Lula se dio cuenta que el diablo está en los detalles
Mario Rodríguez
La primera vuelta de las elecciones brasileñas dejó a Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, con dos puntos porcentuales por delante de Lula Da Silva, actual presidente de Brasil. Ambos disputarán la presidencia el próximo 25 de octubre, en una segunda vuelta electoral.
Pero la mayor sorpresa no fue esa diferencia, cuando los sondeos de opinión previas, daban ganador a Lula. La sorpresa la dio el Partido Liberal. Una mezcla de extremismo derecha y anarcocapitalismo al estilo Milei, que se convirtió en la fuerza dominante en el Congreso y en el Senado.
En otras palabras, Flávio Bolsonaro puede perder la segunda vuelta, pero el bolsonarismo tendrá el control de los otros estamentos de poder.
Con ese panorama, el mapa electoral posterior a la primera vuelta, deja una certeza amarga para la izquierda continental. Aunque Lula gané el boletaje, su proyecto hegemónico ha sufrido un colapso estructural.
La paradoja es cruel. Lula puede recuperar el Ejecutivo y, aun así, perder la hegemonía que durante años le permitió gobernar el sentido común de los brasileños. El diablo, esta vez, no está en la derrota, está en los detalles del nuevo mapa de poder.
Porqué Lula y el PT fueron derrotados
Esto se puede explicar de varias maneras, pero es más simple de lo que uno imagina.
Cuando se analiza la correlación de fuerzas en la política brasileña, la derrota del PT admite una lectura más sencilla de lo que parece. Durante su primer triunfo electoral, Lula se dedicó a construir gobernabilidad territorial. Dos décadas después, ese mismo territorio le entregó el triunfo al Partido Liberal en la Cámara y el control del Senado. Otro dato confirma que la red territorial del PT dejó de funcionar. De los ocho exministros de Lula que se postularon a una gobernación, ninguno ganó. Y diez de los veinte gobernadores electos están con Bolsonaro.
Lula impulsó una lucha de clases sin fricciones ni daños para los ricos. Los programas sociales fueron esencialmente asistencialistas; efectivos, sí, para sacar de la pobreza a millones. Pero funcionaron mientras las exportaciones de commodities tuvieron mercados y precios altos. Sin ayuda fiscal, ningún programa social se sostiene.
Durante su segundo mandato, Lula se dedicó a negociar con el Congreso, administrar la economía y gestionar los programas sociales. En el frente exterior, intentó aliarse con los Estados Unidos de Trump y gestionó la participación en los BRICS de la misma manera que lo hizo Bolsonaro, al punto de oponerse al ingreso de Venezuela de Maduro.
Mientras Lula quería fortalecer la institucionalidad democrática, la derecha construyó una red territorial desde la iglesia, el barrio, las redes sociales, la familia, la comunidad, la región, la política local y el Congreso. Históricamente, la periferia urbana y las clases populares eran la base natural del PT gracias al tejido sindical y los movimientos sociales. Hoy esa hegemonía cultural se rompió por dos vías.
La primera, y más evidente, es el cambio demográfico y religioso. El crecimiento de las iglesias evangélicas neopentecostales disputó el sentido común del electorado popular. La narrativa de la Teología de la Prosperidad y el esfuerzo individual caló más hondo que el discurso asistencialista estatal. La segunda es la mutación del perfil del trabajador. El crecimiento de la economía informal y la uberización de una parte importante de la fuerza laboral urbana hicieron que millones ya no se identifiquen con el sindicato ni con el mundo obrero. Hoy son, o se sienten, jefes de su propio emprendimiento. La derecha captó primero esa mutación sociológica y sobre ella construyó su mensaje.
Una fuerza hegemónica proyecta su poder en el tiempo. El lulismo, en cambio, ha demostrado ser un fenómeno exclusivamente dependiente de la figura personal de Luiz Inácio Lula da Silva, hoy octogenario. La incapacidad del PT para formar un liderazgo de relevo con tracción nacional demuestra que el proyecto no logró institucionalizarse como corriente política perdurable sin su fundador.
Guardando las distancias, conviene mirar lo que pasó en Brasil para entender lo que puede pasar en Guatemala.
La trampa de la gestión sin proyecto político
En su tercer mandato, Lula se dedicó a administrar el sistema y abandonó la transformación del mismo. Algo similar ocurrió con Bernardo Arévalo. Lula apostó por la estabilidad macroeconómica y la gobernabilidad mediante un pacto económico con los capitales tradicionales del país.
