944 fueron cooptadas o vaciadas. El sistema de justicia, el Ministerio Público, las altas cortes y hasta la Universidad de San Carlos han funcionado más como instrumentos de un pacto de corruptos que como contrapesos democráticos. Los clercs locales — algunos intelectuales, algunos columnistas, operadores políticos— han normalizado esta erosión hablando de «estabilidad», de «evitar el caos» o de que «ya no se puede», mientras la soberanía del pueblo queda reducida a un discurso vacío.

Francia, con todos sus problemas, todavía demuestra lo que nosotros no hemos logrado sostener. Desde septiembre de 2026 los estudiantes de secundaria denunciaron aulas sobrecargadas, falta de profesores e instalaciones deterioradas. El movimiento se amplió a sindicatos y trabajadores que reclaman protección del poder adquisitivo, rechazo a recortes en servicios públicos y respuestas concretas al costo de vida. El 17 de octubre cientos de miles salieron en más de cien ciudades. Hubo violencia, detenciones y daños, pero también una articulación social que obliga al gobierno a responder y a distinguir entre protesta legítima y vandalismo. No es una primavera ideal ni un modelo a copiar; es la prueba de que un país con crisis presupuestaria, desigualdad y élites poderosas aún puede generar un movimiento que no se disuelve en las primeras semanas ni se reduce a dicotomías de «extremistas» versus «orden».

Nosotros no sostuvimos la defensa de la Revolución de 1944. No sostuvimos el movimiento de 2015. Cada vez que surge una movilización —la defensa del voto en 2023, las comunidades que salieron a proteger una elección—, reaparecen las viejas dicotomías y la indiferencia política. Mientras discutimos si somos chairos o fachos, indios o ladinos, el Estado sigue sin resolver hambre infantil, empleo digno y educación que enseñe. La Revolución de octubre dejó una lección clara: solo un movimiento social sostenido, con visión de transformación y sin falsas polarizaciones, puede cambiar las condiciones de vida de la mayoría. Mientras las élites y sus clercs nos vendan las dicotomías que nos separan, seguiremos viviendo de los recuerdos de 1944 en un país no-país. La soberanía radica en el pueblo. Si no rompemos esas separaciones y construimos lo que se sostenga más allá de la indignación de un momento, nunca tendremos un país, solamente nos quedará este paisaje.

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