Esa política de «contención pactada» logró amortiguar la pobreza extrema, pero renunció a reformas estructurales que había prometido en campaña. Nunca pudo concretar la reforma tributaria progresiva, la reforma agraria, ni la democratización de los medios de comunicación. Arévalo, por su parte, respetó los tiempos institucionales y se negó a intervenir contra Consuelo Porras, esperando que el sistema se corrigiera por sí solo.
En ningún caso, se reformaron las estructuras de la corrupción y todo siguió igual o peor.
Pero en el momento en que ambos se convirtieron en el «administrador responsable» del sistema, dejaron de encarnar el cambio y la esperanza. La gente dejó de creer en ellos. Y eso fue suficiente para que la derecha ofreciera una bandera de cambio.
El bolsonarismo se consolidó como un bloque sociocultural conservador donde el movimiento evangélico juega un papel orgánico de vital importancia.
Algo similar ocurrió en Guatemala con Ríos Montt y el movimiento que generó, que posteriormente llevó a la presidencia a Serrano Elías. Desde esa época, los distintos gobiernos han mantenido una relación sincrónica con los pastores de las mega iglesias neopentecostales.
Las iglesias funcionan como redes de protección y desarrollo personal. No se puede reducir la manipulación de los pastores al voto; lo que no significa que no exista, pero debe verse más allá.
Las iglesias neopentecostales no solo ofrecen fe a los feligreses. Van más allá y ofrecen guarderías, redes de empleo, seguridad comunitaria y contención ante la violencia. Protección, bienestar y redención en un mismo paquete. En contextos donde el Estado no llega, la iglesia llega. Y llega antes que cualquier partido o sindicato. Y se convierte en un negocio, que hace que sus pastores y promotores se conviertan en parte de una élite prospera económicamente.
Aquí es donde la Teología de la Prosperidad se alinea con la ideología neoliberal. Frente a lo que la derecha llama «colectivismo de la ayuda estatal», la Teología de la Prosperidad le dice al trabajador informal «Tú puedes progresar por tu propio esfuerzo y la bendición divina».
La derecha bolsonarista-neoliberal tradujo eso en discurso político. Por eso el programa del partido liberal lo que ofrece es más desregulación, menos impuestos y la defensa de la familia tradicional frente a la «injerencia del Estado». La pobreza deja de ser un problema estructural y se convierte en un asunto de fe y esfuerzo personal. El pobre es pobre porque no ha creído lo suficiente o no ha emprendido lo suficiente. La culpa no es del sistema, es del individuo, el diablo que habita en su espíritu y que está capturado por esas ideas progresistas que detestan.
Y con eso, conviertan la disputa política, en una disputa moral. La izquierda latinoamericana perdió la batalla narrativa en el terreno de los valores. La derecha definió el debate político como una «guerra cultural». Bolsonaro planteó el famoso: “familia, religión y libertad individual contra el progresismo urbano. El electorado popular evangélico se siente amenazado por ese progresismo. No vota por intereses económicos: vota por identidad. Y la izquierda, atrapada en la gestión del sistema, no supo ofrecer una narrativa que disputara ese terreno.
Eso explica por qué la Cámara de Industria en Guatemala trajo Laje, el propagandista de Milei, argentino que asesora campañas de la derecha radical en la región en conjunto con Gloria Alvarez. No lo trajeron para hablar de economía. Lo trajeron para importar la guerra cultural, para enseñar a la derecha guatemalteca cómo convertir el descontento popular en voto conservador. La lección de Brasil es clara, no basta con administrar bien el sistema. Si no se disputa el sentido común, la derecha lo ocupa. Y una vez que lo ocupa, la izquierda puede ganar elecciones y seguir perdiendo hegemonía.
La Trampa de la gestión sin proyecto
En este tercer mandato, Lula se dedicó a la Administración del sistema y abandono la transformación del mismo. Algo similar paso con Bernardo Arévalo. Lula apostó por la estabilidad macroeconómica y la gobernabilidad a través del pacto económico con los capitales tradicionales del país. Esta política de «contención pactada» logró amortiguar la pobreza extrema, pero renunció a reformas estructurales, nunca pudo concretar las reformar tributarias progresivas, la reforma agraria o de los medios de comunicación. Arévalo respecto los tiempos institucionales y se negó a echar a Consuelo Porras, esperando que luego toda funcionaria para bien, pero nunca cambio las estructuras de la corrupción y todo siguió igual o peor. En el mismo momento que lograron convertirse en el «administrador responsable» del sistema, entonces dejaron de encarnar el cambio y la esperanza. La gente dejo de creer en ellos y eso fue suficiente para que la derecha ofreciera una bandera de cambio.
El bolsonarismo se consolidación como un bloque socio-cultural conservador donde el movimiento evangélico juega un papel orgánico de vital importancia. Algo así, funcionó con Ríos Montt y el movimiento que generó, que posteriormente llevo a la presidencia a Serrano Elías, y desde esa época, los distintos gobiernos han tenido una relación sincrónica con los distintos pastores de las mega iglesias neopentecostales.
Por las iglesias actúan como redes de protección y desarrollo personal. No se puede reducir la manipulación de los pastores al voto, que no quiere decir que no existe, pero, debe verse más allá de esto, porque las iglesias neopentecostales no solo ofrecen fe; ofrecen guarderías, redes de empleo, seguridad comunitaria y contención ante la violencia, protección y redención en un mismo paquete.
Aquí es donde la teología de la prosperidad se alinea perfectamente con la ideología neoliberal. Frente a lo que la derecha llama colectivismo de la ayuda estatal, la Teología de la Prosperidad le dice al trabajador informal: «Tú puedes progresar por tu propio esfuerzo y la bendición divina». La derecha boltso-neoliberal tradujo esto en discurso político: desregulación, menos impuestos y defensa de la familia tradicional frente a la «injerencia del Estado».
En esa disputa moral, toda la izquierda latinoamericana perdió la batalla narrativa en el terreno de los valores. Y la derecha ha definido el debate político en términos de una «guerra cultural»: familia, religión, libertad individual donde el electorado popular evangélico se siente amenazado por el progresismo urbano. Eso explica porqué la Cámara de Industria en Guatemala trajo al propagandista de Milei, el argentino
La sombra de Washington y la disputa multipolar
El escenario electoral brasileño no ocurre en el vacío. La política exterior de Estados Unidos mira con recelo la proyección geopolítica del Brasil de Lula. Y ese recelo tiene consecuencias concretas.
El papel proactivo de Lula en la expansión de los BRICS, su búsqueda de alternativas al dólar en el comercio regional y su postura de «neutralidad activa» frente al conflicto en Ucrania y la crisis en Medio Oriente han tensionado la relación con Washington. Para los intereses geopolíticos y financieros de Estados Unidos, un gobierno de Flávio Bolsonaro ofrece un alineamiento automático con la agenda continental norteamericana, frenando la penetración comercial y de infraestructura de China en el gigante sudamericano. La balanza de los poderes económicos transnacionales ha vuelto a inclinar la cancha a favor de la derecha.
Aquí conviene recordar lo que se dijo antes. La derecha no ganó solo por la manipulación electoral ni por la guerra cultural. Ganó porque la izquierda, al renunciar a la transformación y refugiarse en la gestión, dejó un vacío que la derecha ocupó con una narrativa de cambio. Ese vacío no es solo interno. Es también geopolítico. Un Brasil que administra sin proyecto no puede sostener una política exterior autónoma. Y sin autonomía, el continente pierde su principal escudo frente a las presiones externas.
Implicaciones para América Latina: la ruptura del «pivote del sur»
Históricamente, Brasil ha representado el equilibrio de América Latina. Cuando Brasil mira hacia la izquierda o el progresismo, el continente encuentra un escudo geopolítico frente a presiones externas y un motor para la integración regional: UNASUR, CELAC, MERCOSUR. Cuando Brasil mira hacia la derecha, ese escudo se debilita y los proyectos de integración se convierten en cascarones vacíos.
Si se confirma el triunfo de Flávio Bolsonaro, o si Lula queda acorralado en una presidencia testimonial, el escenario es claro. Con Javier Milei en Argentina y un eventual gobierno bolsonarista en Brasil, las dos mayores economías de Sudamérica pasarían a ser abiertas opositoras de cualquier proyecto de integración latinoamericana autónoma. La CELAC y el MERCOSUR quedarían reducidos a foros de disputa ideológica, sin capacidad de articular respuestas comunes frente a la presión de Washington o la penetración china.
Y eso, guardando las distancias, es lo que Guatemala debería mirar con atención. Porque el mismo patrón se repite, una y otra vez. La izquierda social demócrata que gestiona sin transformar, frente una derecha que ocupa el sentido común con guerra cultural y transforma la corrupción como logro y aspiración generacional, es una amenaza latente, más si su apoyo reside en una potencia externa que inclina la cancha a favor de esos intereses. La lección de Brasil no es solo electoral. Es geopolítica.
